todo el pelo y embutido la pólvora en la cara. Con este talante y
acompañamiento, y un asistente inglés tan gaucho y certero en el lazo y
las bolas como el patrón y los parientes, emigraba el joven Navarro para
Coquimbo; porque joven era, y tan culto en su lenguaje y tan elegante en
sus modales, como el primer pisaverde; lo que no estorbaba que cuando
veía caer una res, viniese a beberle la sangre como un salvaje. Todos
los días quería volverse, y las instancias de sus amigos bastaban apenas
a contenerlo. «Yo soy hijo de la pólvora--decía con su voz grave y
sonora--: la guerra es mi elemento--». «La primer gota de sangre que ha
derramado la guerra civil--decía otras veces--ha salido de estas venas,
y de aquí ha de salir la última.» «Yo no puedo ir más adelante--repetía
parando su caballo--; echo de menos sobre mis hombros las paletas de
general.» «En fin--exclama otras veces--: ¿qué dirán mis compañeros
cuando sepan que el mayor Navarro ha pisado el suelo extranjero sin un
escuadrón con lanza en ristre?»
El día que pasaron la cordillera hubo una escena patética. Era preciso
deponer las armas; no había forma de hacer concebir a los indios que
había países donde no era permitido andar con la lanza en la mano.
Navarro se acercó a ellos, les habló en la lengua; fuese animando poco a
poco; dos gruesas lágrimas corrieron de sus ojos, y los indios clavaron
con muestras de angustia sus lanzones en el suelo. Todavía después de
emprendida la marcha, volvieron sus caballos y dieron vuelta en torno de
ellas, ¡como si les dijesen un eterno adiós!
Con estas disposiciones de espíritu pasó el mayor Navarro a Chile, y se
alojó en Guanda, que está situado en la boca de la quebrada que conduce
a la Cordillera. Allí supo que Villafañe volvía a reunirse a Facundo, y
anunció públicamente su propósito de matarlo.
Los emigrados que sabían lo que las palabras importaban en boca del
mayor Navarro, después de procurar en vano disuadirlo, se alejaron del
lugar de la escena. Advertido Villafañe, pidió auxilio a la autoridad,
que le dió unos milicianos, los cuales le abandonaron desde que se
informaron de lo que se trataba. Pero Villafañe iba perfectamente armado
y traía además seis riojanos. Al pasar por Guanda, Navarro salió a su
encuentro, y mediando entre ambos un arroyo, le anunció en frases
solemnes y claras su designio de matarlo, con lo que se volvió tranquilo
a la casa en que estaba a la sazón almorzando. Villafañe tuvo la
indiscreción de alojarse en Tilo, lugar distante sólo cuatro leguas de
aquél en que el reto había tenido lugar.
A la noche, Navarro requiere sus armas y una comitiva de nueve hombres
que le acompañan, y que deja en lugar conveniente cerca de la casa de
Tilo, avanzando él solo a la claridad de la luna. Cuando hubo penetrado
en el patio abierto de la casa, grita a Villafañe, que dormía con los
suyos en el corredor. «¡Villafañe, levántate! Vengo a matarte; el que
tiene enemigos no duerme.» Toma éste su lanza, Navarro se desmonta del
caballo, desenvaina la espada, se acerca y lo traspasa. Entonces dispara
un pistoletazo, que era la señal de avanzar que había dado a su partida,
la cual se echa sobre la comitiva del muerto, la mata o dispersa. Hacen
traer los animales de Villafañe, cargan su equipaje y marchan en lugar
de él a la República Argentina a incorporarse al ejército. Extraviando
caminos, llegan al Río Cuarto, donde se encuentran con el coronel
Echevarría perseguido por los enemigos. Navarro vuela en su ayuda, y
habiendo caído muerto el caballo de su amigo, le insta que monte a su
grupa.
No consiente éste; obstínase Navarro en no fugar sin salvarlo, y
últimamente se desmonta de su caballo, lo mata y muere al lado de su
amigo, sin que su familia pudiese descubrir tan triste fin sino después
de tres años, en que el mismo que lo ultimó contara la trágica historia,
y desenterrase para mayor prueba los dos esqueletos de los dos infelices
amigos. Hay en toda la vida de este malogrado joven tal originalidad,
que vale sin duda la pena de hacer una digresión en favor de su memoria.
Durante la corta emigración del mayor Navarro, habían ocurrido sucesos
que cambiaban completamente la faz de los negocios públicos. La célebre
captura del general Paz, arrebatado de la cabeza de su ejército por un
tiro de bolas, decidía de la suerte de la República, pudiendo decirse
que no se constituyó en aquella época, y las leyes y las ciudades no
afianzaron su dominio por accidente tan singular; porque Paz, con un
ejército de cuatro mil quinientos hombres perfectamente disciplinados, y
con un plan de operaciones combinado sabiamente, estaba seguro de
desbaratar el ejército de Buenos Aires.
Los que le han visto después triunfar en todas partes, juzgarán que no
había mucha presunción de su parte en anticipaciones tan felices.
Pudiéramos hacer coro a los moralistas que dan a los acontecimientos más
fortuitos el poder de trastornar la suerte de los imperios; pero si es
fortuito el acertar un tiro de bolas sobre un general enemigo, no lo es
que venga de la parte de los que atacan las _ciudades_, del gaucho de la
Pampa, convertido en elemento político. Así, puede decirse que la
civilización fué _boleada_ aquella vez.
Facundo, después de vengar tan cruelmente a su general Villafañe, marchó
a San Juan a preparar la expedición sobre Tucumán, adonde el ejército de
Córdoba se había retirado después de la pérdida del general, lo que
hacía imposible todo propósito invasor. A su llegada, todos los
ciudadanos federales, como en 1827, salieron a su encuentro; pero
Facundo no gustaba de las recepciones.
Manda una partida que salga adelante de la calle en que estaban
reunidos, deja a otra atrás, hace poner guardias en todas las avenidas,
y tomando él por otro camino, entra en la ciudad, dejando presos a sus
oficiosos huéspedes, que tuvieron que pasar el resto del día y la noche
entera agrupados en la calle, haciéndose lugar entre las patas de los
caballos para dormitar un poco. El que lea esto se indignará del ultraje
afrentoso e insolente hecho a sus partidarios mismos, a los que con su
cooperación lo han elevado. Yo no veo en esto sino una faz histórica y
característica de la lucha argentina. Facundo deja de fingirse federal
como lo entendían los hombres de las _ciudades_; es el enemigo de todos
los que llevan frac, es el elemento bárbaro que se presenta en toda su
desnudez, y es preciso hacerlo sentir a los ilusos que se cuentan aún
entre sus partidarios.
Cuando hubo llegado a la plaza, hace detener en medio de ella su coche,
manda cesar el repique de las campanas, y arroja a la calle todo el
amueblado de la casa que las autoridades han preparado para recibirle:
alfombrado, colgaduras, espejos, sillas, mesas, todo se hacina en
confusa mezcla en la plaza, y no desciende sino cuando se cerciora de
que no quedan sino las paredes limpias, una mesa pequeña, una sola silla
y una cama. Es un espartano, diría otro que yo, que no veo en todos
estos miserables manejos sino la insolencia brutal de un bárbaro que
insulta a las _ciudades_, afectando desdeñar sus goces, su lujo y sus
usos civilizados. Mientras que esta operación se efectúa, llama a un
niño que acierta a pasar cerca de su coche, le pregunta su nombre, y al
oír el apellido Rosa, le dice: «Su padre, don Ignacio de la Rosa, fué un
grande hombre; ofrezca a su madre de usted mis servicios.»
Al día siguiente amanece en la plaza un banquillo de fusilar, de seis
varas de largo. ¿Quiénes van a ser las víctimas? ¡Los unitarios se han
fugado en masa, hasta los tímidos que no son unitarios! Facundo empieza
a distribuir contribuciones a las señoras en defecto de sus maridos,
padres o hermanos ausentes, y no son por eso menos satisfactorios los
resultados. Omito la relación de todos los acontecimientos de este
período, que no dejarían escuchar los sollozos y gritos de las mujeres
amenazadas de ir al banquillo y de ser azotadas: dos o tres fusilados,
cuatro o cinco azotados, una u otra señora condenada a hacer de comer a
los soldados, y otras violencias sin nombre.
Pero hubo un día de terror glacial que no debo pasar en silencio. Era el
momento de salir la expedición sobre Tucumán; las divisiones empiezan a
desfilar una en pos de otra; en la plaza están los troperos cargando los
bagajes; una mula se espanta y se entra al templo de Santa Ana. Facundo
manda que la enlacen en la iglesia; el arriero va a tomarla con las
manos, y en este momento un oficial que entra a caballo por orden de
Quiroga, enlaza mula y arriero y los saca a la cincha unidos, sufriendo
el infeliz las pisadas, golpes y coces de la bestia.
Algo no está listo en aquel momento; Facundo hace comparecer a las
autoridades negligentes. Su excelencia el señor gobernador y capitán
general de la provincia recibe una bofetada, el jefe de Policía se
escapa corriendo de recibir un lanzazo, y ambos ganan las calles de sus
oficinas a dar las órdenes que han omitido. ¿Os parece esto mucha
degradación? No: así son los pueblos; así es el hombre cuando se ha
perdido toda conciencia del derecho, cuando la fuerza brutal se
desencadena. ¿Qué hace el niño cuando su padre, enfurecido, se venga
despedazándolo a azotes? Llora y se somete, porque no hay en la tierra
apoyo para su derecho. Así lo hacen los gobernadores y los pueblos:
lloran y se someten, porque la resistencia es inútil, la dignidad una
provocación y la muerte recibida quedaría sin gloria y sin vengadores.
Más tarde, Facundo ve uno de sus oficiales que da de _cintarazos_ a dos
soldados que peleaban; lo llama, lo acomete con la lanza; el oficial se
prende del asta para salvar la vida, bregan, y al fin el oficial se la
quita y se la entrega respetuosamente; nueva tentativa de traspasarlo
con ella; nueva lucha, nueva victoria del oficial, que vuelve a
entregársela. Facundo entonces reprime su rabia, llama en su auxilio,
apodéranse seis hombres del atlético oficial, lo estiran en una ventana,
y bien amarrado de pies y manos, Facundo lo traspasa repetidas veces con
aquella lanza que por dos veces le había sido devuelta, hasta que el
oficial ha apurado la última agonía, hasta que reclina la cabeza y el
cadáver yace yerto y sin movimiento. Las furias están desencadenadas; el
general Huidobro es amenazado con la lanza, si bien tiene el valor de
desenvainar su espada y prepararse a defender su vida.
Y sin embargo de todo esto, Facundo no es cruel, no es sanguinario; es
el bárbaro, no más, que no sabe contener sus pasiones, y que, una vez
irritadas, no conocen freno ni medida; es el terrorista que a la entrada
a una ciudad fusila a uno y azota a otro, pero con economía, muchas
veces con discernimiento; el fusilado es un ciego, un paralítico o un
sacristán; cuando más el infeliz azotado es un ciudadano ilustre, un
joven de las primeras familias. Sus brutalidades con las señoras vienen
de que no tiene conciencia de las delicadas atenciones que la debilidad
merece; las humillaciones afrentosas impuestas a los ciudadanos
provienen de que es campesino grosero, y gusta por ello de maltratar y
herir en el amor propio y el decoro a aquéllos que sabe que lo
desprecian. No es otro el motivo que hace del terror un sistema de
gobierno. ¿Qué habría hecho Rosas sin él en una sociedad como era antes
la de Buenos Aires? ¿Qué otro medio de imponer al público ilustrado el
respeto que la conciencia niega a lo que de suyo es abyecto y
despreciable?
Es inaudito el cúmulo de atrocidades que se necesita amontonar unas
sobre otras para pervertir a un pueblo, y nadie sabe los ardides, los
estudios, las observaciones y la sagacidad que ha empleado don Juan
Manuel Rosas para someter la _ciudad_ a esa influencia mágica que
trastorna en seis años la conciencia de lo justo y de lo bueno, que
quebranta al fin los corazones más esforzados y los doblega al yugo. El
terror de 1793 en Francia era un efecto, no un instrumento; Robespierre
no guillotinaba nobles y sacerdotes para crearse una reputación ni
elevarse él sobre los cadáveres que amontonaba. Era un alma adusta y
severa aquélla que había creído que era preciso amputar a la Francia
todos sus miembros aristocráticos para cimentar la revolución. «Nuestros
nombres--decía Danton--bajarán a la posteridad execrados, pero habremos
salvado la República.» El terror entre nosotros es una invención
gubernativa para ahogar toda conciencia, todo espíritu de ciudad, y
forzar al fin a los hombres a reconocer como cabeza pensadora el pie que
les oprime la garganta; es un desquite que toma el hombre inepto armado
del puñal para vengarse del desprecio que sabe que su nulidad inspira a
un público que le es infinitamente superior. Por eso hemos visto en
nuestros días repetirse las extravagancias de Calígula, que se hacía
adorar como Dios, y asociaba al imperio su caballo. Era que Calígula
sabía que era él el último de los romanos a quienes tenía, no obstante,
bajo su pie. Facundo se daba aires de inspirado, de adivino, para suplir
la incapacidad natural de influir sobre los ánimos. Rosas se hacía
adorar en los templos y tirar su retrato por las calles en un carro a
que iban uncidos generales y señoras, para crearse el prestigio que
echaba de menos. Pero Facundo es cruel sólo cuando la sangre se le ha
venido a la cabeza y a los ojos, y ve todo colorado. Sus cálculos fríos
se limitan a fusilar a un hombre, a azotar a un ciudadano; Rosas no se
enfurece nunca; calcula en la quietud y el recogimiento de su gabinete,
y desde allí salen las órdenes a sus sicarios.
CAPÍTULO VIII
GUERRA SOCIAL.--CIUDADELA.
Les habitans de Tucuman finissent
leurs journées par des réunions
champêtres, où à l'ombre
de beaux arbres improvisent, au
son d'une guitarre rustique, des
chants alternatifs dans le genre de
ceux que Virgile et Théocrite ont
embellis. Tout, jusqu'aux prénoms
grecs rappelle au voyageur étonné
l'antique Arcadie.
MALTE-BRUN.
La expedición salió, y los sanjuaninos federales, y mujeres y madres de
unitarios respiraron al fin, como si despertaran de una horrible
pesadilla. Facundo desplegó en esta campaña un espíritu de orden y una
rapidez en sus marchas, que mostraban cuánto le habían aleccionado los
pasados desastres. En veinticuatro días atravesó con su ejército cerca
de 300 leguas de territorio; de manera que estuvo a punto de sorprender
a pie algunos escuadrones del ejército enemigo que, con la noticia
inesperada de su próximo arribo, lo vió presentarse en la Ciudadela,
antiguo campamento de los ejércitos de la patria bajo las órdenes de
Belgrano. Sería inconcebible el cómo se dejó vencer un ejército como el
que mandaba La Madrid en Tucumán, con jefes tan valientes y soldados tan
aguerridos, si causas morales y preocupaciones antiestratégicas no
viniesen a dar la solución de tan extraño enigma.
El general La Madrid, jefe del ejército, tenía entre sus súbditos al
general López, especie de caudillo de Tucumán, que le era desafecto
personalmente, y a más de que una retirada desmoraliza las tropas, el
general La Madrid no era el más adecuado para dominar el espíritu de los
jefes subalternos. El ejército se presentaba a la batalla medio
_federalizado_, medio _montonerizado_, mientras que el de Facundo traía
esa unidad que dan el terror y la obediencia a un caudillo que no es
_causa_, sino _persona_, y que, por tanto, aleja el libre albedrío y
ahoga toda individualidad. Rosas ha triunfado de sus enemigos por esta
_unidad_ de hierro, que hace de todos sus satélites instrumentos
pasivos, ejecutores ciegos de su suprema voluntad. La víspera de la
batalla, el teniente coronel Balmaceda pide al general en jefe que se le
permita dar la primera carga. Si así se hubiere efectuado, ya que era de
regla principiar las batallas por cargas de caballería, y ya que un
subalterno se toma la libertad de pedirlo, la batalla se hubiera ganado,
porque el segundo de Coraceros no halló jamás, ni en el Brasil ni en la
República Argentina, quien resistiese su empuje. Accedió el general a la
demanda del comandante del segundo; pero un coronel halló que le
quitaban el mejor cuerpo, el general López, que se comprometían al
principio las tropas de _élite_ que debían formar la reserva, según
todas las reglas, y el general en jefe, no teniendo suficiente autoridad
para acallar estos clamores, mandó a la reserva al escuadrón invencible
y al insigne cargador que lo mandaba.
Facundo despliega su batalla a distancia tal, que lo pone al abrigo de
la infantería que manda Barcala, y que debilita el efecto de ocho
piezas de artillería que dirige el inteligente Arengreen. ¿Había
previsto Facundo lo que sus enemigos iban a hacer? Una guerrilla ha
precedido, en la que la partida de Quiroga arrolla la división Tucumana.
Facundo llama al jefe victorioso.--¿Por qué se ha vuelto usted?--Porque
he arrollado al enemigo hasta la ceja del monte.--¿Por qué no penetró en
el monte acuchillando?--Porque había fuerzas superiores.--¡A ver, cuatro
tiradores!... Y el jefe es ejecutado. Oíase de un extremo al otro de la
línea de Quiroga el tintín de las espuelas y de los fusiles de los
soldados, que temblaban, no de miedo del enemigo, sino del terrible jefe
que a su retaguardia andaba, corriendo la línea y blandiendo su lanza de
cabo de ébano. Esperan como un alivio y un desahogo del terror que los
oprime que se les mande echarse sobre el enemigo; lo harán pedazos,
romperán la línea de bayonetas, a trueque de poner algo de por medio
entre ellos y la imagen de Facundo, que los persigue como un fantasma
airado. Como se ve, pues, campeaba de un lado el terror, del otro la
anarquía. A la primera tentativa de carga desbándase la caballería de La
Madrid; sigue la reserva, y cinco jefes a caballo quedan tan sólo con la
artillería, que menudeaba sus detonaciones, y la infantería, que se
echaba a la bayoneta sobre el enemigo. ¿Para qué más pormenores? El
detalle de una batalla lo da el que triunfa.
La consternación reina en Tucumán; la emigración se hace en masa, porque
en aquella ciudad los federales son contados. ¡Era la tercera visita de
Facundo! Al día siguiente debe repartirse una contribución. Quiroga sabe
que en un templo hay escondidos objetos preciosos; preséntase al
sacristán, a quien interroga sobre el caso; es una especie de imbécil
que contesta sonriéndose. «¿Te ríes? ¡A ver!... ¡Cuatro tiradores!...»,
que lo dejan en el sitio, y las listas de la contribución se llenan en
una hora. Las arcas del general se rehinchan de oro. Si alguno no ha
comprendido bien, no le quedará duda cuando vea pasar presos para ser
azotados al guardián de San Francisco y al presbítero Colombres. Facundo
se presenta en seguida al depósito de prisioneros, separa a los
oficiales y se retira a descansar de tanta fatiga, dejando orden de que
se les fusile a todos.
Es Tucumán un país tropical, en donde la Naturaleza ha hecho ostentación
de sus más pomposas galas; es el edén de América, sin rival en toda la
redondez de la tierra. Imagináos los Andes cubiertos de un manto
verdinegro de vegetación colosal, dejando escapar por debajo de la orla
de este vestido doce ríos que corren a distancias iguales en dirección
paralela, hasta que empiezan a inclinarse todos hacia un rumbo y forman,
reunidos, un canal navegable que se aventura en el corazón de la
América. El país comprendido entre los afluentes y el canal tiene a lo
más cincuenta leguas. Los bosques que encubren la superficie del país
son primitivos, pero en ellos las pompas de la India están revestidas de
las gracias de la Grecia.
El nogal entreteje su anchuroso ramaje con el caoba y el ébano; el cedro
deja crecer a su lado el clásico laurel, que a su vez resguarda sobre su
follaje el mirto consagrado a Venus, dejando todavía espacio para que
alcen sus varas el nardo balsámico y la azucena de los campos. El
odorífero cedro se ha apoderado por ahí de una cenefa de terreno que
interrumpe el bosque, y el rosal cierra el paso en otras con sus tupidos
y espinosos mimbres. Los troncos añosos sirven de terreno a diversas
especies de musgos florecientes, y las lianas y moreras festonean,
enredan y confunden todas estas diversas generaciones de plantas. Sobre
toda esta vegetación que agotaría la paleta fantástica en combinaciones
y riqueza de colorido, revoloteaban enjambres de mariposas doradas,
esmaltados picaflores, millones de loros color de esmeralda, urracas
azules y tucanes anaranjados. El estrépito de esas aves vocingleras os
aturde todo el día, cual si fuera el ruido de una canora catarata. El
mayor Andrews, un viajero inglés que ha dedicado muchas páginas a la
descripción de tantas maravillas, cuenta que salía por las mañanas a
extasiarse en la contemplación de aquella soberbia y brillante
vegetación; que penetraba en los bosques aromáticos, y delirando,
arrebatado por la enajenación que lo dominaba, se internaba en donde
veía que había obscuridad, espesura, hasta que al fin regresaba a su
casa, donde le hacían notar que se había desgarrado los vestidos,
rasguñado y herido la cara, de la que venía a veces destilando sangre
sin que él lo hubiese sentido.
La ciudad está cercada por un bosque de muchas leguas, formado
exclusivamente de naranjos dulces, acoplados a determinada altura, de
manera que forma una bóveda sin límites, sostenida por un millón de
columnas lisas y torneadas. Los rayos de aquel sol tórrido no han podido
mirar nunca las escenas que tienen lugar sobre la alfombra de verdura
que cubre la tierra bajo aquel toldo inmenso. ¡Y qué escenas! Los
domingos van las beldades tucumanas a pasar el día en aquellas galerías
sin límites; cada familia escoge un lugar aparente; apártanse las
naranjas que embarazan el paso si es el otoño, o bien sobre la gruesa
alfombra de azahares que tapiza el suelo se balancean las parejas del
baile, y con los perfumes de sus flores se dilatan, debilitándose a lo
lejos los sonidos melodiosos de los tristes cantares que acompaña la
guitarra. ¿Creéis, por ventura, que esta descripción es plagiada de _Las
mil y una noches_, u otros cuentos de hadas a la oriental? Daos prisa
más bien a imaginaros lo que no digo de la voluptuosidad y belleza de
las mujeres que nacen bajo un cielo de fuego, y que, desfallecidas, van
a la siesta a reclinarse muellemente bajo la sombra de los mirtos y
laureles, a dormirse embriagadas por las esencias que ahogan al que no
está habituado a aquella atmósfera.
Facundo había ganado una de esas enramadas sombrías, acaso para meditar
sobre lo que debía hacer con la pobre ciudad que había caído como una
ardilla bajo la garra del león. La pobre ciudad, en tanto, estaba
preocupada con la realización de un proyecto lleno de inocente
coquetería. Una diputación de niñas rebosando juventud, candor y beldad,
se dirige hacia el lugar donde Facundo yace reclinado sobre su poncho.
La más resuelta o entusiasta camina delante; vacila, se detiene,
empújanla las que la siguen, páranse todas sobrecogidas de miedo,
vuelven las púdicas caras, se alientan unas a otras y, deteniéndose,
avanzando tímidamente y empujándose entre sí, llegan al fin a su
presencia. Facundo las recibe con bondad, las hace sentar en torno suyo,
las deja recobrarse e inquiere al fin el objeto de aquella agradable
visita. Vienen a implorar por la vida de los oficiales del ejército que
van a ser fusilados.
Los sollozos se escapan de entre la escogida y tímida comitiva; la
sonrisa de la esperanza brilla en algunos semblantes, y todas las
seducciones delicadas de la mujer son puestas en requisición para lograr
el piadoso fin que se han propuesto. Facundo está vivamente interesado,
y por entre la espesura de su barba negra alcanza a discernirse en las
facciones la complacencia y el contento. Pero necesita interrogarlas una
a una, conocer sus familias, la casa donde viven, mil pormenores que
parecen entretenerlo y agradarle, y que ocupan una hora de tiempo,
mantienen la expectación y la esperanza; al fin les dice con la mayor
bondad: «¿No oyen ustedes esas descargas?»