XLVIII

Como, a pesar de esto, no se los ponía en la mano, Rosalía estaba en

ascuas.

«Y le voy a dar un consejo--prosiguió la miserable--, un buen consejo,

para que vea que me intereso por la familia. Y es que no ande en líos

con Doña Milagros, que es capaz de volver del revés a la más sentada.

Métase en su rincón, _a la vera_ del pisa-hormigas, y déjese de

historias... No vaya más a casa de Sobrino y créame. Es mucho

Madrid este. No se fíe de los cariñitos de la Tellería, que es muy

ladina y muy cuca».

Rosalía daba cabezadas de aquiescencia. Por fin, la Sánchez puso en su

mano los billetes... ¡Oh!, ¡qué descanso sintió en su alma la desdichada

señora!... Por si a la diablesa se le ocurría quitárselos, decidió

marcharse sin tardanza.

«¿Qué, se va usted?».

--Es muy tarde. No puedo perder ni un minuto. Ya sabes que te lo

agradezco mucho. ¡Ah!... ¿Quieres que hagamos un recibito?

--No hace falta--dijo Refugio con arranque, echándoselas de noble y

desprendida--. Entre personas de la familia... ¡Ah!, esta tarde le

mandaré el sombrero y las demás cosillas.

--Como quieras...

--Aguarde un momento, que le voy a decir una cosa.

--¿Qué?--preguntó Rosalía aterrada otra vez.

--Le voy a contar lo que dijo de usted la marquesa de Tellería.

--¿De mí?

--De usted... ahí, sentadita en ese mismo sillón. Me parece que la estoy

oyendo. Fue el día antes de marcharse a baños. Vino a comprarme unas

flores artificiales. Habló de usted y dijo... ¡qué risa!... dijo que era

usted ¡una cursi!

Rosalía se quedó petrificada. Aquella frase la hería en lo más vivo de

su alma. Puñalada igual no había recibido nunca. Y cuando

bajaba presurosa la escalera, el dolor de aquella herida del amor propio

la atormentaba más que las que había recibido en su honra. _¡Una cursi!_

El espantoso anatema se fijó en su mente, donde debía quedar como un

letrero eterno estampado a fuego sobre la carne.

«Dios mío, lo que he padecido hoy sólo tú lo sabes... Creo que me han

salido canas--pensaba al ir en coche a casa de Torquemada--. ¡Qué

Gólgota!...».

Y fue y subió anhelante, porque ya habían dado las tres. Pero tuvo la

suerte de encontrar al inquisidor, ya impaciente y dispuesto para ir a

Palacio. La recibió sonriendo y preguntole por la salud de la familia.

La adoración de la rosquilla formada con los dedos no la mortificó tanto

como otros días. El gusto de conjurar aquel gran peligro y de librarse

de acreedor tan antipático, no le permitía fijarse en exterioridades más

o menos cargantes. Abreviando la sesión lo más posible, se despidió.

¡Las humillaciones de aquel día la tenían tan nerviosa...!

«No puede ser que Milagros haya dicho eso de mí--pensaba, camino de

Palacio, atormentada por aquella inscripción horrible que le quemaba la

frente--. Es mentira de esa bribona... ¡Qué día! Cuando llegue a casa lo

primero que he de ver es si me he llenado de canas. La cosa no ha sido

para menos».

Y lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Digámoslo para tranquilidad

de las damas que en situación semejante se pudieran ver. No le había

salido ninguna cana. Y si le salieron, no se le conocían. Y si se la

conocieran, ya habría ella buscado medio de taparlas.

Lo que sí está fuera de toda duda es que a consecuencia de los

contratiempos de aquellos días, estaba la señora tan aplanada y con los

espíritus tan decaídos, que su esposo llegó a figurarse que había

perdido la salud. «Tú tienes algo; no me lo niegues. ¿Quieres que venga

el médico?... Ya ves, si hubieras tomado los baños de los Jerónimos,

otro gallo te cantara». Pero ella aseguraba no tener nada, y si no se

opuso a que viniera el médico, tampoco declaró a este ninguna dolencia

terminante. Todo era cosa de los pícaros nervios, esos diablillos que se

divierten en molestar a las señoras distinguidas, cuando no les ayudan

en sus disimulos. Lo positivo en la desazón de la de Bringas era su

tristeza, temores de todo y por la menor causa, inapetencia,

principalmente una manera especial y novísima de considerar a su marido.

Si en la estimación que por él sentía había una baja considerable, las

formas externas del respeto acusaban cierto refinamiento y estudio. A

diversos juicios se presta esto; pero en la imposibilidad de poner en

luz de evidencia las causas de tal sibaritismo de afectos exteriores,

hay que recurrir a la hipótesis, y ver en ellos algo semejante

a las zalamerías que se emplean para catequizar a un empleado de Aduanas

cuando se quiere pasar contrabando. Rosalía probaba el sistema pacífico

y venal para el alijo de sus trapos. Poco a poco iba exhibiéndolos. Cada

día reparaba D. Francisco algo nuevo, trabándose una discusión que ella

intentaba aplacar con graciosos embustes y con caricias y términos

dulzones. Pero no siempre lo conseguía, y el honrado señor llegó a

preocuparse seriamente de aquellos lujos que salían por escotillón, como

las sorpresas de teatros. Más de una vez se manifestó inflexible en la

demanda de explicaciones, preparándose a oírlas con un arsenal de

lógica, ante cuyo aparato temblaba la esposa como un criminal ante las

pruebas. Pero ya ella se iba curtiendo poco a poco, o mejor dicho,

blindándose contra aquella fiscalización impertinente. Empezó por no

tomarla muy a pechos y por no importársele mucho que el ratoncito Pérez

creyera o no lo que ella decía. Ya estaba resuelta a explicar sus

irregularidades con la incontrovertible lógica del _porque sí_, cuando

un acontecimiento gravísimo vino a librarla de aquella pena, porque el

aduanero se volvió como tonto y olvidó completamente sus papeles. Aquel

trastorno moral y mental de Bringas fue de la manera siguiente:

Una mañana bajó a la oficina tan tranquilo como de costumbre,

y todavía no había puesto los codos sobre la mesa, cuando uno de sus

compañeros, el Sr. de Vargas, se llegó a él y le dijo al oído: «Se ha

sublevado la Marina». Pareciole a Bringas tan absurda la noticia, que se

echó a reír. Pero Vargas insistía, daba detalles, recitaba el texto de

los telegramas... D. Francisco estuvo largo rato aturdido, como el que

recibe un canto en la cabeza. Ni aun podía respirar... El otro añadió,

para acabar de desconcertarle, palabras más lúgubres. «El diluvio, amigo

Bringas... Ahora sí que es de veras». Recobrado un tanto nuestro

economista, fue con su amigo y otros empleados al cuarto del

subintendente (el intendente estaba en San Sebastián), y allí vio a

otros individuos de la casa, todos consternadísimos. «La cosa es muy

seria... ¡Qué infamia!... ¡La Marina española!... ¿Pero cómo? Ya se ve;

en cuanto ha tenido buques... Si parece cuento... Y el Gobierno, ¿qué

hará?... Mandar un ejército inmediatamente... Pero quia, si es un

torrente... Cádiz sublevada, Sevilla sublevada, toda Andalucía

ardiendo... Pobre _Señora_... Bien se lo decían, y ella sin hacer

caso... ¿Y los generales que estaban en Canarias?... Pues en Cádiz. ¿Y

Prim? Navegando hacia Barcelona... En fin, la de acabose».

Esto ocurría el 19. Bringas subió a su casa más muerto que vivo. Todo el

día y los siguientes estuvo como lelo; no comía, no dormía, no

hacía más que pedir noticias, abrazar casi llorando a los que las traían

favorables, despedir a cajas destempladas a los que las referían

adversas. El pobre señor, abstraído de todo, se olvidó hasta de la

administración de su casa. Si en aquellos días se viste su mujer de

Emperatriz de Golconda, la mira y se queda tan fresco.

Con la pérdida del apetito trastornose su naturaleza. Francamente, había

motivo para temer en él una perturbación grave. Andaba con dificultad,

pronunciaba torpemente algunas palabras, y el órgano de la visión había

vuelto a sus antiguas mañas, alterando y coloreando de un modo extraño

los objetos. ¡Qué lástima, estropearse así cuando iba tan bien de la

vista, que determinó concluir la obra de pelo, de la cual faltaba muy

poco! «Nada, nada--solía decir--, si esta gran infamia prevalece, yo me

muero».

Rosalía y Paquito de Asís también estaban muy alicaídos, si bien la

primera tenía momentos en que la curiosidad podía más que la pena.

La revolución era cosa mala, según decían todos, pero también era lo

desconocido, y lo desconocido atrae las imaginaciones exaltadas, y

seduce a los que se han creado en su vida una situación irregular.

Vendrían otros tiempos, otro modo de ser, algo nuevo, estupendo y que

diera juego. «En fin--pensaba ella--, veremos eso».

Pez continuaba yendo a la casa; mas ella le había tomado tal

aversión, que apenas le dirigía la palabra. Con respecto a esto, los

pensamientos de la orgullosa dama eran tantos y tan varios, que no

acertaré a reproducirlos. Hacía propósito de no volver a pescar alimañas

de tan poca sustancia, y se figuraba estar tendiendo sus redes en mares

anchos y batidos, por cuyas aguas cruzaran gallardos tiburones, pomposos

ballenatos y pejes de verdadero fuste. Su mente soñadora la llevaba a

los días del próximo invierno, en los cuales pensaba inaugurar una

campaña social tan entretenida como fructífera. Esquivando el trato de

Peces, Tellerías y gente de poco más o menos, buscaría más sólidos y

eficaces apoyos en los Fúcares, los Trujillo, los Cimarra y otras

familias de la aristocracia positiva.

La de Bringas · 第 48 / 50 题