Como, a pesar de esto, no se los ponía en la mano, Rosalía estaba en
ascuas.
«Y le voy a dar un consejo--prosiguió la miserable--, un buen consejo,
para que vea que me intereso por la familia. Y es que no ande en líos
con Doña Milagros, que es capaz de volver del revés a la más sentada.
Métase en su rincón, _a la vera_ del pisa-hormigas, y déjese de
historias... No vaya más a casa de Sobrino y créame. Es mucho
Madrid este. No se fíe de los cariñitos de la Tellería, que es muy
ladina y muy cuca».
Rosalía daba cabezadas de aquiescencia. Por fin, la Sánchez puso en su
mano los billetes... ¡Oh!, ¡qué descanso sintió en su alma la desdichada
señora!... Por si a la diablesa se le ocurría quitárselos, decidió
marcharse sin tardanza.
«¿Qué, se va usted?».
--Es muy tarde. No puedo perder ni un minuto. Ya sabes que te lo
agradezco mucho. ¡Ah!... ¿Quieres que hagamos un recibito?
--No hace falta--dijo Refugio con arranque, echándoselas de noble y
desprendida--. Entre personas de la familia... ¡Ah!, esta tarde le
mandaré el sombrero y las demás cosillas.
--Como quieras...
--Aguarde un momento, que le voy a decir una cosa.
--¿Qué?--preguntó Rosalía aterrada otra vez.
--Le voy a contar lo que dijo de usted la marquesa de Tellería.
--¿De mí?
--De usted... ahí, sentadita en ese mismo sillón. Me parece que la estoy
oyendo. Fue el día antes de marcharse a baños. Vino a comprarme unas
flores artificiales. Habló de usted y dijo... ¡qué risa!... dijo que era
usted ¡una cursi!
Rosalía se quedó petrificada. Aquella frase la hería en lo más vivo de
su alma. Puñalada igual no había recibido nunca. Y cuando
bajaba presurosa la escalera, el dolor de aquella herida del amor propio
la atormentaba más que las que había recibido en su honra. _¡Una cursi!_
El espantoso anatema se fijó en su mente, donde debía quedar como un
letrero eterno estampado a fuego sobre la carne.
«Dios mío, lo que he padecido hoy sólo tú lo sabes... Creo que me han
salido canas--pensaba al ir en coche a casa de Torquemada--. ¡Qué
Gólgota!...».
Y fue y subió anhelante, porque ya habían dado las tres. Pero tuvo la
suerte de encontrar al inquisidor, ya impaciente y dispuesto para ir a
Palacio. La recibió sonriendo y preguntole por la salud de la familia.
La adoración de la rosquilla formada con los dedos no la mortificó tanto
como otros días. El gusto de conjurar aquel gran peligro y de librarse
de acreedor tan antipático, no le permitía fijarse en exterioridades más
o menos cargantes. Abreviando la sesión lo más posible, se despidió.
¡Las humillaciones de aquel día la tenían tan nerviosa...!
«No puede ser que Milagros haya dicho eso de mí--pensaba, camino de
Palacio, atormentada por aquella inscripción horrible que le quemaba la
frente--. Es mentira de esa bribona... ¡Qué día! Cuando llegue a casa lo
primero que he de ver es si me he llenado de canas. La cosa no ha sido
para menos».
Y lo primero que hizo fue mirarse al espejo. Digámoslo para tranquilidad
de las damas que en situación semejante se pudieran ver. No le había
salido ninguna cana. Y si le salieron, no se le conocían. Y si se la
conocieran, ya habría ella buscado medio de taparlas.
Lo que sí está fuera de toda duda es que a consecuencia de los
contratiempos de aquellos días, estaba la señora tan aplanada y con los
espíritus tan decaídos, que su esposo llegó a figurarse que había
perdido la salud. «Tú tienes algo; no me lo niegues. ¿Quieres que venga
el médico?... Ya ves, si hubieras tomado los baños de los Jerónimos,
otro gallo te cantara». Pero ella aseguraba no tener nada, y si no se
opuso a que viniera el médico, tampoco declaró a este ninguna dolencia
terminante. Todo era cosa de los pícaros nervios, esos diablillos que se
divierten en molestar a las señoras distinguidas, cuando no les ayudan
en sus disimulos. Lo positivo en la desazón de la de Bringas era su
tristeza, temores de todo y por la menor causa, inapetencia,
principalmente una manera especial y novísima de considerar a su marido.
Si en la estimación que por él sentía había una baja considerable, las
formas externas del respeto acusaban cierto refinamiento y estudio. A
diversos juicios se presta esto; pero en la imposibilidad de poner en
luz de evidencia las causas de tal sibaritismo de afectos exteriores,
hay que recurrir a la hipótesis, y ver en ellos algo semejante
a las zalamerías que se emplean para catequizar a un empleado de Aduanas
cuando se quiere pasar contrabando. Rosalía probaba el sistema pacífico
y venal para el alijo de sus trapos. Poco a poco iba exhibiéndolos. Cada
día reparaba D. Francisco algo nuevo, trabándose una discusión que ella
intentaba aplacar con graciosos embustes y con caricias y términos
dulzones. Pero no siempre lo conseguía, y el honrado señor llegó a
preocuparse seriamente de aquellos lujos que salían por escotillón, como
las sorpresas de teatros. Más de una vez se manifestó inflexible en la
demanda de explicaciones, preparándose a oírlas con un arsenal de
lógica, ante cuyo aparato temblaba la esposa como un criminal ante las
pruebas. Pero ya ella se iba curtiendo poco a poco, o mejor dicho,
blindándose contra aquella fiscalización impertinente. Empezó por no
tomarla muy a pechos y por no importársele mucho que el ratoncito Pérez
creyera o no lo que ella decía. Ya estaba resuelta a explicar sus
irregularidades con la incontrovertible lógica del _porque sí_, cuando
un acontecimiento gravísimo vino a librarla de aquella pena, porque el
aduanero se volvió como tonto y olvidó completamente sus papeles. Aquel
trastorno moral y mental de Bringas fue de la manera siguiente:
Una mañana bajó a la oficina tan tranquilo como de costumbre,
y todavía no había puesto los codos sobre la mesa, cuando uno de sus
compañeros, el Sr. de Vargas, se llegó a él y le dijo al oído: «Se ha
sublevado la Marina». Pareciole a Bringas tan absurda la noticia, que se
echó a reír. Pero Vargas insistía, daba detalles, recitaba el texto de
los telegramas... D. Francisco estuvo largo rato aturdido, como el que
recibe un canto en la cabeza. Ni aun podía respirar... El otro añadió,
para acabar de desconcertarle, palabras más lúgubres. «El diluvio, amigo
Bringas... Ahora sí que es de veras». Recobrado un tanto nuestro
economista, fue con su amigo y otros empleados al cuarto del
subintendente (el intendente estaba en San Sebastián), y allí vio a
otros individuos de la casa, todos consternadísimos. «La cosa es muy
seria... ¡Qué infamia!... ¡La Marina española!... ¿Pero cómo? Ya se ve;
en cuanto ha tenido buques... Si parece cuento... Y el Gobierno, ¿qué
hará?... Mandar un ejército inmediatamente... Pero quia, si es un
torrente... Cádiz sublevada, Sevilla sublevada, toda Andalucía
ardiendo... Pobre _Señora_... Bien se lo decían, y ella sin hacer
caso... ¿Y los generales que estaban en Canarias?... Pues en Cádiz. ¿Y
Prim? Navegando hacia Barcelona... En fin, la de acabose».
Esto ocurría el 19. Bringas subió a su casa más muerto que vivo. Todo el
día y los siguientes estuvo como lelo; no comía, no dormía, no
hacía más que pedir noticias, abrazar casi llorando a los que las traían
favorables, despedir a cajas destempladas a los que las referían
adversas. El pobre señor, abstraído de todo, se olvidó hasta de la
administración de su casa. Si en aquellos días se viste su mujer de
Emperatriz de Golconda, la mira y se queda tan fresco.
Con la pérdida del apetito trastornose su naturaleza. Francamente, había
motivo para temer en él una perturbación grave. Andaba con dificultad,
pronunciaba torpemente algunas palabras, y el órgano de la visión había
vuelto a sus antiguas mañas, alterando y coloreando de un modo extraño
los objetos. ¡Qué lástima, estropearse así cuando iba tan bien de la
vista, que determinó concluir la obra de pelo, de la cual faltaba muy
poco! «Nada, nada--solía decir--, si esta gran infamia prevalece, yo me
muero».
Rosalía y Paquito de Asís también estaban muy alicaídos, si bien la
primera tenía momentos en que la curiosidad podía más que la pena.
La revolución era cosa mala, según decían todos, pero también era lo
desconocido, y lo desconocido atrae las imaginaciones exaltadas, y
seduce a los que se han creado en su vida una situación irregular.
Vendrían otros tiempos, otro modo de ser, algo nuevo, estupendo y que
diera juego. «En fin--pensaba ella--, veremos eso».
Pez continuaba yendo a la casa; mas ella le había tomado tal
aversión, que apenas le dirigía la palabra. Con respecto a esto, los
pensamientos de la orgullosa dama eran tantos y tan varios, que no
acertaré a reproducirlos. Hacía propósito de no volver a pescar alimañas
de tan poca sustancia, y se figuraba estar tendiendo sus redes en mares
anchos y batidos, por cuyas aguas cruzaran gallardos tiburones, pomposos
ballenatos y pejes de verdadero fuste. Su mente soñadora la llevaba a
los días del próximo invierno, en los cuales pensaba inaugurar una
campaña social tan entretenida como fructífera. Esquivando el trato de
Peces, Tellerías y gente de poco más o menos, buscaría más sólidos y
eficaces apoyos en los Fúcares, los Trujillo, los Cimarra y otras
familias de la aristocracia positiva.