Era el acabamiento del mundo... D. Francisco oyó, gimiendo, que también
se pronunciaban Béjar, Santoña, Santander y otras plazas. El señor de
Pez, con una crueldad sin ejemplo, dijo a su amigo que no
pensara en que tal derrumbamiento se podía componer, pues la Reina
estaba perdida y no tenía más remedio que meterse en Francia... ¡Bien
había dicho él, bien había anunciado, bien había pronosticado y
vaticinado lo que estaba pasando!
Cándida, por el contrario, traía buenas noticias... «Novaliches sale con
un ejército atroz, pero muy atroz... Verá usted cómo los desbarata en un
decir Jesús... Cuentan que en algunos pueblos de Andalucía han rechazado
a los rebeldes... Aquí hay mucha gente que quiere alarmar, y pinta las
cosas con colores demasiado vivos. Yo he oído que no es tanto como se
dice».
Bringas le dio un abrazo. «¿Y el titulado Prim dónde está?»--preguntó.
--Oí que le habían dado un tiro... Y si no, se lo darán más tarde... Yo
sostengo que si la Reina tuviera ánimo para venirse acá y presentarse, y
echar una arenga, diciendo: _todos sois mis hijos_, se arreglaría esto
fácilmente.
Lo mismo pensaba Bringas; pero él hubiera preferido que resucitara
Narváez, cosa un poco difícil. «¡Oh!, si D. Ramón viviera... Pues como
esto no se resuelva pronto, vamos a tener en Madrid una degollina,
porque como aquí hay poca tropa, los llamados demócratas o demagogos se
echarán a la calle. Tendremos una guillotina en cada plazuela». Cada día
estaba el pobre señor más enfermo. Se admiraba de la
tranquilidad de sus compañeros, que habían tomado con calma la
catástrofe, y no creían imposible colarse en cualquier otra oficina, si
la revolución hacia tabla rasa del Patrimonio Real. Y tan indecorosa
hallaba la idea de la defección, que aseguraba estar dispuesto a pedir
una limosna por las calles antes que una credencial a los titulados
revolucionarios.
«Pero hombre, no te apures--le decía su mujer--. Volverás a los Santos
Lugares».
--¿Pero tú crees, tonta, que van a quedar Lugares Santos? Todos serán
lugares pecadores. Verás la que se arma: guillotinas, sangre, ateísmo,
desvergüenza, y por fin, vendrán las naciones... no te creas, ya puede
que estén viniendo... en socorro de la Reina; vendrán las naciones y se
repartirán nuestra pobre España.
Casi le da al buen señor un ataque apoplético el día 29 cuando se supo
en Madrid lo de Alcolea. Madrid se pronunciaba también. Llevó la noticia
Paquito, que había pasado por la Puerta del Sol y visto mucha gente...
Un general arengaba a la muchedumbre, y otro se quitaba las hombreras
del uniforme. Después de esto, la gente corría por las calles con más
señales de júbilo que de pánico. Grupos diversos recorrían las calles
dando vivas a la Revolución, a la Marina, al Ejército, y diciendo que
Isabel II no era ya Reina. Algunos llevaban banderas con diferentes
lemas y otros quitaban las reales coronas de las tiendas. Todo
esto lo contó Paquito de Asís a su papá, atenuando lo que le parecía que
había de serle desagradable. El pobre chico tenía que disimular, porque
si bien su entendimiento se amoldaba a las ideas de su padre, era niño y
no podía sustraerse a la fascinación que la libertad ejerce sobre todo
espíritu despierto que empieza a enredar con los juguetes del saber
histórico y social. Contando aquellas cosas en tono de duelo y
consternación, un gozo extraño, incomprensible, le retozaba por todo el
cuerpo. No acertaba a comprender la causa de ello; pero era sin duda que
su alma no había podido precaverse contra el alborozo expansivo de la
capital, y lo había respirado como los pulmones respiran el aire en que
los demás viven.
«Ya no hay remedio--dijo Bringas, sacando fuerzas de su extremado
abatimiento--. Ahora preparémonos. Que sea lo que Dios quiera.
Resignación. Las turbas no tardarán en invadir esta casa para
saquearla... No perdonarán a nadie. Mostrémonos dignos, aceptemos el
martirio...».
Se le atravesaba algo en la garganta... Callaron todos, atendiendo a los
ruidos que en los pasillos de la ciudad sonaban y en el patio. Gran
zozobra reinaba en toda la casa. Los vecinos salían a las puertas a
saber noticias y a comunicarse sus impresiones. Bajaban algunos,
ansiosos de saber si ocurrían novedades; pero en el patio
había gran silencio, y aunque las puertas permanecían abiertas, no
entraba bicho viviente. Cuando menos se la esperaba, entró Cándida
turbadísima, diciendo entre ahogados gemidos:
«Ya... ya...».
--¿Qué, señora, qué hay?
--El saqueo... ¡Ay D. Francisco de mi alma!... Por la calle de Lepanto
hemos visto bajar las turbas. ¡Pero qué fachas, qué rostros
patibularios, qué barbas sin peinar, qué manos puercas!... Nada, que
ahora nos degüellan.
--Pero la guardia de Palacio... los alabarderos...
--Si deben andar sublevados también... Todos son unos. ¡El Señor nos
asista!
Hubo un rato de pánico en la casa; mas no fue de larga duración, porque
los Bringas, saliendo al pasillo, vieron que por allí discurrían algunos
vecinos de la ciudad, tan sosegados como si nada pasara.
«¿Pero qué hay?».
--Nada: unos cuantos chiquillos que están alborotando en el portal; pero
no hay cuidado. Del Ayuntamiento han mandado una guardia.
Paquito de Asís bajó, contra la opinión de su padre, que temía cualquier
catástrofe inesperada, y a la media hora subió contando lo que ocurría.
«Abajo hay una guardia de paisanos».
--¿Con armas?
--Sí, de las que cogieron esta tarde en el Parque... Pero es gente
pacífica. Unos llevan sombrero, otros gorra, este montera y aquel boina.
Parece que están de broma.
--Sí, para bromitas estamos... ¿Y la tropa?
--Se ha retirado al cuartel.
--De modo, ¡Santo Cristo del Perdón!, que estamos en poder de la
canalla, de los descamisados, de _las llamadas_ masas...
--Han puesto un cartel que dice:_Palacio de la Nación, custodiado por el
Pueblo._
--Sí, buena cuenta darán...--dijo Bringas con dolor vivísimo--. No va a
quedar en Palacio ni una hilacha. La suerte es que antes de llegar aquí
tienen mucho en que cebarse, y cuando suban a estos barrios, ya estarán
tan hartos, que...
Continuó durante la noche la intranquilidad. Bringas y otros muchos
vecinos no se acostaron o hicieron traer provisiones para muchos días. A
cada instante temían verse acometidos por las turbas. Pero con gran
sorpresa observaron que ningún ruido turbaba la paz augusta del Alcázar.
Parecía que la institución monárquica dormía aún en él, tranquila y
sosegada, como en los buenos tiempos.
En la mañana del 30, Cándida entró muy sofocada. «¿No saben lo que
pasa?»--dijo antes de saludar.
«¿Qué, señora, qué?»--preguntaron todos con la mayor ansiedad,
creyendo que algo muy estupendo había ocurrido.
--Pues que esa pobre gente que custodia a Palacio no ha cenado en toda
la noche. Desde media tarde de ayer están ahí, y nadie se ha acordado de
mandarles algo con que alimentarse. Yo no sé en qué piensa la Junta,
porque han de saber que hay una Junta que llaman revolucionaria, ni el
Ayuntamiento. Crea usted que da lástima verlos. Yo bajé esta mañana y
estuve hablando con ellos. No crea usted, Sr. D. Francisco, unos
pobrecillos, almas de Dios... Como no nos manden acá otros descamisados
que esos, ya podemos echarnos a dormir. Algunos se subieron a las
habitaciones reales, y andaban por allí hechos unos bobos, mirando a los
techos. Otros preguntaban por las cocinas. ¡Era un dolor, una cosa
atroz, hijo, verles muertecitos de hambre! Me daba una lástima, que no
puede usted figurarse. Mis vecinas y otras muchas personas del tercero
les han bajado al fin alguna cosilla, y en el portal grande están
sentados en grupos. Para una tortilla hay treinta bocas; para una
botella de vino cincuenta. En fin, es una risa. Baje usted y verá, verá.
No hay miedo; son unos angelotes. ¿Robar? Ni una hebra. ¿Matar? Si acaso
alguna paloma. Dos o tres de ellos se han entretenido en cazar a
nuestras inocentes vecinas; pero con muy mala fortuna. Los
revolucionarios tienen mala puntería.
--¡Pobres palomas!... En efecto--dijo Bringas--, yo he sentido tiros
esta mañana.
--Pocas han caído. A mí me han regalado tres, gordísimas... Le digo a
usted que esos infelices son la mejor gente del mundo.
--A mí que no me digan--exclamó Bringas amostazado--. Eso no cuela, eso
es patraña. Aquí hay algún intríngulis. Y sí es verdad lo que usted
dice, esa no es canalla, lo repito, esa no es canalla; son caballeros...
disfrazados.
L
Cuando las cosas marcharon con regularidad y se aseguró en Madrid el
orden, apenas turbado, y la Junta se apoderó de Palacio en toda regla,
nombrando quien lo custodiase, y estableciendo en él una guardia del
ejército, los habitantes del barrio palatino se tranquilizaron por
completo respecto de su seguridad personal; mas otra especie de
inquietud les embargaba, y era que no tardarían en ser expulsados de lo
que había venido a ser el _Palacio de la Nación_. Muchos empezaban a
hacer sus cábalas para quedarse. Otros, como Bringas, querían
manifestar a la revolución su desprecio, desalojando en seguida la
vivienda que no les pertenecía. Tuve ocasión de conocer y apreciar los
sentimientos de cada uno de los habitantes de la ciudad en este
particular, porque mi suerte o mi desgracia quiso que fuese yo el
designado por la Junta para custodiar el coloso y administrar todo lo
que había pertenecido a la Corona. Desde que me instalé en mi oficina,
faltábame tiempo para oír a los vecinos angustiados de la ciudad. A
algunos, por razón de su cargo, no había más remedio que dejarles, pues
ellos solos conocían ciertos pormenores administrativos que debían
conservarse. En este caso estaban los guarda-muebles y la guarda-ropa.
Otros exponían sutiles razones para no salir, y no faltó quien alegase
méritos revolucionarios para ser inquilino de la Nación, como antes lo
había sido de la Monarquía. Todos traían cartas de recomendación de
diferentes personajes caídos o por caer, levantados o por levantar,
pidiendo con ellas, o bien alojamiento perpetuo, o bien prórroga para
mudarse. La viuda de García Grande trájome una carga tan espantosa de
tarjetas y cartas, que por no leerlas le permití que ocupara su cuarto
todo el tiempo que quisiera.
Yo sabía que Bringas deseaba salir inmediatamente. Pero su esposa fue a
verme para suplicarme que les permitiese estar un mes en Palacio,
mientras buscaban casa, a lo que accedí de muy buen grado. Hablando
de aquellos extraordinarios y nunca vistos sucesos, díjome la
distinguida señora que ella no miraba la revolución con ojos tan
implacables como su marido; que confiaba en la vuelta de la Reina,
porque los españoles no se podían pasar sin ella, y que en tanto, había
que esperar los sucesos para juzgarlos. Vendrían seguramente tiempos
distintos, otra manera de ser, otras costumbres; la riqueza se iría de
una parte a otra; habría grandes trastornos, caídas y elevaciones
repentinas, sorpresas, prodigios y ese movimiento desordenado e
irreflexivo de toda sociedad que ha vivido mucho tiempo impaciente de
una trasformación. Por lo que la Bringas dijo, fuera en estos términos o
en otros que no recuerdo, vine a comprender que la imaginación de la
insigne señora se dejaba ilusionar por lo desconocido.
Quise tener con Bringas la consideración de subir a notificarle
personalmente que podía permanecer en la vivienda todo el tiempo que
quisiera. Pero él, dándome las gracias, aseguró que no quería deber
favores a la titulada Nación y que no veía las santas horas de salir de
allí. Pez estaba presente, y hablamos todos de los sucesos de aquellos
días y de la Junta y del Gobierno provisional que se acababa de formar.
A Bringas le sacaba de quicio que Pez no estuviera tan indignado como
debía esperarse de sus antecedentes. Pero este, con reposado
lenguaje y juicioso sentido, se defendía enalteciendo la teoría de los
hechos consumados, que son la clave de la Política y de la Historia.
«¿Pues qué, vamos a derramar torrentes de sangre?--decía--. ¿Qué ha
pasado? Lo que yo venía diciendo, lo que yo venía profetizando, lo que
yo venía anunciando. Hay que doblar la cabeza ante los hechos, y
esperar, esperar a ver qué dan de sí estos señores». Además, el gran Pez
creía que la Unión liberal en la revolución era una garantía de que esta
no iría por caminos peligrosos. Él esperaba tranquilo y cesante, y había
dicho a los setembrinos: «Ahora veremos qué tal se portan ustedes. Yo
creo que lo harán lo mismo que nosotros, porque el país no les ha de
ayudar...». ¡Y qué feliz casualidad! Casi todos los individuos que
compusieron la Junta eran amigos suyos. Algunos tenían con él
parentesco, es decir, que eran algo Peces. En el Gobierno Provisional
tampoco le faltaban amistades y parentescos, y a donde quiera que volvía
mi amigo sus ojos, veía caras pisciformes. Y antes que casualidad,
llamemos a esto Filosofía de la Historia.
Mis reiteradas instancias no hicieron desistir a Bringas de su propósito
de desalojar la casa. Su señora, que entró en mi despacho a darme
gracias el día mismo de la mudanza, díjome que habían tomado una casa
muy modesta, pero que tomarían otra mejor, pues ella no podía vivir
en un tugurio estrecho y más alto que la torre de Santa Cruz.
¡Bringas cesante, Paquito cesante! Esta situación era verdaderamente un
cataclismo económico-bringuístico, y no inducía a pensar en grandezas.
Pero de un modo o de otro, la familia tenía que hacer esfuerzos para no
desmerecer de su dignidad tradicional y mostrarse siempre en el mismo
pie decoroso. «En estas críticas circunstancias--me dijo después de una
larga conferencia en que me agració con miradas un tanto flamígeras--,
la suerte de la familia depende de mí. Yo la sacaré adelante».
Cómo se las compondría para este fin es cosa que no cae dentro de este
relato. Las nuevas trazas de esta señora no están aún en nuestro
tintero. Lo que sí puede asegurarse, por referencias bien comprobadas,
es que en lo sucesivo supo la de Bringas triunfar fácilmente y con
cierto donaire de las situaciones penosas que le creaban sus
irregularidades. Es punto incontrovertible que para saldar sus cuentas
con Refugio y quitarse de encima esta repugnante mosca, no tuvo que
afanarse tanto como en ocasiones parecidas, descritas en este libro. Y
es que tales ocasiones, lances, dramas mansos, o como quiera
llamárseles, fueron los ensayos de aquella mudanza moral, y debieron de
cogerla inexperta y como novicia.
Francamente, naturalmente, les vi salir con pena. El día que salieron,
la ciudad alta parecía una plaza amenazada de bombardeo. No
había en toda ella más que mudanzas, atropellado movimiento de personas
y un trasiego colosal de muebles y trastos diversos. Por las oscuras
calles no se podía transitar. Gozaba extraordinariamente con aquel
espectáculo Alfonsito Bringas, que habría deseado encargarse del
trasporte de todo en carros de su propiedad.
Al ratoncito Pérez daba lástima verle. Apoyado en el brazo de su señora,
andaba con lentitud, la vista perturbada, indecisa el habla. Serena y un
tanto majestuosa, Rosalía no dijo una palabra en todo el trayecto desde
la casa a la Plaza de Oriente, mas de sus ojos elocuentes se desprendía
una convicción orgullosa, la conciencia de su papel de piedra angular de
la casa en tan aflictivas circunstancias.
En términos precisos oí esto mismo de sus propios labios más adelante,
en recatada entrevista. Estábamos en plena época revolucionaria. Quiso
repetir las pruebas de su ruinosa amistad, más yo me apresuré a ponerles
punto, pues si parecía natural que ella fuese el sostén de la cesante
familia, no me creía yo en el caso de serlo, contra todos los fueros de
la moral y de la economía doméstica.