«Por ese descaro--le hubiera dicho ella--, por ese cinismo con que tú
hablas de señoras, cuyo zapato no mereces descalzar, se te debía
arrancar esa lengua de víbora y luego azotarte públicamente
por las calles, desnuda de medio cuerpo arriba, así, así, así...».
En su mente, le daba los azotes y la ponía en carne viva. Tan volada
estaba ya la Bringas y tan grande esfuerzo tenía que hacer para
contenerse, que halló preferible cualquier catástrofe doméstica al
tormento horroroso que padecía. «Me voy--pensaba--, no puedo aguantar.
Prefiero que mi marido me desprecie y me esclavice, a que esta miserable
me escupa la cara como me la está escupiendo».
Pero al pensar esto, figurábase ver al señor de Torquemada exponiendo a
D. Francisco, con la rosquilla por delante, la obligación de satisfacer
la deuda; representábase luego al irritado esposo... No, con todo el
poder de su imaginación, no podía representarse la noble ira de aquel
santo hombre tan enemigo de enredos. «Antes que eso--concluyó por
decir--, todo, todo, incluso que esta frutilla temprana me pisotee... Yo
sola paso la vergüenza; nadie me lo sabe y ni nadie me lo ha de sacar a
la cara».
«Un caballero amigo mío--dijo Refugio pasando de aquel tono convencido
al de la jovial ligereza--, me ha dicho que aquí todo es pobretería, que
aquí no hay aristocracia verdadera, y que la gran mayoría de los que
pasan por ricos y calaveras no son más que unos cursis... Porque vea
usted... ¿En qué país del mundo se ve que una señora con título, como la
Tellería, ande pidiendo mil reales prestados, como me los ha
pedido a mí? Aquí ha habido quien se ha pegado un tiro por haber perdido
seiscientos reales a una carta. Y cuando un señorito se gasta cien
claretes con una mujer, dicen que ha arruinado a la familia. Pues no
quiero hablar de los que viven de gorra, como muchitos a quienes yo
conozco, que van a los teatros con billetes regalados, que viajan
gratis, y hasta se ponen vestidos usados ya por otras personas... ¡Todo
por aparentar!... Cuando veo a estos tales, me pongo yo muy hueca,
porque no debo a nadie, y si lo debo lo pago; vivo de mi trabajo, y
nadie tiene que ver con mis acciones, y lo primero que digo es que no
engaño a nadie, que el que no me quiera así que me deje, ¿está usted?,
porque de lo mío como... Celestina, vete a Levante y di que nos traigan
café. ¿Quiere usted café?».
--Gracias, replicó Rosalía con desabrimiento, ya gastadas las fuerzas.
Levantose para retirarse. Aquella mujer le repugnaba tanto y hería de
tal modo su orgullo con lo ordinario de aquellas expresiones y la
ruindad de aquellos pensamientos, que no quiso humillarse más. Refugio
la detuvo por el brazo, diciéndole en una carcajada:
«¿De veras no quiere usted tomar café con nosotras? Espérese, que se me
está ocurriendo darle el dinero».
Rosalía se sentó, y alegrósele el alma con estas palabras. Aquel
diablillo que tenía delante y que le hacía mil muecas indecentes,
tornose humano y aun agradable.
«Son las dos y cuarto»--suspiró la de Bringas sin poder dejar de
sonreír, y encontrando una gracia particular en la boca grande y en la
dentadura mellada de Refugio.
--¿A qué hora tiene que pagar?
--A las tres--se dejó decir la otra con gran espontaneidad.
--Aún sobra tiempo.
Oyose el ruido de la puerta que Celestina había cerrado de golpe, al
salir en busca del café. La del diente menos, estirándose más y tomando
una actitud más que perezosa, chabacana, le dijo entre risas muy
descorteses:
«Si estuviera aquí la _Señora_, no pasaría usted esos apurillos, porque
con echarse a sus pies y llorarle un poco... Dicen que la _Señora_
consuela a todas las amigas que le van con historias y que tienen
maridos tacaños o perdularios. Ya se ve; si yo tuviera en mi mano, como
ella, todo el dinero de la nación, también lo haría. Pero déjese usted
estar, que ya le ajustarán las cuentas. Dice un caballero que viene a
casa, que ahora sí que se arma de veras».
«¿Pero cuántos caballeros conoces tú, grandísimo apunte?--le habría
dicho Rosalía, si hubiera estado en situación de ser severa--. Tú tratas
con todos los caballeros del género humano. ¿No habrá uno que
te tire, de una bofetada, todos los dientes que te quedan, y que, por
cierto, son muy bonitos?».
--Sí, lo que es ahora--añadió Refugio con desparpajo--, cambiaremos de
aires... Vayan con Dios. Habrá libertad, libertades...
Esta falta de respeto, esta manera de hablar de Su Majestad enfadó tanto
a la dama, que estuvo a punto de dar al traste con toda su
circunspección y llegarse a la infame y decirle:
«Para que aprendas a hablar como se debe, toma este arañazo...».
Contentose con dos o tres monosílabos de reprobación. Su cara estaba ya
como un pimiento. En una de aquellas manotadas que daba la Sánchez, tiró
un cestito que sobre la chimenea estaba, y de él cayó una cajetilla de
cigarros.
«¿También fumas, cochinaza?»--habríale preguntado Rosalía, si hubiera
podido hablar con espontaneidad; pero miró a la otra recoger del suelo
la cajetilla, y no dijo nada.
Al poco rato entró el mozo con el café, y dejó el servicio sobre el
velador. Fue preciso quitar muchas cosas para hacerle sitio. Refugio y
Celestina, después de repetir su invitación a la de Bringas, se
prepararon a tomarlo. Ambas se daban respectivamente el mismo
tratamiento y se tuteaban con igual franqueza. Lo dicho, no se sabía
cuál de las dos era la criada y cuál la señora, aunque
realmente Celestina estaba un poco más derrotada que la otra.
«¡Virgen del Carmen!--exclamó para sí Rosalía--. ¡Con qué gente me he
metido!... Si el Señor me saca en bien de este mal paso, nunca más
volveré a dar otro semejante».
--Celestina--dijo la mellada en tono amistoso--, ¿y yo no me peino hoy?
La otra explicó su tardanza con lo mucho que tenía que hacer. Todo
estaba aún sin arreglar, el gabinete como una leonera, la alcoba lo
mismo... Cuando Refugio acabó de tomar su café y Celestina empezaba a
poner algún orden en el gabinete, Rosalía, no pudiendo refrenar su
impaciencia, cerró con estrepito el abanico...
«Debe de ser muy tarde. Las tres menos cuarto quizás».
--Lo peor de todo--dijo Refugio, jugando con su víctima--, es que...
Ahora me acuerdo... Si no puedo, no puedo darle a usted nada. Ya se me
había olvidado que hoy mismo, esta tarde misma, tengo que pagar dos mil
y pico de reales.
Rosalía creyó firmemente que una culebra se le enroscaba en el pecho,
apretándola hasta ahogarla. No tuvo fuerzas para decir nada. Hubiérase
abalanzado a la miserable para clavarle en aquella cara diablesca las
diez uñas de sus extremidades superiores. Pero esto que algunas veces se
piensa y se desea, rara vez se hace. Levantose... Sólo pudo articular un
sonido gutural, débil expresión de su ira, atenazada por la
dignidad.
«Está jugando conmigo como un gato con una bola de papel...--pensó--. Me
voy; si no, la ahogo...».
--Aguarde usted--dijo Refugio--. Se me ocurre una cosa. Basta que haya
prometido socorrer a usted, para que no me vuelva atrás. La palabra de
una Sánchez Emperador es palabra imperial... Y sobre todo, tratándose de
la _familia_...
«Suelta la familia de tu boca asquerosa»--le hubiera dicho Rosalía.
--Pues se me ocurre que puedo pedir eso a una amiga.
--¿Pero te haces cargo de la hora que es?--dijo la de Bringas,
recobrando la esperanza.
--Si vive muy cerca de aquí, en la calle de la Sal...
--¿Pero te estás con esa calma?
--Quia... Tendré tiempo de peinarme. ¡Celestina!
--Mujer... no tienes tiempo.
Refugio se levantó. Rosalía, dando algunos pasos hacia ella, cogió el
vestido y lo ahuecó, haciendo ademán de ponérselo...
--Échate este vestido... te pones un manto, un pañuelo por la cabeza...
Refugio pasó a la alcoba. Desde ella dijo: «¿mi corsé?» y la de Bringas
corrió a llevárselo, y le ayudó a ceñírselo. Cuando estaban en
tal operación, la taimada se dejó decir esto:
«Bien podía el Sr. de Pez librarla a usted de estas crujías... Pero no
siempre se le coge con dinero. Tronadillo anda el pobre ahora...».
Rosalía no dijo nada. La vergüenza le quemaba el rostro y le oprimía el
corazón. Lo que hizo fue apretar el corsé y tirar furiosamente del
cordón, como si quisiera partir en dos mitades el cuerpo de la diablesa.
«Señora, por Dios, que me divide usted... Yo no me aprieto tanto. Eso se
deja para las gordonas que quieren ponerse un tallecito de sílfide...
Qué le parece, ¿me peinaré?».
--No... recógete el pelo con una redecilla, con una cinta... Así estás
muy bien... estás mejor... con esa melena alborotada... Pareces una
Herodías que hay en un cuadro de Palacio... Vamos, avíate... súbete esos
pelos... Mira que es muy tarde... A ver, yo te ayudaré.
Sentose Refugio, y la Bringas le arregló la abundante cabellera en un
periquete.
«Vaya una doncella que me he echado...--dijo la de Sánchez, riendo--.
¡Tanto honor...!».
Y luego cuando parecía dispuesta a salir, se puso a cantar y a dar
vueltas por el gabinete. Rosalía vio con terror que se sentaba en un
sillón con mucha calma.
«¡Pero mujer!...»--exclamó la Bringas sulfurada...
Había en su cerebro un rebullicio como el de los relojes de pared
momentos antes de dar la hora. Y la otra con refinada calma dijo así:
«Hace mucho calor; no tengo ganas de salir».
--Pero tú... ¿juegas... o qué...?
--No se apure usted, señora, no se encabrite, no se encumbre--replicó la
Sánchez--. Si se me viene con sofoquinas y con aquello de _ordeno_ y
_mando_, no hemos hecho nada. Usted en su casa, y yo en la mía. Los
cinco mil reales... mírelos usted; aquí están. Por no salir se los voy a
dar, y yo buscaré lo que necesito.