¡Qué descansada se quedó cuando lo dijo! Parecía que el gran peso que en
su pecho tenía se aligeraba. Refugio la oyó con calma, no pareciendo
sorprendida. Después hizo con la boca unos mimos muy particulares. Su
contestación no tardó mucho.
«Le diré a usted... dinero tengo, pero no sé si podré disponer de él. Me
traerán mañana unas cuentas muy gordas...».
Mirábala a los ojos con impertinente fijeza. Rosalía hubiera deseado que
no la mirase tanto y que le diese pronto el dinero. Después de una pausa
en que Refugio parecía hacer estudios de cálculo en el entrecejo de la
Bringas, tornó a decir:
«Lo que es el dinero... lo tengo, vea usted».
Revolvió un cajoncillo que parecía costurero, y del fondo de él sacó un
puñado de cosas. Eran trapos, hilos desmadejados y billetes de Banco,
formando todo una masa.
«Vea usted... no me falta. Pero...».
A Rosalía se le encendieron los espíritus cuando vio los billetes. Pero
se le llenaron de tinieblas cuando la condenada chica de Sánchez volvió
a meter el dinero en lo profundo, y moviendo la cabeza, le dijo:
«¡Ay!, no puedo, señora, no puedo...».
La Pipaón pensó así: «Lo que quiere esta bribona, es que yo me humille
más, que yo le ruegue y le suplique y haga algún puchero delante de
ella... quiere que me arrastre a sus pies para pisotearme... ¡Ah!,
cochinísima, si yo no estuviera como estoy, ¿sabes lo que haría? Pues
levantarte la falda y coger el palo de una escoba y llenarte de
cardenales ese promontorio de carne que tienes... Grandísima loca, ¿qué
más honra quieres que prestar tú dinero a una persona como
yo?».
Como es natural, nada de esto que pensaba la dama fue dicho. Al
contrario, hubo de recurrir a expresiones melosas y apropiadas a lo
crítico del caso.
«Piénsalo bien, hija. Quizás puedas... Lo que tienes que pagar tal vez
pueda aplazarse por unos días, mientras que lo mío...».
--Qué más quisiera yo--dijo la otra con afectada conmiseración--.
Bastante siento que se vaya usted con las manos vacías...
El sentido altamente protector de esta frase humilló a Rosalía más de lo
que estaba. La hubiera cogido por aquellos pelos tan abundantes, para
restregarle el hocico contra el suelo.
«¿No podrías hacer un esfuerzo...?»--indicó, sacando valor de lo intimo
de su pecho.
--¡Qué más quisiera yo!... Me da tristeza de no poder socorrer a usted.
Crea que lo siento muy de veras. Yo haría cualquier cosa en obsequio de
usted y de D. Francisco...
--No--dijo Rosalía con viveza, lastimada de oír el nombre de su
marido--. Esto es cosa mía exclusivamente. Ni hay para qué enterar a
Bringas de nada... ¡Oh!, es cosa mía, mía...
--¡Ah!... ya--murmuró Refugio, mirándola otra vez fijamente en el
entrecejo.
Rosalía advirtió que después de observarla, la maldita revolvía de nuevo
en el costurero... ¿Se ablandaba al fin y sacaba los billetes?
No... Hizo un gesto como de persona que se esfuerza en tener carácter
para vencer su debilidad, y repitió:
«No puedo, no puedo... Y lo que usted no consiga de mí, ¿quién lo
conseguiría? Por usted o por D. Francisco haría los imposibles, y me
quitaría el pan de la boca. Crea usted que tengo miedo a mi falta de
carácter; yo soy muy tonta, y si usted me llora mucho, puede que me
ablande y caiga en la tontería de prestarle el dinero; la tontería, sí,
porque me hace muchísima falta».
«Nada--pensó Rosalía hecha un basilisco--. Esta sin vergüenza quiere que
me le ponga de rodillas delante... No lo verá ella».
En alta voz, afectando una calma que estaba muy lejos de tener, le
dijo:--«Si tanta extorsión te cansa, no hay nada de lo dicho».
--No puedo, no puedo. Es un compromiso tan grande el que
tengo...--manifestó la Sánchez en el tono de quien corta una cuestión.
--Bueno, no te apures...
--Con que... ¿y cómo no han ido ustedes a baños?
Este cambio completo en la conversación, puso a Rosalía sobre ascuas. Se
doblaba la hoja. No había que pensar en el préstamo. A la estúpida
pregunta del veraneo contestó la señora con la primer sandez que se le
vino a la boca. En aquel momento sentía tanto calor que se
habría echado en remojo para impedir la combustión completa de su cuerpo
todo.
«Hija, hace aquí un bochorno horrible».
--Espere usted, entornaré las maderas para que entre menos luz.
Durante un rato, la Pipaón, con el alma en un hilo, miró las estampas de
toreros que adornaban la pared. Veíalas confundidas con la desazón
angustiosa de su alma. Aquel afán sojuzgaba su dignidad de tal modo, que
no vaciló en humillarse un poco más. Dando con su abanico un golpecito
en la rodilla de Refugio, pronunció estas palabras, a las cuales hubo de
dar, no sin esfuerzo, un tonillo ligeramente cariñoso:
«Vaya, mujer; préstame ese dinero».
--¿Qué?--preguntó Refugio sorprendida. ¡Ah!, el dinero. Crea usted que
no me acordaba ya de semejante cosa... ¿Pero qué, tanta falta le hace?
¿Es tan fuerte el sofoco? Francamente, yo creí que usted daba a rédito,
no que tomaba.
A esta maliciosa observación, habría contestado Rosalía tirándole de
aquellas greñas despeinadas. ¿Pero qué había de hacer? Tragar acíbar y
someterse a todo.
«Sí, hija, el compromiso es fuertecillo. Si quieres, se te dará
interés... como te convenga».
--¡Jesús!, no me ofenda usted. Si yo le prestara a usted lo que desea, y
siento mucho no estar en situación, lo haría sin interés. Entre
personas _de la familia_ no debe ser de otra manera.
Cuando oyó la de Pipaón que aquella buena pieza se contaba entre los _de
la familia_, estuvo a punto de perder los estribos... Era demasiado
suplicio aquel para resistirlo sin estallar. Rosalía apretaba los
dientes, haciendo cuantas muecas fueron necesarias para imitar sonrisas.
«Debo estar echando espuma por la boca--pensaba--. Si no me voy pronto
de aquí, creo que me da algo».
Refugio volvió a meter su mano en el costurero y sacó el envoltorio de
los billetes. ¡Jesús divino! ¡Si al fin se resolvería...! La de Bringas
la vio, con disimulada ansia, sobar y repasar los billetes como si los
contara. Después, moviendo la cabeza en señal de desconsuelo, dijo la
muy...: «Si no me queda ya nada... ¡Ay!, señora, no es posible, no es
posible».
Pero no guardó el envoltorio en donde estaba, sino que lo puso sobre la
chimenea. Este detalle avivó las muertas esperanzas de Rosalía.
«Porque mire usted--agregó la otra estirándose en el sillón, como si
fuera una cama, y tocando casi con sus pies las rodillas de la dama--;
aquí donde me ve, estoy arruinada. Me metí en un negocio que no
entiendo, y como no tengo carácter, todos se han aprovechado de mi
_pavisosería_ para explotarme. Al principio, muy bien; la mar salada y
sus arenas... Yo recibía el género, venían las señoras y se lo
llevaban como la espuma. Como que era todo de lo mejor, y nada caro por
cierto. Pero cuando tocaban a pagar... aquí te quiero ver. «Que me
espere a la semana que entra...» «Que pasaré por allí...» «Que
vuelva...» «Que no tengo...» «Que torna, que vira», y a fin de fiesta,
miseria y trampas. Ay, qué Madrid este, todo apariencia. Dice un
caballero que yo conozco, que esto es un Carnaval de todos los días, en
que los pobres se visten de ricos. Y aquí, salvo media docena, todos son
pobres. Facha, señora, y nada más que facha. Esta gente no entiende de
comodidades dentro de casa. Viven en la calle, y por vestirse bien y
poder ir al teatro, hay familia que se mantiene todo el año con
tortillas de patatas... Conozco señoras de empleados que están cesantes
la mitad del año, y da gusto verlas tan guapetonas. Parecen duquesas, y
los niños principitos. ¿Cómo es eso? Yo no lo sé. Dice un caballero que
yo conozco, que de esos misterios está lleno Madrid. Muchas no comen
para poder vestirse; pero algunas se las arreglan de otro modo... Yo sé
historias, ¡ah!, yo he visto mundo... las tales se buscan la vida, se
negocian el trapo como pueden, y luego hablan de otras, ¡como si ellas
no fueran peores!... Total, que de lo que vendí no he cobrado más que la
mitad: la otra mitad anda suelta por ahí, y no hay cristiano que la
cobre. ¡Sopla-ollas, fantasmonas! Y luego venían aquí dándose
un pisto... «Grandísimas...--les digo para mí--, yo no engaño a nadie;
yo vivo de mi trabajo. Pero vosotras engañáis a medio mundo, y queréis
hacer vestidos de seda con el pan del pobre» Y óigalas usted echar humo
por aquellas bocas, criticando y despreciando a otras pobres. Alguna ha
habido que después de mirarme por encima del hombro, y de hacer mil
enredos para no pagarme, ha venido aquí a pedirme dinero... ¿Y para qué
sería?... tal vez para dárselo a su querido».
Al soltar esta retahíla con un énfasis y un calor que declaraban
hallarse muy poseída de su asunto, echaba sobre la infeliz postulante
miradas ardientes. Esta, hinchando enormemente las ventanillas de la
nariz, los ojos bajos, el resuello fatigoso, oía y se amordazaba y
contenía sus ganas furibundas de hacer o decir cualquier disparate.