«¿Y la familia?»--le preguntó Torquemada al saludarla.
--No tiene novedad; gracias...--replicó la dama sentándose en la silla
que se le ofreció.
Al instante expuso su pretensión de prórroga, empleando sonrisas amables
y los términos más dulces que podía imaginar. Pero Torquemada oyó la
proposición con fría seriedad, y luego, ofreciendo a las miradas de
Rosalía la rosca formada con sus dedos, como se ofrece la hostia a la
adoración de los fieles, le dijo estas palabras fatídicas.
«Señora, ya dije a usted que no... puedo, no puedo de ninguna manera. Es
de todo punto im...posible».
Y viendo que la víctima se negaba a creer tanta crueldad, echó el último
argumento en esta forma:
«Si mi padre me pidiera... esa prórroga, no se la concedería. Usted no
sabe lo apurado que estoy. Tengo forzosamente que hacer... un depósito.
Va en ello mi honor».
La repetición de la súplica, hasta llegar a la pesadez, no quebrantaba
aquella roca.
«Diez días nada más»--decía ella con el pagaré atravesado en la
garganta.
--Ni diez minutos, señora; no puede... ser. Mucho... lo siento; pero si
el día 2...
--Por Dios, hombre, por su madre...
--Me veré obligado a presentar... el pagaré al señor de Bringas, que
tiene dinero... me consta...
A pesar de esto, la pobre señora, que pasó aquella noche atormentada por
el insomnio y la zozobra, volvió al día siguiente a visitar a su
acreedor.
«¿Y la familia?»--le preguntó él después del saludo.
Rosalía suplicó con más vehemencia que el día anterior, y Torquemada
negaba y negaba y negaba, acentuando su crueldad con la pavorosa
aparición de la rosquilla en el espacio comprendido entre las miradas de
los dos interlocutores.
La Pipaón confió a las lágrimas lo que no habían podido conseguir los
suspiros. El prestamista, creyendo que se desmayaba, hizo traer un vaso
de agua, que ella no quiso probar, porque le daba asco. El poder de una
mujer que llora se vio en aquel caso; pues la peña de Torquemada se
ablandó al fin, y la prórroga fue otorgada.
«Pero le juro a usted, señora, que si el día 7...».
--El 7 no, el 10...
--El 8. Verdad es que el 8 es fiesta, la Virgen de... Setiembre. Para
que vea usted que la quiero complacer, pongo el 9. Pero si el 9 no se
realiza el pago, me veré en la precisión... el Sr. don Francisco tiene
dinero... me consta.
--¡Ay, gracias a Dios!, hasta el 10.
Rosalía se conceptuaba dichosa al ver delante de sí aquellos días de
respiro. En este tiempo vendría Pez quizás. Trajérale Dios pronto.
Desde el primero de Setiembre, Bringas empezó a ir a la oficina, aunque
trabajaba muy poco, y se pasaba todo el tiempo hablando con el segundo
jefe. Era una picardía que le hubieran cercenado el sueldo en el mes de
Agosto, y en cuanto la Señora viniera, pensaba él interesarla en su
favor para subsanar un despropósito tan sin gracia. Mientras Thiers
estaba en su oficina, su mujer pasaba las horas casi sola. Rara vez iban
visitas a la casa; pues la mayor parte de sus amigas, a
excepción de las de Cucúrbitas, no habían vuelto aún de baños. Dos o
tres veces fue a verla Refugio, y charlaron de modas y de los artículos
que había recibido de Burdeos. La Pipaón no la trataba ya con tanta
altivez, aunque cuidando siempre de establecer la diferencia que existe
entre una señora honrada y una mujer de conducta misteriosa y equívoca.
Desde que aquellos ahogos financieros empezaron a sofocarla, Rosalía
había adquirido la costumbre de calcular, siempre que hablaba con
cualquier persona, el dinero que la tal persona podía tener. «Esta perra
tiene dinero--se dijo cierto día mirando a la de Sánchez y oyendo la
descripción ampulosa del comercio que iba a establecer».
Al verla salir de la casa, ocurriole a Rosalía la atrevidísima idea de
acudir a ella... ¡Qué horror! Esta idea fue al punto rechazada por
ignominiosa. No, antes de humillarse tanto y perder tan en absoluto su
dignidad, la Bringas prefería que su marido le diera el gran escándalo y
le dijese cuanto había que decir... ¡Buena pieza era la tal Refugio!
Roja de vergüenza se ponía nuestra amiga sólo de pensar que se rebajaba
a pedirle favores de cierta clase. Precisamente el día antes le había
contado Torres que la dichosa niña era el escándalo de la vecindad, y
estaba enredada con tres o cuatro hombres a la vez.
El día 5 un dependiente de _Sobrino Hermanos_ fue a avisar a
Rosalía que empezaba a llegar de París el género nuevo de la estación.
Eran maravillas. Quería Sobrino que su distinguida parroquiana viese
todo y diera su parecer sobre algunas telas de una novedad algo
estrepitosa. Acudió ella al reclamo; pero lo mucho y nuevo y rico que
vio no fue parte a distraerla de la pena que llenaba su alma. Habría
deseado comprar todo o siquiera algo; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, en la
situación apuradísima en que estaba, amenazada de un grave cataclismo
doméstico? «Esto lo he traído para usted»,--le decía Sobrino con
infernal amabilidad. Pero ella, poniendo una cara desconsoladísima y
quejándose de dolor de cabeza, negábase a comprar, aunque los ojos se le
iban tras de las originales telas, y más aún tras de los admirables
modelos colocados en los maniquís. En _fichús_, encajes, manteletas,
camisetas, pellizas, estaban allí las _Mil y una noches_ de los trapos.
El día 6, ya con el dogal al cuello, triste y apenas sin esperanza, con
ganas de echarse a llorar y sintiendo en su alma como un secreto anhelo
de confesarse a su marido, Rosalía volvió a casa de _Sobrino Hermanos_.
Iba por distraerse nada más y arrancar de su cerebro, durante un rato,
la temerosa imagen de Torquemada. Por la calle del Arenal encontró a
Joaquinito Pez, el cual, muy gozoso, le dijo: «Hemos tenido parte,
mañana llegan». Oír esto Rosalía, y ver el cielo abierto, la cerrazón de
su alma despejada, la cuestión del día 9 resuelta, y el mundo
mejorado, y la humanidad redimida de sus añejos dolores, fue todo uno.
Siguió por la calle adelante despidiendo alegría de su rostro fresco; y
entrando en la tienda de Sobrino, empezó a ver cosas y a dar sobre todas
ellas su parecer, encareciendo unas, desdeñando otras, no harta nunca de
ver y de comentar. «Que me lleven esto a casa... Vaya, Sr. Sobrino, al
fin se sale usted con la suya; me quedo con el _fichú_». Estas y otras
frases, todas referentes a adquisiciones, matizaban el charlar loco de
aquel día.