Llegó el grande hombre. Rosalía no se equivocaba al suponer que la
primera visita de él, y después de quitarse el polvo del camino, sería
para sus amigos de Palacio. Y desde que Bringas se fue a la oficina,
emperejilose para recibir al que, mientras estuvo ausente, había llenado
su pensamiento en las horas de mayor tristeza. Porque de fijo D. Manuel
vendría de los baños más avispado, más caballeresco y más liberal
que antes lo fuera, y lo fue mucho. La dama conoció sus pasos
cuando se acercaba a la puerta, y le entró un temblor... luego una
vergüenza... ¡Ánimo, mujer! Echó un vistazo en el espejo a su aspecto
personal, que era inmejorable, y después de hacerle aguardar un poquito,
salió a Embajadores... La emoción debió entorpecerla un poco al
saludarle. Apenas se dio cuenta de que confundía unas palabras con otras
y de que se embarullaba un poco al hablar de la completa mejoría de
Bringas. ¡Y qué bueno estaba Pez! Parecía que se había quitado diez años
más de encima, y que se hallaba en la plenitud de los tiempos
pisciformes. Su amabilidad, su distinción no habían cambiado nada; pero
algo observó Rosalía desde el principio de la visita, que le hubo de
parecer tan extraño como desconsolador. Ella había creído que Pez, desde
el primer momento, se mostraría tan vivo de genio como el día de marras,
y en esto se llevó un solemne chasco. Mi amigo se presentaba juicioso,
reservadísimo, y no tenía para ella sino las consideraciones discretas y
comedidas que se deben a una señora. ¿Era que se había verificado un
cambio radical en sus sentimientos? Pues no sería porque ella no
estuviera bien guapa, que en realidad había echado el resto aquel día...
Pasaba tiempo y la Bringas no volvía de su asombro, el cual se iba
resolviendo en despecho a medida que Pez agotaba todos los temas de
conversación, el tiempo, el calor de Madrid, la salud de
todos, las conspiraciones, sin tocar, ni por incidencia, el que ella
estimaba más oportuno. El laconismo de las respuestas de ella y el
énfasis nervioso con que se abanicaba, eran indicios de su contrariedad.
Y Pez, cada vez más frío, con un cierto airecillo de persona superior a
las miserias humanas, continuaba hablando de cosas indiferentes con
admirable seso, sin perder la brújula, sin decir nada que anunciase una
conciencia vacilante o una virtud en peligro. Habíase convertido, por
gracia de los aires del Norte, en un varón ejemplar, modelo de rectitud
y templanza. Su parecido con el Santo Patriarca antojósele a Rosalía más
vivo que nunca; pero consideró aquella belleza rubia como la más sosa
perfección del mundo. No le faltaba más que la vara de azucenas para
pasar a figurar en la cartulina de los cromos de a peseta que se venden
por las calles. A Rosalía empezó a repugnarle tanta circunspección, y ya
estaba reuniendo todo su desprecio para dedicárselo por entero, cuando
la idea de los compromisos del día 9 la acometió con furia. Pez, leyendo
en su cara, le dijo: «Está usted pálida».
Rosalía no le contestó. Estaba embebecida en su pena, diciendo: «Pecar,
llámote necesidad y digo la mayor verdad del mundo... Pues no
necesitando, ¿qué mujer habrá tan tonta que no desprecie a toda esta
canalla de hombres?».
Pez, un poco más tierno, díjole que notaba en ella algo de extraño,
tristeza, quizás preocupaciones graves. Esta indicación la consideró
ella como una feliz coyuntura para decir algo. Iba a probar si Pez era
el mismo caballero vivaracho y rumboso de antes, o si se había trocado
en un empedernido egoísta. La dama, haciendo también graciosos alardes
de reserva, replicó: «Cosas mías. Lo que a mí me pasa, ¿a quién interesa
más que a mí sola?».
Lentamente mi amigo descendía de aquellas cimas de virtud en que se
había encaramado. Inclinose más hacia ella y le habló de ingratitud en
tono de queja amorosa. Rosalía vislumbró horizontes de salvación que
alumbraban con débil luz las tinieblas de aquel funesto día 9, ya tan
próximo. Como llamaron de súbito a la puerta y entraron los pequeños, no
pudo la de Bringas ser más explícita, ni Pez tampoco; únicamente tuvo
ella tiempo de hacer constar una cosa: «Deseaba mucho que usted
volviese. Tengo que hablarle...».
Los besuqueos de los niños interrumpieron esta grata conferencia, que
iba tan conforme al plan de la Pipaón. Pero más tarde, después del
regreso de Bringas y del largo párrafo que él y Pez echaron sobre las
cosas políticas, Rosalía tuvo ocasión de cambiar con su amigo más de una
palabra en la Saleta, secretamente, con lo que él puso punto a la visita
y se retiró.
Más bien triste que alegre estuvo la Pipaón toda aquella tarde y noche.
Su esposo advirtió en ella una sobriedad verbal que rayaba en mutismo; y
según su costumbre, no hizo esfuerzo alguno por corregirla. En toda casa
es preferible siempre la concisión de una mujer a su locuacidad, y
Thiers no tenía gran empeño en alterar esta regla. En la mañana del día
8, Rosalía, vestida con pulcra sencillez, se despidió de su marido. Iba
a misa, como lo demostraba el devocionario con tapas de nácar que
llevara en la mano... Su marido no debía extrañar que tardase algo, pues
iba a ver a la de Cucúrbitas que estaba en peligro de muerte.
«Oí que le daban hoy los Sacramentos»--dijo Bringas con verdadera pena.
Salió después de dar sus disposiciones para el almuerzo, en la
presunción de tardar algo, y Thiers se quedó en manos del barbero, pues
desde la enfermedad no confiaba en su vista lo bastante para afeitarse
solo. A su lado estaba Paquito de Asís, a quien el papá echaba una
reprimenda amistosa por varios motivos; era el uno que mi niño, no
pudiendo sustraerse a la influencia que sobre la juventud ejerce toda
idea expansiva, se había dejado contaminar en la Universidad del mal de
simpatías por _la llamada_ revolución. Entre sus compañeros tremolaba el
estandarte del oscurantismo; pero de poco acá había en su pensamiento
reservas, condescendencias, debilidades...; en fin, que el
angelito estaba algo tocado del virus... «Del virus
revolucionario--repitió Bringas dos o tres veces mientras le rapaban--,
y es preciso que eso se te cure de raíz. Ya verás, ya verás la que se
arma si triunfa esa canalla. Los horrores de la Revolución francesa van
a ser sainetes en comparación de las tragedias que aquí tendremos».
Otra maña del mozalbete traía muy quemado a D. Francisco, y era que
empezaba a dañar su espíritu el maleficio de una perversa doctrina
titulada _krausista_. Bringas la había oído calificar de _pestilente_ a
un sabio capellán amigo suyo. De algún tiempo acá, Paquito de Asís
andaba con unas enredosas monsergas del _yo_, el _no yo_, el otro y el
de más allá, que sacaban de quicio al buen D. Francisco. Este le dijo,
en resumidas cuentas, que si no echaba de su cabeza aquellas filosofías,
le iba a quitar de la Universidad y a ponerle de hortera en una tienda.
Trascurrió toda la mañana, y cansados de esperar a Rosalía, almorzaron.
La señora llegó a eso de la una, un poco sofocada. «Muy malita la
pobre»--dijo adelantándose a su marido, que ya tenía la boca abierta
para preguntarlo por la hermana de Cucúrbitas. Y se encerró en el Camón
para quitarse el velo y cambiar de vestido. Por la tarde salieron todos
a paseo con los trapitos de cristianar, en correcta formación, los
pequeños muy compuestitos, mamá y papá tan graves y
apersonados como siempre. Bueno será decir que nunca, en tiempo alguno,
había la Pipaón de la Barca tenido a su esposo por más respetable que
aquel día... Le miraba y le oía con cierta veneración y se conceptuaba
extraordinariamente inferior a él, pero tan inferior que casi casi no
merecía fijar sus ojos en él. Atontada y distraída estuvo en el paseo, y
en su casa, por la noche, más aún. Su espíritu, apartado de las
sencillas escenas domésticas y de cuanto allí se hizo y se dijo, vivía
en región distinta, atento a cosas remotas y desconocidas absolutamente
para los demás. «Vaya que estás en babia esta noche--dijo Bringas algo
enojado--, al notar la tercera o cuarta de sus equivocaciones».
Y ella no se atrevió a chistar. Después, mientras el padre y los
pequeños jugaban a la lotería, encerrose ella en el Camón, y allí,
sentada, cruzados los brazos, la barba sobre el pecho, se entregó a las
meditaciones que querían devorar su entendimiento como la llama devora
la arista seca.