Con terror vio la ingeniosa señora que pasaban uno tras otro los días de
la segunda quincena de Agosto, porque, según todas las señales, tras
ellos debían venir los primeros de Setiembre. Torres, a quien hizo una
indicación de prórroga, se puso pálido y dijo que Torquemada no podía
esperar por esto y lo otro y lo de más allá... Bien claro se lo habían
dicho ambos el día de la celebración del contrato. Era la cláusula
principal, y seguramente el señor de Torquemada lo contaba como
seguro...
Y oyendo esto, sopesaba la dama en su mente las dificultades del caso,
más graves entonces que lo habían sido en otros análogos. Ocioso es
decir, pues ciertas cosas se dicen por sí mismas, que el apoderado de
Milagros no llevó a Rosalía el 4 ni el 5, ni ningún otro día de Agosto
lo que aquella le había prometido. De Cándida no debía esperar más que
fantasías. ¿A quién volver los ojos? Los de Bringas veían, y
era locura pensar en sustraer otra vez cantidad alguna del tesoro
doméstico. Hablar a su marido con franqueza y confesarle su fragilidad
habría sido quizás lo mejor; pero también era lo más difícil. ¡Bueno se
pondría!... Sería cosa de alquilar balcones para oírle. ¡Desde que
Bringas se enterase de sus enredos, vendría un período de represión
fuerte que aterraba más a Rosalía que los apuros que pasaba! Su plan era
emanciparse poco a poco; de ningún modo atarse a la autoridad con lazos
más apretados... Se las arreglaría sola, como Dios le diera a entender.
Dios no la abandonaría, pues otras veces no la había abandonado.
Desde que pasó el 25, notaba en todo su ser comezón, fiebre, recelo, y
sus labios gustaban hiel amarguísima. La idea del compromiso en que se
iba a ver no la dejaba libre un momento, y ningún cálculo la llevaba a
la probabilidad de una solución conveniente... ¡Si Pez volviera
pronto!... ¡Él, que tantas veces le había ofrecido...! Pero acordándose
de lo arisca que con él estuvo en la ocasión de marras, recelaba que, al
regresar a Madrid, su insigne amigo no se hallara tan dispuesto a la
munificencia... «¡Oh!, no--decía luego--, le he vuelto loco. Haré de él
lo que quiera». Al pensar en esto, recordaba la escena de aquel día,
concluyendo por acusarse de excesivamente melindrosa... Si ella no
hubiera sido tan... tan... tan tonta, no habría tenido
necesidad de pedir dinero al cafre de Torquemada. ¡Una mujer de su
condición verse en tales agonías...!, ¿y por qué?, por una miserable
cantidad... Bien podría tener miles de duros si quisiera. Ocho años
antes el marqués de Fúcar, que con frecuencia la veía en casa de
Milagros, le había hecho la corte. ¿Y ella?... un puerco espín. Y no era
sólo el marqués de Fúcar su único admirador. Otros muchos, y todos
ricos, habíanle manifestado con insistente galantería que estaban
dispuestos a hacer cualquier disparate. Pero ella siempre permaneció
inflexible en su esquiva honradez. Ni sospechara nunca que esta
inflexibilidad, alta y firme como una torre, pudiera algún día sentirse
vacilar en sus cimientos, y hubo de parecerle tan extraño lo que a la
sazón pensaba, que se creyó muy obra de lo que había sido. «La
necesidad--se dijo--, es la que hace los caracteres». Ella tiene la
culpa de muchas desgracias, y considerando esto, debemos ser indulgentes
con las personas que no se portan como Dios manda. Antes de acusarlas,
debemos decir: _Toma lo que necesitas; cómprate de comer; tápate esas
carnes... ¿Estás bien comida, bien vestida? Pues ahora... venga
moralidad._
Discurriendo así, Rosalía se admiraba a sí misma, quiero decir que
admiraba a la Rosalía de la época anterior a los trampantojos que a la
sazón la traían tan desconcertada; y si por una parte no podía
ver sin cierto rubor lo cursi que era en dicha época, por otra se
enorgullecía de verse tan honrada y tan conforme con su vida miserable.
El alcázar de su felicidad ramplona permanecía aún en pie; pero ya
estaba hecha y cargada la mina para volarlo. Antes de dar fuego, la que
aún era intachable, de hecho, lo contemplaba melancólica para poder
recordarlo bien cuando se sentara sobre sus ruinas.
En las últimas noches de Agosto iba alguna vez al Prado, donde se reunía
con las Cucúrbitas, y aunque horriblemente atormentada por la idea del
compromiso inminente, tomaba parte en las conversaciones ligeras de la
tertulia. Se formaba un grupo bastante animado, al que concurrían
algunos caballeros. La Bringas pasábales mentalmente revista de
inspección, examinando las condiciones pecuniarias de cada uno.
«Este--pensaba--, es más pobre que nosotros; todo facha, todo
apariencia, y debajo de tanto oropel un triste sueldo de veinte mil
reales. No sé cómo se las arregla para mantener aquel familión...».
«Este no tiene más que trampas y mucho jarabe de pico...». «¡Ah!, este
sí que es hombre: le suponen doce mil duros de renta; pero se dice que
no le gustan las mujeres...». «¡Oh!, este sí que es enamorado; pero va a
que ellas le mantengan... y qué ajadito está...». «Este no tiene sobre
qué caerse muerto... es un libertino de mal gusto que no hace
calaveradas más que con las mujeres de mala vida...». «He aquí
uno a quien yo debo gustar mucho, según la cara que me pone y las cosas
que me dice... pero sé por Torres que Torquemada le prestó dos mil
reales para llevar a baños a su mujer, que está baldada...
¡pobrecita!...». De esta revista resultaba que casi todos eran
pobretones más o menos vergonzantes, que escondían su miseria debajo de
una levita comprada con mil ahogos, y los pocos que tenían algún dinero
eran de temperamento reposado y frío... Veíase la dama encerrada en un
doble círculo infranqueable. Pobretería era el uno, honradez el otro. Si
los saltaba, ¿adónde iría a caer?... Observando en la semioscuridad del
Prado la procesional marea de paseantes, veía pasar algunas personas,
muy contadas, que atraían la atención de su exaltado espíritu. El farol
más próximo les iluminaba lo bastante para reconocerles; después se
perdían en la sombra polvorosa. Vio al marqués de Fúcar, que había
vuelto ya de Biarritz, orondo, craso, todo forrado de billetes de Banco;
a Onésimo, que solía mirar como suyo el Tesoro público, a Trujillo el
banquero, a Mompous, al agente de Bolsa D. Buenaventura de Lantigua, y
otros. De estos poderosos, unos la conocían, otros no; alguno de ellos
habíale dirigido tal cual vez miradas que debían de ser amorosas. Otros
eran de intachables costumbres dentro y fuera de su casa...
Retirose Rosalía a la suya, con la cabeza llena de todo aquel personal
matritense, y les veía pasar por la región más encendida de su cerebro,
yendo y viniendo como en el Prado. Ahora los pobres, luego los ricos,
después los honrados... y vuelta a empezar. Para mayor confusión suya,
Bringas parecía que estaba aquellos días más amable, más cariñoso; pero
en lo referente a gastos, mostrábase inflexible como nunca:
«Hijita--le dijo al acostarse--. Desde el primero de Setiembre volveré a
la oficina. Es preciso trabajar, y sobre todo economizar. Nos hemos
atrasado considerablemente, y hay que recobrar a fuerza de privaciones
el terreno perdido. Cuento contigo hoy como he contado siempre; cuento
con tu economía, con tu docilidad y con tu buen sentido. Si hemos de
salir adelante, conviene que en un año por lo menos no se gaste ni un
real en pingajos. Veo que con lo que tienes podrás estar elegante por
espacio de seis años lo menos. Y si vendieras algo para poder hacerme yo
un trajecito, bien te lo agradecerían estos pobres huesos... Perdóname
si alguna vez he sido un poco duro contigo y con ciertas mañas que
sacabas... Me parecía que te salías algo de nuestro régimen tradicional.
Pero teniendo en cuenta tus virtudes, cierro mis ojos a aquella
disparatada ostentación y espero que tú me correspondas, volviendo a tu
modestia y no poniéndome en el caso de hacer una justiciada.
De este modo nuestros hijos tendrán pan que llevar a la boca y zapatos
con que calzarse, y yo podré esperar tranquilo la vejez».
Estas severas y razonables expresiones por una parte la conmovían, por
otra la aterraban. Volver al rancio sistema de _un trapito atrás y otro
delante_, y a las infinitas metamorfosis del vestido melocotón, érale ya
imposible; engañar a aquel infeliz dábale mucha pena. En esta
perplejidad entregábase al acaso, a la Providencia, diciendo: «Dios me
ayudará. Los acontecimientos me dirán lo que debo hacer».
Si el gran Pez volviera pronto la sacaría de aquel atolladero. Estudiaba
ella el medio de explotar su liberalidad sin venderse. Consiguiendo esto
sería la mujer más lista del orbe... Pero faltaba que D. Manuel
regresara de aquellos cansados baños. Carolina había dicho que vendría a
principios de Setiembre, sin fijar fecha. ¡Qué ansiedad! ¡Y el día 2...!
Lo primero que tenía que hacer la afanada señora era detener el golpe
del prestamista, o aplazarlo por unos días al menos, hasta que Pez
viniera. A pesar de las consideraciones pesimistas de Torres, ella
esperaba obtener algún éxito presentándose a Torquemada, y el día 31 se
aventuró a ir a casa de este, paso desagradable, pero necesario, en cuyo
buen resultado fiaba. Vivía el tal en la travesía de Moriana, en un
cuarto grande, polvoriento, tenebroso, lleno enteramente de muebles
y cuadrotes de vario gusto y precio, despojos de su enorme clientela.
Museo del lujo imposible, del despilfarro, de las glorias de un día,
aquella casa era toda lágrimas y tristeza. Rosalía sintió secreto pavor
al entrar en ella, y cuando Torquemada se le apareció, saliendo de entre
aquellos trastos con un gorro turco y un chaquetón de paño de ala de
mosca, le entraron ganas de llorar.