XL

En la tristeza de su destierro, una sola cosa alegraba el alma de la

infeliz señora, y era que sus niños gozaban de inmejorable salud.

Isabelita, cuyas desazones tenían siempre a su mamá muy sobre ascuas, no

había sufrido, durante el verano, ninguno de aquellos trastornos

espasmódicos que marchitaban su infancia. Fueran o no buenos los baños

de los Jerónimos, ello es que la niña había ganado, tomándolos, carnes y

colores, amén de un apetito excelente. En cuanto al pequeño, excuso

decir que con las aguas del Manzanares se puso a reventar de sano. Su

robustez era tal, que no cesaba de probarse a sí misma y de cultivarse

para llegar a ser más grande y poderosa. El instinto de desarrollo le

impulsaba incesantemente a los ejercicios corporales, y a ensayar y

aprender actos de trabajosa energía. Subir a las mayores alturas que

pudiera, trepar por una pilastra, hacer cabriolas, cargar pesos,

arrastrar muebles, verter y distribuir agua, jugar con fuego y si

podía con pólvora, eran los divertimientos que más le encantaban.

No revelaba aptitudes de habilidad mecánica como su papá. Era más bien

un hábil destructor de cuanto caía en sus manos. Durante aquellas tareas

de fuerza, echaba de su boquita blasfemias y ternos aprendidos en la

calle. Cuando la melindrosa de su hermanita los oía, ¡santo Dios!, en

seguida iba corriendo a llevar el cuento a su padre. «Papá, Alfonsito

está diciendo cosas...». Y D. Francisco, que aborrecía los lenguarajos,

gritaba: «Niño, ven aquí pronto. Que me traigan de la cocina una

guindilla». Ya con la guindilla en la mano, y teniendo al criminal

cogido por el pescuezo, hacía ademán da querer restregarle con ella los

hocicos; pero le miraba ceñudo, diciendo: «Por esta vez, pase; pero como

repitas esas porquerías, te quemo la boca, y se te cae la lengua, y

luego, en vez de hablar como las personas, rebuznarás como los burros».

Alfonsito tenía pasión por los carros de mudanza. Ver uno de estos en la

calle era su mayor delicia. Todo le entusiasmaba, los forzudos caballos,

aquel cajón donde iba una casa, los espejos colgados debajo, y por

último, aquellos gandules de blusa azul que iban sentados arriba,

dormitando al lento vaivén de la máquina. Su ilusión era ser como

aquellos tíos, dirigir un carro, cargarlo, descargarlo, y se imaginaba

uno tan grande, tan grande que cupieran en él todos los

muebles de Palacio. En su delirio de imitación, ejercitando el espíritu

y los músculos, se entretenía horas enteras en dar a su pensamiento el

mayor grado de realidad posible. Como D. Quijote soñaba aventuras y las

hacía reales hasta donde podía, así Alfonsín imaginaba descomunales

mudanzas y trataba de realizarlas. D. Francisco, que estaba en Gasparini

con Isabelita, oía ruido de trastos, chasquidos de látigo, y estas

palabrotas: ¡Ala... arriba... upa... ajo... arre caballo! En medio del

cuarto apilaba sillas, y entre los huecos de ellas ponía cacharros,

trebejos, la piedra de machacar carne, la mano del almirez, líos de

trapo, escobas y cuanto encontraba a mano. El gato iba encima de todo.

Después empezaba a descargar latigazos sobre el montón, y si alguna cosa

se caía, allí eran los gritos y el patear. Encendido el rostro y

sudoroso, el bravo chico no paraba hasta que Isabelita iba a informarse,

de parte de su papá, del motivo de tal estrépito.

--Si vieras, papaíto--decía la niña, muerta de risa--; ha puesto sillas

unas sobre otras, y está dando latigazos y diciendo unas borricadas...

--Dile a ese _gallegote_ que si voy allá le pondré cada nalga como un

tomate...

(Bringas tenía la mala costumbre de llamar _gallegos_ a los brutos,

costumbre muy generalizada en Madrid y que acusa tanta grosería como

ignorancia.)

Isabelita tenía gustos o inclinaciones muy distintas de las de su

hermano. Más que la diferencia de sexo, la de temperamento era causa de

que los dos hermanos jugasen casi siempre aparte uno del otro. No

miremos con indiferencia el retoñar de los caracteres humanos en estos

bosquejos de personas que llamamos niños. Ellos son nuestras premisas;

nosotros ¿qué somos sino sus consecuencias?

Digo que Isabelita, si alguna vez jugaba con muñecas, no tenía en esto

gusto tan grande como en reunir y coleccionar y guardar cosillas. Tenía

la manía coleccionista. Cuanta baratija inútil caía en sus manos, cuanto

objeto rodaba sin dueño por la casa, iba a parar a unas cajitas que ella

tenía en un rincón a los pies de su cama. ¡Y cuidado que tocara nadie

aquel depósito sagrado!... Si Alfonsín se atrevía a poner sus profanas

manos en él, ya tenía la niña motivo para estar gimoteando y suspirando

una semana entera... Estos hábitos de urraca parecía que se exacerbaban

cuando estaba más delicada de salud. Su único contento era entonces

revolver su tesoro, ordenar y distribuir los objetos, que eran de una

variedad extraordinaria, y por lo común, de una inutilidad absoluta. Los

pedacitos de lanas de bordar y de sedas y trapo llenaban un cajón. Los

botones, las etiquetas de perfumería, las cintas de cigarros, los sellos

de correo, las plumas de acero usadas, las cajas de cerillas vacías,

las mil cosas informes, fragmentos sin uso ni aplicación,

rayaban en lo incalculable. Pero el montón más querido lo componían las

estampitas francesas dadas como premio en la escuela, los cromitos del

Sagrado Corazón, del Amor Hermoso, de María Alacoque y de Bernardette,

pinturillas en que el arte parisién representa las cosas santas con el

mismo estilo de los figurines de modas. También había lo que ella

llamaba papel de encaje, que son las hojuelas estampadas que cubren las

cajas de tabacos. Aquello era de los cigarros de Agustín, y se lo había

dado Felipe. No contaré los papelillos de agujas vacíos, los guantes

viejos, los tornillos, las flores de trapo, los pitos de San Isidro, los

muñequillos, restos de un nacimiento, las mil menudencias allí

hacinadas. En otra parte tenía Isabel muy bien guardada su hucha, dentro

de la cual, al agitarla, sonaba una música deliciosa de cuartos. Estaba

ya tan llena, que pesaba así como un quintal. No le costaba a ella poco

trabajo vigilarla y esconderla de las codiciosas miradas y rapaces manos

de Alfonsín, que, si lo dejaran, la rompería para coger el dinero y

gastarlo todo en triquitraques... o comprar un carro de mudanza con

caballos de verdad.

Tan enamorada estaba Isabelita de su tesoro de cachivaches, que lo

reservaba de todo el mundo, hasta de su mamá; pues esta se lo

descomponía, se lo desordenaba, y parecía tenerlo en poca

estima, pues alguna vez le dijo: «No seas cominera, hija. ¿Qué gusto

tienes en guardar tanta porquería?». La única persona a quien ella

consentía poner las manos en el tesoro era su papá; pues este admiraba

la paciencia de la niña y le alababa el hábito de guardar. En aquellos

largos días de verano, D. Francisco, que no podía leer ni trabajar ni

ocuparse en nada, se hubiera aburrido de lo lindo, si no tuviese el

recurso de jugar con su hija a revolver, ordenar y distribuir cosillas.

«Ángel--decía después de dormir su siesta--, tráete las cajitas y nos

entretendremos». Los dos en Gasparini, sin testigos, se pasaban toda la

tarde sentados en el suelo, sacando los objetos y clasificándolos, para

volver a guardarlos después con mucho cuidado. «Algunas de estas cosas

servirán todavía--decía el economista--. Pongamos los huesos de

albaricoque juntitos aquí. Vamos a contarlos: son veintitrés. Ahora se

pone encima un papel, ¿estás? Primero se mete en medio la cajita de

plumas con las cuentas dentro, para que no se corran los huesos de

albaricoque... ¡Ajajá! Venga otro papel. Veme dando ahora las cajas de

fósforos; dos, dos... dos... dos. ¿Ves? Se cubre todo y así no se pueden

rodar. Siguen los cacharritos... No pongamos los botones de hueso al

lado de los de metal: separemos igualmente los de hueso de los de

madera, no sea que riñan. En todas partes hay clases, hija mía... Así...

Ahora coloquemos estos líos de trapos a un ladito, para, que

no se junten con las flores artificiales, no sea que tengan envidia de

ellas y se echen a reñir. En todas partes hay malas pasiones... Las

obras de arte por separado. Este es el Museo a donde vienen los

ingleses, que son estos pitos del Santo... Veme dando cosas...».

Frecuentemente, después de puesto todo, se volvía a sacar para meterlo

de nuevo, colocado de otra manera. También jugaban ambos a las muñecas,

vistiéndolas y desnudándolas, recibiendo y pagando visitas. En tanto, el

otro bruto de Alfonsín arreaba las caballerías y cargaba su carro hasta

que no podía más. En todos los contratiempos el pequeñuelo iba a buscar

refugio en las faldas de su querida mamá, así como la niña siempre se

arrimaba a D. Francisco para buscar mimo o pedir justicia en algún

pleito con su hermano. Alfonso sabía engolosinar a su madre con caricias

astutas cuando quería obtener de ella algunos ochavos, y la besuqueaba y

hacía mil zalamerías.

--Un secreto, mamá--decía subiéndosele al regazo, y abrazándola y

aplicándole su boca al oído--. Un secreto...

--Ya, ya, ¡ay, qué rico!, lo que mi ángel quiere es un cuartito,

¿verdad?

Y el muy pillo silabeaba en el oído de su mamá estas palabras más tenues

que el aleteo de una mosca:

--Dice papá que yo salgo a ti, qué soy un loco.

La de Bringas · 第 40 / 50 题