En la tristeza de su destierro, una sola cosa alegraba el alma de la
infeliz señora, y era que sus niños gozaban de inmejorable salud.
Isabelita, cuyas desazones tenían siempre a su mamá muy sobre ascuas, no
había sufrido, durante el verano, ninguno de aquellos trastornos
espasmódicos que marchitaban su infancia. Fueran o no buenos los baños
de los Jerónimos, ello es que la niña había ganado, tomándolos, carnes y
colores, amén de un apetito excelente. En cuanto al pequeño, excuso
decir que con las aguas del Manzanares se puso a reventar de sano. Su
robustez era tal, que no cesaba de probarse a sí misma y de cultivarse
para llegar a ser más grande y poderosa. El instinto de desarrollo le
impulsaba incesantemente a los ejercicios corporales, y a ensayar y
aprender actos de trabajosa energía. Subir a las mayores alturas que
pudiera, trepar por una pilastra, hacer cabriolas, cargar pesos,
arrastrar muebles, verter y distribuir agua, jugar con fuego y si
podía con pólvora, eran los divertimientos que más le encantaban.
No revelaba aptitudes de habilidad mecánica como su papá. Era más bien
un hábil destructor de cuanto caía en sus manos. Durante aquellas tareas
de fuerza, echaba de su boquita blasfemias y ternos aprendidos en la
calle. Cuando la melindrosa de su hermanita los oía, ¡santo Dios!, en
seguida iba corriendo a llevar el cuento a su padre. «Papá, Alfonsito
está diciendo cosas...». Y D. Francisco, que aborrecía los lenguarajos,
gritaba: «Niño, ven aquí pronto. Que me traigan de la cocina una
guindilla». Ya con la guindilla en la mano, y teniendo al criminal
cogido por el pescuezo, hacía ademán da querer restregarle con ella los
hocicos; pero le miraba ceñudo, diciendo: «Por esta vez, pase; pero como
repitas esas porquerías, te quemo la boca, y se te cae la lengua, y
luego, en vez de hablar como las personas, rebuznarás como los burros».
Alfonsito tenía pasión por los carros de mudanza. Ver uno de estos en la
calle era su mayor delicia. Todo le entusiasmaba, los forzudos caballos,
aquel cajón donde iba una casa, los espejos colgados debajo, y por
último, aquellos gandules de blusa azul que iban sentados arriba,
dormitando al lento vaivén de la máquina. Su ilusión era ser como
aquellos tíos, dirigir un carro, cargarlo, descargarlo, y se imaginaba
uno tan grande, tan grande que cupieran en él todos los
muebles de Palacio. En su delirio de imitación, ejercitando el espíritu
y los músculos, se entretenía horas enteras en dar a su pensamiento el
mayor grado de realidad posible. Como D. Quijote soñaba aventuras y las
hacía reales hasta donde podía, así Alfonsín imaginaba descomunales
mudanzas y trataba de realizarlas. D. Francisco, que estaba en Gasparini
con Isabelita, oía ruido de trastos, chasquidos de látigo, y estas
palabrotas: ¡Ala... arriba... upa... ajo... arre caballo! En medio del
cuarto apilaba sillas, y entre los huecos de ellas ponía cacharros,
trebejos, la piedra de machacar carne, la mano del almirez, líos de
trapo, escobas y cuanto encontraba a mano. El gato iba encima de todo.
Después empezaba a descargar latigazos sobre el montón, y si alguna cosa
se caía, allí eran los gritos y el patear. Encendido el rostro y
sudoroso, el bravo chico no paraba hasta que Isabelita iba a informarse,
de parte de su papá, del motivo de tal estrépito.
--Si vieras, papaíto--decía la niña, muerta de risa--; ha puesto sillas
unas sobre otras, y está dando latigazos y diciendo unas borricadas...
--Dile a ese _gallegote_ que si voy allá le pondré cada nalga como un
tomate...
(Bringas tenía la mala costumbre de llamar _gallegos_ a los brutos,
costumbre muy generalizada en Madrid y que acusa tanta grosería como
ignorancia.)
Isabelita tenía gustos o inclinaciones muy distintas de las de su
hermano. Más que la diferencia de sexo, la de temperamento era causa de
que los dos hermanos jugasen casi siempre aparte uno del otro. No
miremos con indiferencia el retoñar de los caracteres humanos en estos
bosquejos de personas que llamamos niños. Ellos son nuestras premisas;
nosotros ¿qué somos sino sus consecuencias?
Digo que Isabelita, si alguna vez jugaba con muñecas, no tenía en esto
gusto tan grande como en reunir y coleccionar y guardar cosillas. Tenía
la manía coleccionista. Cuanta baratija inútil caía en sus manos, cuanto
objeto rodaba sin dueño por la casa, iba a parar a unas cajitas que ella
tenía en un rincón a los pies de su cama. ¡Y cuidado que tocara nadie
aquel depósito sagrado!... Si Alfonsín se atrevía a poner sus profanas
manos en él, ya tenía la niña motivo para estar gimoteando y suspirando
una semana entera... Estos hábitos de urraca parecía que se exacerbaban
cuando estaba más delicada de salud. Su único contento era entonces
revolver su tesoro, ordenar y distribuir los objetos, que eran de una
variedad extraordinaria, y por lo común, de una inutilidad absoluta. Los
pedacitos de lanas de bordar y de sedas y trapo llenaban un cajón. Los
botones, las etiquetas de perfumería, las cintas de cigarros, los sellos
de correo, las plumas de acero usadas, las cajas de cerillas vacías,
las mil cosas informes, fragmentos sin uso ni aplicación,
rayaban en lo incalculable. Pero el montón más querido lo componían las
estampitas francesas dadas como premio en la escuela, los cromitos del
Sagrado Corazón, del Amor Hermoso, de María Alacoque y de Bernardette,
pinturillas en que el arte parisién representa las cosas santas con el
mismo estilo de los figurines de modas. También había lo que ella
llamaba papel de encaje, que son las hojuelas estampadas que cubren las
cajas de tabacos. Aquello era de los cigarros de Agustín, y se lo había
dado Felipe. No contaré los papelillos de agujas vacíos, los guantes
viejos, los tornillos, las flores de trapo, los pitos de San Isidro, los
muñequillos, restos de un nacimiento, las mil menudencias allí
hacinadas. En otra parte tenía Isabel muy bien guardada su hucha, dentro
de la cual, al agitarla, sonaba una música deliciosa de cuartos. Estaba
ya tan llena, que pesaba así como un quintal. No le costaba a ella poco
trabajo vigilarla y esconderla de las codiciosas miradas y rapaces manos
de Alfonsín, que, si lo dejaran, la rompería para coger el dinero y
gastarlo todo en triquitraques... o comprar un carro de mudanza con
caballos de verdad.
Tan enamorada estaba Isabelita de su tesoro de cachivaches, que lo
reservaba de todo el mundo, hasta de su mamá; pues esta se lo
descomponía, se lo desordenaba, y parecía tenerlo en poca
estima, pues alguna vez le dijo: «No seas cominera, hija. ¿Qué gusto
tienes en guardar tanta porquería?». La única persona a quien ella
consentía poner las manos en el tesoro era su papá; pues este admiraba
la paciencia de la niña y le alababa el hábito de guardar. En aquellos
largos días de verano, D. Francisco, que no podía leer ni trabajar ni
ocuparse en nada, se hubiera aburrido de lo lindo, si no tuviese el
recurso de jugar con su hija a revolver, ordenar y distribuir cosillas.
«Ángel--decía después de dormir su siesta--, tráete las cajitas y nos
entretendremos». Los dos en Gasparini, sin testigos, se pasaban toda la
tarde sentados en el suelo, sacando los objetos y clasificándolos, para
volver a guardarlos después con mucho cuidado. «Algunas de estas cosas
servirán todavía--decía el economista--. Pongamos los huesos de
albaricoque juntitos aquí. Vamos a contarlos: son veintitrés. Ahora se
pone encima un papel, ¿estás? Primero se mete en medio la cajita de
plumas con las cuentas dentro, para que no se corran los huesos de
albaricoque... ¡Ajajá! Venga otro papel. Veme dando ahora las cajas de
fósforos; dos, dos... dos... dos. ¿Ves? Se cubre todo y así no se pueden
rodar. Siguen los cacharritos... No pongamos los botones de hueso al
lado de los de metal: separemos igualmente los de hueso de los de
madera, no sea que riñan. En todas partes hay clases, hija mía... Así...
Ahora coloquemos estos líos de trapos a un ladito, para, que
no se junten con las flores artificiales, no sea que tengan envidia de
ellas y se echen a reñir. En todas partes hay malas pasiones... Las
obras de arte por separado. Este es el Museo a donde vienen los
ingleses, que son estos pitos del Santo... Veme dando cosas...».
Frecuentemente, después de puesto todo, se volvía a sacar para meterlo
de nuevo, colocado de otra manera. También jugaban ambos a las muñecas,
vistiéndolas y desnudándolas, recibiendo y pagando visitas. En tanto, el
otro bruto de Alfonsín arreaba las caballerías y cargaba su carro hasta
que no podía más. En todos los contratiempos el pequeñuelo iba a buscar
refugio en las faldas de su querida mamá, así como la niña siempre se
arrimaba a D. Francisco para buscar mimo o pedir justicia en algún
pleito con su hermano. Alfonso sabía engolosinar a su madre con caricias
astutas cuando quería obtener de ella algunos ochavos, y la besuqueaba y
hacía mil zalamerías.
--Un secreto, mamá--decía subiéndosele al regazo, y abrazándola y
aplicándole su boca al oído--. Un secreto...
--Ya, ya, ¡ay, qué rico!, lo que mi ángel quiere es un cuartito,
¿verdad?
Y el muy pillo silabeaba en el oído de su mamá estas palabras más tenues
que el aleteo de una mosca:
--Dice papá que yo salgo a ti, qué soy un loco.