Fue, sí, el día de San Lorenzo cuando recibieron una carta que a
entrambos les dejó perplejos y así como atontados. ¿A quién no le sale
al paso alguna vez lo maravilloso, ese elemento de vida que los antiguos
representaban por apariciones de ángeles, dioses y genios? En nuestra
edad lo maravilloso existe lo mismo que en las pasadas, sólo
que los ángeles han variado de nombre y figura, y no entran nunca por el
agujero de la llave. Lo extraordinario que a mis queridos amigos
sorprendió en su soledad, fue una carta de Agustín Caballero. Uno y otro
creyeron que el propio fantasma del generoso indiano se les ponía
delante. Expresándose en plural, les decía que habían tomado una casa en
Arcachón, y sabedores de que a Bringas y a los niños les convenía
respirar aires frescos y salinos, les invitaban a pasar un mes allá. El
ofrecimiento era tan cordial como explícito. La casa era muy grande, con
jardín y mil comodidades. Los señores de Bringas serían hospedados a lo
grande y tratados a cuerpo de rey, sin que tuvieran que hacer gasto de
ninguna clase... «Amparo y yo--decía la carta en conclusión--, nos
alegraremos mucho de que aceptéis».
El primer impulso de Rosalía fue de odio y despecho... ¡Atreverse a
invitar a una familia honrada...! «Eso es para darse lustre alternando
con nosotros... Eso es para poder pasar por personas decentes,
presentándose en nuestra compañía... En una palabra, quieren que seamos
el pabellón honrado que cubra la mercancía de contrabando... ¿No te da
ira? Porque esto es una injuria».
D. Francisco estaba tan ocupado en desenredar el espantoso lío de ideas
que la carta armó en su mente, que aún no había tenido tiempo
de indignarse. Ella siguió rumiando su despecho, y en la tempestad de
nubarrones que se desató en su cerebro, brillaban relámpagos que decían:
«¡Arcachón!». En el retumbante son de esta palabra, más _chic_ y
simpática aún si era emitida por la nariz, iba como envuelto un mundo de
satisfacciones elegantes. Ir a Francia, encontrar en la estación de San
Sebastián o San Juan de Luz a algunas familias españolas conocidas y
decirles, después de los primeros saludos: «Voy a Arcachón», era como
confesarse emparentada con el padre Eterno. Al pensar esto, una bocanada
de humo balsámico salía del corazón de la dama, llenaba todo su tórax y
se le subía hasta la nariz, dándole un picor muy vivo y ahuecándosela
considerablemente. Por fin el cerebro de Bringas, tras un laboriosísimo
parto, dio a luz esta idea:
--¿Se habrán casado?...
--¡Casarse!... no lo creas... Pues poco lo habrían cacareado... Nada,
viven como los animales... Es una indecencia que nos inviten a vivir en
su compañía. Pues ¿qué?... ¿no hay ya distinciones entre las personas,
no hay moralidad? ¡Creen que nosotros tenemos tan poca vergüenza como
ellos...!
--¡Qué lástima que no estén casados!--murmuró el economista mirando a
sus pulgares que estaban quietos uno frente a otro, como recelosos de
unirse--. Porque si vivieran como Dios manda... Ya ves qué
proporción. ¡Billetes gratis, casa gratis, comida gratis!...
La idea de humillarse a Amparo y ser su huésped y deberle un favor
grande, sublevó el orgullo de la Pipaón...
--Tú serías capaz de aceptar--dijo--. Yo no puedo rebajarme a tanto.
--No, yo no... Es que decía... Pongo por caso--tartamudeó Bringas, más
perplejo aún--. Y no tenemos motivos para asegurar que no se hayan
casado.
--Cásense o no... ¿Te parece que es digno...?, esa tonta a quien hemos
dado de comer las sobras de nuestra casa...
--Ay, hija mía, no te remontes, ¿quién se acuerda ya de eso? El mundo
olvida pronto esas cosas. Al que tiene dinero no se le pregunta nunca si
ha comido la sopa boba. Figúrate tú, en Arcachón nadie nos conocerá, ni
a ellos ni a nosotros... No es que yo quiera ir. Al contrario. Le
contestaré dándole las gracias...
Tal negativa puso nuevamente ante los ojos de la dama la ideal
perspectiva de un viaje a aquel famoso sitio de recreo. «Arcachón». ¡Con
qué música deliciosa sonaría en las visitas de otoño esta frase que, de
puro aristocrática, tenía algo del crujir de la seda: «Hemos estado en
Arcachón». Bastaba esta chispa para hacer estallar otra vez la tormenta
en aquel ahuecado cerebro, mientras el de Bringas hervía en
consideraciones económicas: «¡Pasar una temporadita en Francia
sin gastar un real!...». Los dos esposos estuvieron durante largo rato
contemplando y revolviendo sus propias ideas, sin comunicárselas ni
cambiar una palabra. A veces se miraban en silencio. Cada cual esperaba,
sin duda, que el otro dijera algo, proponiendo una fórmula de
conciliación... Por la tarde se volvió a hablar del asunto; más Rosalía,
henchida de soberbia, persistió en sus repugnancias y en poner a Agustín
y a Amparo por los suelos... Por la noche, la ilusión del viaje ganó en
su espíritu tanto terreno, que se aventuró a hacerse una pregunta
inspirada en el sentido recto de las cosas: «¿Y a mí qué me importa que
se casen o se dejen de casar o que ella sea como Dios quiere?». Su alma
se inundaba de tolerancia; pero no quería dar su brazo a torcer ni
manifestarse vencida, por lo cual esperaba que su marido cediera antes
para hacerlo después ella afectando obediencia y resignación. El gran
Thiers, en tanto, después de pesar en su mente las ventajas del viaje,
miraba a su esposa como deseando que de ella partiese la iniciativa de
conciliación. Era como cuando dos están enojados y ninguno quiere ser el
primero en romper el hielo y hablar de paces.
Rosalía se acostó, segura de que Bringas, a la mañana siguiente, se
mostraría inclinado a aceptar la invitación de su primo. Ya sabía ella
lo que tenía que decir. Primero, mucha ira, mucha protesta de
dignidad, mucha palabrería contra Amparo y Agustín, después una serie de
modulaciones de transición. Ella (Rosalía) acostumbraba no hacer caso de
sí propia y sacrificar su gusto al gusto de los demás... Por sus hijos
estaba dispuesta a hacer todo género de sacrificios y a pasar sonrojos y
humillaciones. Era evidente que Isabelita necesitaba baños de mar y
Alfonsito también... Ante esta necesidad, los gustos de ella, sus
escrúpulos, no tenían ningún valor. En una palabra, si Bringas opinaba
que debían ir, ella cerraría los ojos y...
Pero contra lo que esperaba, el cominero no habló una palabra de viaje a
la mañana siguiente. Levantose tarareando y parecía olvidado del asunto.
En vano Rosalía le pinchaba, echando pestes contra los baños de los
Jerónimos y quejándose de un calor mortífero. Él no decía más sino:
«Para lo que queda ya... Desde el 15 empezará a refrescar». Con esto se
desesperaba Rosalía.
Aguardó hasta la tarde, impaciente y llena de ansiedad, y viendo que el
ratoncito Pérez no mentaba para nada al tal Arcachón, aventurose a
decir:
«Pero en fin, ¿qué contestas a Agustín? Yo te diré que por mi parte,
aunque me repugna vivir con esa gente... ya ves, por los niños...».
--¡Qué niños ni qué ocho cuartos! Están muy buenos...--exclamó Bringas
agitando el sombrero de paja, como si fuera a dar un viva--.
Si los baños del Manzanares son los mejores del mundo... Mira qué
colores ha echado la niña. Alfonsito parece un roble... Cada vez me río
más de los _tontos que se van fuera_... Y no creas, anoche he estado
pensando en eso... Digan lo que quieran, siempre hay gastos. Tendríamos
billetes gratis hasta la frontera; ¿pero de la frontera para allá?
--Si no son más que doscientos treinta kilómetros--dijo con gran
espontaneidad Rosalía, que había alimentado su ilusión leyendo la Guía
de ferrocarriles.
--Sean pocos o muchos, esos kilómetros nos habrían de salir caros.
Además, ¿cómo ir sin llevarles un regalo? ¿Te parece bien entrar en su
casa con las manos vacías?... Luego, otros gastos... Resueltamente no
vamos. Desde el 15 ya refresca. Observa cómo van achicando los días.
Anoche ya la temperatura fue más suave... No nos movamos, hija, que bien
nos va en Madrid.
Oyó esto Rosalía con vivo enojo; pero su misma soberbia le vedaba
contradecirlo. Callose; y en el pecho le hacían revoltijos las
culebrillas de su ilusión desvanecida. Ya se había acostumbrado a la
idea de encontrar a las amigas en la estación de San Sebastián y darles
con Arcachón en los hocicos, de poner en sus cartas la data de Arcachón,
y por fin, de Arcachonizarse para todo el otoño e invierno próximos.