«Pero en fin, me conformo. No he salido mal, pues he salido con ojos. Lo
primero es la salud, y lo primero de la salud la vista. Y la verdad es
que ese asesino me ha curado bien. ¡Ocho mil realitos! Es muy
posible--añadió dando un suspiro e incomodándose levemente--, que si no
hubiera sido por tus elegancias, el escopetazo no habría pasado de
cuatro mil...».
Sacó el dinero, hizo poner una carta muy fina y muy cortés, dando las
gracias al sabio doctor por su admirable asistencia, y todo, carta y
billetes, ¡oh dulces prendas de su alma!, lo introdujo en un sobre
magnífico, de los de la oficina. Paquito fue a llevar este segundo
recado. Si Bringas veía con tristeza la expatriación de sus queridos
billetes, por otra parte experimentaba la satisfacción honda y viva de
pagar. Este placer sólo es dado a las personas de mucho arreglo, que al
economizar el dinero economizan las sensaciones que produce, y de estas,
se contentan con gozar las más puras y espirituales.
Deslizábanse después de este día, con lentitud tediosa, los del mes de
Agosto, el mes en que Madrid no es Madrid, sino una sartén solitaria. En
aquellos tiempos no había más teatro de verano que el circo de Price,
con sus insufribles caballitos y sus _clows_ que hacían todas las noches
las mismas gracias. El histórico Prado era el único sitio de solaz, y en
su penumbra los grupos amorosos y las tertulias pasaban el tiempo en
conversaciones más o menos aburridas, defendiéndose del calor con los
abanicazos y los sorbos de agua fresca. Los madrileños que pasan el
verano en la Villa son los verdaderos desterrados, los proscritos, y su
único consuelo es decir que beben la mejor agua del mundo.
En su horrible hastío, no gustaba la Pipaón de ir al Prado, porque era
esto como pasar revista de miseria y cursilería. Había empleado ya
muchas veces la enojosa fórmula-explicación de su destierro: «Teníamos
tomada casa en San Sebastián, poro con la enfermedad de Bringas...»; y
cansada de ella, esquivaba las ocasiones de repetirla. Por la noche los
Bringas y algunas personas de las pocas que en la ciudad habían quedado,
solían sacar sillas a la terraza, y formaban en el lado del Norte un
grupo que no carecía de animación. Cándida no faltaba nunca. Completaban
la pandilla la señora de un Montero de Espinosa, las de dos jefes de
oficio, la de un oficial de la Secretaría Particular, la del
director de las Reales Mesas, la del jefe del Guardarropa del Rey. Del
sexo masculino asistían los poquísimos que en Madrid estaban, y eran de
la clase más baja; pero es el verano muy democratizante, y mis queridos
Bringas, anhelosos de sociedad, no se desdeñaban de alternar, en una
tertulia al raso, con porteros de Banda y de Vidriera, con el encargado
del Guardamuebles, con el ayudante de Platería, con dos casilleres,
gente toda de seis mil reales para abajo. A estos solía unirse algún
ayudante de cocina, que gozaba de catorce mil, y algún ujier de Saleta,
que percibía nueve mil. En dichas tertulias se hablaba del calor que
había hecho por el día, de la Corte, que ya había salido de la Granja
para Lequeitio, y de otras menudencias del personal y de la casa. En el
piso tercero y en los espacios que al modo de plazoletas cortan la
longitud de los pasillos-calles, había también tertulias formadas de
mozos de oficio, doncellas, barrenderos y gente que subía de
Caballerizas. En el sitio correspondiente a las grandes rejas que dan a
la plaza de Oriente, sobre la cornisa, la huelga duraba toda la noche
con gran animación, risas, guitarreo y algún refresco de horchata de
cepas. Doña Cándida trinaba contra estos desórdenes, porque no podía
pegar los ojos en toda la noche, y amenazaba a los transgresores con
denunciarlos al Inspector general.
Por las mañanas toda la familia bajaba al Manzanares, donde Isabelita y
Alfonsín se bañaban. El papá había sacado nuevamente a luz su traje de
mahón, y con esto, y el sombrero de paja parecía que acababa de venir de
la Habana. Resguardados de la luz por espejuelos muy oscuros, sus ojos
sanaban rápidamente, gracias al puntual cumplimiento del plan curativo
que le había dejado Golfín. El aire de la mañana y la alegría del
balneario le ponían de muy buen humor, y sin cesar aseguraba que si los
_tontos que se van fuera_ conocieran los establecimientos de los _Jerónimos,
Cipreses, el Arco Iris, la Esmeralda_ y _el Andaluz_, de fijo
no tendrían ganas de emigrar. También Paquito se arrojaba intrépido a
las ondas de aquellos pequeños mares sucios, metidos entre esteras, y
nadaba que era un primor, de pie sobre el fondo. A Alfonsín era preciso
pegarle para hacerle salir, y la niña no entraba sino a la fuerza.
Regresaban los cinco lentamente, los pequeños con apetito de avestruces,
D. Francisco muy contento y también con propósitos de no desairar el
almuerzo. Para bajar al río, la Bringas tenía que vencer la repugnancia
que aquello le inspiraba. Sólo por amor de sus hijos era ella capaz de
hacer tal sacrificio. Le daban asco el agua y los bañistas, todos gente
de poco más o menos. No podía mirar sin horror los tabiques de esteras,
más propios para atentar a la decencia que para resguardarla,
y el vocerío de tanta chiquillería ordinaria le atacaba los nervios.
Por las tardes, casi al anochecer, solía bajar a Madrid, para visitar a
alguna amiga o dar una vuelta por las tiendas conocidas. En estas había
poquísima gente. Luenga cortina mantenía en el local una atmósfera menos
calorosa que la de la calle, y esta penumbra, como la ociosidad,
convidaba a los dependientes a dormir sobre las piezas de tela. De vez
en cuando encontraba en casa de _Sobrino Hermanos_ a alguna señora
rezagada, a alguna proscrita como ella. Nueva edición de la famosa
fórmula: «Teníamos tomada casa en San Sebastián; pero...». La otra solía
decir con laudable franqueza: «Nosotros esperamos a los trenes baratos
de Setiembre».
Como en aquellos días los tenderos estaban mano sobre mano,
entreteníanse en mostrar a la señora telas diversas y cositas de
capricho. «Esto se llevará mucho en el otoño... De esto viene ahora
surtido, porque será la moda de la estación». Tales frases parecían
salir de los pliegues de las piezas al ser desdobladas. El principal,
que se estaba disponiendo para hacer el acostumbrado viaje a París, la
incitaba a comprar algo, y ella caía en la tentación, unas veces porque
se le presentaban verdaderas gangas, otras porque el género le entraba
por el ojo derecho, encendiendo todos los fuegos de su pasión
trapística, y no podía menos de satisfacer, so pena de padecer mucho, el
deseo de adquirirlo. ¡Oh! Del martirio de aquel verano se había de
resarcir en el próximo otoño, vistiéndose como Dios mandaba, quisiéralo
o no su marido. Tenía propósito de hacerse un vestido nuevo de
terciopelo para el invierno y una capota de las más airosas, nuevas y
elegantes. A sus niños pequeños les vestiría como principitos. Ya, ya
vería el bobillo con quién trataba... Pensando en estos y otros planes,
recorría despacio las calles para volver a su casa; deteníase ante los
escaparates de modas y de joyería, y hacía mil cálculos sobre la
probabilidad más o menos remota de poseer algo de lo mucho valioso y
rico que veía. La tristeza de Madrid en tal época aumentaba su tristeza.
El sosiego de algunas calles a las horas de más calor, el melancólico
alarido de los que pregonan horchatas y limonadas, el paso tardo de los
caballos jadeantes, las puertas de las tiendas encapuchadas con luengos
toldos, más son para abatir que para regocijar el ánimo de quien también
siente en su epidermis el efecto de una alta temperatura y en su
espíritu la nostalgia de las playas. Las tormentas precedidas de viento
y sucia polvareda le excitaban horriblemente los nervios, y su único
gusto al presenciarlas era ver desmentidos los pronósticos
meteorológicos de Bringas, el cual, desde que el cielo se nublaba,
decía: «verás cómo esta tarde refresca». ¡Qué había de
refrescar...! Al contrario, duplicaba el calor.
Si alguna vez salía por la noche, la atmósfera pesada y sofocante de las
primeras horas de esta la ponía de un humor endiablado, y más aún el
pensar cuán felices eran los que en aquel momento se paseaban en la
Zurriola. Todo Madrid le parecía ordinario, soez, un lugarón poblado de
la gente más zafia y puerca del mundo. Cuando veía a los habitantes de
los barrios más populares posesionados de las aceras, ellos en mangas de
camisa, ellas muy a la ligera, los chiquillos medio desnudos enredando
en el arroyo, creía hallarse en un pueblo de moros, según la idea que
tenía de las ciudades africanas. Levantábase temprano y se bañaba en su
propia casa, por no querer rebajarse a ser náyade de un río tan pedestre
y cursi como el señor de Manzanares. En las primeras horas del día,
abiertos de par en par los balcones de la casa, que daban a Poniente,
entraba un poco de fresco, y el cuerpo y el espíritu de la dama recibían
algún consuelo. Cuando iba a dar una vueltecita por las tiendas, la
mortificaban los olores que por diversas puertas salían en las calles
más populosas, olor de humanidad y de guisotes. Las rejas de los sótanos
despedían en algunos sitios una onda de frescura que la convidaba a
detenerse; mas en aquellos sótanos donde había cocinas, el vaho era tan
repugnante que la empujaba hacia el arroyo. Veía con delicia
las mangas de riego, sintiendo ganas de recibir la ducha en sus propias
carnes; pero luego se desprendía del suelo un vapor asfixiante, mezclado
de emanaciones nada balsámicas, que la obligaba a avivar el paso. Los
perros bebían en los charcos sucios formados por los chorros del riego y
después refugiábanse en la sombra, como los vendedores ambulantes,
cansados de pregonar zapatillas de cabra, tubos, _todo a real_,
puntillas, guías de ferrocarril, pitos y _pucheros artificiales para
economía de carbón_... En aquellas horas, en aquella horrible y molesta
estación, sólo las moscas y Bringas eran felices.