Un fuerte abrazo dio la marquesa a D. Francisco, deseándole con toda el
alma completo restablecimiento; besó a los niños, y por último,
se despidió de su amiga en la puerta con toda suerte de mimos y
caricias.
Triste y desconsolada se quedó Rosalía, no sólo por la ausencia de la
amiga más querida, sino por su propio confinamiento, por aquel no salir,
que era como un destierro. ¡Bonito verano la aguardaba, sola, aburrida,
achicharrándose, sufriendo al más impertinente y cócora de los maridos,
pasando, en suma, el sonrojo de permanecer en Madrid cuando veraneaban
hasta los porteros y patronas de huéspedes! Tener que decir: «no hemos
salido este verano» era una declaración de pobreza y cursilería que se
negaban a formular los aristocráticos labios de la hija de los Pipaones
y Calderones de la Barca, de aquella ilustre representante de una
dinastía de criados palatinos. ¡Si al menos fueran unos diítas a la
Granja, donde Su Majestad les proporcionaría algún desván en que meterse
y donde podrían darse un poco de lustre, aunque sólo llevaran por
equipaje unas alforjas con ración de tocino y bacalao, como los paletos
cuando van a baños...! Pero no, aquel califa doméstico rechazaba
indignado toda idea de perder de vista la Villa y Corte, hablando pestes
de los tontos y perdidos que veranean con dinero prestado, y de los que
se pasan aquí tres meses a cuarto de pitanza por el gusto de vivir unos
días en fondas y darse importancia poniendo faltas a lo que les dan de
comer en ellas.
Aquella aspereza matrimonial de que se hizo mención más arriba se fue
poco a poco suavizando. Ni era Bringas intolerante en un grado
superlativo, y aunque lo fuese, sabía sacrificar a la paz conyugal
alguna parte de sus dogmas económicos. Las explicaciones que Rosalía dio
de aquel improvisado lujo no le satisfacían completamente; pero con un
esfuerzo de buena voluntad supo admitir el gran economista algunas de
ellas. La fe de su religión matrimonial le mandaba creer algo
inexplicable, y lo creyó. Si Rosalía no hubiera pasado de allí, la paz,
después de aquella alteración pasajera, habría vuelto a reinar
sólidamente en la casa; mas la Pipaón no sabía ya contenerse, y el
hábito de eludir secretamente las reglas de la Orden bringuística estaba
ya muy arraigado en su alma. Proporcionábale este hábito, además de las
satisfacciones de la vanidad, un placer recóndito. Quien por tanto
tiempo había sido esclava, ¿por qué alguna vez no había de hacer su
gusto? Cada una de aquellas acciones incorrectas y clandestinas le
acariciaba el alma antes y después de consumada. La conciencia sabía
sacar, no se sabe de dónde, mil sofisterías con que justificar todo
plenamente. «Bastantes privaciones he tenido... ¿Pues acaso no merezco
yo otra posición?... Se tendrá que acostumbrar a verme un poco más
emancipada... Y al fin y al cabo, yo miro por el decoro de la
familia...».
Lo que más conturbaba su espíritu en aquellos primeros días de soledad y
calor era la necesidad de volver a poner el dinero en la arqueta.
Milagros no le había dado todo. ¿De dónde sacar lo que faltaba? Al
instante se acordó de Torres, y desde que tuvo ocasión de ello, hízole
una indicación discreta. «Él no tenía; ¡qué lástima! Si algún amigo suyo
tuviera... En fin, al día siguiente la contestación». A nuestra amiga no
se le cocía el pan hasta saber la respuesta de Torres, porque a cada
momento creía próxima la catástrofe, la cual sería grande, fuerte e
inevitable, desde que Bringas registrase su tesoro. Por fortuna o por
especial intervención de los santos y santas a quienes la Pipaón
invocaba, aún no se le había ocurrido al buen hombre levantar la tapa
del doble fondo. ¡Pero cuando lo hiciera...! Y ya no valía el arbitrio
de los papeles que imitaban con grosero arte los billetes, porque el
ratoncito veía, aunque mal, y no era posible que se fiase sólo del tacto
para hacer el arqueo de su caja. Sobre ascuas estuvo la dama todo el día
31 y parte del inmediato, hasta que Torres le dio esperanzas de remedio.
Empezó poniendo dificultades, ponderando lo que había trabajado para
hacer comprender la conveniencia del préstamo a su amigo. El cual era un
tal Torquemada, hombre que no daba su dinero sin garantía. En aquella
ocasión, no obstante, en obsequio a Torres, no exigiría la firma del
marido en el contrato, pues la de la señora bastaba... No
podía hacer el empréstito más que por un mes, con fecha
improrrogable, y dando cuatro mil reales se haría el pagaré de
cuatro mil quinientos. ¡Ah!, de los cuatro mil se deducirían doscientos
reales de corretaje...
Los cielos abiertos vio Rosalía cuando Torres le dio estas noticias, y
todo pareciole poco, rédito y corretaje, para el gran favor que se le
hacía. Con los tres mil ochocientos reales tendría bastante para su
objeto, y aun le sobrarían unos seis duros para algo imprevisto que
ocurriese. Todo quedaría arreglado al siguiente día 2 de Agosto.
Y el tiempo apremiaba, y el peligro era inminente, como se verá por esta
frase de Bringas, textualmente copiada:
«Hijita, mañana me manda Golfín la cuenta y habrá que pagársela pasado
mañana 3. Él se marcha el 4, según me ha dicho hoy. Me tiemblan las
carnes cuando pienso que ese señor me va a tomar por hombre de posibles.
¿Cuánto me pondrá? ¿Se te ocurre a ti? Yo he pensado en eso toda la
noche, y he tenido pesadillas como las de Isabelita... Y hoy me dijo
Golfín una frase que me dio escalofríos... Lo que te digo; me estás
perdiendo con el lustre _estrepitoso_ que te das... Pues mira que me
hace gracia... cuando no sé si quedaremos mal con el doctor, que este me
diga... así, con ese tonillo impertinente... «Sr. D.
Francisco, ayer vi a su señora salir de misa de doce en San Ginés...
¡Siempre tan elegante!...». Pues tu dichosa elegancia va a ser el
cuchillo con que ese hombre me va a segar el cuello».
A las diez y media del otro día, mientras don Francisco y toda la
familia menuda estaban de paseo en la Cuesta de la Vega, quedó realizada
la operación. Aparecieron con usurera exactitud, a la hora fija, Torres
y Torquemada. Este era un hombre de mediana edad, canoso, la barba
afeitada de cuatro días, moreno y con un cierto aire clerical. Era en él
costumbre invariable preguntar por la familia al hacer su saludo, y
hablaba separando las palabras y poniendo entre los párrafos asmáticas
pausas, de modo que el que le escuchaba no podía menos de sentirse
contaminado de entorpecimientos en la emisión del aliento. Acompañaba
sus fatigosos discursos de una lenta elevación del brazo derecho,
formando con los dedos índice y pulgar una especie de rosquilla para
ponérsela a su interlocutor delante de los ojos, como un objeto de
veneración. La visita fue breve. La única parte del contrato a que
Rosalía puso reparo fue la referente al plazo de un mes, que le parecía
demasiado corto; pero Torquemada aseguró que no le era posible
alargarlo. «A principios de Setiembre tenía que... dar una fianza en la
Diputación... Provincial, porque se presentaba a la subasta de
la... carne para los Hospitales. Pensáralo bien la... señora, pues si
creía no _tener posibles_ para... reembolsarle en la fecha... convenida,
el préstamo... no se verificaría». A todo se avino la dama, atenta sólo
a salir del conflicto del día; tomó el dinero, firmó, y los dos amigos
se despidieron, dejando expresiones para el dueño de la casa, a quien
uno de ellos no conocía. Contentísima se quedó la Pipaón, y no pensaba
más que en el modo de introducir en la arqueta los dineros. Una pequeña
dificultad ocurría, y era que no teniendo un billete de 400 escudos,
sino varios de los pequeños, había de procurarse uno de aquellos. Si los
billetes eran de otra clase, aunque la cantidad fuese la misma, el
cominero se llamaría a engaño. Con pretexto de hacer una visita salió
por la tarde, asustadísima, sospechando siempre que a su marido se le
antojase, mientras ella estaba fuera, registrar el erario. Pero un ángel
bueno velaba por ella; nada ocurrió durante el tiempo que empleara en
hacer el desusado cambio de billetes pequeños por uno grande. El
cambista de la calle del Carmen la miró con cierto asombro. Por la
noche, la delicada operación de reponer la cantidad sustraída fue hecha
con toda felicidad.
Pocas veces se había sentido mi amigo Bringas tan nervioso como en los
ratos que precedieron a la llegada de la cuenta de Golfín. A eso de las
diez del día 3, mandó a Paquito con un recado verbal,
suplicando al doctor le remitiese sin tardanza la nota de los honorarios
de su asistencia médica, y serían las once y media cuando el joven
regresó a la casa, trayendo una carta. Bringas no respiraba mientras su
mano trémula rompía el sobre y desdoblaba el papel. Rosalía aguardaba
también con anhelosa curiosidad... ¡Ocho mil reales! Leyendo esta suma
Bringas se quedó perplejo, vacilante entre la alegría y la pena, pues si
la cantidad le parecía excesiva, por otra parte, sus temores de que
fuera disparatadamente grande, se calmaban ante la cifra verdadera.
Había creído a veces que no bajaría la cuenta de doce o diez y seis mil
reales, y esta sospecha le ponía fuera de sí; otras no la conceptuaba
superior a cuatro mil. La realidad había partido la diferencia entre
estas dos sumas ilusorias, y por fin el economista vino a consolarse con
razonamientos de la escuela de Don Hermógenes, diciendo que si ocho mil
reales eran mucho dinero en comparación de cuatro, eran poca cosa
relativamente a diez y seis... Un razonar más suyo que de Don Hermógenes
dominaba el tumulto de ideas aritméticas que en aquel momento hervía en
su cerebro; y era que Golfín, por ser el enfermo recomendado de la
Reina, no debía haberle llevado nada...