El análisis de la virtud de la Pipaón arroja un singularísimo resultado.
Pez no había tenido la habilidad o la suerte de sorprenderla en uno de
aquellos infelices momentos en que la satisfacción de un capricho o las
apreturas de un compromiso movían en su alma poderosos apetitos de
poseer cantidades, que variaban según las circunstancias. En tales
momentos, su pasión de los perifollos o el anhelo de cubrir las
apariencias y de tapar sus trampas, la cegaban hasta el punto
de que no vacilara en comprar el triunfo con la moneda de su honor...
Así se explica el enigma de la derrota de Pez. Cuando quiso expugnar la
plaza, esta se hallaba bien abastecida. La Bringas tenía dinero en
aquellos días. Milagros habíale pagado más de la mitad de su deuda, y el
resto se lo daría seguramente el domingo próximo, con más algo que
deseaba dejar en su poder como reserva. Segura de salir bien del
compromiso más urgente, aquella señora tan frescota y lozana se creía en
el caso de hacer gala de su entereza, de una virtud menos sensible al
autor que al interés. Con una frase que conservo en la memoria, calificó
Pez aquel carácter vanidoso, aquel temperamento inaccesible a toda
pasión que no fuera la de vestir bien. Dijo este gran observador que era
como los toros, que acuden más al trapo que al hombre.
Insistía en sus románticas vehemencias mi amigo, y quién sabe si al fin
habría tenido la contienda un término funesto... Pero la entrada de los
niños fue como intervención de la divina Providencia en el asunto. Poco
después llegó D. Francisco, y ambos señores hablaron un poco de
política, de aquella obcecada política de González Bravo, que en boca de
Pez, por especial disposición de su ánimo, tomaba un tinte muy
pesimista. D. Francisco se espeluznaba oyéndole. La prisión de los
generales y del duque de Montpensier era una torpeza. Los
revolucionarios habían dicho su _Última palabra_ en _La Iberia_ de
aquellos días, y el Gobierno había lanzado su último reto. El Ejército
simpatizaba con la revolución, y hasta se decía que la Marina... «¡Por
Dios, señor de Pez, no hable usted barbaridad semejante!»--exclamaba
Thiers llevándose ambas manos a la cabeza y olvidándose de retirarlas
durante un rato.
«Yo me lavo las manos--dijo el otro--. Yo estoy viendo venir un
cataclismo, y francamente, cuando he sabido que la Unión liberal, que es
un partido de gobierno, que es un partido de orden, que es un partido
serio, ayuda a los revolucionarios, qué quiere usted... no veo la cosa
tan negra...».
A punto estuvo Thiers de incomodarse, pues la benevolencia de su amigo
como que parecía preludio de una defección. Siguió Bringas desfogando su
ira contra los progresistas, la Milicia Nacional, Espartero, sin olvidar
el _chas-cás_; contra el _titulado_ Himno de Riego, contra los
_llamados_ demócratas y todo bicho viviente, hasta que Pez, hastiado,
llevó la conversación al asunto de su viaje. Él no tenía impaciencia ni
creía que fuese absolutamente necesario para su salud abandonar los
Madriles; pero sus niñas le acosaban tanto para que las llevase pronto a
San Sebastián, que ya no podía dilatar más la expedición. Querían las
pobrecillas lucir en la Concha y en la Zurriola los
perendengues de la estación, y tal era su entusiasmo por esto, que si no
las llevaba pronto, reventarían de tristeza. Su mamá se quedaba aquí,
prosternada delante del altar de las Ánimas y comadreando en las
sacristías con otras beatonas de su misma estofa. Descanso y libertad
era para las pobres niñas el viaje al Norte, y en este concepto no podía
menos de ser provechoso a la endeble salud de ambas. Para el papá más
era molestia que esparcimiento el tal viajecito, porque sus hijas le
mareaban con las frecuentes excursiones a Bayona para comprar trapos y
pasarlos de contrabando. Y no necesitaban Josefita y Rosita hacer lo que
hacen otras, que se visten lo comprado y meten en los baúles lo de uso;
ni necesitaban ponerse dos abrigos de invierno, uno sobre otro, y seis
pares de medias y dos faldas y cuatro manteletas. La circunstancia feliz
de ser su papá Director en Hacienda las eximía de aquella sofocante
manera de contrabandear. El administrador de la Aduana de Irún debía el
puesto que ocupaba a nuestro Pez, y también él era Pez por el costado
materno, con lo cual, dicho se está que las niñas se traían a España
media Francia. «Es para mí una ocasión de infinitos compromisos este
viaje--agregaba don Manuel finalmente--, porque no puedo asomar la nariz
en Bayona y en Biarritz sin que me vea acosado por las señoras de alta y
media categoría, pidiendo la consabida tarjeta o volantito
para el primo de Irún... Las más de las veces no puedo negarlo... Está
ya en nuestras costumbres y parece una quijotería el mirar por la Renta.
Es genuinamente español esto de ver en el Estado el ladrón legal, el
ladrón permanente, el ladrón histórico... Entre otros adagios de inmoral
filosofía, hay aquel de _tiene cien años de perdón, etcétera_... Es mi
tema; esto es un país perdido... Y vaya usted a echársela de moralista.
El año pasado, una marquesa bastante acomodada, a quien no quise
facilitar el paso de un cargamento de vestidos, por poco me saca los
ojos. Se puso hecha una leona y clamaba por la revolución y los
demagogos. Una duquesa, demasiado lista, se dio el gusto de pasar, en
mis barbas y en las barbas del primo de Irún... ¡pásmese usted!...
¡cincuenta y cuatro baúles llenos de novedades!».
Dicho esto, retirose, y al día siguiente volvió para despedirse, pues
aquella misma tarde se marchaba. Un ratito pudo hablar a solas con
Rosalía, y se mostró tan llagado del corazón y tan herido de punta de
despecho amoroso, que la honesta señora no pudo menos de compadecerle,
sintiendo al propio tiempo dos clases de vanidad; la del triunfo de su
virtud y la no menos grande de ser objeto de pasión tan formidable.
Grandes debían de ser su mérito y su belleza cuando se postraba ante
ella, como un chicuelo, varón tan serio y sosegado, cuando
hombres de aquel temple se chiflaban ante ella y _habrían comprado con
su vida_ (textual) cualquier favorcillo.
Milagros no salió hasta el 29. ¡Cuántas ocupaciones tuvo aquellos
últimos días, y qué angustias pasaba para preparar su viaje!
«Queridísima amiga--dijo Rosalía, a solas con ella en el Camón--, usted
me ha de dispensar que no le entregue, antes de irme, aquel resto que
falta. Supongo que podrá usted esperar unos días. Al apoderado de casa
dejo encargo de poner en sus manos esa cantidad el 5 o el 6 del próximo,
pues para entonces ha de cobrar ciertas cantidades de unos censos de
Zafra. Descuide usted, que no le faltará. Es lo primero que he puesto en
la lista de encargos que dejo a Enríquez, y para que no se le olvide,
siempre que le veo machaco en lo mismo. «Cuidado cómo deja usted de
entregar... cuidado, Enríquez... El pico de mi amiga es lo primero».
Muy mal le supo a esta tal dilación; pero como la promesa parecía tan
solemne y no era mucho esperar al 5 de Agosto, hubo de tranquilizarse.
Su amiga prosiguió aturdiéndola con su estrepitoso cariño y perjurando
que le había de traer de Francia mil regalitos de _altísima_ novedad.
«Supongo que allí tropezaremos con Pez, para que nos libre del mareo de
la Aduana, que es insoportable con aquellos empleados tan ordinarios.
Si se les deja, capaces son de abrir todos los baúles... y yo
llevo la friolera de catorce. De allá siempre traigo tres o cuatro más.
No puede usted figurarse cómo estoy de rendida con el trabajo de estos
días. Mi maridillo no me ayuda nada. Todo se lo han de dar hecho. Este
año ni siquiera se ha tomado la molestia de pedir los billetes gratis.
Yo lo he tenido que hacer, poniendo cartitas al Presidente del Comité
ejecutivo, y al fin a regañadientes me los han dado. Pero no he podido
conseguir que nos den dos reservados como otros años, sino uno solo.
¡Qué injusticia!... Yo le digo a Sudre que este es el pago que le dan
por defender en el Senado a la Compañía como él la defiende, contra
viento y marea. Me pongo nerviosísima los días de viaje. Me parece que
siempre se queda algo, que no vamos a alcanzar el tren, que me van a
hacer pagar un sentido por exceso de peso... ¡Ya ve usted, catorce
baúles! Es un laberinto de mil demonios. Leopoldito lleva su perro,
María su gatita de Angora y Gustavo una jaula de pájaros para un amigo.
Hay que pensar hasta en lo que han de comer por el camino esos
irracionales... ¡Y todo esto en un solo departamento, que parecerá un
arca de Noé! Felizmente conocemos al conductor, y María y yo, después
que cenemos en Ávila, nos pasaremos a una berlina-cama... Llevo a
Asunción... no puedo vivir sin mi doncella. Los bultos de mano, creo que
no bajarán de veinticuatro. Yo no duermo nada si no llevo mis
almohadas. A Agustín no hay quien le quite de la cabeza el llevar una
jofaina para lavarse dos o tres veces en el camino. Mi maletita-tocador
no se puede quedar atrás, porque no me gusta llegar a las estaciones
hecha una facha. Leopoldito lleva su tablero de damas, el _bilboquet_,
la _cuestión romana_, su pistolita de salón y una cartera donde apunta
todos los túneles y la hora que es en todas las estaciones. Gustavo
carga con media docena de librotes para ir leyendo por el camino; y el
maula de mi marido, que sólo piensa en su comodidad, se enfurece si le
faltan las zapatillas, el gran gorro de seda, el cojín de viento... A
todo tengo que atender, porque no podemos tener un criado para cada uno.
Esos tiempos pasaron, ¡ay!, y se me figura que no han de volver.