XXXV

Se sintió aliviada... libre de aquel espantoso hervor de su cerebro. Su

mamá le limpiaba el sudor de su frente, llamándola con palabras

cariñosas. Había sentido Rosalía sus quejidos, síntoma indudable de la

pesadilla, y saltó de la cama para correr en su socorro. Eran las doce.

Hízole después una taza de té, y ayudada de Prudencia le mudó las

sábanas. A la media hora la pobre niña descansaba tranquila, y su mamá

se fue a dormir al sofá del gabinete, porque la cama despedía fuego.

Antes quiso dar parte a su marido de la desazón de la niña.

--¿Lo de siempre?--preguntó él desde el embozo de la única sábana con

que se cubría.

--Sí, lo de siempre, pesadilla, convulsiones; ha sido de los ataques más

fuertes. Por fin se ha tranquilizado. ¡Pobre ángel! Tú te empeñas en que

a nuestra niña se le arraigue esta propensión a la epilepsia...

¡sabiendo que se corrige con los baños de mar...!

--Lo mismo son los de los Jerónimos... digo, son mejores.

La voz de Rosalía, objetando algo, se perdió en los aposentos

inmediatos. Bringas, después de toser un poco, envolvió en las nubes del

sueño su opinión sobre la superioridad de los baños del Manzanares ante

todos los baños del mundo.

La mejoría de nuestro amigo se acentuaba tanto, que Golfín desde

mediados de Julio dejó de ir a la casa. D. Francisco, acompañado de

Paquito, iba a la consulta dos veces por semana. Como el doctor tenía su

casa en la calle del Arenal, poco trecho había que recorrer. Los oscuros

cristales de unas gafas oftálmicas, amén de una gran visera verde,

resguardaban sus ojos de la luz, Golfín, siempre amabilísimo con el

recomendado de Su Majestad, le despachaba pronto. Estaba muy satisfecho

de su cura, y elogiaba la excelente naturaleza del enfermo, vencedora

del mal en pocas semanas. En la última de Julio anunció el oculista a su

cliente que se marchaba a principios de Agosto a dar una vuelta por

Alemania. «Pero ya no necesita usted que yo lo vea. Le doy de alta, y

por lo que pueda ocurrir, uno de mis ayudantes pasará por aquí tres o

cuatro veces mientras yo esté fuera». Bringas oyó con júbilo esta

despedida del concienzudo médico, indicio cierto de que el mal estaba

vencido. Llevado de su honradez y delicadeza, rogó al doctor que antes

de partir le pasase... «Ya usted me entiende... la cuentecita

de sus honorarios». Golfín se deshizo en cumplidos. «Tiempo habrá...

¿qué prisa tiene usted?... En fin, como usted quiera...». Y el gran

economista, al salir con su hijo, pesaba en la balanza de su mente los

términos de aquel enigma aritmético que pronto se había de revelar. ¿Qué

tipo regulador o qué tarifa le aplicaría? ¿Le consideraría como pobre de

solemnidad, como empleado alto, como rentista bajo o como burgués

vergonzante y pordiosero? A todas horas del día y de la noche pensaba

Thiers en esto, y deseaba que la cuenta llegase para salir de su

angustiosa duda.

Desde que D. Francisco anunció a su esposa, que a principios de Agosto

era necesario pagar al médico, la pobre señora creyó más urgente la

reposición de los billetes sustraídos de la arqueta. Felizmente,

Milagros le había dado poco más de la mitad de lo que su deuda

importaba, con promesa de entregar el resto antes de marcharse a

Biarritz. «Las cosas se me van arreglando bien--le dijo--. Seguramente

tendré lo bastante para los compromisos de estos días, y aun creo poder

dejar a usted algo si lo necesita... No, no hay que agradecer... Es que

no me hace falta, y más seguro está en esas manos que en las mías». Con

estas promesas y ofrecimientos, la Pipaón veía próximo el término de su

ahogo. Contentas ambas, aunque la de Thiers tenía los espíritus

algo abatidos por no poder ir a baños, pasaban ratos deliciosos

hablando de modas. La Tellería, con aquel arte tan admirable y tan suyo,

se las compuso muy bien para volver a tomar algunas de las cosillas que

regaló a Rosalía en aquellos raptos de cariño precursores del

empréstito. «Puesto que usted no sale, maldita la falta que le hará esta

_pamela_... ni esta forma de paja... Veré cómo la arreglo yo para mí...

Aquí no podrá usted usar el _pelo de cabra_. Es tela muy impropia de

estos calores. Como allá se siente fresco algunos días, me la llevo. Yo

he de traerle a usted cosas mejores... ¡Ah!, le dejaré unas varas de

crudillo para vestidos de los pequeñuelos, y unos pedazos de crespón que

me han sobrado». Con todo se conformaba la Bringas. No pudiendo ella

lucirse en las provincias del Norte, quería vengarse de su destino

engalanando a su prole; ya se había provisto de figurines, y proyectaba

cosas no vistas para que Isabelita y Alfonso publicaran en la Plaza de

Oriente, entre la festiva república de niños, el buen gusto de su

opulenta mamá.

«Tiene Sobrino unos abrigos de verano--decía Milagros--, que me

entusiasman. No me voy sin tomar uno. Ya sabe usted... medios pañuelos

de imitación a Chantilly, con _guipure_».

--Los he visto, hija; los he visto ayer--replicó la otra dando un gran

suspiro.

--No se desconsuele usted, querida--dijo Milagros

acariciándola--. En Bayona se compran estas cosas por la mitad, y luego

se introducen sin pagar derechos. Yo le traeré a usted uno de estos

medios pañuelos, más bonito que los que tiene Sobrino... ¿Quiere usted

para los niños un poco de _piel del diablo_, a cuadritos, que no me hace

falta? Se la mandaré. En cambio me llevo estos _fichús_ que no son

propios para Madrid... ¿Irá usted al Prado? Allí, con el velito y la

camiseta basta. Los sombreros parece que se despegan de la cabeza en el

verano de Madrid. Esta armadura de _linó_ que mandé a usted para nada le

servirá. Usarela yo. Se la devolveré en el otoño adornada con algo, de

mucha novedad, que no se conozca todavía por aquí... ¡Ah!, le recomiendo

para los niños unos sombreros marineros que ha traído Sempere y unas

como gorras o boinas. Son monísimas... Y no haga usted más compras: le

mandaré un par de medias azules para cada uno, y creo tener un buen

pedazo de _piqué_ que podrá usted utilizar.

En cambio de las cosas que con tanta zandunga iba recuperando, enviole

un lío compuesto de informes retazos, cintas y recortes que, en puridad,

no servían para nada. Gracias que saliese de allí una corbata para

Paquito y otra para el excelso pescuezo del ratoncito Pérez.

Una mañana que la Pipaón estaba sola, pues Thiers había ido a la

consulta, presentose inopinadamente Pez. Vestido de verano, con el

ligero y elegante traje de alpaca de color, parecía un pollo.

Veíale siempre Rosalía con gusto, y en aquella ocasión le vio con mayor

agrado, por lo terso y remozado que estaba. Cada vez se crecía más en el

espíritu de la noble señora la imagen de aquel sujeto, y se afianzaba

más en los dominios de su pensamiento. Y antes que los atractivos

exteriores de él, antes que sus modales y su señorío, la cautivaban los

propósitos que hizo de protegerla en cualquier circunstancia aflictiva.

Hubiérase rendido al protector antes que al amante; quiero decir que si

Pez no hubiera puesto aquellas paralelas del ofrecimiento positivo, el

terreno ganado habría sido mucho menos grande. Él, no obstante ser muy

experto, contaba más con la fuerza de sus gracias personales que con

aquel otro medio de combate. Pero a muy pocos es dado conocer todas las

variedades de la flaqueza humana. Aquel bélico artificio, usado

simplemente como auxiliar, resultó más eficaz que los disparos de

Cupido.

Y aquel día estuvo Pez tan expresivo desde los primeros momentos, tan

atrevidillo y despabilado, que Rosalía, considerándose sola con él en la

casa (pues también los niños y Prudencia habían salido) se vio en

grandísima turbación. Cuanto en su alma había de recto y pudoroso, así

lo ingénito como lo educado por Bringas en tantos años de intachable

vida conyugal, se sublevó y se puso en guardia. Pez resultaba ser un

muchacho casquivano en aquella hora crítica; transfigurose en

un romántico de los que se decoran con desesperación, y se engalanan con

un bonito anhelo de morirse. Su lenguaje y sus modos, perfectamente

adaptados al ardoroso temple de la canícula, aterraron a Rosalía,

primeriza en aquella desazón de las amistades culpables. Dígase y

repítase en honor suyo. Halló mi calaverón una virtuosa resistencia que

no esperaba, pues según su frase, que le oí más de una vez, había creído

que, por su excesiva madurez, aquella fruta se caía del árbol por sí

sola.

La de Bringas · 第 35 / 50 题