Se sintió aliviada... libre de aquel espantoso hervor de su cerebro. Su
mamá le limpiaba el sudor de su frente, llamándola con palabras
cariñosas. Había sentido Rosalía sus quejidos, síntoma indudable de la
pesadilla, y saltó de la cama para correr en su socorro. Eran las doce.
Hízole después una taza de té, y ayudada de Prudencia le mudó las
sábanas. A la media hora la pobre niña descansaba tranquila, y su mamá
se fue a dormir al sofá del gabinete, porque la cama despedía fuego.
Antes quiso dar parte a su marido de la desazón de la niña.
--¿Lo de siempre?--preguntó él desde el embozo de la única sábana con
que se cubría.
--Sí, lo de siempre, pesadilla, convulsiones; ha sido de los ataques más
fuertes. Por fin se ha tranquilizado. ¡Pobre ángel! Tú te empeñas en que
a nuestra niña se le arraigue esta propensión a la epilepsia...
¡sabiendo que se corrige con los baños de mar...!
--Lo mismo son los de los Jerónimos... digo, son mejores.
La voz de Rosalía, objetando algo, se perdió en los aposentos
inmediatos. Bringas, después de toser un poco, envolvió en las nubes del
sueño su opinión sobre la superioridad de los baños del Manzanares ante
todos los baños del mundo.
La mejoría de nuestro amigo se acentuaba tanto, que Golfín desde
mediados de Julio dejó de ir a la casa. D. Francisco, acompañado de
Paquito, iba a la consulta dos veces por semana. Como el doctor tenía su
casa en la calle del Arenal, poco trecho había que recorrer. Los oscuros
cristales de unas gafas oftálmicas, amén de una gran visera verde,
resguardaban sus ojos de la luz, Golfín, siempre amabilísimo con el
recomendado de Su Majestad, le despachaba pronto. Estaba muy satisfecho
de su cura, y elogiaba la excelente naturaleza del enfermo, vencedora
del mal en pocas semanas. En la última de Julio anunció el oculista a su
cliente que se marchaba a principios de Agosto a dar una vuelta por
Alemania. «Pero ya no necesita usted que yo lo vea. Le doy de alta, y
por lo que pueda ocurrir, uno de mis ayudantes pasará por aquí tres o
cuatro veces mientras yo esté fuera». Bringas oyó con júbilo esta
despedida del concienzudo médico, indicio cierto de que el mal estaba
vencido. Llevado de su honradez y delicadeza, rogó al doctor que antes
de partir le pasase... «Ya usted me entiende... la cuentecita
de sus honorarios». Golfín se deshizo en cumplidos. «Tiempo habrá...
¿qué prisa tiene usted?... En fin, como usted quiera...». Y el gran
economista, al salir con su hijo, pesaba en la balanza de su mente los
términos de aquel enigma aritmético que pronto se había de revelar. ¿Qué
tipo regulador o qué tarifa le aplicaría? ¿Le consideraría como pobre de
solemnidad, como empleado alto, como rentista bajo o como burgués
vergonzante y pordiosero? A todas horas del día y de la noche pensaba
Thiers en esto, y deseaba que la cuenta llegase para salir de su
angustiosa duda.
Desde que D. Francisco anunció a su esposa, que a principios de Agosto
era necesario pagar al médico, la pobre señora creyó más urgente la
reposición de los billetes sustraídos de la arqueta. Felizmente,
Milagros le había dado poco más de la mitad de lo que su deuda
importaba, con promesa de entregar el resto antes de marcharse a
Biarritz. «Las cosas se me van arreglando bien--le dijo--. Seguramente
tendré lo bastante para los compromisos de estos días, y aun creo poder
dejar a usted algo si lo necesita... No, no hay que agradecer... Es que
no me hace falta, y más seguro está en esas manos que en las mías». Con
estas promesas y ofrecimientos, la Pipaón veía próximo el término de su
ahogo. Contentas ambas, aunque la de Thiers tenía los espíritus
algo abatidos por no poder ir a baños, pasaban ratos deliciosos
hablando de modas. La Tellería, con aquel arte tan admirable y tan suyo,
se las compuso muy bien para volver a tomar algunas de las cosillas que
regaló a Rosalía en aquellos raptos de cariño precursores del
empréstito. «Puesto que usted no sale, maldita la falta que le hará esta
_pamela_... ni esta forma de paja... Veré cómo la arreglo yo para mí...
Aquí no podrá usted usar el _pelo de cabra_. Es tela muy impropia de
estos calores. Como allá se siente fresco algunos días, me la llevo. Yo
he de traerle a usted cosas mejores... ¡Ah!, le dejaré unas varas de
crudillo para vestidos de los pequeñuelos, y unos pedazos de crespón que
me han sobrado». Con todo se conformaba la Bringas. No pudiendo ella
lucirse en las provincias del Norte, quería vengarse de su destino
engalanando a su prole; ya se había provisto de figurines, y proyectaba
cosas no vistas para que Isabelita y Alfonso publicaran en la Plaza de
Oriente, entre la festiva república de niños, el buen gusto de su
opulenta mamá.
«Tiene Sobrino unos abrigos de verano--decía Milagros--, que me
entusiasman. No me voy sin tomar uno. Ya sabe usted... medios pañuelos
de imitación a Chantilly, con _guipure_».
--Los he visto, hija; los he visto ayer--replicó la otra dando un gran
suspiro.
--No se desconsuele usted, querida--dijo Milagros
acariciándola--. En Bayona se compran estas cosas por la mitad, y luego
se introducen sin pagar derechos. Yo le traeré a usted uno de estos
medios pañuelos, más bonito que los que tiene Sobrino... ¿Quiere usted
para los niños un poco de _piel del diablo_, a cuadritos, que no me hace
falta? Se la mandaré. En cambio me llevo estos _fichús_ que no son
propios para Madrid... ¿Irá usted al Prado? Allí, con el velito y la
camiseta basta. Los sombreros parece que se despegan de la cabeza en el
verano de Madrid. Esta armadura de _linó_ que mandé a usted para nada le
servirá. Usarela yo. Se la devolveré en el otoño adornada con algo, de
mucha novedad, que no se conozca todavía por aquí... ¡Ah!, le recomiendo
para los niños unos sombreros marineros que ha traído Sempere y unas
como gorras o boinas. Son monísimas... Y no haga usted más compras: le
mandaré un par de medias azules para cada uno, y creo tener un buen
pedazo de _piqué_ que podrá usted utilizar.
En cambio de las cosas que con tanta zandunga iba recuperando, enviole
un lío compuesto de informes retazos, cintas y recortes que, en puridad,
no servían para nada. Gracias que saliese de allí una corbata para
Paquito y otra para el excelso pescuezo del ratoncito Pérez.
Una mañana que la Pipaón estaba sola, pues Thiers había ido a la
consulta, presentose inopinadamente Pez. Vestido de verano, con el
ligero y elegante traje de alpaca de color, parecía un pollo.
Veíale siempre Rosalía con gusto, y en aquella ocasión le vio con mayor
agrado, por lo terso y remozado que estaba. Cada vez se crecía más en el
espíritu de la noble señora la imagen de aquel sujeto, y se afianzaba
más en los dominios de su pensamiento. Y antes que los atractivos
exteriores de él, antes que sus modales y su señorío, la cautivaban los
propósitos que hizo de protegerla en cualquier circunstancia aflictiva.
Hubiérase rendido al protector antes que al amante; quiero decir que si
Pez no hubiera puesto aquellas paralelas del ofrecimiento positivo, el
terreno ganado habría sido mucho menos grande. Él, no obstante ser muy
experto, contaba más con la fuerza de sus gracias personales que con
aquel otro medio de combate. Pero a muy pocos es dado conocer todas las
variedades de la flaqueza humana. Aquel bélico artificio, usado
simplemente como auxiliar, resultó más eficaz que los disparos de
Cupido.
Y aquel día estuvo Pez tan expresivo desde los primeros momentos, tan
atrevidillo y despabilado, que Rosalía, considerándose sola con él en la
casa (pues también los niños y Prudencia habían salido) se vio en
grandísima turbación. Cuanto en su alma había de recto y pudoroso, así
lo ingénito como lo educado por Bringas en tantos años de intachable
vida conyugal, se sublevó y se puso en guardia. Pez resultaba ser un
muchacho casquivano en aquella hora crítica; transfigurose en
un romántico de los que se decoran con desesperación, y se engalanan con
un bonito anhelo de morirse. Su lenguaje y sus modos, perfectamente
adaptados al ardoroso temple de la canícula, aterraron a Rosalía,
primeriza en aquella desazón de las amistades culpables. Dígase y
repítase en honor suyo. Halló mi calaverón una virtuosa resistencia que
no esperaba, pues según su frase, que le oí más de una vez, había creído
que, por su excesiva madurez, aquella fruta se caía del árbol por sí
sola.