XXXIV

Pero la Pipaón no las tuvo todas consigo hasta que no le vio guardar la

arqueta, ponerla en su sitio cuidadosamente, como se pone en la

cuna un niño dormido, y echar la llave a la gaveta. Sólo entonces

elevó su mente al Cielo en acción de gracias por el gran favor que

acababa de otorgarle. Pero lo que no sucedió aquel día por especial

intervención de la divinidad, podía muy bien ocurrir en otro. No siempre

están los santos del mismo humor. Por si segunda vez se le antojaba

registrar el doble fondo, discurrió la industriosa señora un arbitrio

que, a su parecer, aplazaría el conflicto mientras llegaba el momento de

conjurarlo resueltamente reponiendo el dinero. Imaginó, pues, colocar en

la caja unos pedacitos de papel del tamaño de los billetes, y si lograba

encontrar papel igual en la calidad de la pasta, de modo que no

resultase diferencia al tacto, el engaño era fácil, porque su marido no

había de verlos sino con los dedos... Púsose a la obra, y rebuscó y

examinó cuanto papel había en la casa. Por fin, en la mesa de Paquito

halló uno que pareciole muy semejante, por su flexibilidad y

consistencia, al que empleaba el Banco en sus billetes. Obtuvo esta

certidumbre después de un detenido trabajo de comparación entra las

distintas clases de papel y un billete de doscientos reales que

conservaba. Para refinar la imitación, faltaba darle la pátina del uso,

aquella suavidad pegajosa que resulta del paso por tantas manos de

cajeros y cobradores, por las de los pródigos así como por las de los

avaros. Rosalía sometió los trozos a una serie de operaciones

equivalentes al traqueteo de los billetes en la circulación pública.

--¿Qué buscas aquí, niña?--dijo con enfado a Isabelita que iba, como de

costumbre, a meter su hocico en todo--. Vete a acompañar a papá, que

está solito.

Encerrose en el Camón para evitar indiscreciones, y allí arrugaba el

papel, dejándolo como una bola. Luego lo estiraba, lo planchaba con la

palma de la mano, hasta que los repetidos estrujones le daban la deseada

flexibilidad. Echaba de menos aquella epidermis pringosa que los

verdaderos billetes tienen; ¿pero cómo obtener esto? Pareciole

imposible, aunque sus manos estaban muy bien preparadas para el objeto.

Acababa de hacer unas croquetas en la cocina, y había tenido cuidado de

no lavarse las manos para que pudieran imprimir sobre el papel algo de

aquella suciedad a la cual ningún idealista, que yo sepa, ha hecho ascos

todavía.

Cuando creyó haber trabajado bastante, quiso hacer prueba de su obra.

Entrábale desconfianza y decía: «No sé qué tiene este papel que ningún

otro se le iguala. Me parece que no le engaño». Y sus dedos hacían un

estudio de tacto sobre el billete verdadero y los fingidos. «Supongamos

que no veo... Supongamos que me ponen este delante y que trato de

diferenciar el legítimo de los... ¡Oh!, no hay duda posible. Se conoce

en seguida...». Y dando un suspiro se desanimaba tanto, que

casi casi hubo de renunciar a la superchería... «No, no--pensó

después--. Cuando se está en el secreto, se nota más la diferencia; pero

no estando en el secreto... Los pondré en el doble fondo, y Dios dirá.

Allá veremos».

Al anochecer de aquel día, cuando Bringas sacó la arqueta, la dama tenía

sus papeles preparados para hacerlos actuar convenientemente en caso de

que el cominero abriese el doble fondo. Pero no lo abrió. Entonces

Rosalía, como para impedirle la molestia de ir a la mesa, le quitó de

las manos el cajoncillo, y en el breve tiempo que empleara para

colocarlo en su sitio, supo introducir los papeluchos que, cuando se

pasase revista de presente, debían responder por los que se habían ido a

otra parte. Por supuesto, aquella solución provisional era muy

peligrosa, y convenía acelerar la definitiva exigiendo de Milagros el

pago del préstamo.

Al día siguiente, que fue el 25 de Julio, día de Santiago, apretó el

calor de una manera horrible. Bringas estaba en mangas de camisa y

Rosalía, con una bata de percal muy ligero, no cesaba de abanicarse,

renegando a cada instante del clima de Madrid y de aquella exposición a

Poniente que había elegido Bringas para su vivienda. ¡Y el cominero

tenía la desfachatez de decir que el calor le gustaba, que era muy sano

y que compadecía a los _tontos que se iban fuera_! Aquel mismo

día de Santiago el gran economista había anunciado solemne y

decididamente a toda la familia que no irían a baños, con lo cual estaba

Rosalía más sulfurada que con el calor. ¡Prisionera en Madrid durante la

canícula, cuando todas sus relaciones habían emigrado! La alta ciudad

palatina estaba ya casi desierta. La Reina se había ido a Lequeitio, y

con ella doña Tula, doña Antonia, la mayor y más lucida parte de la alta

servidumbre. Milagros y el señor de Pez también estaban preparando su

viaje. Se quedaría, pues, sola la pobrecita, sin más amistad que Torres,

Cándida y los empleadillos y gente menuda que vivían en el piso

tercero... Su excitación era tal, que en todo el día no dijo una palabra

sosegada, y todas las que de su augusta boca salían eran ásperas,

desapacibles, amenazadoras. Paquito estaba tendido sobre una estera

leyendo novelas y periódicos. Alfonsín enredaba como de costumbre,

insensible al calor, mas con los calzones abiertos por delante y por

detrás, mostrando la carne sonrosada y sacando al fresco todo lo que

quisiera salir. Isabelita no soportaba la temperatura tan bien como su

hermano. Pálida, ojerosa y sin fuerzas para nada, se arrojaba sobre las

sillas y en el suelo, con una modorra calenturienta, desperezándose sin

cesar buscando los cuerpos duros y fríos para restregarse contra ellos.

Olvidada de sus muñecas, no tenía gusto para nada; no hacía

más que observar lo que en su casa pasaba, que fue bastante singular

aquel día. Don Francisco dispuso que se hiciera un gazpacho para la

cena. Él lo sabía hacer mejor que nadie, y en otros tiempos se personaba

en la cocina con las mangas de la camisa recogidas, y hacía un gazpacho

tal que era cosa de chuparse los dedos. Mas no pudiendo en aquella

ocasión ir a la cocina, daba sus disposiciones desde el gabinete.

Isabelita era el telégrafo que las trasmitía, perezosa, y a cada

instante iba y venía con estos partes culinarios: «Dice que piquéis dos

cebollas en la ensaladera... que no pongáis más que un tomate, bien

limpio de sus pepitas... Dice que cortéis bien los pedacitos de pan... y

que pongáis poco ajo... Dice que no echéis mucha agua y que haya más

vinagre que aceite... Que pongáis dos pepinos si son pequeños, y que le

echéis también pimienta... así como medio dedal».

Por la noche la pobre niña tenía un apetito voraz, y aunque su papá

decía que el gazpacho no había quedado bien, a ella le gustó mucho, y

tomose la ración más grande que pudo. Cuando se acostó, la pesadez del

sueño infantil impedíale sentir las dificultades de la digestión de

aquel fárrago que había introducido en su estómago. Sus nervios se

insubordinaron y su cerebro, cual si estuviera comprimido entre dos

fuerzas, la acción congestiva del sueño y la acción nerviosa,

empezó a funcionar con extravagante viveza, reproduciendo todo lo que

durante el día había actuado en él por conducto directo de los sentidos.

En su horrorosa pesadilla, Isabel vio entrar a Milagros y hablar en

secreto con su mamá. Las dos se metieron en el Camón, y allí estuvieron

un ratito contando dinero y charlando. Después vino el Sr. de Pez, que

era un señor antipático, así como un diablo, con patillas de azafrán y

unos calzones verdes. Él y su papá hablaron de política diciendo que

unos pícaros muy grandes iban a cortarles la cabeza a todas las

personas, y que correría por Madrid un río de sangre. El mismo río de

sangre envolvía poco después en ondas rojas, a su mamá y al propio Sr.

de Pez, cuando hablaban en la Saleta, ella diciendo que no iban ya a los

baños, y él: «yo no puedo ya detenerme más, porque mis chicas están muy

impacientes». Después el Sr. de Pez se ponía todo azul y echaba llamas

por los ojos, y al darle a la niña un beso la quemaba. Luego había

cogido a Alfonsín y puéstole sobre sus rodillas diciéndole: «Pero

hombre, no te da vergüenza de ir enseñando...». A lo que Alfonsín

contestara pidiendo cuartos según su costumbre... Más tarde, cuando

ningún extraño quedaba en la casa, su papá se había puesto furioso por

unas cosas que le contestó su mamá. Su papá le había dicho: «eres una

gastadora», y ella, muy enfadada se había metido en el

Camón... Después había entrado otra visita. Era el Sr. de Vargas, el

cajero de la Intendencia, la oficina de su papá. Hablando, hablando,

Vargas había dicho a su papá: «Mi querido D. Francisco, el intendente ha

mandado que desde el mes que entra no se le abone a usted más que la

mitad del sueldo». Al oír esto, su papaíto se había quedado más blanco

que el papel, más blanco que la leche, más blanco todavía, ¡y daba unos

suspiros...! Hablando hablando, Vargas y su papá dijeron también que

iban a correr ríos de sangre, y que _la llamada_ revolución venía sin

remedio. Su mamá entró en el gabinete cuando se despedía el tal Vargas,

que era un señor pequeño, tan pequeño como una pulga, y parecía que

andaba a saltitos. Su mamá y su papá habían vuelto a decirse cosas así

como de enfado y a ponerse de vuelta media... Él daba golpes en los

brazos del sillón, y ella daba vueltas por Gasparini. Nunca había visto

ella a sus papás tan enfurruñados. «Eres una gastadora...». «Y tú un

mezquino». «Contigo no es posible la economía ni el orden...». «Pues

contigo no se puede vivir...». «Qué sería de ti sin mí...». «Pues a mí

no me mereces tú...». ¡Válganos Dios! Su mamá se había metido en el

Camón llorando. Ella fue detrás y entró también para consolarla; quería

subírsele a las rodillas, pero no podía. Su mamá era tan grande como

todo el Palacio Real, más grande aún. Su mamá le había dado

besos. Después, desenfadándose, había sacado un vestido, y luego otro, y

otro, y muchas telas y cintas. En esto entra su papá de repente en el

Camón, sin venda, y su mamá da un grito de miedo.

«Ya veo, señora, ya veo--dice su papá muy atufado--, que me ha traído

usted aquí una tienda de trapos...». Y su mamá, azorada con la cara muy

encendida, no decía más que: «yo... yo... verás...».

En esto, la pobre niña, llegando al período culminante de su delirio,

sintió que dentro de su cuerpo se oprimían extraños objetos y personas.

Todo lo tenía ella en sí misma, cual si se hubiera tragado medio mundo.

En su estómago chiquito se asentaban, teñidos de repugnantes y espesos

colores, obstruyéndola y apretándole horriblemente las entrañas, su

papá, su mamá, los vestidos de su mamá, el Camón, el Palacio, el Sr. de

Pez, Milagros, Alfonsito, Vargas, Torres... Retorciose doloridamente su

cuerpo para desocuparse de aquella carga de cosas y personas que lo

oprimía, y ¡bruumm...!, allá fue todo fuera como un torrente.

La de Bringas · 第 34 / 50 题