Pero la Pipaón no las tuvo todas consigo hasta que no le vio guardar la
arqueta, ponerla en su sitio cuidadosamente, como se pone en la
cuna un niño dormido, y echar la llave a la gaveta. Sólo entonces
elevó su mente al Cielo en acción de gracias por el gran favor que
acababa de otorgarle. Pero lo que no sucedió aquel día por especial
intervención de la divinidad, podía muy bien ocurrir en otro. No siempre
están los santos del mismo humor. Por si segunda vez se le antojaba
registrar el doble fondo, discurrió la industriosa señora un arbitrio
que, a su parecer, aplazaría el conflicto mientras llegaba el momento de
conjurarlo resueltamente reponiendo el dinero. Imaginó, pues, colocar en
la caja unos pedacitos de papel del tamaño de los billetes, y si lograba
encontrar papel igual en la calidad de la pasta, de modo que no
resultase diferencia al tacto, el engaño era fácil, porque su marido no
había de verlos sino con los dedos... Púsose a la obra, y rebuscó y
examinó cuanto papel había en la casa. Por fin, en la mesa de Paquito
halló uno que pareciole muy semejante, por su flexibilidad y
consistencia, al que empleaba el Banco en sus billetes. Obtuvo esta
certidumbre después de un detenido trabajo de comparación entra las
distintas clases de papel y un billete de doscientos reales que
conservaba. Para refinar la imitación, faltaba darle la pátina del uso,
aquella suavidad pegajosa que resulta del paso por tantas manos de
cajeros y cobradores, por las de los pródigos así como por las de los
avaros. Rosalía sometió los trozos a una serie de operaciones
equivalentes al traqueteo de los billetes en la circulación pública.
--¿Qué buscas aquí, niña?--dijo con enfado a Isabelita que iba, como de
costumbre, a meter su hocico en todo--. Vete a acompañar a papá, que
está solito.
Encerrose en el Camón para evitar indiscreciones, y allí arrugaba el
papel, dejándolo como una bola. Luego lo estiraba, lo planchaba con la
palma de la mano, hasta que los repetidos estrujones le daban la deseada
flexibilidad. Echaba de menos aquella epidermis pringosa que los
verdaderos billetes tienen; ¿pero cómo obtener esto? Pareciole
imposible, aunque sus manos estaban muy bien preparadas para el objeto.
Acababa de hacer unas croquetas en la cocina, y había tenido cuidado de
no lavarse las manos para que pudieran imprimir sobre el papel algo de
aquella suciedad a la cual ningún idealista, que yo sepa, ha hecho ascos
todavía.
Cuando creyó haber trabajado bastante, quiso hacer prueba de su obra.
Entrábale desconfianza y decía: «No sé qué tiene este papel que ningún
otro se le iguala. Me parece que no le engaño». Y sus dedos hacían un
estudio de tacto sobre el billete verdadero y los fingidos. «Supongamos
que no veo... Supongamos que me ponen este delante y que trato de
diferenciar el legítimo de los... ¡Oh!, no hay duda posible. Se conoce
en seguida...». Y dando un suspiro se desanimaba tanto, que
casi casi hubo de renunciar a la superchería... «No, no--pensó
después--. Cuando se está en el secreto, se nota más la diferencia; pero
no estando en el secreto... Los pondré en el doble fondo, y Dios dirá.
Allá veremos».
Al anochecer de aquel día, cuando Bringas sacó la arqueta, la dama tenía
sus papeles preparados para hacerlos actuar convenientemente en caso de
que el cominero abriese el doble fondo. Pero no lo abrió. Entonces
Rosalía, como para impedirle la molestia de ir a la mesa, le quitó de
las manos el cajoncillo, y en el breve tiempo que empleara para
colocarlo en su sitio, supo introducir los papeluchos que, cuando se
pasase revista de presente, debían responder por los que se habían ido a
otra parte. Por supuesto, aquella solución provisional era muy
peligrosa, y convenía acelerar la definitiva exigiendo de Milagros el
pago del préstamo.
Al día siguiente, que fue el 25 de Julio, día de Santiago, apretó el
calor de una manera horrible. Bringas estaba en mangas de camisa y
Rosalía, con una bata de percal muy ligero, no cesaba de abanicarse,
renegando a cada instante del clima de Madrid y de aquella exposición a
Poniente que había elegido Bringas para su vivienda. ¡Y el cominero
tenía la desfachatez de decir que el calor le gustaba, que era muy sano
y que compadecía a los _tontos que se iban fuera_! Aquel mismo
día de Santiago el gran economista había anunciado solemne y
decididamente a toda la familia que no irían a baños, con lo cual estaba
Rosalía más sulfurada que con el calor. ¡Prisionera en Madrid durante la
canícula, cuando todas sus relaciones habían emigrado! La alta ciudad
palatina estaba ya casi desierta. La Reina se había ido a Lequeitio, y
con ella doña Tula, doña Antonia, la mayor y más lucida parte de la alta
servidumbre. Milagros y el señor de Pez también estaban preparando su
viaje. Se quedaría, pues, sola la pobrecita, sin más amistad que Torres,
Cándida y los empleadillos y gente menuda que vivían en el piso
tercero... Su excitación era tal, que en todo el día no dijo una palabra
sosegada, y todas las que de su augusta boca salían eran ásperas,
desapacibles, amenazadoras. Paquito estaba tendido sobre una estera
leyendo novelas y periódicos. Alfonsín enredaba como de costumbre,
insensible al calor, mas con los calzones abiertos por delante y por
detrás, mostrando la carne sonrosada y sacando al fresco todo lo que
quisiera salir. Isabelita no soportaba la temperatura tan bien como su
hermano. Pálida, ojerosa y sin fuerzas para nada, se arrojaba sobre las
sillas y en el suelo, con una modorra calenturienta, desperezándose sin
cesar buscando los cuerpos duros y fríos para restregarse contra ellos.
Olvidada de sus muñecas, no tenía gusto para nada; no hacía
más que observar lo que en su casa pasaba, que fue bastante singular
aquel día. Don Francisco dispuso que se hiciera un gazpacho para la
cena. Él lo sabía hacer mejor que nadie, y en otros tiempos se personaba
en la cocina con las mangas de la camisa recogidas, y hacía un gazpacho
tal que era cosa de chuparse los dedos. Mas no pudiendo en aquella
ocasión ir a la cocina, daba sus disposiciones desde el gabinete.
Isabelita era el telégrafo que las trasmitía, perezosa, y a cada
instante iba y venía con estos partes culinarios: «Dice que piquéis dos
cebollas en la ensaladera... que no pongáis más que un tomate, bien
limpio de sus pepitas... Dice que cortéis bien los pedacitos de pan... y
que pongáis poco ajo... Dice que no echéis mucha agua y que haya más
vinagre que aceite... Que pongáis dos pepinos si son pequeños, y que le
echéis también pimienta... así como medio dedal».
Por la noche la pobre niña tenía un apetito voraz, y aunque su papá
decía que el gazpacho no había quedado bien, a ella le gustó mucho, y
tomose la ración más grande que pudo. Cuando se acostó, la pesadez del
sueño infantil impedíale sentir las dificultades de la digestión de
aquel fárrago que había introducido en su estómago. Sus nervios se
insubordinaron y su cerebro, cual si estuviera comprimido entre dos
fuerzas, la acción congestiva del sueño y la acción nerviosa,
empezó a funcionar con extravagante viveza, reproduciendo todo lo que
durante el día había actuado en él por conducto directo de los sentidos.
En su horrorosa pesadilla, Isabel vio entrar a Milagros y hablar en
secreto con su mamá. Las dos se metieron en el Camón, y allí estuvieron
un ratito contando dinero y charlando. Después vino el Sr. de Pez, que
era un señor antipático, así como un diablo, con patillas de azafrán y
unos calzones verdes. Él y su papá hablaron de política diciendo que
unos pícaros muy grandes iban a cortarles la cabeza a todas las
personas, y que correría por Madrid un río de sangre. El mismo río de
sangre envolvía poco después en ondas rojas, a su mamá y al propio Sr.
de Pez, cuando hablaban en la Saleta, ella diciendo que no iban ya a los
baños, y él: «yo no puedo ya detenerme más, porque mis chicas están muy
impacientes». Después el Sr. de Pez se ponía todo azul y echaba llamas
por los ojos, y al darle a la niña un beso la quemaba. Luego había
cogido a Alfonsín y puéstole sobre sus rodillas diciéndole: «Pero
hombre, no te da vergüenza de ir enseñando...». A lo que Alfonsín
contestara pidiendo cuartos según su costumbre... Más tarde, cuando
ningún extraño quedaba en la casa, su papá se había puesto furioso por
unas cosas que le contestó su mamá. Su papá le había dicho: «eres una
gastadora», y ella, muy enfadada se había metido en el
Camón... Después había entrado otra visita. Era el Sr. de Vargas, el
cajero de la Intendencia, la oficina de su papá. Hablando, hablando,
Vargas había dicho a su papá: «Mi querido D. Francisco, el intendente ha
mandado que desde el mes que entra no se le abone a usted más que la
mitad del sueldo». Al oír esto, su papaíto se había quedado más blanco
que el papel, más blanco que la leche, más blanco todavía, ¡y daba unos
suspiros...! Hablando hablando, Vargas y su papá dijeron también que
iban a correr ríos de sangre, y que _la llamada_ revolución venía sin
remedio. Su mamá entró en el gabinete cuando se despedía el tal Vargas,
que era un señor pequeño, tan pequeño como una pulga, y parecía que
andaba a saltitos. Su mamá y su papá habían vuelto a decirse cosas así
como de enfado y a ponerse de vuelta media... Él daba golpes en los
brazos del sillón, y ella daba vueltas por Gasparini. Nunca había visto
ella a sus papás tan enfurruñados. «Eres una gastadora...». «Y tú un
mezquino». «Contigo no es posible la economía ni el orden...». «Pues
contigo no se puede vivir...». «Qué sería de ti sin mí...». «Pues a mí
no me mereces tú...». ¡Válganos Dios! Su mamá se había metido en el
Camón llorando. Ella fue detrás y entró también para consolarla; quería
subírsele a las rodillas, pero no podía. Su mamá era tan grande como
todo el Palacio Real, más grande aún. Su mamá le había dado
besos. Después, desenfadándose, había sacado un vestido, y luego otro, y
otro, y muchas telas y cintas. En esto entra su papá de repente en el
Camón, sin venda, y su mamá da un grito de miedo.
«Ya veo, señora, ya veo--dice su papá muy atufado--, que me ha traído
usted aquí una tienda de trapos...». Y su mamá, azorada con la cara muy
encendida, no decía más que: «yo... yo... verás...».
En esto, la pobre niña, llegando al período culminante de su delirio,
sintió que dentro de su cuerpo se oprimían extraños objetos y personas.
Todo lo tenía ella en sí misma, cual si se hubiera tragado medio mundo.
En su estómago chiquito se asentaban, teñidos de repugnantes y espesos
colores, obstruyéndola y apretándole horriblemente las entrañas, su
papá, su mamá, los vestidos de su mamá, el Camón, el Palacio, el Sr. de
Pez, Milagros, Alfonsito, Vargas, Torres... Retorciose doloridamente su
cuerpo para desocuparse de aquella carga de cosas y personas que lo
oprimía, y ¡bruumm...!, allá fue todo fuera como un torrente.