Mal concordaban estas ideas con las que Golfín tenía de la posición y
arraigo de los señores de Bringas, pues como había visto tantas veces a
la feliz pareja en los teatros, en los paseos y sitios públicos, muy
bien vestidos uno y otra; como además había visto a Rosalía paseando en
coche en la Castellana con la marquesa de Tellería, la de Fúcar o la de
Santa Bárbara, y aun creía haberla encontrado en alguna reunión
elegante, compitiendo en galas y en tiesura con las personas de más alta
alcurnia, suponía, dando valor a estos signos sociales, que D. Francisco
era hombre de rentas, o por lo menos, uno de esos funcionarios que saben
extraer de la política el jugo que en vano quieren otros sacar de la
dura y seca materia del trabajo. Pero aquel Golfín era un poco inocente
en cosas del mundo, y como había pasado la mayor parte de su vida en el
extranjero, conocía mal nuestras costumbres y esta especialidad del
vivir madrileño, que en otra parte se llamarían _Misterios_,
pero que aquí no son misterio para nadie.
A medida que Bringas iba entrando en caja, advertía su mujer que se
debilitaban aquellos raptos de cariño conyugal que tan vivamente le
atacaron en los días lúgubres de su enfermedad. Observaba ella que tales
exageraciones de cariño se avenían mal con la esperanza de remedio, y
que cuando esta llevaba la ventaja sobre el desánimo, el niño senil,
llorón y soboncito recobraba las condiciones viriles de su carácter
real. Por de contado, aquello de _tú serás la señora de la casa y yo el
esclavo_ resultó ser jarabe de pico, mimitos de enfermo impertinente.
Desde que mi hombre pudo gobernarse solo y pasar las horas sin
sufrimiento, aunque privado de la vista, en su sillón de Gasparini, ya
le había entrado como una hormiguilla de inspeccionar todo y de disponer
y enterarse de las menudencias de la casa... Rosalía, por no oírle, le
dejaba solo con Paquito o con Isabelita la mayor parte del día, y
pretextando ocupaciones, se daba largas encerronas en el Camón, donde
nuevamente empezó a funcionar Emilia en medio de un mar de trapos y
cintas, cuyas encrespadas olas llegaban hasta la puerta.
Pero el economista, impaciente por mostrar a cada instante su autoridad,
mandábala venir a su presencia, y allí, con ademanes ya que no con
miradas de juez inexorable, hacía pública ostentación (solía
estar presente Torres o algún otro amigo) de su soberanía doméstica.
«Me huele a guisote de azúcar. ¿Qué es esto? La niña me ha dicho que vio
esta mañana un gran paquete traído de la tienda... ¿Por qué no se me ha
dado cuenta de esto?...».
Rosalía contestaba torpemente que aquel día comería en la casa el Sr. de
Pez y que este huésped no debía ser tratado como Candidita, a quien se
le daba de postre medio bollo y dos higos pasados.
«Pero, hija, tú debes haber echado al fuego una arroba de canela... Está
la casa apestada... Si yo estuviera bueno, no se harían estas cosas así.
Seguramente habrás hecho natillas para un ejército... No se te ocurre
nada. Con preguntar al cocinero cómo se hacía tal o cual cosa, él te lo
hubiera mandado hecho... Y vamos a ver: ¿Qué ruido de tijeretazos es ese
que he sentido hoy todo el día?... Quisiera yo ver eso, y qué faenas
trae aquí esa holgazana de Emilia... ¿De qué se trata, de vestidos para
la marquesa? Es mucho cuento este que tengamos aquí taller de modista
para su señoría... Y dime una cosa, ¿qué vestidos le has hecho a los
niños, que ayer llamaban la atención en la plaza de Oriente?».
--¡Llamando la atención!
--Sí, llamando la atención... por bien vestidos... Menos mal que sea por
eso. Golfín me dijo esta mañana: «He visto ayer en el Prado a
sus niños de usted _tan elegantes_...». Fíjate bien, ¡tan elegantes!
Créelo, hija mía, esta palabrilla me ha sabido muy mal y la tengo
atravesada. ¿Qué pensará de nosotros ese buen señor, cuando ve que
nuestros hijos salen por ahí hechos unos corderos de rifa, como los de
las personas más ricas?... Pensará cualquier disparate... Algo de esto
me figuraba yo, porque ayer, en un ratito que desvendado estuve, vi que
la niña tenía puestas unas medias encarnadas muy finas. ¿De dónde ha
salido eso?... Y ya que las tiene, ¿por qué no se las quita al entrar en
casa?... ¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?... De ello nos ocuparemos cuando
yo vea claro y sin dolor, que Dios quiera sea muy pronto.
Con estas andróminas, Rosalía estaba, fácil es suponerlo, dada a los
demonios. Procuraba apaciguarle con sutiles explicaciones de todo; mas
su ingenio no llegaba a alcanzar por completo el deseado fin, por ser
extraordinaria la suspicacia del buen economista y muy grande su saber
en cosas y artes domésticas. A solas desahogaba la dama su oprimido
corazón, pronunciando mudamente alguna frase iracunda, rencorosa:
«Maldito cominero, ¿cuándo te probaré yo que no me mereces?... ¿No
comprenderás nunca que una mujer como yo ha de costar algo más que un
ama de llaves?... ¿No lo comprendes, bobito, ñoñito, ratoncito Pérez?
Pues yo te lo haré comprender».
Hacía planes de emancipación gradual, y estudiaba frases con que pronto
debía manifestar su firme intento de romper aquella tonta y ridícula
esclavitud; pero todos sus ánimos venían a tierra cuando consideraba el
gran bochorno que caería sobre ella, si el _bobito_ descubría la
exploración hecha en el doble fondo del arca del tesoro. ¡Cristo Padre,
cómo se iba a poner!... Grandísima falta había ella cometido al sustraer
aquella porción de la fortuna conyugal, pues aunque la conceptuaba muy
suya, no debió tomarla sin consentimiento del propio ratoncito Pérez...
Pero mayor había sido su yerro al creer que con semejante hombre se
podían tener bromas de tal naturaleza. Las disculpas que en la ocasión
del acto había conceptuado tan razonables, parecíanle ya vanas e
impropias de una persona seria. Los móviles a que obedeció antojáronsele
sin fundamento alguno, y su conciencia le arguyó poderosamente. No, no
podía esperar a que su marido advirtiese la falta. Dábale una fuerte
congoja sólo de pensar que la descubría; y era indispensable reponer en
su sitio la malhadada cantidad, seis mil reales, pues había tomado cinco
mil para Milagros y mil para desempeñar los candelabros y otras
menudencias.
La necesidad de esta devolución se impuso de tal modo a su espíritu, que
ya no pensaba en otra cosa. Contaba con la fuerza del pagaré y
con la palabra de la marquesa. Esta la tranquilizó el día 22,
diciéndole: «Todo está arreglado. Puede usted descuidar». Pero entre
tanto, Rosalía pasaba la pena negra, temiendo a cada instante una
catástrofe y discurriendo toda clase de industrias y maquinaciones para
evitarla. Hasta entonces el bobito persistía en la buena costumbre de
dar a su mujer las llaves para que ella sacase de la arqueta el dinero.
Pero una tarde antójasele volver a las andadas y sacar el funesto
cajoncillo, y lo abre y empieza a manosear lo que dentro había... ¡Ay,
Dios, mío qué trance, qué momento! A la Pipaón un color se le iba y otro
se le venía. Estaba lela y su terror impedíale tomar una resolución.
«Tú... siempre enredando... No haces caso de lo que dice D. Teodoro...
¡Qué hombre!... Dame acá la caja».
--Quita allá, calamidad--dijo Bringas defendiendo su tesoro con ademán
enérgico.
Contó los centenes de oro uno por uno; tocó las dos onzas, el reloj
viejo que había sido de su padre, una cadena y medallón antiquísimos...
Como no faltaba nada, no había peligro mientras no fuese alzado el doble
fondo... Rosalía sintió impulsos de gritar «¡que se quema la casa!», u
otra barbaridad semejante; pero no se atrevió porque estaba presente
Paquito. Ya las flexibles manos del cominero acariciaban la parte por
donde la tapa del doble fondo se levantaba. Rosalía invocó a
todos los santos, a todas las Vírgenes, a la Santísima Trinidad, y aun
se cree que hizo alguna promesa a Santa Rita si la sacaba en bien de
aquel apuro. Pero cuando ya D. Francisco metía la uña en el huequecillo
de la madera, hubo en su espíritu un cambio de intención que debió de
ser milagroso... Retirando sus dedos cerró la arqueta. A Rosalía le
volvió el alma al cuerpo, y sus pulmones respiraron de nuevo. Había
estado en un tris... Sin duda no le pasaba por la imaginación a su
marido la idea ni aun la sospecha del desfalco, y aunque solía repasar
los billetes sólo por gusto, en aquella ocasión no lo hizo sabe Dios por
qué. Quizás todas aquellas invocaciones que la señora hizo a los santos
obtuvieron buena acogida, y algún ángel inspiró al ratoncito Pérez la
idea de dejar para otra vez el recuento de sus ahorros.