No hay felicidad que no tenga su _pero_, y el de la felicidad de la
marquesa era que para completar la suma hacían falta unos cinco mil...
Porque sí; estaba pendiente una cuentecilla... Esto no venía
al caso. En lo relativo a interés, lo mismo le daba dos, que cuatro, que
seis. «Esto es material, hija, y mientras más provecho para usted, mayor
será mi satisfacción». Dudó Rosalía un ratito; pero al fin todo fue
arreglado a gusto de entrambas, y aquella misma tarde se extendió y
firmó el contrato en la Furriela, con todas las precauciones necesarias
para que Isabelita, que andaba husmeando por allí, no se enterase de
nada.
Milagros se despidió de D. Francisco con las frases más cordiales y
caramelosas que había pronunciado en su vida. «¡Oh!, ¡qué mujer tiene
usted! Dios le ha mandado uno de sus arcángeles predilectos. No se queje
usted de su mal, querido amigo, pues eso no vale nada, y pronto sanará.
Dé gracias a Dios, pues los que tienen a su lado personas como Rosalía,
ya pueden recibir calamidades y soportarlas con valor...». Don Francisco
le alargó la mano conmovidísimo, mientras oía el chasquido de los
frenéticos besos que la marquesa daba al ángel predilecto.
A diferentes impulsos había obedecido este al hacer lo que hizo.
Primero, el deseo de complacer a su amiga la estimulaba grandemente. En
segundo lugar, la idea, tantas veces expresada por Bringas, de que ella
podía disponer de todo se había posesionado de su entendimiento,
engendrando en él otras ideas de dominio y autoridad. Era
preciso mostrar con hechos, aunque traspasaran algo los límites de la
prudencia, que había dejado de ser esclava y que asumía su parte de
soberanía en la distribución de la fortuna conyugal. No sólo con esto se
tranquilizaba su conciencia, sino con la consideración de que el
disponer del dinero lo hacía para colocarlo a rédito. El poquita-cosa no
tendría razón para quejarse si los cinco mil volvían a la caja con el
aumento correspondiente. Y por último, todo lo expuesto no habría
bastado quizás a determinar en ella la temeraria acción del préstamo, si
no contara con la retirada segura en el caso extremo de que Bringas lo
descubriera y lo desaprobase; si no contara con los ofrecimientos que la
tarde anterior le había hecho el amigo de la casa. El cual, llevándola a
la ventana, a la hora del crepúsculo, para admirar la gala y melancolía
del horizonte, habíale dicho en términos muy claros lo que a la letra se
copia:
«Si por algún motivo, sea por los gastos de la enfermedad de _este
señor_, o porque usted no pueda nivelar bien su presupuesto; si por
algún motivo, digo, se ve usted envuelta en dificultades, no tiene más
que hacerme una indicación, bien verbalmente, bien por medio de una
esquela, y al instante yo... No, si esto no tiene nada de particular...
Perdone usted que lo manifieste de una manera cruda, de una manera
brutal, de una manera quizás poco delicada. Tales cosas no
pueden tratarse de otro modo. Esto queda de usted para mí, y el primero
que lo ha de ignorar es Bringas... En el seno de la confianza, de la
amistad honrada y pura, yo puedo ofrecer lo que me sobra y usted aceptar
lo que le falta sin menoscabo de la dignidad de ninguno de los dos».
Siguieron a esto frases de un orden más romántico que financiero, en las
cuales el desgraciado señor expresó una vez más el consuelo que
experimentaba su alma dolorida respirando la atmósfera de aquella casa,
y descargando el fardo de sus penas en la indulgente persona que ocupaba
ya el primer lugar en su corazón y en sus pensamientos. Rosalía se
retiró de la ventana con la cabeza trastornada. De buena gana se habría
estado allí un par de horas más oyendo aquellas retóricas que, a su
juicio, eran como atrasadas deudas de homenaje que el mundo tenía que
saldar con ella.
Algunos días trascurrieron sin que Bringas advirtiera mudanza sensible
en su dolencia. Golfín le martirizaba cruelmente tres veces por semana,
pasándole por los párpados un pincel mojado en nitrato de plata, después
otro pincel humedecido en una solución de sal común. Nuestro amigo veía
las estrellas con esto, y necesitaba de todas las fuerzas de su espíritu
y de toda su dignidad de hombre para no ponerse a berrear como un
chiquillo. Con la aplicación de unas compresas de agua fría,
su dolor se calmaba. Algún tiempo después de la quema sentía relativo
bienestar, y se creía mejor y alababa a Golfín ampulosamente. Pasados
diez o doce días con este sistema, el sabio oculista aseguraba que en
todo Agosto estaría el buen señor muy mejorado, y que en Setiembre la
curación sería completa y radical. Tanta fe tenía el enfermo en las
palabras de aquel insigne maestro, que no dudaba de la veracidad del
pronóstico. Después del 20, la cauterización, que se hacía ya con
sulfato de cobre, era menos dolorosa, y el enfermo podía estar algunos
ratos sin venda en la habitación más oscura, pero sin fijar la atención
en objeto alguno.
Las hiperbólicas alabanzas que D. Francisco hacía de Golfín la llevaban
como por la mano a otro orden de ideas, y arrugando el ceño, ponía cara
de pocos amigos. «Cuando pienso en la cuentecita que me va a poner esta
Santa Lucía con gabán--decía--, me tiemblan las carnes. Él me curará los
de la cara, pero me sacará un ojo del bolsillo... No es que yo escatime,
tratándose del precioso tesoro de la vista; no es que yo sienta dar
todos mis ahorros, si preciso fuera; pero ello es, hijita, que este
portento nos va a dejar sin camisa».
Bien se les alcanzaba a entrambos, marido y mujer, que los especialistas
célebres tienen siempre en cuenta, al pedir sus honorarios, la fortuna
del enfermo. A un rico, a un potentado le abren en canal, eso
sí; pero cuando se trata de un triste empleado o de cualquier persona de
humilde posición, se humanizan y saben adaptarse a la realidad. Rosalía
supo de una familia (las de la Caña precisamente), a quien Golfín había
llevado muy poco por la extirpación de un quiste, seguida de una
cura lenta y difícil. Firme en estas ideas de justicia distributiva,
aplicada a la humanidad dolorida, el gran Thiers, cuando Golfín estaba
presente, no cesaba de aturdirle con bien estudiadas lamentaciones de su
suerte. El buen señor se lloraba tanto, que casi casi era como pedir una
limosna: «¡Ay, Sr. D. Teodoro, toda mi vida le bendeciré a usted por el
bien que me hace, y más le bendigo a usted por mis hijos que por mí,
pues los pobrecitos no tendrán que comer si yo no tengo ojos con que
ver!... ¡Ay, D. Teodoro de mi alma... cúreme pronto para que pueda
ponerme a trabajar, pues si esto dura, adiós familia!... Estamos en un
atraso horrible a causa de mi enfermedad. En la Intendencia me han
rebajado el sueldo a la mitad, y como yo no vea pronto... ¡qué
porvenir!... Y no lo digo por mí. Poco me importa acabar mis días en un
hospital; pero estos pobres niños... estos pedazos de mi corazón...».