Viendo a su esposo tan decaído y maltrecho se reverdeció en Rosalía el
cariño de otros tiempos; y el aprecio en que siempre le tenía depurábase
de caprichosas malquerencias para resurgir grande y cordial,
tocando en veneración. Agasajaba en su pensamiento la vanidosa dama al
buen compañero de su vida durante tantos años, el cual, si no le había
proporcionado satisfacciones muy vivas del amor propio, tampoco le había
dado disgustos. Recordaba entonces aquella existencia matrimonial
prosaica y tranquila, llena de escaseces y de goces sencillos, que si
aisladamente parecían de poco valor, apreciados en total ofrecían a la
memoria un conjunto agradable. Al lado de Bringas no había gozado ella
ni comodidades, ni representación, ni placeres, ni grandeza, ni lujo,
nada de lo que le correspondía por derecho de su hermosura y de su ser
genuinamente aristocrático; pero en cambio, ¡qué sosiego y qué dulce
correr de los días, sin ahogos ni trampas, ni acreedores! No deber nada
a nadie era el gran principio de aquel hombre pedestre, y con él fueron
tan cursis como honrados y tan pobretes como felices. Seguramente, si a
ella le hubiera tocado un hombre como Pez, estaría en posición más
brillante... «Pero Dios sabe--pensó muy cuerdamente--, las agonías que
se pasan en esas casas donde se gasta siempre más de lo que se tiene.
Eso hay que verlo de cerca y pasarlo y sentirlo para conocerlo bien».
Ello es que Rosalía, con la agravación del mal de su marido se acercaba
moral y mentalmente a él, apretando los lazos matrimoniales.
La atracción de la desgracia obraba este prodigio, y el hábito de
compartir todo el contingente de la vida, así en lo adverso como en lo
venturoso. ¡Y con qué celo le cuidaba! ¡Qué manos las suyas tan sutiles
para curar! ¡Con qué gracia y arte derramaba el bálsamo de palabras
tiernas sobre el espíritu del enfermo! Él estaba tan agradecido, que no
cesaba de alabar a Dios por el bien que le concedía, inspirando a su
compañera aquel admirable sentimiento del deber conyugal. Alegrías
íntimas endulzaban su pena y penetrado de religioso ardor, consideraba
que los cuidados de su mujer eran fiel expresión de la asistencia
divina. Sólo estaba abatido cuando ella, por razón de sus quehaceres, se
apartaba de su lado; y a cada instante la llamaba para la menor cosa,
rogándole que abreviase lo más posible sus ocupaciones para consagrarse
a él.
En todo este tiempo, Rosalía dio de mano a las galas suntuarias. No
tenía tiempo ni tranquilidad de espíritu para pensar en trapos. Estos
yacían sepultos en los cajones de las cómodas, esperando ocasión más
propicia de mostrarse. Ni se le ocurría a ella componerse... ¡Buenos
estaban los tiempos para pensar en perifollos! ¿Era hastío verdadero del
lujo o abnegación? Algo había de una y de otra cosa. Si era abnegación,
esta llegaba al extremo de presentarse delante del Sr. de Pez
con el empaque casero más prosaico que se podría imaginar. La única
presunción que conservaba era la de llevar siempre su mejor corsé para
que no se le desbaratase el cuerpo. Pero su peinado era primitivo, y en
su bata se podían estudiar por inducción todas las incidencias del
gobierno de una casa pobre. Una tarde había dicho a D. Manuel: «No me
mire usted. Estoy hecha un espantajo». Y él le había contestado: «Así, y
de todas maneras, siempre está usted preciosa», galantería que ella
agradeció mucho.
La debilidad del cuerpo trae necesariamente flojedades lamentables al
carácter más entero. Una enfermedad prolongada remeda en el hombre los
efectos de la vejez, asimilándole a los niños, y el buen Bringas no se
libró de este achaque físico-moral. El abatimiento encendía en él
ardores de ternura, y la ternura se traducía en cierto entusiasmo
mimoso.
«Hijita, no me digas que eres mujer. Yo te digo que eres un ángel...
Mira, hasta ahora no se ha hecho en la casa más voluntad que la mía. Has
sido una esclava. De hoy en adelante no se hará más que tu voluntad. El
esclavo seré yo».
El primer día de lo que llamaremos el reinado de Golfín, D. Francisco se
hizo traer a la cama la caja del dinero, para sacar por sí mismo, como
de costumbre, el del gasto diario. Pero bien pronto aquella ternura
mimosa, o más bien pueril pasividad de que antes hablé, le
inspiró confianzas que nunca había tenido. «No es preciso, hijita, que
traigas el cajoncillo. Toma la llave y saca lo que te parezca prudente».
La señora así lo hacía. En lo que no se descuidaba después Bringas era
en pedir las llaves y guardarlas debajo de su almohada, porque todos los
entusiasmos y aun la flaqueza senil o infantil tienen su límite.
De este modo pudo Rosalía explorar libremente el tesoro secreto.
Revolvió, contó y recontó todo lo que había en el doble fondo,
pasmándose del caudal allí guardado. Su marido tenía mucho más de lo que
ella sospechaba; era un capitalista. Había cinco billetes de cuatro mil
reales, que componían mil duros, y después un pico en billetes pequeños
que sumaban tres mil setecientos. Los cinco billetes grandes formaban el
más elegante cuadernillo que la dama había visto en su vida. Al examinar
aquello, renacieron los rencorcillos y las quejas que diferentes veces
habían perturbado su espíritu... ¡Quien tal poseía la privaba de ponerse
un vestido nuevo! ¡El dueño de aquella suma se empeñaba en vestir a su
mujer como una ama de cura!... ¡Oh, qué hombre más ñoño!... Si, como él
decía, en lo sucesivo iba a ser ella verdadera señora de la casa,
precisábale variar de temperamento, mostrarse más exigente, y dar a las
economías de la familia un empleo más adecuado a la dignidad
de la misma... Guardar dinero de aquel modo, sin obtener de él ningún
producto, ¿no era una tontería? ¡Si al menos lo diera a interés o lo
emplease en cualquiera de las Sociedades que reparten dividendos...!
El descubrimiento del tesoro sacó las ideas de Rosalía de aquel círculo
de modestia y abnegación en que las había encerrado la enfermedad de su
marido. Este le dijo en un rapto de entusiasmo: «Cuando me ponga bueno,
te compraré un vestido de gro, y para el invierno, si sigo bien, tendrás
uno de terciopelo. Es preciso que te luzcas alguna vez, no con los
regalos de la Reina y de las amigas, sino con el producto de mi economía
y de mi honrado trabajo».
Y ella empezó a considerar que si el tesoro no le pertenecía por entero,
la mayor parte de él debía estar en sus manos. «Bastante me he privado,
bastantes escaseces he sufrido para que ahora, teniéndolo, pase los
ahogos que paso. Si no quiere dármelo, ya le haré entender la
consideración que me debe». En esta situación de espíritu la cogió una
mañana Milagros, con tan buena suerte, que parecía que la Providencia lo
había preparado todo para satisfacción de la dichosísima marquesa.
Sucedió que aún no había esta concluido de anunciar con suspiros y ayes
la inminencia de su catástrofe, cuando Rosalía con decidido tono le
dijo:
«¿Usted me firma un pagaré comprometiéndose a devolverme
dentro de un mes la cantidad que yo le dé ahora? Porque mientras más
amigas, más formalidad. ¿Usted me da un interés de dos por ciento al
mes? ¿Usted añade al pagaré los seiscientos reales aquellos?... Porque
una cosa es la amistad, amiga mía, y el negocio... Yo creo que usted no
se ofenderá...».
No hay para qué añadir que la Tellería dijo a todo que sí con
expresiones sinceras y ardorosas. No creerla habría sido como poner en
duda la luz del día.
«Pues con esas condiciones le daré a usted cuatro mil
realitos»,--declaró Rosalía con ínfulas de prestamista».
Los que han tenido la dicha de ver, ora realmente, ora en extática
figuración, el cielo abierto y en él las cohortes de ángeles voladores
cantando las alabanzas del Señor, no ponen de seguro una cara más
radiante que la que puso Milagros al oír aquel venturoso anuncio.
Pero...