XXX

Lo que le valió un cariñoso estrujón y un beso de su papá querido.

Y aquella noche, sintiéndola entrar en su cuarto, llamola y la sentó en

sus rodillas. «¿Tu mamá...?».

--Está en la Saleta con la marquesa--replicó la niña, que hablaba con

claridad y rapidez--. Me dijo que me viniera para acá. La marquesa

estaba llorando porque estamos a 7.

«Estamos a 7--había dicho Milagros a la Pipaón, cruzando las manos y

hecha una lástima--, ¡y si para el día 10 no he podido reunir...! A mí

me va a dar un ataque cerebral... Usted no sabe cómo está mi cabeza».

Se habían encerrado, y en la soledad de la habitación, sin luz, porque

el amo de la casa era partidario frenético del oscurantismo en todas sus

manifestaciones, la dolorida señora se explayaba y derrochaba a sus

anchas el tesoro de su dolor, manifestándolo de mil modos con florida

inspiración elegíaca... El día le era antipático. Gustaba de

la noche para cebarse en la contemplación de su pena. Mirando a las

estrellas, creía sentir inexplicable consuelo... Las estrellas como que

le prometían algo lisonjero, o bien lanzaban a lo interior de su alma un

cierto destello metálico... Es muy peregrino el parentesco de los astros

con el oro acuñado... La infeliz no tenía ya esperanza en nada ni en

nadie más que en su amiguita... Había contado con que ella la

salvaría... ¿Cómo? Eso sí que no sabía decirlo. Se le había aparecido en

sueños con aquella su sonrisa angélica y aquel aire distinguidísimo...

«Por María Santísima--dijo Rosalía--, no se haga usted ilusiones,

querida, yo no puedo, no puedo, no puedo...».

--Que sí puede, que sí puede--replicó Milagros, con una insistencia que

ejercía cierta fascinación en el ánimo de la otra--. Basta querer... La

cosa no es desmesurada. He podido reunir cinco mil reales: me faltan

sólo otros cinco mil. Bringas...

--No sé con qué palabras he de decir a usted que es más fácil que nos

bebamos toda el agua del mar.

--Olvidaba decirle que traigo aquí la carta de mi administrador,

asegurando que del 15 al 20... No sé qué mejor garantía podría dar.

Además, no faltará una obligación formal... Si esto no se arregla, no

podré soportar la vergüenza que me aguarda... De seguro que me van a

buscar y me encuentran muerta. A veces digo: «¿No habrá un

cataclismo, un terremoto o cosa así antes del día 10?. Pienso en la

revolución, y créalo usted... desearía que hubiese algo... Me basta con

una semana de jarana y tiros, durante la cual no pueda salir la gente a

la calle... Pero ni eso, querida. ¿Sabe usted que a los generales

Serrano, Dulce y Caballero de Rodas les han puesto presos, y dicen que

les mandarán a Canarias y que también destierran al duque de

Montpensier? Con estas precauciones ¡ay!, no habrá quien levante el

gallo».

--¿A Canarias? ¡A los quintos infiernos!--exclamó la Pipaón con

júbilo--. Eso me gusta; que los pongan lejos, y se acabaron los sustos.

Que conspiren ahora. ¿Y también al infante me le dan aire...? Voy a

decírselo a Bringas, que esto para él es oro molido. Corrió la dama a

llevar a su esposo las felices nuevas, y este se regocijó como si le

cayera la lotería (tanto no, pero sí un poquito menos), celebrando el

hecho con las expresiones más ardientes.

«Bien, bien, bien. Eso es gobernar. Luego dicen que Ibrahim Clarete está

ido; lo que está es más despabilado que nunca, grandísimos pillos. Ea,

conspirad ahora contra la mejor de las Reinas... ¿Con que a la sombra?

¡Hombre más bravo que ese presidente del Consejo...! Le daría yo dos

abrazos bien apretados... ¡A Canarias con ellos, como si dijéramos, a

Ultramar! Y si se pierde el barco que los lleva, mejor... No

lo puedo remediar, me dan ganas de salir a la terraza y dar un _¡viva la

Reina!_ muy fuerte, muy fuerte».

Poco faltó para que lo hiciera como lo decía. Un rato después, Milagros

lisonjeaba con charla pintoresca la pasión dinástica de Bringas, y pedía

para los generales, no una muerte, sino cien muertes, y para todos los

que conspirasen el cadalso. Con estas cosas se animaba mucho el enfermo;

pero ¡ay!, que el día siguiente había de ser de los más negros de su

vida. ¡Pobre señor!, después de haber pasado la noche muy inquieto,

observó por la mañana una pérdida casi absoluta de la facultad de ver.

El médico estaba tan aturdido, que ni aun acertó con las fórmulas

escurridizas que ellos emplean cuando no quieren confesarse vencidos.

Pero hombre de conciencia, supo al fin abdicar su autoridad antes de

producir mayores males, diciendo: «Es preciso que le vea a usted un

oculista. Que le vea a usted Golfín».

D. Francisco creyó que se le caía el cielo encima. Sin duda su mal era

grave. Vencida por el temor la avaricia, no pensó en poner reparo al

dictamen de su médico y de toda la familia. Consternados todos, fiaban

en la prodigiosa ciencia del más afamado curador de ojos que tenía

España. Acordose no dilatar la consulta ni un solo día, ni una hora.

¡Ah, Golfín!... Bringas le conocía. Era hombre del cual se contaban

maravillas. A muchos ciegos desahuciados había dado vista. En Américas

del Sur y del Norte había ganado dinerales, y en España no se descuidaba

tampoco en esto. ¡Vaya una hormiga! Por batir unas cataratas al marqués

de Castro había llevado diez y ocho mil reales, y por la cura de una

conjuntivitis del niño de Cucúrbitas, había puesto una cuenta tal, que

los Cucúrbitas, para pagarla, se empeñaron por seis años. «Pero, en fin,

Dios nos asista, y salgamos con bien de esta. Cúreme el tal Golfín, y

que me deje en los puros cueros...». Discurriose luego sobre si iría el

enfermo a la consulta o harían venir a casa al oculista, decidiéndose

Bringas por lo primero, que era lo más barato.

«Paquito y yo nos metemos en un coche, y allá...».

--No, que no estás para salir a la calle. Él vendrá.

--Que no viene, mujer. Estos potentados de la ciencia no se mueven de su

casa más que para visitar a príncipes o gente de muchísimo dinero.

--Te digo que vendrá. Voy abajo. Su Majestad le pondrá cuatro letras...

--Eso me parece acertadísimo. Y si la Señora quiere añadir que se trata

de un pobre... mejor que mejor. Dios te bendiga, hijita.

Y vino Golfín y le vio, y con su ruda bondad infundiole ánimos y la

esperanza que comenzaba a perder. La dolencia no era grave; pero la

curación sería lenta. «Paciencia, muchísima paciencia, y cumplimiento

exacto, escrupulosísimo de lo que yo prescriba. Hay un poco de

conjuntivitis, que es preciso combatir con prontitud y energía».

¡Pobre, desgraciado Bringas! Por de pronto, cama, dieta, quietud,

atropina.

Inaugurose con esto una vida tristísima para el infeliz Thiers. Ya no le

valió quitarse la venda, pues apenas veía gota, y le daba tanta pena,

que se volvió a las tinieblas, en las cuales su único consuelo era

recordar las palabras de Golfín y aquella promesa celestial con que se

despedía: «Usted verá, usted verá lo que nunca ha visto», queriendo

ponderar así la plenitud de la facultad preciosa que estimamos sobre

todas las demás de nuestro cuerpo. ¡Ver!... ¿Pero cuándo, Dios poderoso;

cuándo, Santa Lucía bendita? Paciencia no le faltaba al pobre hombre,

que en aquella situación inclinó con ardor su espíritu hacia la

contemplación religiosa, y se pasaba parte de las solitarias horas

rezando. Su mujer no se separaba de él sino cuando alguna visita

importuna lo obligaba a ello, cuando Milagros entraba con aire afligido,

y llamándola aparte, me la obsequiaba con un par de lágrimas o de

zalameras caricias... Ya no había que pensar en baños, a menos

que no se restableciese Bringas para los primeros días de Agosto, lo

cual no parecía probable.

Pez era de los amigos más constantes en aquella tribulación de la

honrada familia. Una tarde que pudo hablar a solas con Rosalía en

Gasparini, esta le dijo: «Entramos ahora en una época de dificultades,

de la cual no sé cómo vamos a salir». A lo que D. Manuel contestó con un

arranque quijotesco, ofreciéndose a ayudarla en todas aquellas

dificultades, de cualquier clase que fuesen. Este noble pensamiento

penetraba en el espíritu de la dama como un rayo de luz celestial. Ya

podía contar con algún sostén en las borrascas que su vida ulterior le

trajese. Ya había tras ella un lugar de retirada, una reserva para

cualquier caso crítico... Ya veía cerca de sí un brazo, un escudo... La

vida se le ofrecía más llana, más abierta... «Yo cuidaré--pensaba--, de

que esta amistad y mi honradez no sean incompatibles».

La de Bringas · 第 30 / 50 题