Lo que le valió un cariñoso estrujón y un beso de su papá querido.
Y aquella noche, sintiéndola entrar en su cuarto, llamola y la sentó en
sus rodillas. «¿Tu mamá...?».
--Está en la Saleta con la marquesa--replicó la niña, que hablaba con
claridad y rapidez--. Me dijo que me viniera para acá. La marquesa
estaba llorando porque estamos a 7.
«Estamos a 7--había dicho Milagros a la Pipaón, cruzando las manos y
hecha una lástima--, ¡y si para el día 10 no he podido reunir...! A mí
me va a dar un ataque cerebral... Usted no sabe cómo está mi cabeza».
Se habían encerrado, y en la soledad de la habitación, sin luz, porque
el amo de la casa era partidario frenético del oscurantismo en todas sus
manifestaciones, la dolorida señora se explayaba y derrochaba a sus
anchas el tesoro de su dolor, manifestándolo de mil modos con florida
inspiración elegíaca... El día le era antipático. Gustaba de
la noche para cebarse en la contemplación de su pena. Mirando a las
estrellas, creía sentir inexplicable consuelo... Las estrellas como que
le prometían algo lisonjero, o bien lanzaban a lo interior de su alma un
cierto destello metálico... Es muy peregrino el parentesco de los astros
con el oro acuñado... La infeliz no tenía ya esperanza en nada ni en
nadie más que en su amiguita... Había contado con que ella la
salvaría... ¿Cómo? Eso sí que no sabía decirlo. Se le había aparecido en
sueños con aquella su sonrisa angélica y aquel aire distinguidísimo...
«Por María Santísima--dijo Rosalía--, no se haga usted ilusiones,
querida, yo no puedo, no puedo, no puedo...».
--Que sí puede, que sí puede--replicó Milagros, con una insistencia que
ejercía cierta fascinación en el ánimo de la otra--. Basta querer... La
cosa no es desmesurada. He podido reunir cinco mil reales: me faltan
sólo otros cinco mil. Bringas...
--No sé con qué palabras he de decir a usted que es más fácil que nos
bebamos toda el agua del mar.
--Olvidaba decirle que traigo aquí la carta de mi administrador,
asegurando que del 15 al 20... No sé qué mejor garantía podría dar.
Además, no faltará una obligación formal... Si esto no se arregla, no
podré soportar la vergüenza que me aguarda... De seguro que me van a
buscar y me encuentran muerta. A veces digo: «¿No habrá un
cataclismo, un terremoto o cosa así antes del día 10?. Pienso en la
revolución, y créalo usted... desearía que hubiese algo... Me basta con
una semana de jarana y tiros, durante la cual no pueda salir la gente a
la calle... Pero ni eso, querida. ¿Sabe usted que a los generales
Serrano, Dulce y Caballero de Rodas les han puesto presos, y dicen que
les mandarán a Canarias y que también destierran al duque de
Montpensier? Con estas precauciones ¡ay!, no habrá quien levante el
gallo».
--¿A Canarias? ¡A los quintos infiernos!--exclamó la Pipaón con
júbilo--. Eso me gusta; que los pongan lejos, y se acabaron los sustos.
Que conspiren ahora. ¿Y también al infante me le dan aire...? Voy a
decírselo a Bringas, que esto para él es oro molido. Corrió la dama a
llevar a su esposo las felices nuevas, y este se regocijó como si le
cayera la lotería (tanto no, pero sí un poquito menos), celebrando el
hecho con las expresiones más ardientes.
«Bien, bien, bien. Eso es gobernar. Luego dicen que Ibrahim Clarete está
ido; lo que está es más despabilado que nunca, grandísimos pillos. Ea,
conspirad ahora contra la mejor de las Reinas... ¿Con que a la sombra?
¡Hombre más bravo que ese presidente del Consejo...! Le daría yo dos
abrazos bien apretados... ¡A Canarias con ellos, como si dijéramos, a
Ultramar! Y si se pierde el barco que los lleva, mejor... No
lo puedo remediar, me dan ganas de salir a la terraza y dar un _¡viva la
Reina!_ muy fuerte, muy fuerte».
Poco faltó para que lo hiciera como lo decía. Un rato después, Milagros
lisonjeaba con charla pintoresca la pasión dinástica de Bringas, y pedía
para los generales, no una muerte, sino cien muertes, y para todos los
que conspirasen el cadalso. Con estas cosas se animaba mucho el enfermo;
pero ¡ay!, que el día siguiente había de ser de los más negros de su
vida. ¡Pobre señor!, después de haber pasado la noche muy inquieto,
observó por la mañana una pérdida casi absoluta de la facultad de ver.
El médico estaba tan aturdido, que ni aun acertó con las fórmulas
escurridizas que ellos emplean cuando no quieren confesarse vencidos.
Pero hombre de conciencia, supo al fin abdicar su autoridad antes de
producir mayores males, diciendo: «Es preciso que le vea a usted un
oculista. Que le vea a usted Golfín».
D. Francisco creyó que se le caía el cielo encima. Sin duda su mal era
grave. Vencida por el temor la avaricia, no pensó en poner reparo al
dictamen de su médico y de toda la familia. Consternados todos, fiaban
en la prodigiosa ciencia del más afamado curador de ojos que tenía
España. Acordose no dilatar la consulta ni un solo día, ni una hora.
¡Ah, Golfín!... Bringas le conocía. Era hombre del cual se contaban
maravillas. A muchos ciegos desahuciados había dado vista. En Américas
del Sur y del Norte había ganado dinerales, y en España no se descuidaba
tampoco en esto. ¡Vaya una hormiga! Por batir unas cataratas al marqués
de Castro había llevado diez y ocho mil reales, y por la cura de una
conjuntivitis del niño de Cucúrbitas, había puesto una cuenta tal, que
los Cucúrbitas, para pagarla, se empeñaron por seis años. «Pero, en fin,
Dios nos asista, y salgamos con bien de esta. Cúreme el tal Golfín, y
que me deje en los puros cueros...». Discurriose luego sobre si iría el
enfermo a la consulta o harían venir a casa al oculista, decidiéndose
Bringas por lo primero, que era lo más barato.
«Paquito y yo nos metemos en un coche, y allá...».
--No, que no estás para salir a la calle. Él vendrá.
--Que no viene, mujer. Estos potentados de la ciencia no se mueven de su
casa más que para visitar a príncipes o gente de muchísimo dinero.
--Te digo que vendrá. Voy abajo. Su Majestad le pondrá cuatro letras...
--Eso me parece acertadísimo. Y si la Señora quiere añadir que se trata
de un pobre... mejor que mejor. Dios te bendiga, hijita.
Y vino Golfín y le vio, y con su ruda bondad infundiole ánimos y la
esperanza que comenzaba a perder. La dolencia no era grave; pero la
curación sería lenta. «Paciencia, muchísima paciencia, y cumplimiento
exacto, escrupulosísimo de lo que yo prescriba. Hay un poco de
conjuntivitis, que es preciso combatir con prontitud y energía».
¡Pobre, desgraciado Bringas! Por de pronto, cama, dieta, quietud,
atropina.
Inaugurose con esto una vida tristísima para el infeliz Thiers. Ya no le
valió quitarse la venda, pues apenas veía gota, y le daba tanta pena,
que se volvió a las tinieblas, en las cuales su único consuelo era
recordar las palabras de Golfín y aquella promesa celestial con que se
despedía: «Usted verá, usted verá lo que nunca ha visto», queriendo
ponderar así la plenitud de la facultad preciosa que estimamos sobre
todas las demás de nuestro cuerpo. ¡Ver!... ¿Pero cuándo, Dios poderoso;
cuándo, Santa Lucía bendita? Paciencia no le faltaba al pobre hombre,
que en aquella situación inclinó con ardor su espíritu hacia la
contemplación religiosa, y se pasaba parte de las solitarias horas
rezando. Su mujer no se separaba de él sino cuando alguna visita
importuna lo obligaba a ello, cuando Milagros entraba con aire afligido,
y llamándola aparte, me la obsequiaba con un par de lágrimas o de
zalameras caricias... Ya no había que pensar en baños, a menos
que no se restableciese Bringas para los primeros días de Agosto, lo
cual no parecía probable.
Pez era de los amigos más constantes en aquella tribulación de la
honrada familia. Una tarde que pudo hablar a solas con Rosalía en
Gasparini, esta le dijo: «Entramos ahora en una época de dificultades,
de la cual no sé cómo vamos a salir». A lo que D. Manuel contestó con un
arranque quijotesco, ofreciéndose a ayudarla en todas aquellas
dificultades, de cualquier clase que fuesen. Este noble pensamiento
penetraba en el espíritu de la dama como un rayo de luz celestial. Ya
podía contar con algún sostén en las borrascas que su vida ulterior le
trajese. Ya había tras ella un lugar de retirada, una reserva para
cualquier caso crítico... Ya veía cerca de sí un brazo, un escudo... La
vida se le ofrecía más llana, más abierta... «Yo cuidaré--pensaba--, de
que esta amistad y mi honradez no sean incompatibles».