Fue preciso traerle un vasito de agua, desabrocharle el corsé, y no sé
qué más.
--Pero yo... ¿cómo...?--exclamaba Rosalía, mucho después, espantada--,
¿cómo puedo yo...?
--Pidiéndolo a D. Francisco. Le daré interés, el rédito que quiera y un
pagaré en toda regla... Traerá la carta de mi administrador para que la
vea. Dice que cuente con la renta para el 15. No es mi administrador
como el de doña Cándida, un vano fantasma, sino un ser de carne y hueso.
Bien se conoce eso en que sus anticipos son siempre al veinte por
ciento.
Rosalía denegaba enérgicamente con la cabeza y con la voz... «Hija mía,
usted se hace ilusiones. Mi marido no tiene un cuarto. Y si lo tuviera,
no lo daría. Usted no le conoce...».
A esta razón terminante opuso la angustiada señora otras que denotaban
su perspicacia y los infinitos recursos de su ingenio. Que D. Francisco
tenía era un punto inconcuso, superior a todas las dudas. Sentado este
principio, la cuestión quedaba reducida a ver cómo se vaciaba
el misterioso tesoro en las necesitadas manos de Milagros. Si una esposa
fiel tomaba a su cargo esta empresa, que no era un arco de iglesia, bien
podía efectuarse la trasferencia sin contar con Bringas para nada. La
fiel esposa no debía tener escrúpulos de conciencia por esta acción un
tanto incorrecta y temeraria, porque la cantidad sería repuesta antes de
que el buen señor se hallara en estado de advertir la falta.
--Pues qué, ¿cree usted que D. Francisco verá antes del día 15 de Julio?
Esta pregunta, hecha por Milagros en el calor de la improvisación,
lastimó bastante a Rosalía.
--Yo espero que sí, y si así no fuera, como lo deseo tanto, quiero
suponer que no tardará en recobrar la vista.
--Perdóneme usted, amiga querida, si soy poco delicada. A veces digo
unos disparates... Usted no sabe lo que es una situación como esta en
que yo me veo. Vive usted en la gloria y no comprende cómo nos
retorcemos y nos achicharramos y aun blasfemamos los condenados en este
infierno de Madrid... ¡Las cosas que a mí se me ocurren...! En un caso
como este, no se asuste usted y créame lo que le digo... en un caso como
este, me figuro que sería capaz hasta de apropiarme lo ajeno... se
entiende con propósito de devolver. ¡Ay! Cuando entro en mi casa y veo
al portero en su cuartito bajo, comiéndose unas sopas de ajo
con la portera, ¡me da una envidia...! Quisiera mandarle a mi principal
y quedarme yo en la portería, aunque tuviera que barrer el portal todas
las mañanas, limpiar los metales y lavar la escalera de arriba abajo...
Si es lo que digo, me vendría bien encerrarme en un convento y no
acordarme más del mundo. Pero mis hijos, mis pobres hijos... ¿Qué sería
de ellos entonces?... Cuando case a María, ¡quién sabe...!, puede ser,
puede ser que me decida a buscar descanso en la vida religiosa... Por lo
menos, renunciaré al mundo y haré vida recogida en mi propia casa; no
tendré más vestido que un hábito del Carmen, y aquí paz... Por las
mañanas mi misa, por las tardes visitar a alguna amiga, y por la noche a
casa... Acostarme tempranito, que es lo más saludable y... ¡Ay, qué rica
vida!...
Después que volvió a insinuar su pretensión, no obteniendo de Rosalía
sino frías negativas, dijo súbitamente:
«A ver cómo nos arreglamos para ir juntas a baños. Yo siento mucho
retrasarme, pero antes de principios de Agosto creo que no podrá ser.
¿No ha dicho el médico aún qué aguas va a tomar Bringas? Yo iré a donde
usted vaya, pues para mis males lo mismo son unas aguas que obras...
Todo está en zarandearse un poco y salir de este horno».
En esto del viajecito a baños era Rosalía más comunicativa que en el
anterior tema. Bien deseaba veranear pero aún no había dicho el médico
nada terminante. Bringas no quería ir por no hacer gastos; pero si el
médico se lo mandaba, ¿cómo negarse a ello...? A la señora misma no le
sentaría mal un poco de expansión y movimiento, pues estaba delicadita y
algo desmejorada... De este palique de los baños pasaron a los vestidos,
y tras las observaciones vinieron las probaturas... Rosalía se puso el
de _mozambique_, ya casi concluido, y su amiga la felicitó tan
calurosamente por el buen aire que con él tenía, que a poco más revienta
de vanidad la hija de cien Pipaones.
«Si es usted elegantísima... si cuanto usted se pone resulta
maravilloso. La verdad, no es porque sea usted mi amiga... A todo el
mundo lo digo: si usted quisiera, no tendría rival. ¡Qué cuerpo!, ¡qué
caída de hombros! Francamente, usted, siempre que se quiere vestir,
oscurece cuanto se le pone al lado».
--Que a Rosalía se le caía la baba con esta adulación, no hay para qué
decirlo. Era una estupidez que persona de tal mérito tuviera que
esconder su buena ropa, ponérsela a hurtadillas e inventar mil mentiras
para justificar el uso de diversas prendas que parecían ajustadas a su
hermoso cuerpo por los mismos ángeles de la moda. Al quitarse aquellas
galas delante de su amiga, pensaba en el tremendo problema de
explicar al marido la adquisición de ellas, cuando no tuviera más
remedio que lucirlas ante sus ojos o no lucirlas.
Milagros no se despidió sin repetir con amaneramiento compungido sus
ahogos y el remedio que solicitaba. Por fin, Rosalía confortó su
espíritu con un _veremos_, y el rostro de la Tellería iluminose con un
chispazo de alegría.
«Mañana--dijo ya en la puerta--, le mandaré aquella blonda que le
gustaba a usted tanto... No, no me lo agradezca... Yo soy la que tiene
que agradecer, y si usted me saca del pantano... _(Estampándole dos
sonoros y sentimentales besos.)_ gratitud eterna... Adiós».
Por aquellos días volvió de Archena D. Manuel Pez, contento de lo bien
que le habían sentado las aguas, con buen color, mejor apetito y ánimos
para todo. Su primera visita fue para Bringas, de cuya enfermedad había
tenido noticia en los baños, y le animó mucho y se brindó a acompañarle
por mañana, tarde y noche, dedicándole todo el tiempo que sus quehaceres
le dejaban libre. Cumplió esto al pie de la letra, y su presencia en la
casa llegó a ser tan reglamentaria, que cuando no iba parecía que
faltaba algo. A ratos entretenía al enfermo con los sucesos políticos,
contándole mil chuscadas; pero tenía cuidado de no ponderar los peligros
del Trono ni el mal curso que tomaban las cosas, pues mi D.
Francisco, en cuanto oía hablar de _la llamada_ revolución, se ponía
tristísimo y daba unos suspiros que partían el alma. Cuando había otros
acompañantes en Gasparini, o cuando se consideraba perjudicial la
conversación muy prolongada, Pez se iba a la Saleta o a Embajadores,
donde Rosalía, hallándole al paso, cambiaba algunas palabras con él.
Notaba la dama en su amigo un mudo y ceremonioso respeto, y las
galanterías con que la obsequiaba eran siempre caballerescas y de estilo
un tanto rebuscado. Ella le correspondía con sentimientos de admiración,
de una pureza intachable, porque Pez se agigantaba más cada día a sus
ojos, como tipo del personaje oficial, del alto empleado, fastuoso y
cortesano. En la mente de la Pipaón, ningún ideal de hombre podía ser
completo sin estar bañado en la dorada atmósfera de una nómina. Si Pez
no hubiera sido empleado, habría perdido mucho a sus ojos, acostumbrados
a ver el mundo como si todo él fuera una oficina y no se conocieran
otros medios de vivir que los del presupuesto. Luego aquel aire
elegante, aquella levita negra cerrada, sin una mota, planchada,
estirada, cual si hubiera nacido en la misma piel del sujeto; aquellos
cuellos como el ampo de la nieve, altos, tiesos; aquel pantalón que
parecía estrenado el mismo día; ¡aquellas manos de mujer cuidadas con
esmero...!