XXV

¡Y aquel modo de peinarse tan sencillo y tan señor al mismo tiempo,

aquel discreto uso de finos perfumes, aquella olorosa cartera de cuero

de Rusia, aquellos modales finos y aquel hablar pomposo, diciendo las

cosas de dos o tres maneras para que fueran mejor comprendidas...! Ni

una sola vez, siempre que le decía algo, dejaba de emplear alguna frase

de sentido ingenioso y un poco doble. Rosalía no las hubiera oído quizás

con gusto si no le inspirara indulgencia la consideración de que las

merecía muy bien y de que en cierto modo la sociedad tenía con ella

deudas de homenaje, que hasta entonces no le habían sido pagadas en

ninguna forma. Venía a ser Pez, en buena ley, el desagraviador de ella,

el que en nombre de la sociedad le pagaba olvidados tributos.

Como apretaba bastante el calor, principalmente por la tarde, a causa de

estar la casa al Poniente, la familia buscaba desahogo en la terraza.

Una tarde, con permiso del médico, salió el mismo D.

Francisco, apoyado en el brazo de Pez, y dio un par de vueltas; mas no

le sentó bien, y se dejaron los paseos hasta que el enfermo se hallase

en mejores condiciones. Pero por verso privado de aquel esparcimiento,

no gustaba que los demás se privasen, y con frecuencia instaba a su

mujer para que saliese a tomar el aire. «Hijita, no sé qué me da de

verte encerrada en esta cazuela. Yo no siento el calor; pero tú que no

cesas de andar de aquí para allí, estarás abrasada. Salte a la terraza».

Las más de las veces negábase Rosalía. «No estoy yo para paseos...

déjame». Pero algunas tardes salía. El señor de Pez la acompañaba. Un

día que él salió primero, porque verdaderamente se ahogaba en el

caldeado gabinete, la vio aparecer con su bata grosella, adornada de

encajes, abanicándose. Estaba elegantísima, algo estrepitosa, como diría

Milagros; pero muy bien, muy bien. Contar los piropos que le echó Pez

sería convertir este libro en un largo madrigal. Sin saber cómo, dejose

ir la dama al impulso de una espontaneidad violenta que en su espíritu

bullía, y contó a su amigo el incidente de la bata, sorprendida por el

esposo en un momento en que se alzó la venda... «¡Pobrecito!, no le

gusta ver en mí cosas que le parecen de un lujo excesivo... y quizás

tenga razón...». De aquí pasó la Pipaón a consideraciones generales.

Para Bringas no había más que los cuatro trapos de siempre, bien

_apañaditos_, y las metamorfosis de un mismo vestido hasta lo

infinito... Por cierto que ella no sabía cómo arreglarse. De una parte

la solicitaba la obediencia que debía a su marido, de otra el deseo de

presentarse decentemente, con dignidad... ¡por decoro de él mismo! «Si

se tratara de mí sola, me importaría poco. Pero es por él, por él...

para que no digan por ahí que me visto de tarasca».

Todo esto lo aprobaba Pez con frase no ya decidida sino vehemente, y

llegó a indignarse, increpando duramente a su amigo por mezquindad tan

contraria a las exigencias sociales... «Ese hombre no conoce que su

propia dignidad, que su propio decoro, que su propio interés... ¿Cómo ha

de hacer carrera un hombre semejante, un hombre que así discurre, un

hombre que de este modo procede?...». Rosalía se extendió aún más en el

terreno de las confidencias, no callando las agonías que pasaba para

ocultar a Bringas las pequeñas compras que se veía obligada a hacer...

«A veces, no sabe usted lo que padezco; tengo que mentir, tengo que

inventar historias...». Tan caballero era Pez y tan noble, que después

de compadecer a su amiga con toda el alma, se brindó a prestarle su

desinteresada ayuda si por las incalificables sordideces de Bringas se

veía ella en cualquier situación difícil... «O hay amistad entre los

dos, o no la hay; o hay franqueza, o no. Ello quedaría entre usted y

yo... ¡Cómo consentir que usted... con tanto valer, tanto

mérito, con una figura como hay pocas, deje de lucir...!».

Y siguió tal diluvio de elogios, que Rosalía se abanicaba más para

atenuar el vivísimo calor que a su epidermis salía. Su bonita nariz de

facetas se hinchaba, se hinchaba hasta reventar... «Voy a darle el

refresco... son las siete»--dijo de súbito. También ella debía tomarlo,

que bien lo necesitaba.

Con las seguridades que dio el médico al siguiente día, se pusieron

todos muy contentos. Oyéronse de nuevo risas en la casa, y el paciente

mismo, recobrando sus ánimos, despedía chispas de impaciencia y

vivacidad. «La semana que entra--había dicho el doctor--, le quitaremos

a usted el trapo. Eso va muy bien. Para la otra semana no tendrá usted

sino ligeras alteraciones en la visión, y podrá salir a la calle con

espejuelos oscuros. Absteniéndose durante el verano de todo trabajo en

que se canse la vista, para el otoño volverá usted a su oficina y a las

ocupaciones ordinarias, renunciando para siempre a jugar con pelos...

Los trabajos mecánicos que afectan al sistema muscular le sentarán bien,

como la carpintería, por ejemplo, la tornería, labores campestres...

Pero nada de menudencias». Muy mal gesto puso Bringas cuando el médico

agregó a esto la indicación de tomar las aguas de Cestona. Hubo aquello

de «patraña; en otros tiempos nadie tomaba baños y moría menos

gente» y lo de que «los baños son un pretexto para gastar dinero y lucir

las señoras sus arrumacos...». A lo que el viejo Galeno contestó con una

apología vehemente de la medicación hidropática... «Sea lo que quiera,

hijito--declaró Rosalía, con más elocuencia en las ventanillas de la

nariz que en los labios--; el médico lo manda y basta... ¿Que es

patraña?... Eso no es cuenta tuya. En estos casos debe hacerse todo para

que no quede el desconsuelo de no haberlo hecho si te pones peor... El

clima de las provincias en verano te acabará de reponer. ¡Oh!, lo que es

por mí, aquí me quedaría, pues el viajar, más es molestia que otra cosa;

pero los niños _(Acentuando la afirmación con enfáticos ademanes.)_ no

pueden pasarse un año más sin los baños de mar».

A pesar de que lastimaba su espíritu aquella perspectiva de viaje, con

las molestias consiguientes, el mucho gastar, el pedir billetes

gratuitos y demás chinchorrerías, D. Francisco estaba tan contento que

le rebozaba la alegría en los labios, y no podía estar callado ni un

minuto. «En cuanto me ponga bien, voy a emprender un trabajo de

carpintería. Te voy a hacer un armario para la ropa, tan bueno y tan

famoso, que la gente pedirá papeleta para verlo, como la Historia

Natural, y Caballerizas. El arrendatario de las cortas de Balsaín me da

cuanta madera de pino me haga falta... En los sótanos de esta

casa hay un depósito de caobas que se están pudriendo, y Su Majestad me

permitirá sacar una piececita... El contratista del panteón de Infantes

del Escorial me ha ofrecido todo el mármol que quiera. Te haré un

armario de mármol... digo un panteón para la ropa... no, haré un

magnífico lavabo y una consola... Y a Candidita le voy a hacer también

un mueble... De herramientas estoy tal cual... Pero me procuraré

otras... o me las prestará el contratista de las obras de La Granja...».

Hablando de esto, metió su cucharada la viuda, diciendo al artista que

ella le podría suministrar para su trabajo los modelos más suntuosos y

elegantes. Tenía una consola con incrustaciones que perteneció al

mismísimo Grimaldi, y un ropero traído de París por la de los Ursinos.

En cuanto al taller que D. Francisco necesitaba, fácil le sería

conseguir de Su Majestad que le cediera un local de los muchos que

estaban inhabitados y vacíos en el piso tercero. Precisamente junto al

oratorio había una gran sala con excelentes luces, en otro tiempo

palomar, que ni hecha adrede sería mejor para aquel objeto. Con tanto

brío se restregaba las manos Bringas, que poco faltó sin duda para echar

chispas de ellas. «Vamos bien, bien. Vea yo, y verán todos mis obras...»

era lo que sin cesar decía.

Inútil creo decir que Rosalía estaba también muy alegre. Su

querido esposo recobraría la salud, la vista, que es la mejor parte de

ella y de la vida, y volvería a desempeñar en aquella casa sus funciones

de soberanía paterna. Mas como ninguna dicha es completa en este

detestable mundo, sino que los sucesos prósperos han de llevar siempre

consigo su proyección triste, como llevan los cuerpos todos su sombra,

aquel placer de la Bringas tenía por uno de sus lados una oscuridad

desapacible. Era que por aquella región de su mente se extendía el

recuerdo de los candelabros empeñados y del forzoso compromiso de

redimirlos antes que Bringas recobrase la vista y, con ella, el mirar

vigilante, la observación entrometida, la curiosidad implacable,

policiaca, ratonil. Seguramente, si llegaba el día feliz y los

candelabros no estaban en la consola ni los tornillos en las bonitas

orejas de la dama, lo primero que notaría aquel lince sería la falta de

estos objetos... ¡Horror daba el pensarlo!... Ved por dónde la propia

felicidad engendraba una punzante pena, de tal suerte que la infeliz

dama se hallaba en una perplejidad harto dolorosa. La expresaba

diciéndose que tal vez se alegraría de no estar tan alegre.

La impaciencia y vivacidad de Bringas se manifestaban en una fiebre de

intervención doméstica, en un como delirio de administración, vigilando

sin ver y dirigiendo todo lo mismo que si viera. Ni un instante dejaba

de promulgar disposiciones varias, y él mismo se contestaba a

las preguntas que hacía. Su mujer, justo es decirlo, tenía la cabeza

loca con tal tarabilla.

La de Bringas · 第 25 / 50 题