¡Y aquel modo de peinarse tan sencillo y tan señor al mismo tiempo,
aquel discreto uso de finos perfumes, aquella olorosa cartera de cuero
de Rusia, aquellos modales finos y aquel hablar pomposo, diciendo las
cosas de dos o tres maneras para que fueran mejor comprendidas...! Ni
una sola vez, siempre que le decía algo, dejaba de emplear alguna frase
de sentido ingenioso y un poco doble. Rosalía no las hubiera oído quizás
con gusto si no le inspirara indulgencia la consideración de que las
merecía muy bien y de que en cierto modo la sociedad tenía con ella
deudas de homenaje, que hasta entonces no le habían sido pagadas en
ninguna forma. Venía a ser Pez, en buena ley, el desagraviador de ella,
el que en nombre de la sociedad le pagaba olvidados tributos.
Como apretaba bastante el calor, principalmente por la tarde, a causa de
estar la casa al Poniente, la familia buscaba desahogo en la terraza.
Una tarde, con permiso del médico, salió el mismo D.
Francisco, apoyado en el brazo de Pez, y dio un par de vueltas; mas no
le sentó bien, y se dejaron los paseos hasta que el enfermo se hallase
en mejores condiciones. Pero por verso privado de aquel esparcimiento,
no gustaba que los demás se privasen, y con frecuencia instaba a su
mujer para que saliese a tomar el aire. «Hijita, no sé qué me da de
verte encerrada en esta cazuela. Yo no siento el calor; pero tú que no
cesas de andar de aquí para allí, estarás abrasada. Salte a la terraza».
Las más de las veces negábase Rosalía. «No estoy yo para paseos...
déjame». Pero algunas tardes salía. El señor de Pez la acompañaba. Un
día que él salió primero, porque verdaderamente se ahogaba en el
caldeado gabinete, la vio aparecer con su bata grosella, adornada de
encajes, abanicándose. Estaba elegantísima, algo estrepitosa, como diría
Milagros; pero muy bien, muy bien. Contar los piropos que le echó Pez
sería convertir este libro en un largo madrigal. Sin saber cómo, dejose
ir la dama al impulso de una espontaneidad violenta que en su espíritu
bullía, y contó a su amigo el incidente de la bata, sorprendida por el
esposo en un momento en que se alzó la venda... «¡Pobrecito!, no le
gusta ver en mí cosas que le parecen de un lujo excesivo... y quizás
tenga razón...». De aquí pasó la Pipaón a consideraciones generales.
Para Bringas no había más que los cuatro trapos de siempre, bien
_apañaditos_, y las metamorfosis de un mismo vestido hasta lo
infinito... Por cierto que ella no sabía cómo arreglarse. De una parte
la solicitaba la obediencia que debía a su marido, de otra el deseo de
presentarse decentemente, con dignidad... ¡por decoro de él mismo! «Si
se tratara de mí sola, me importaría poco. Pero es por él, por él...
para que no digan por ahí que me visto de tarasca».
Todo esto lo aprobaba Pez con frase no ya decidida sino vehemente, y
llegó a indignarse, increpando duramente a su amigo por mezquindad tan
contraria a las exigencias sociales... «Ese hombre no conoce que su
propia dignidad, que su propio decoro, que su propio interés... ¿Cómo ha
de hacer carrera un hombre semejante, un hombre que así discurre, un
hombre que de este modo procede?...». Rosalía se extendió aún más en el
terreno de las confidencias, no callando las agonías que pasaba para
ocultar a Bringas las pequeñas compras que se veía obligada a hacer...
«A veces, no sabe usted lo que padezco; tengo que mentir, tengo que
inventar historias...». Tan caballero era Pez y tan noble, que después
de compadecer a su amiga con toda el alma, se brindó a prestarle su
desinteresada ayuda si por las incalificables sordideces de Bringas se
veía ella en cualquier situación difícil... «O hay amistad entre los
dos, o no la hay; o hay franqueza, o no. Ello quedaría entre usted y
yo... ¡Cómo consentir que usted... con tanto valer, tanto
mérito, con una figura como hay pocas, deje de lucir...!».
Y siguió tal diluvio de elogios, que Rosalía se abanicaba más para
atenuar el vivísimo calor que a su epidermis salía. Su bonita nariz de
facetas se hinchaba, se hinchaba hasta reventar... «Voy a darle el
refresco... son las siete»--dijo de súbito. También ella debía tomarlo,
que bien lo necesitaba.
Con las seguridades que dio el médico al siguiente día, se pusieron
todos muy contentos. Oyéronse de nuevo risas en la casa, y el paciente
mismo, recobrando sus ánimos, despedía chispas de impaciencia y
vivacidad. «La semana que entra--había dicho el doctor--, le quitaremos
a usted el trapo. Eso va muy bien. Para la otra semana no tendrá usted
sino ligeras alteraciones en la visión, y podrá salir a la calle con
espejuelos oscuros. Absteniéndose durante el verano de todo trabajo en
que se canse la vista, para el otoño volverá usted a su oficina y a las
ocupaciones ordinarias, renunciando para siempre a jugar con pelos...
Los trabajos mecánicos que afectan al sistema muscular le sentarán bien,
como la carpintería, por ejemplo, la tornería, labores campestres...
Pero nada de menudencias». Muy mal gesto puso Bringas cuando el médico
agregó a esto la indicación de tomar las aguas de Cestona. Hubo aquello
de «patraña; en otros tiempos nadie tomaba baños y moría menos
gente» y lo de que «los baños son un pretexto para gastar dinero y lucir
las señoras sus arrumacos...». A lo que el viejo Galeno contestó con una
apología vehemente de la medicación hidropática... «Sea lo que quiera,
hijito--declaró Rosalía, con más elocuencia en las ventanillas de la
nariz que en los labios--; el médico lo manda y basta... ¿Que es
patraña?... Eso no es cuenta tuya. En estos casos debe hacerse todo para
que no quede el desconsuelo de no haberlo hecho si te pones peor... El
clima de las provincias en verano te acabará de reponer. ¡Oh!, lo que es
por mí, aquí me quedaría, pues el viajar, más es molestia que otra cosa;
pero los niños _(Acentuando la afirmación con enfáticos ademanes.)_ no
pueden pasarse un año más sin los baños de mar».
A pesar de que lastimaba su espíritu aquella perspectiva de viaje, con
las molestias consiguientes, el mucho gastar, el pedir billetes
gratuitos y demás chinchorrerías, D. Francisco estaba tan contento que
le rebozaba la alegría en los labios, y no podía estar callado ni un
minuto. «En cuanto me ponga bien, voy a emprender un trabajo de
carpintería. Te voy a hacer un armario para la ropa, tan bueno y tan
famoso, que la gente pedirá papeleta para verlo, como la Historia
Natural, y Caballerizas. El arrendatario de las cortas de Balsaín me da
cuanta madera de pino me haga falta... En los sótanos de esta
casa hay un depósito de caobas que se están pudriendo, y Su Majestad me
permitirá sacar una piececita... El contratista del panteón de Infantes
del Escorial me ha ofrecido todo el mármol que quiera. Te haré un
armario de mármol... digo un panteón para la ropa... no, haré un
magnífico lavabo y una consola... Y a Candidita le voy a hacer también
un mueble... De herramientas estoy tal cual... Pero me procuraré
otras... o me las prestará el contratista de las obras de La Granja...».
Hablando de esto, metió su cucharada la viuda, diciendo al artista que
ella le podría suministrar para su trabajo los modelos más suntuosos y
elegantes. Tenía una consola con incrustaciones que perteneció al
mismísimo Grimaldi, y un ropero traído de París por la de los Ursinos.
En cuanto al taller que D. Francisco necesitaba, fácil le sería
conseguir de Su Majestad que le cediera un local de los muchos que
estaban inhabitados y vacíos en el piso tercero. Precisamente junto al
oratorio había una gran sala con excelentes luces, en otro tiempo
palomar, que ni hecha adrede sería mejor para aquel objeto. Con tanto
brío se restregaba las manos Bringas, que poco faltó sin duda para echar
chispas de ellas. «Vamos bien, bien. Vea yo, y verán todos mis obras...»
era lo que sin cesar decía.
Inútil creo decir que Rosalía estaba también muy alegre. Su
querido esposo recobraría la salud, la vista, que es la mejor parte de
ella y de la vida, y volvería a desempeñar en aquella casa sus funciones
de soberanía paterna. Mas como ninguna dicha es completa en este
detestable mundo, sino que los sucesos prósperos han de llevar siempre
consigo su proyección triste, como llevan los cuerpos todos su sombra,
aquel placer de la Bringas tenía por uno de sus lados una oscuridad
desapacible. Era que por aquella región de su mente se extendía el
recuerdo de los candelabros empeñados y del forzoso compromiso de
redimirlos antes que Bringas recobrase la vista y, con ella, el mirar
vigilante, la observación entrometida, la curiosidad implacable,
policiaca, ratonil. Seguramente, si llegaba el día feliz y los
candelabros no estaban en la consola ni los tornillos en las bonitas
orejas de la dama, lo primero que notaría aquel lince sería la falta de
estos objetos... ¡Horror daba el pensarlo!... Ved por dónde la propia
felicidad engendraba una punzante pena, de tal suerte que la infeliz
dama se hallaba en una perplejidad harto dolorosa. La expresaba
diciéndose que tal vez se alegraría de no estar tan alegre.
La impaciencia y vivacidad de Bringas se manifestaban en una fiebre de
intervención doméstica, en un como delirio de administración, vigilando
sin ver y dirigiendo todo lo mismo que si viera. Ni un instante dejaba
de promulgar disposiciones varias, y él mismo se contestaba a
las preguntas que hacía. Su mujer, justo es decirlo, tenía la cabeza
loca con tal tarabilla.