Rosalía oyó esto desde la puerta. Desconcertada al pronto, no tardó en
recobrar su serenidad, y dijo riendo:
--¿Pues no dice que llevo bata de seda?... Sí, para batas de seda
estamos... Ahí tienes lo que te vale asomarte a la ventanita. Todo lo
ves cambiado, todo lo ves equivocado; el tartán se te antoja seda, y
este color pardo sucio te parece grosella...
--Pues yo juraría...
--No jures, hijito, que es pecado... ¡Batas de seda...!, qué más
quisiera yo...
Y salió prontamente. En el Camón mudó la bata que tenía puesta por otra
muy vieja, que era la que generalmente usaba...
--¿Estás aquí?--preguntó Bringas después de aguardar un rato,
durante el cual hubo de dudar si su esposa estaba presente o no.
--Aquí estoy... sí--respondió Rosalía contestando apresurada--. El
panadero... hoy no he tomado más que tres libras...
--Pues yo juraría... ¿Será que todo lo veo trastornado?
--¿Todavía estás con lo de la bata?...--dijo Rosalía acercándose a él y
haciéndole caricias...
El ciego tocó la tela, estrujándola entre sus dedos.
«Lo que es al tacto, lana es, y muy señora lana».
Y después de otra pausa, durante la cual ella no dijo nada, Bringas,
azuzado por su ingénita suspicacia, añadió:
--Como no te la mudaras en el ratito que estuviste fuera... Me pareció
haber sentido ruido y frotamiento de tela...
--¡Jesús!... Oír es. Puede que sí. Está ahí la modista arreglando los
vestidos de Milagros...
Paquito, que acababa de entrar de la calle, se sentó junto a su padre
para contarle algunas anécdotas de las que corrían y leerle sueltos de
periódico. Aquella tarde fue Milagros, que también había ido las
anteriores, demostrando por la salud del Sr. D. Francisco un interés
verdaderamente fraternal. Algunos ratitos le acompañaba; pero pronto se
dirigían ella y su colega al aposento más lejano, que era la Furriela.
Nunca explicó claramente la marquesa a su amiga cómo había sido aquel
feliz arreglo de la famosa apretura del día 14; pero ello debió de ser
un préstamo a cortísimo plazo, por lo que se verá más adelante. Lo
cierto es que la cena fue esplendidísima, y un célebre cronista de
salones, con aquel estilo eunuco que les es peculiar, la ponderó y
ensalzó hasta las nubes, usando frases entre españolas y francesas que
no repito por temor a que, leyéndolas, sientan mis buenos lectores en su
estómago efectos parecidos a los del tártaro emético. Cuando le leyeron
a don Francisco la relación de la lucida fiesta, el buen señor no cesaba
de repetir: «¡Quién sería el bobo, quién sería el bobo...!».
Los primeros días después del sarao, Milagros parecía muy satisfecha.
Paulatinamente su contento amenguaba, y hacia el 20 podríais notar en
ella súbitos ataques de tristeza. No pasó el 22 sin que a ratos revelara
con hondos suspiros una aprensión muy grave. Por San Juan ya los ratos
de tranquilidad eran los menos, y la marquesa anunció a su amiga,
confidencias muy desagradables. Esta se asustaba oyendo tales augurios,
y veía venir una nube más negra y tempestuosa que la pasada. Entre
tanto, los cariños de Milagros eran tan extremados, que Rosalía no sabía
cómo agradecerlos. A menudo hablaban de trajes y modas, aunque la de
Bringas no tenía gusto para nada, mientras su esposo estuviese
enfermo. Por fortuna, el médico anunciaba una curación pronta, y con
este pronóstico feliz tomaba tales alientos la dama, que su espíritu
empezó a reservar un hueco no pequeño para todo lo concerniente al orden
de la indumentaria elegante. Los regalitos de Milagros en aquella
ocasión triste le llegaban al alma. Y cuenta que no eran bicoca estos
obsequios. Una tarde, al despedirse, le dijo: «¿Sabe usted que el
sombrero Florián no me va bien? A usted le caería perfectamente. Se lo
voy a mandar».
Y se lo mandó. Otro día hablaron de vestidos, con más calor. «El de pelo
de cabra, que tengo a medio hacer no me gusta. Se lo enviaré mañana...
Como usted ha de ir forzosamente a baños con su marido, puede usarlo
allá... No, no me lo agradezca usted. Si no me sirve... También le
traeré el _fichú_ con cinta de terciopelo verde y un casquete de fieltro
para que usted se lo arregle fácilmente. Para baños, delicioso. Le
mandaré igualmente flores, plumas, _aigrettes_... Tengo seis cajones
llenos de estas cosas... Hoy me llevó la modista la bata grosella...
¿Sabe usted que no me va muy bien? Ese color sólo sienta bien a las
gruesas, a las caras frescas... ¿La quiere usted? Puede hacerle algunas
variaciones, ensancharla un poquito, y le servirá... La tela es
riquísima».
He aquí cómo entraron en la casa todas estas ricas prendas.
Rosalía, como hemos dicho, no tenía gusto para nada, y las iba
almacenando en el Camón. Alguna vez, cuando su espíritu estaba sosegado,
por las buenas esperanzas que daba el médico, solía encerrarse en la
citada pieza para probarse la bata, el vestido, el sombrero... Sin poder
resistir la tentación, dispuso con Emilia varios arreglos, alargando
unas cosas, reformando completamente otras. A veces, dejándose llevar de
su apasionado afán, salía del Camón y daba dos o tres vueltas por la
casa con todos aquellos arreos sobre su cuerpo. Para esto esperaba a que
la criada y los niños estuviesen fuera y D. Francisco encerrado en
Gasparini con Paquito. Más de una vez se mostró engalanada a la
admiración de Cándida, solicitando del criterio de esta una aprobación o
censura juiciosas. La viuda siempre se sentía tocada del furor del
aplauso, y para que no lo diese con aspavientos ruidosos, Rosalía se
llegaba a ella con el dedo en la boca, incitándola a reprimir toda
manifestación de pasmo y sorpresa, no fuera que algún sutil oído
percibiese lo que en la Saleta ocurría. Luego tornaba melancólica al
recatado Camón, y allí se despojaba de aquellas galas, diciendo con
pena: «No tengo gusto para nada, no está mi espíritu para estas bromas».
El 26 fue cuando la de Tellería, no pudiendo ya contener la ola de
tristeza que se desbordaba en su afligido pecho, la vertió sobre el de
su buena amiga, previo este exordio patético que nos ha
conservado la historia:
«También le mandaré a usted el vestido de muselina con visos violeta...
y todos mis encajes de Valenciennes, punto de Alenzon y _guipure_. ¿Para
qué quiero nada ya? Las pocas joyas que me quedan tal vez sean algún día
para usted... Yo estoy perdida; no tengo más remedio que esconderme,
entrar en un convento, huir, o qué sé yo... Si pudiera entrar en un
convento, sería lo mejor... Y si Dios me quisiera llevar, ¡qué servicio
me haría!... Pero no sé lo que me digo... Se pasmará usted de verme tan
aturdida, tan trastornada, que no parezco la misma... ¡Cuándo usted
sepa...! Es que llueven sobre mí las calamidades, como si el Señor
quisiera probarme. Dicen que así se hacen méritos para la otra vida, y
tiene que ser, tiene que ser, porque si no, amiga mía, ¿qué cosa más
triste que penar aquí y penar allá?... Yo nací con mala estrella...
Hasta ahora, los conflictos en que me ha puesto mi mariducho han sido
tales, que los he ido sorteando con maña... Dios sabe el mérito grande,
¿qué digo mérito?, el heroísmo de estos últimos años. ¡Qué sofocaciones
para sostener la dignidad de la casa, para que a los hijos no les
faltase nada!... ¡Y algunos días, qué afán horroroso para que los
criados pudieran decir: «La sopa está en la mesa!...» ¡Cuánta
humillación, cuánto padecer, y qué lucha, amiguita, qué lucha con
acreedores, con gente ordinaria y con toda clase de
pedigüeños!... Pero cuando se van acumulando las dificultades, cuando se
prolonga mucho el sistema de abrir un hueco para tapar otro y prorrogar
y aplazar, llega un día en que todo se va de través; es como un barco ya
muy viejo y remendado que de repente se abre... ¡plum!... y...».
Al llegar a esto del barco averiado, el lenguaje de la pobre señora, más
que lenguaje, era un sollozo continuo. Rosalía, casi tan apenada como
ella, la incitó a que explicara el motivo de tanta desdicha, para ver
si, conocido de una manera clara y concreta, era fácil buscarle remedio.
Mas la marquesa no supo o no quiso exponer su conflicto en términos
categóricos. Ello era cosa de reunir para fin de mes una cantidad no
pequeña. Si no la tenía, veríase en el mayor y más grave compromiso de
su vida, y quizás, o sin quizás, expuesta al vilipendio de ser llevada a
los tribunales de justicia. Pero ¿qué era...? ¿Tal vez que un amigo se
había comprometido por sacarla del difícil paso y ella había puesto su
malhadada firma...? ¡La muy tonta!, ¿por qué no se cortó la mano
antes...? Es verdad que si se hubiera cortado la manecita, no habría
tenido cena en la mil veces malhadada noche del 14.
Rosalía, que sabía de lógica más que la marquesa, díjole que por qué no
escribía a su administrador de Almendralejo para que le anticipase
la renta del trimestre, aunque fuera con descuento. A lo que
Milagros contestó entre suspiros que ya esta probable solución se había
tanteado y no podía contar con la renta hasta el 15 de Julio... Eso sí,
la renta era segura, y a la persona que le hiciera el anticipo, le
pagaría puntualmente en dicha fecha.
--Pero ¿no puede usted aplazar...?
--Imposible, hija, imposible... Tan imposible como que vuelen los bueyes
o que mi marido tenga sentido común.
--¿Y su hermana de usted, Tula...?
--Más absurdo aún...
Rosalía alzó los hombros. No veía salvación. Pero Milagros, que iba tras
el _quid_ de que su amiga la sacase de aquel profundo atolladero en que
estaba, echole los brazos al cuello y con ahogada voz le deletreó en el
oído estas palabras, más lacrimosas que el cenotafio en que D. Francisco
había trabajado con tan mala fortuna: «Usted... usted, amiga del alma,
puede salvarme...».
Dicho esto, le entró una congoja y una convulsioncilla de estas que las
mujeres llaman ataque de nervios, por llamarlo de alguna manera, seguida
de un espasmo de los que reciben el bonito nombre de síncope.