Animábase mucho, porque cuando se alzaba un poquito la venda,
contraviniendo las órdenes del médico, percibía la luz, aunque con
impresión turbada y dolorosa. Como quiera que fuese, tenía el
convencimiento de que el órgano no estaba perdido y de que más tarde o
temprano recobraría el uso de aquella función preciosísima. El
cosquilleo le molestaba mucho y también la visión calenturienta de
millares de puntos luminosos o de tenues rayos metálicos, movibles,
fugaces, imágenes de los malditos y nunca bien execrados pelos que
conservaba la enferma retina. Con todo, llevaba mi hombre su mal
resignadamente, y lo que pedía por Dios era que le sacaran del lecho;
pues era para él grandísimo suplicio estar tendido boca arriba, revuelto
entre las sábanas ardientes. Permitiole el médico levantarse de la cama
a los tres días, mas con orden terminante de no moverse de un sillón y
estarse quieto y mudo, indiferente a todo y sin recibir visitas ni
ocuparse de cosa alguna, siempre vendado rigurosamente. Levantose, y le
instalaron en Gasparini, en cómodo sillón con almohadas. No se permitía
que nadie entrara a darle conversación, ni se le obedecía cuando
suplicaba a Paquito por las noches que le leyese algún diario. Respecto
a su apartamiento de los asuntos domésticos, poco pudo lograr Rosalía,
pues aunque él se preciaba de dejar al cuidado de ella todas las cosas,
no podía contener su anhelo de autoridad, de aquella autoridad tan bien
ejercida durante largos años; y a cada momento se acordaba del buen uso
que había hecho de sus funciones.
--Rosalía...
--¿Qué quieres, hijito?
--¿Qué principio has puesto hoy?
--¿Para qué te ocupas...?
--Me ha olido a estofado de vaca... No me lo niegues... Ahora, más que
nunca, hay que apelar a las tortillas de patatas, a las alcachofas
rellenas, a la longaniza, y si me apuras, a asadura de carnero, sin
olvidar las carrilladas. Si te fías de Cándida y le encargas la compra,
pronto nos dejará por puertas. Ya sabes que esa señora derrochó dos
fortunas en comistrajos... Di una cosa: ayer pusiste para almorzar
merluza frita.
--Es que creí que el médico te mandaría tomarla. Por eso se trajo.
Después resultó que no.
--Oye una cosa... ¿Dónde está ahora Cándida?
--Está en la Furriela. No temas que te oiga.
--¿Por qué no haces, con buen modo, que se vaya a comer a su casa? No me
gustan convidados perpetuos. Un día, dos, pase...
--Pero hombre... ¡Si supieras cuánto me ha ayudado la pobre...! Mañana
veremos. No puedo decirle de buenas a primeras que se vaya...
--¿Qué te ha traído Prudencia de la plaza de la Cebada?
--Las tres arrobas de patatas.
--¿A cómo?
--A seis reales.
--Mira, hijita, no olvides de apuntar todo, para que cuando yo esté
bueno, pueda seguir llevando la cuenta del mes. ¿Has traído aceite?
No traigas vino, pues ya sabes que yo no lo gasto por ahora. El
médico me dice que tome un dedito de Jerez; pero no lo compres. Si doña
Tula te manda las dos botellas que te prometió, lo tomaré; si no, no. Si
Candidita sigue viniendo por las mañanas y es forzoso darle la jicarita
de chocolate... ¿Me podrá oír?
--No, no hay nadie.
--Pues digo que traigas para ella del de a cuatro reales, que sin duda
le sabrá a gloria: yo dudo que en su casa cate ella otra cosa que el de
tres... Estoy pensando en el regalo que tenemos que hacer al médico, y
en eso se nos van a ir todos nuestros ahorros. Y gracias que no me
traiga acá un oculista, que si lo llega a traer, apaga y vámonos. Dios
querrá no sea preciso... Ayer habló de tomar baños. Tiemblo de pensarlo.
Esto de los baños es una monserga que los médicos han inventado ahora
para acabar de exprimir el jugo a los pobres enfermos. En mi tiempo no
había tales baños, y por eso no había más enfermedades. Al contrario,
creo que moría menos gente. Si habla de baños, te lo recomiendo, hija,
ponle mala cara, como se la pongo yo.
Lo más singular era que ni en aquel estado mísero hubo de abandonar mi
buen Thiers la contabilidad de su casa. Mientras estuvo en el lecho, dio
a su mujer las llaves de la gaveta donde tenía el dinero; pero desde que
se levantó quiso empuñar de nuevo las riendas del gobierno y
ejercer aquella soberana función, que es el atributo más claro de la
autoridad doméstica. No acobardado por su ceguera y sobreponiendo su
activo espíritu a la dolencia corporal, levantábase de su asiento,
acercábase a la mesa, palpaba los muebles para no tropezar, y abría la
gaveta para sacar el cajoncito donde estaba el dinero. Había adquirido
ya su tacto, en tan corto período educativo, la finura que poseen en el
suyo los privados de la vista, y conocía las monedas sólo con sopesarlas
y sobarlas un poco. Con la arqueta sobre las rodillas, iba sacando y
contando hasta poner la regateada cantidad en las manos de su mujer.
Esta hacía alguna observación tímida: «Ya ves, hijito, el gasto es mayor
en estos días».
--Pues que no lo sea. Arréglate... ¡Ah! Hoy es sábado: los veinticuatro
reales del carbonero... En cuanto al maestro de baile, si insiste en
subir más cubas, que yo no pago más que lo de costumbre; lo demás es por
su cuenta. No me pongas más caldo de gallina, a no ser que el cocinero
jefe te mande alguna. Suprimido el cuarto de gallina o el medio pollo.
Felizmente me he acostumbrado a no ser hombre de melindres. El caldo del
cocido con su buen hueso y tuétano vale más que nada.
Rosalía, por no contrariarle, a todo decía _amén_. Después de sacar el
dinero del gasto cuotidiano, quedábase Bringas un rato con la arqueta
sobre las rodillas; y levantando un falso fondo que el
mueblecillo tenía, sacaba una vieja y sobada cartera, entre cuyos
dobleces iban apareciendo algunos billetes del Banco. Con exquisito
tacto los repasaba, los desdoblaba, los volvía a doblar cuidadosamente,
diciendo: «Este es el de quinientos, éstos dos de cuatro mil...
etcétera». Conocíalos por el orden en que estaban colocados... Luego
ponía todo en su sitio con respetuosa pausa, guardaba el arca, y echando
la llave, depositaba esta en el bolsillo izquierdo de su chaleco. La
señora le guiaba hasta volverle a poner en el sillón. Esto se hacía
siempre a puerta cerrada; pues antes de escudriñar su tesoro mandaba a
Rosalía que echase el pasador a la puerta para que no entrara nadie.
Una semana trascurrió desde el día de San Antonio, tristísima fecha en
la casa, sin que el enfermo adelantara gran cosa. No estaba mejor, bien
es verdad que tampoco había empeorado, lo cual al fin y al cabo, siempre
es un consuelo. No había duda alguna de que las funciones ópticas se
conservaban intactas, es decir, que D. Francisco veía; mas era tan
penosa la impresión de la luz en sus ojos, que si por un instante se
levantaba la venda, los crueles dolores y el ardor vivísimo que sentía
obligábanle a ponérsela otra vez. Su mujer le cuidaba con un esmero y
atención dignos del mayor elogio. Ella le ponía las compresas de
belladona sobre los párpados cuando los dolores eran grandes,
y le frotaba las sienes con belladona y láudano. Dábale todas las noches
el calomelano con ligera dosis de opio cuando había insomnio; pero en
nada ponía tanto cuidado la solícita esposa como en amonestarle para que
no se levantase nunca la venda; pues era el pobre señor tan vivo de
genio, que desde que se sentía un poquito mejor ya le faltaba tiempo
para _echar una miradita_ al mundo, como decía.
--Por Dios, hombre, no seas así... Mira que te perjudicas. Eres como los
chiquillos. No sé de qué te valen la razón y los años. Te dice el médico
que por nada del mundo te descubras, y tú empeñado en que sí... De ese
modo no adelantas nada. Ten paciencia, que día llegará en que te quites
ese trapajo negro y puedas mirar directamente al sol. Pero ahora, por
algún tiempo, cieguecito y nada más que cieguecito. Con que mucha
formalidad, que si das en _abrir la ventanita_, como dices, te amarraré
las manos.
--Es que esta maldita venda--dijo Bringas dando un suspiro--, me agobia,
me pesa como si fuera el bastión de una muralla... Es verdad que padezco
mucho cuando me hiere la luz; pero también la impaciencia, y sobre todo
la oscuridad me mortifican horriblemente... Es un consuelo ver de rato
en rato alguna cosilla, aunque sólo sea la cavidad de la habitación, con
los objetos confusos y como borrados; es consuelo verte, y por
cierto que si no me engaña esta pícara retina enferma, tienes puesta una
bata de seda... La que te dio Agustín ¿no la habías deshecho para cortar
un vestido a la niña? _Ainda mais_, la que llevas ahora es de un color
así como grosella...