D. Francisco, absorto en el interés de su obra, no se apartaba ni un
punto de ella, aprovechando todo el tiempo que le dejaba libre su
descansado empleo. Con mal acuerdo había suprimido el pasear por las
tardes, costumbre en él antigua; y su amigo D. Manuel María José Pez,
viéndose privado de quien le hacía pareja en aquella hora de
higiénico solaz, se iba tan campante a Palacio para no perder la
costumbre de la compañía Bringuística.
El trayecto desde el Ministerio a Palacio, la nada corta escalera de
Damas eran campo suficiente de un saludable ejercicio; y si además salía
con D. Francisco o su mujer a dar cuatro vueltas por la magnífica
terraza que rodea el patio grande, ya tenía asegurado un mediano apetito
para la hora de comer. Las amonestaciones más cariñosas eran siempre
ineficaces para apartar a Bringas de su faena mientras duraba la luz
solar. Ni que le rogaran, ni que le reprendieran, ni que le augurasen
mareos, cefalalgia o ceguera, se conseguía que parase en la febril
aunque ordenada marcha de su trabajo. Pez charlaba con él algunos ratos
de los sucesos políticos; pero comúnmente iba con Rosalía a dar una
vuelta por la terraza. Aquel paseo era sosegado y gratísimo, porque la
cavidad del edificio defiende a la terraza de los embates del aire, sin
perjuicio de la ventilación. El más puro y rico aire de la sierra es
para Palacio y para su ciudad doméstica, situada lejos del espeso
aliento de la Villa y en altura tal que ni las palomas y gorriones gozan
de atmósfera más sana y más prontamente renovada. El paseo por sitio tan
monumental halagaba la fantasía de la dama, trayéndole reminiscencias de
aquellos fondos arquitectónicos que Rubens, Veronés, Vanlóo
otros pintores ponen en sus cuadros, con lo que magnifican las figuras y
les dan un aire muy aristocrático. Pez y Rosalía se suponían destacados
elegantemente sobre aquel fondo de balaustradas, molduras, archivoltas y
jarrones, suposición que, sin pensarlo, les compelía a armonizar su
apostura y aun su paso con la majestad de la escena.
Era este Pez el hombre más correcto que se podía ver, modelo excelente
del empleado que llaman _alto_ porque le toca ración grande en el
repartimiento de limosnas que hace el Estado; hombre que en su persona y
estilo llevaba como simbolizadas la soberanía del gobierno y las
venerables muletillas de la administración. Era de trato muy amable y
cultísimo, de conversación insustancial y amena, capaz de hacer sobre
cualquier asunto, por extraño que fuese a su entender oficinesco, una
observación paradójica. Había pasado toda su vida al retortero de los
hombres políticos, y tenía conocimientos prolijos de la historia
contemporánea, que en sus labios componíase de un sin fin de anécdotas
personales. Poseía la erudición de los chascarrillos políticos, y
manejaba el caudal de frases parlamentarias con pasmosa facilidad. Bajo
este follaje se escondía un árido descreimiento, el ateísmo de los
principios y la fe de los hechos consumados, achaque muy común en los
que se han criado a los pechos de la política española,
gobernada por el acaso. Hombre curtido por dentro y por fuera, incapaz
de entusiasmo por nada, revelaba Pez en su cara un reposo semejante,
aunque parezca extraño, al de los santos que gozan la bienaventuranza
eterna. Sí, el rostro de Pez decía: «He llegado a la plenitud de los
tiempos cómodos. Estoy en mi centro». Era la cara del que se ha
propuesto no alterarse por nada ni tomar las cosas muy en serio, que es
lo mismo que resolver el gran problema de la vida. Para él la
administración era una tapadera de fórmulas baldías, creada para
encubrir el sistema práctico del favor personal, cuya clave está en el
cohecho y las recomendaciones. Nadie sabía servir a los amigos con tanta
eficacia como Pez, de donde le vino la opinión de _buena persona_. Nadie
como él sabía agradar a todos, y aun entre los revolucionarios tenía
muchos devotos.
Su carácter salía sin estorbo a su cara simpática, sin arrugas,
admirablemente conservada, como ciertas caras inglesas curtidas por el
aire libre y el ejercicio. Eran cincuenta años que parecían poco más de
cuarenta; medio siglo decorado con patillas y bigote de oro oscuro con
ligera mezcla de plata, limpios, relucientes, declarando en su brillo
que se les consagraba un buen ratito en el tocador. Sus ojos eran
españoles netos, de una serenidad y dulzura tales, que recordaban los
que Murillo supo pintar interpretando a San José. Si Pez no se afeitara
el mentón y en vez de levita llevara túnica y vara, sería la
imagen viva del santo Patriarca, tal como nos le han trasmitido los
pintores. Aquellos ojos decían a todo el que los miraba: «Soy la
expresión de esa España dormida, beatífica, que se goza en ser juguete
de los sucesos y en nada se mete con tal que la dejen comer tranquila;
que no anda, que nada espera y vive de la ilusión del presente mirando
al cielo, con una vara florecida en la mano; que se somete a todo el que
la quiero mandar, venga de donde viniere, y profesa el socialismo manso;
que no entiende de ideas, ni de acción, ni de nada que no sea soñar y
digerir».
Vestía este caballero casi casi como un figurín. Daba gozo ver su
extraordinaria pulcritud. Su ropa tenía la virtud de no ajarse ni
empolvarse nunca y le caía sobre el cuerpo como pintada. Mañana y tarde,
Pez vestía de la misma manera, con levita cerrada de paño, pantalón que
parecía estrenado el mismo día y chistera reluciente, sin que este
esmero pareciese afectado ni revelara esfuerzo o molestia en él. Así
como en los grandes estilistas la excesiva lima parece naturalidad
fácil, en él la corrección era como un desgaire bien aprendido. Llevaba
a todas partes el empaque de la oficina, y creeríase que levita,
pantalón y sombrero eran parte integrante de la oficina misma, de la
Dirección, de la Administración, como en otro orden lo eran los
volantes con membrete, el retrato de la Reina, los sillones forrados de
terciopelo y los legajos atados con cintas rojas.
Cuando hablaba, se le oía con gusto, y él gustaba también de oírse,
porque recorría con las miradas el rostro de sus oyentes para sorprender
el efecto que en ellos producía. Su lenguaje habíase adaptado al estilo
político creado entre nosotros por la prensa y la tribuna. Nutrido aquel
ingenio en las propias fuentes de la amplificación, no acertaba a
expresar ningún concepto en términos justos y precisos, sino que los
daba siempre por triplicado.
Va de ejemplo.
THIERS.--=(sin apartar la vista de su obra.)=¿Qué hay de destierro de
generales?
PEZ.--Al punto a que han llegado las cosas, amigo D. Francisco, es
imposible, es muy difícil, es arriesgadísimo aventurar juicio alguno. La
revolución de que tanto nos hemos reído, de que tanto nos hemos burlado,
de que tanto nos hemos mofado, va avanzando, va minando, va labrando su
camino, y lo único que debemos desear, lo único que debemos pedir, es
que no se declare verdadera incompatibilidad, verdadera lucha, verdadera
guerra a muerte entre esa misma revolución y las instituciones, entre
las nuevas ideas y el Trono, entre las reformas indispensables y la
persona de Su Majestad.