Pez y Rosalía, como he dicho, salían a dar vueltas por la terraza. La
ninfa de Rubens, carnosa y redonda, y el espiritual San José, de levita
y sin vara de azucenas, se sublimaban sobre aquel fondo arquitectónico
de piedra blanca que parece tosco marfil. Ella arrastraba la cola de su
elegante bata por las limpias baldosas unidas con asfalto, y él, con la
mano izquierda en el bolsillo del pantalón, recogido el borde de la
levita, accionaba levemente con la derecha, empuñando un junco por la
mitad. A veces los ruidos del patio atraían la atención de ambos y se
asomaban a la balaustrada. Era el coche de las infantitas, que iban de
paseo, o el del ministro de Estado que entraba. Deteníanse a ratos
delante de los cristales de la habitación de doña Tula, porque desde
dentro personas conocidas les saludaban con expresivo mover de manos. Ya
se paraban a hablar con doña Antonia, la guardarropa, que corría las
persianas y regaba sus tiestos; ya se les unía alguna distinguida
persona de la vecindad, la señora del secretario del Rey, la hermana
del mayordomo segundo, el inspector general con su hija, y paseaban
juntos conversando frívolamente. Cuando estaban enteramente solos, el
digno funcionario solía confiar a Rosalía sus disgustos domésticos, que
últimamente habían llegado a turbar la venturosa serenidad de su
carácter.
¡Oh! El gran Pez no era feliz en su vida conyugal. La señora de Pez, por
nombre Carolina, prima de los Lantiguas (aunque equivocadamente se ha
dicho en otra historia que descendía del frondoso árbol pipaónico), se
había entregado a la devoción. La que en otro tiempo fue la misma
dulzura, habíase vuelto arisca e intratable. Todo la enfadaba y estaba
siempre riñendo. Con tantos alardes de perfección moral y aquella
monomanía de prácticas religiosas, no se podían sufrir sus rasgos de
genio endemoniado, su fiscalización inquisitorial ni menos sus ásperas
censuras de las acciones ajenas. Pasaban meses sin que ella y su marido
cambiasen una sola palabra. Era la casa como un club por el disputar
constante y las reyertas fundadas en cualquier bobería. «Si la batalla
fuera exclusivamente entre ella y yo,--decía Pez--, lo llevaría con
paciencia--pero de poco tiempo acá intervienen con calor nuestros
hijos». Las pobres niñas no se mostraban deseosas de seguir a su mamá
por aquel camino de salvación... Naturalmente, eran jóvenes y
gustaban de ir al teatro y frecuentar la sociedad. ¡Qué escándalos, qué
sofocos, qué lloriqueos por esta incompatibilidad del solaz mundano y de
los deberes religiosos! No pasaba día sin que hubiese alguna tremolina y
también síncopes, por los cuales era preciso llamar al médico y traer
estas y las otras drogas... Pez procuraba transigir, concordar
voluntades; pero no conseguía nada. En último caso, siempre se inclinaba
del lado de las pobres chicas, porque le mortificaba verlas rezando más
de la cuenta y haciendo estúpidas penitencias. Si ellas eran muy
cristianas y católicas, ¿a qué conducía el volverlas santas y mártires a
quemarropa? Por su parte, D. Manuel conceptuaba indispensable el freno
religioso para el sostenimiento de la sociedad y el orden. Siempre había
defendido la Religión y le parecía muy bien que los gobiernos la
protegieran, persiguiendo a los difamadores de ella. Llegaba hasta
admitir, como indispensable en el régimen político de su tiempo, la
mojigatería del Estado, pero la mojigatería privada le reventaba.
Lo más grave de todo era la lucha de Carolina con sus hijos varones. El
pequeño no podía librarse aún de la tutela materna, y estaba todo el día
en la iglesia con su librito en la mano. Pero Joaquín, que ya tenía
veintidós años, abogado, filósofo, economista, literato, revistero,
historiógrafo, poeta, teogonista, ateneísta, ¿cómo se podía
someter a confesar y comulgar todos los domingos? Federico también era
muy precoz y hacía articulejos sobre el _Majabarata_. El trueno gordo
estallaba cuando uno u otro decían algo que a su mamá le parecía
sacrilegio. ¡Cristo la que se armaba! Un día, comiendo, tiró Carolina
del mantel, rompió los platos, derramó el contenido de ellos y la sal y
el vino, y se encerró en su cuarto, donde estuvo llorando tres horas. A
las pobrecitas Rosa y Josefa que hasta el Otoño anterior habían vestido
de corto, las obligaba a confesar todos los meses. ¡Inocentes!, ¿qué
pecados podían tener, si ni siquiera tenían novio?
Lo peor era que la displicente señora echaba a Pez la culpa de la
irreligiosidad de la prole. Sí, él era un ateo enmascarado, un herejote,
un racionalista, pues se contentaba con oír misa sólo los domingos, casi
desde la puerta, charlando de política con D. Francisco Cucúrbitas.
Creía que con hacer una genuflexión cuando alzaban, arrodillarse sobre
el pañuelo y garabatearse en el pecho y la frente la señal de la cruz,
bastaba. Para eso valía más ser protestante. En todo el tiempo que
llevaba de casada no le había visto acercarse ni una sola vez al
tribunal de la penitencia. Sus devociones habían sido puramente
decorativas, como llevar hacha en una procesión o sentarse en los bancos
de preferidos cuando se consagraba un obispo... En fin, con
estas tonterías de su mujer, estaba el pobre Pez, no en el agua, sino
sofocado y aburridísimo. Bien sabía él quién había metido a Carolina en
este fregado del misticismo, y no era obra que su prima Serafinita de
Lantigua, que gozaba opinión de santa. Hablando en plata, la tal prima
era una calamidad. En la iglesia veíanse diariamente a las seis de la
mañana Carolina y Serafinita, y allí se despachaban a su gusto. En casa,
la señora de Pez, cambiando a veces el estilo conminatorio por el
comparativo, ponía por modelo a sus hijos la virtud de Luisito Sudre, el
de Tellería, que era un santo en leche, y ya se daba zurriagazos en sus
rosadas carnes. Al pobre Pez le decía constantemente que se mirase en el
espejo de D. Juan de Lantigua, el gran católico, el gran letrado y
escritor, tan piadoso en la teoría como en la práctica, pues no hacía
nada contrario al dogma; ni su cristiandad era de fórmula, sino sincera
y real; hombre valiente y recto, que no se avergonzaba de cumplir con la
Iglesia y de estarse tres horas de rodillas al lado de las beatas. No
era como Pez, como toda la caterva moderada, que hace de la religión una
escalera para subir a los altos puestos; no era como esos hombres que se
enriquecen con los bienes del Clero y luego predican el Catolicismo en
el Congreso para engañar a los bobos; como esos hombres que llevan a
Cristo en los labios y a Luzbel en el corazón, y que creen que dando
algunos cuartitos para el Papa ya han cumplido. ¡Farsa,
comedia, abominación!
En fin, D. Manuel había tomado en aborrecimiento su domicilio, y estaba
en él lo menos posible. La tranquilidad no existía para él más que en la
oficina, donde no hacía más que fumar y recibir a los amigos, y en casa
de alguno de estos, como Bringas, por ejemplo. ¡Oh!, ¡cuánto envidiaba
la paz del hogar de D. Francisco y aquella dulce armonía entre los
caracteres de uno y otro cónyuge! Él había sido feliz en sus tiempos;
pero ya no. _Et in Arcadia ego._ Era un paria, un desterrado, y pedía
por favor que le tuvieran cariño y aun que le mimaran, para consolarse
de la tormentosa vida que llevaba en su casa.
Contaba Pez estas cosas a Rosalía con gran vehemencia, y ella le oía con
interés vivísimo y con lástima. Charlando, charlando, apenas sentían el
correr de las horas, y cuando del hondo patio salía la sombra lenta,
mezclada de un fresquecillo húmedo; cuando la luz solar se dilataba en
las alturas y empezaban a clavetear el cielo las pálidas estrellas, D.
Francisco, dejando los laboriosos pelos, aparecía frotándose los ojos, y
tomaba parte en la conversación.