XIII

Pez y Rosalía, como he dicho, salían a dar vueltas por la terraza. La

ninfa de Rubens, carnosa y redonda, y el espiritual San José, de levita

y sin vara de azucenas, se sublimaban sobre aquel fondo arquitectónico

de piedra blanca que parece tosco marfil. Ella arrastraba la cola de su

elegante bata por las limpias baldosas unidas con asfalto, y él, con la

mano izquierda en el bolsillo del pantalón, recogido el borde de la

levita, accionaba levemente con la derecha, empuñando un junco por la

mitad. A veces los ruidos del patio atraían la atención de ambos y se

asomaban a la balaustrada. Era el coche de las infantitas, que iban de

paseo, o el del ministro de Estado que entraba. Deteníanse a ratos

delante de los cristales de la habitación de doña Tula, porque desde

dentro personas conocidas les saludaban con expresivo mover de manos. Ya

se paraban a hablar con doña Antonia, la guardarropa, que corría las

persianas y regaba sus tiestos; ya se les unía alguna distinguida

persona de la vecindad, la señora del secretario del Rey, la hermana

del mayordomo segundo, el inspector general con su hija, y paseaban

juntos conversando frívolamente. Cuando estaban enteramente solos, el

digno funcionario solía confiar a Rosalía sus disgustos domésticos, que

últimamente habían llegado a turbar la venturosa serenidad de su

carácter.

¡Oh! El gran Pez no era feliz en su vida conyugal. La señora de Pez, por

nombre Carolina, prima de los Lantiguas (aunque equivocadamente se ha

dicho en otra historia que descendía del frondoso árbol pipaónico), se

había entregado a la devoción. La que en otro tiempo fue la misma

dulzura, habíase vuelto arisca e intratable. Todo la enfadaba y estaba

siempre riñendo. Con tantos alardes de perfección moral y aquella

monomanía de prácticas religiosas, no se podían sufrir sus rasgos de

genio endemoniado, su fiscalización inquisitorial ni menos sus ásperas

censuras de las acciones ajenas. Pasaban meses sin que ella y su marido

cambiasen una sola palabra. Era la casa como un club por el disputar

constante y las reyertas fundadas en cualquier bobería. «Si la batalla

fuera exclusivamente entre ella y yo,--decía Pez--, lo llevaría con

paciencia--pero de poco tiempo acá intervienen con calor nuestros

hijos». Las pobres niñas no se mostraban deseosas de seguir a su mamá

por aquel camino de salvación... Naturalmente, eran jóvenes y

gustaban de ir al teatro y frecuentar la sociedad. ¡Qué escándalos, qué

sofocos, qué lloriqueos por esta incompatibilidad del solaz mundano y de

los deberes religiosos! No pasaba día sin que hubiese alguna tremolina y

también síncopes, por los cuales era preciso llamar al médico y traer

estas y las otras drogas... Pez procuraba transigir, concordar

voluntades; pero no conseguía nada. En último caso, siempre se inclinaba

del lado de las pobres chicas, porque le mortificaba verlas rezando más

de la cuenta y haciendo estúpidas penitencias. Si ellas eran muy

cristianas y católicas, ¿a qué conducía el volverlas santas y mártires a

quemarropa? Por su parte, D. Manuel conceptuaba indispensable el freno

religioso para el sostenimiento de la sociedad y el orden. Siempre había

defendido la Religión y le parecía muy bien que los gobiernos la

protegieran, persiguiendo a los difamadores de ella. Llegaba hasta

admitir, como indispensable en el régimen político de su tiempo, la

mojigatería del Estado, pero la mojigatería privada le reventaba.

Lo más grave de todo era la lucha de Carolina con sus hijos varones. El

pequeño no podía librarse aún de la tutela materna, y estaba todo el día

en la iglesia con su librito en la mano. Pero Joaquín, que ya tenía

veintidós años, abogado, filósofo, economista, literato, revistero,

historiógrafo, poeta, teogonista, ateneísta, ¿cómo se podía

someter a confesar y comulgar todos los domingos? Federico también era

muy precoz y hacía articulejos sobre el _Majabarata_. El trueno gordo

estallaba cuando uno u otro decían algo que a su mamá le parecía

sacrilegio. ¡Cristo la que se armaba! Un día, comiendo, tiró Carolina

del mantel, rompió los platos, derramó el contenido de ellos y la sal y

el vino, y se encerró en su cuarto, donde estuvo llorando tres horas. A

las pobrecitas Rosa y Josefa que hasta el Otoño anterior habían vestido

de corto, las obligaba a confesar todos los meses. ¡Inocentes!, ¿qué

pecados podían tener, si ni siquiera tenían novio?

Lo peor era que la displicente señora echaba a Pez la culpa de la

irreligiosidad de la prole. Sí, él era un ateo enmascarado, un herejote,

un racionalista, pues se contentaba con oír misa sólo los domingos, casi

desde la puerta, charlando de política con D. Francisco Cucúrbitas.

Creía que con hacer una genuflexión cuando alzaban, arrodillarse sobre

el pañuelo y garabatearse en el pecho y la frente la señal de la cruz,

bastaba. Para eso valía más ser protestante. En todo el tiempo que

llevaba de casada no le había visto acercarse ni una sola vez al

tribunal de la penitencia. Sus devociones habían sido puramente

decorativas, como llevar hacha en una procesión o sentarse en los bancos

de preferidos cuando se consagraba un obispo... En fin, con

estas tonterías de su mujer, estaba el pobre Pez, no en el agua, sino

sofocado y aburridísimo. Bien sabía él quién había metido a Carolina en

este fregado del misticismo, y no era obra que su prima Serafinita de

Lantigua, que gozaba opinión de santa. Hablando en plata, la tal prima

era una calamidad. En la iglesia veíanse diariamente a las seis de la

mañana Carolina y Serafinita, y allí se despachaban a su gusto. En casa,

la señora de Pez, cambiando a veces el estilo conminatorio por el

comparativo, ponía por modelo a sus hijos la virtud de Luisito Sudre, el

de Tellería, que era un santo en leche, y ya se daba zurriagazos en sus

rosadas carnes. Al pobre Pez le decía constantemente que se mirase en el

espejo de D. Juan de Lantigua, el gran católico, el gran letrado y

escritor, tan piadoso en la teoría como en la práctica, pues no hacía

nada contrario al dogma; ni su cristiandad era de fórmula, sino sincera

y real; hombre valiente y recto, que no se avergonzaba de cumplir con la

Iglesia y de estarse tres horas de rodillas al lado de las beatas. No

era como Pez, como toda la caterva moderada, que hace de la religión una

escalera para subir a los altos puestos; no era como esos hombres que se

enriquecen con los bienes del Clero y luego predican el Catolicismo en

el Congreso para engañar a los bobos; como esos hombres que llevan a

Cristo en los labios y a Luzbel en el corazón, y que creen que dando

algunos cuartitos para el Papa ya han cumplido. ¡Farsa,

comedia, abominación!

En fin, D. Manuel había tomado en aborrecimiento su domicilio, y estaba

en él lo menos posible. La tranquilidad no existía para él más que en la

oficina, donde no hacía más que fumar y recibir a los amigos, y en casa

de alguno de estos, como Bringas, por ejemplo. ¡Oh!, ¡cuánto envidiaba

la paz del hogar de D. Francisco y aquella dulce armonía entre los

caracteres de uno y otro cónyuge! Él había sido feliz en sus tiempos;

pero ya no. _Et in Arcadia ego._ Era un paria, un desterrado, y pedía

por favor que le tuvieran cariño y aun que le mimaran, para consolarse

de la tormentosa vida que llevaba en su casa.

Contaba Pez estas cosas a Rosalía con gran vehemencia, y ella le oía con

interés vivísimo y con lástima. Charlando, charlando, apenas sentían el

correr de las horas, y cuando del hondo patio salía la sombra lenta,

mezclada de un fresquecillo húmedo; cuando la luz solar se dilataba en

las alturas y empezaban a clavetear el cielo las pálidas estrellas, D.

Francisco, dejando los laboriosos pelos, aparecía frotándose los ojos, y

tomaba parte en la conversación.

La de Bringas · 第 13 / 50 题