Se determinó, sí, y para explicar la posesión de tan soberbia gala, tuvo
que apelar al recursillo, un tanto gastado ya, de la munificencia de Su
Majestad. Aquí de las casualidades. Hallábase Rosalía en la Cámara Real
en el momento que destapaban unas cajas recién llegadas de París. La
Reina se probó un _canesú_ que le venía estrecho, un cuerpo que le
estaba ancho. La real modista, allí presente, hacía observaciones sobre
la manera de arreglar aquellas prendas. Luego, de una caja preciosa
forrada de cretona por dentro y por fuera... una tela que parecía
rasete... sacaron tres manteletas. Una de ellas le caía maravillosamente
a Su Majestad; las otras dos no. «Ponte esa, Rosaliíta... ¿Qué tal? Ni
pintada». En efecto, ni con medida estuviera mejor. «¡Qué bien, qué
bien!... A ver, vuélvete... ¿Sabes que me da no sé qué de quitártela?
No, no te la quites...». «Pero Señora, por amor de Dios...». «No,
déjala. Es tuya por derecho de conquista. ¡Es que tienes un cuerpo...!
Úsala en mi nombre, y no se hable más de ello». De esta manera
tan gallarda obsequiaba a sus amigas la graciosa soberana... Faltó poco
para que a mi buen Thiers se le saltaran las lágrimas oyendo el bien
contado relato.
Si no estoy equivocado, la deglución de esta gran bola por el ancho
tragadero de D. Francisco acaeció en Abril. Tranquila descansaba Rosalía
en la idea de lo remoto del pago, creyendo poder reunir la suma en un
par de meses, cuando allá por los primeros días de Mayo... ¡zas!, la
cuenta. Por entonces fue el casamiento de la Infanta Isabel, y estaba la
Pipaón muy entretenida, sin acordarse de su compromiso ni de la cuenta
de Sobrino. Quedose yerta al recibirla, y miraba con alelados ojos el
papel sin acertar a salir del paso con una respuesta u observación
cualquiera, porque pensar que saldría con dinero era pensar lo
imposible... Nunca se había visto en trance igual, porque Bringas tenía
por sistema no comprar nada sin el _dinero por delante_. Al fin,
tartamudeando, dijo al condenado hombre de la cuenta que ella pasaría a
pagarla «mañana... no, al otro día; en fin, un día de estos».
Por fortuna, Bringas no estaba en casa. Dos o tres días vivió Rosalía en
grande incertidumbre. Cada vez que sonaba la campanilla, parecíale que
llegaba otra vez el dichoso hombre aquel con el antipático papelito...
¡Si Bringas se enteraba...! Pensando esto, su zozobra era verdadero
terror, y empezó a discurrir el modo de salir del paso. Pocos
días antes había tenido casi la mitad del dinero; pero confiada en que
no la pasarían la cuenta, habíalo gastado en cosillas para los niños. No
le gustaba componerse ella sola, sino que tenía vanidad en emperejilar
bien a sus hijos para que alternaran dignamente con los niños de otras
familias de la ciudad. En estos pitos y flautas, a saber, unos
cuellitos, un arreglo de sombrero, medias azules, guantes encarnados,
una gorra de marino que decía en letras de otro _Numancia_, y dos
cinturones de cuero se lo habían ido la semana anterior más de
seiscientos reales, los cuales no hubieran podido reunirse en su
bolsillo sin sustituir, durante larga temporada, el principio de falda
de ternera por un plato de sesos altos, que se ponían un día sí y otro
no, alternando con tortilla de escabeche.
El arqueo de su caja no arrojó más de ciento doce reales, y en la tienda
había una trampita de que Bringas no tenía noticia. ¿Qué hacer, Señor?
Era preciso buscar dinero a todo trance. ¿Pero dónde, cómo? Hizo
discretas insinuaciones a Milagros, pero la marquesa estaba afectada
aquel día de una sordera intelectual tan persistente que no comprendió
nada. Las distracciones e incongruencias de la de Tellería podían
traducirse así: «querida amiga, llame usted a otra puerta». ¿A qué
puerta?, ¿a la de Cándida? Intentolo Rosalía, hallando en la ilustre
viuda los mejores deseos; pero daba la maldita casualidad de
que su administrador no le había traído aún la recaudación de las
casas... Luego se había metido en unos gastos de reparaciones... En fin,
que no había salvación por aquella parte. Al cabo la Providencia deparó
a Rosalía el suspirado auxilio por mediación de aquel Gonzalo Torres,
amigo constante de la familia, el cual les visitaba tan a menudo en
Palacio como en la casa de la Costanilla.
Solía manejar Torres dineros ajenos, y a veces tenía en su poder
cantidades no pequeñas, de las cuales sacaba algún beneficio durante la
breve posesión de ellas. Aprovechando la ausencia de su marido,
declarole Rosalía con tanto énfasis como sinceridad su apuro, y el bueno
de Gonzalo la tranquilizó al momento. ¡Qué pronto volvieron las rosas,
para hablar a lo poético, al demudado rostro de la dama!... Felizmente,
Torres tenía en su poder una cantidad que era de Mompous y Bruil; pero
sin cuidado ninguno podía dilatar la entrega un mes. Si la de Bringas se
comprometía a devolverla los mil y setecientos reales en el plazo de
treinta días, ningún inconveniente había en facilitárselos. Al
contrario, él tenía muchísimo gusto... ¡Un mes!, ¡qué dicha! Ni tanto
tiempo necesitaba ella para reunir la cantidad, bien exprimiendo con
implacables ahorros el presupuesto ordinario, bien vendiendo algunas
prendas que ya habían pasado de moda... ¡Ah!, cuidadito...
secreto absoluto con Bringas...
Segura ya de poder cumplir con _Sobrino Hermanos_, se descargaba su
conciencia de un peso horrible. Ya no le cortaría la respiración el
miedo de que apareciese el funesto cobrador de la tienda cuando Bringas
estaba en la casa. Recobró el apetito que había perdido, y sus nervios
se tranquilizaron. Es que, la verdad, hallábase por aquellos días bajo
la acción de un trastorno espasmódico que simulaba una desazón grave, y
le costó trabajo impedir que su marido llamara al médico de _Familia_.
Se estaba poniendo el mantón para ir a pagar (pues Torres le trajo el
dinero aquella misma tarde), cuando entró Milagros. ¡Qué guapa venía y
qué elegante!... «Mire usted... he tomado esta cinta azul para el
_canesú_. Es de un tono muy nuevo y con un tornasol verde que... ¿ve
usted como cambia?... Descansaré un momento y luego saldremos juntas.
Traigo mi coche... ¡Ah! ¡Si viera usted que sombreros tan preciosos han
recibido las _Toscanas_! Hay uno que es para modelo, divino,
originalísimo, sobrenatural. Figúrese usted... un _Florián_ de paja de
Italia, adornado de flores del campo y terciopelo negro... Aquí, a un
ladito, tiene una _aigrette_ con pie negro colocada así, así... Por
detrás velo negro que cae sobre la espalda... Pero piden por él un ojo
de la cara».
ROSALÍA.--=(sintiendo un bulle-bulle en su cabeza y representándose, con
admirable poder de alucinación, el conjunto y las partes todas del bien
descrito sombrero.)= Aunque no lo hemos de comprar, pasaremos por allí
para verlo.
Salieron juntas y entraron en el coche, que esperaba en la puerta del
Príncipe. Milagros charlaba sin fatiga. Ocupose de las cosas que había
visto, de las telas para verano que habían llegado a la tienda de
_Sobrino Hermanos_ y de las obras que proyectaba, en orden de
vestimenta, contando con los no muy abundantes recursos a que la tenía
reducida su marido. Repentinamente acordose de que debía pagar la
compostura y reforma de un alfiler en casa del diamantista... ¡Qué
diablura!, se le había olvidado el portamonedas, y en aquella casa ni le
daban crédito ni quería solicitarlo, por cierta cuestión desabrida que
tuvo en otro tiempo con el dueño de ella... No había que apurarse por
tan poca cosa. Rosalía llevaba dinero. «¡Ah!, bueno... es lo mismo. Se
lo daré a usted mañana o pasado... En fin, cuando nos veamos».
Por un instante quedose perpleja y desconcertada la señora del buen
Thiers, no sabiendo si arrepentirse del ofrecimiento que había hecho, o
si congratularse del servicio que gallardamente prestaba a su amiga.
Pero el alma humana es manantial inagotable de remedios para sus propios
males, y la turbación de Rosalía curose con un raciocinio que
en su mollera brotó muy oportunamente, el cual hubo de desenvolverse
así: «Pago la mitad de la cuenta a _Sobrino_, asegurándole que la otra
mitad será sin falta el mes que viene. Doy a Milagros los treinta duros
que necesita ¡la pobre!, y aún me queda algo para el pedazo de
_foulard_, para las dos o tres plumas del sombrero de Isabelita y los
botones de nácar. La verdad, no me puedo pasar sin ellos». Todo se
cumplió al pie de la letra, conforme al programa de aquel raciocinio
nacido en el zarandeo de un coche, corriendo de tienda en tienda, bajo
la acción intoxicante de una embriaguez de trapos.