La belleza de Milagros no había llegado aún al ocaso en que se nos
aparece en la triste historia de su yerno por los años de 75 a 78; pero
se alejaba ya bastante del meridiano de la vida. El procedimiento de
restauración que empleaba con rara habilidad no se denunciaba aún a sí
mismo, como esos revocos deslucidos por las malas condiciones del
edificio a que se aplican. La defendían del tiempo su ingenio, su
elegancia, su refinado gusto en artes de vestimenta y la simpatía que
sabía inspirar a cuantos no la trataban de cerca.
Todas estas cualidades subyugaban por igual el espíritu de Rosalía
Bringas; pero la que descollaba entre ellas como la más tiránica era el
exquisito gusto en materia de trapos y modas. Este don de su amiga era
para la Bringas como un sol resplandeciente al cual no se podía mirar
cara a cara sin deslumbrarse. Porque en tal estimación tenía la
autoridad de la marquesa en estos tratados, que no se atrevía a tener
opinión que no fuera un reflejo de las augustas verdades
proclamadas por ella. Todas las dudas sobre un color o forma de vestido
quedaban cortadas con una palabra de Milagros. Lo que esta decía era ya
cuerpo jurídico para toda cuestión que ocurriera después, y como no sólo
legislaba sino que autorizaba su doctrina con el buen ejemplo,
vistiéndose de una manera intachable, la de Bringas, que en esta época
de nuestra historia se había apasionado grandemente por los vestidos,
elevó a Milagros en su alma un verdadero altar. La viuda de García
Grande cautivaba a Rosalía con su prestigio de figura histórica.
Respetábala esta como a los dioses de una religión muerta; mas a
Milagros la tenía en el predicamento de los dogmas vivos y de los dioses
en ejercicio. Nadie en el mundo, ni aun Bringas, tenía sobre la Pipaón
ascendiente tan grande como Milagros. Aquella mujer, autoritaria y algo
descortés con los iguales e inferiores, se volvía tímida en presencia de
su ídolo, que era también su maestro.
Los regalitos de Agustín Caballero y la cesión de todas las galas que
había comprado para su boda, despertaron en Rosalía aquella pasión del
vestir. Su antigua modestia, que más tenía de necesidad que de virtud,
fue sometida a una prueba de la que no salió victoriosa. En otro tiempo,
la prudencia de Thiers pudo poner un freno a los apetitos de lujo,
haciéndonos creer a todos que no existían, cuando lo único
positivo en esto era la imposibilidad de satisfacerlos. Es el incidente
primordial de la historia humana, y el caso eterno, el caso de los casos
en orden de fragilidad. Mientras no se probó la fruta, prohibida por
aquel Dios doméstico, todo marchaba muy bien. Pero la manzana fue
mordida, sin que el Demonio tomara aquí forma de serpiente ni de otro
animal ruin, y adiós mi modestia. Después de haber estrenado tantos y
tan hermosos trajes, ¿cómo resignarse a volver a los trapitos antiguos y
a no variar nunca de moda? Esto no podía ser. Aquel bendito Agustín
había sido, generosamente y sin pensarlo, el corruptor de su prima;
había sido la serpiente de buena fe que le metió en la cabeza las más
peligrosas vanidades que pueden ahuecar el cerebro de una mujer. Los
regalitos fueron la fruta cuya dulzura le quitó la inocencia, y por
culpa de ellos un ángel con espada de raso me la echó de aquel paraíso
en que su Bringas la tenía tan sujeta. Nada, nada... cuesta trabajo
creer que aquello de Doña Eva sea tan remoto. Digan lo que quieran,
debió pasar ayer, según está de fresquito y palpitante el tal suceso.
Parece que lo han traído los periódicos de anoche.
Como Bringas reprobaba que su mujer variase de vestidos y gastase en
galas y adornos, ella afectaba despreciar las novedades; pero a
cencerros tapados estaba siempre haciendo reformas, combinando
trapos e interpretando más o menos libremente lo que traían los
figurines. Cuando Milagros iba a pasar un rato con ella, si Bringas
estaba en la oficina, charlaban a sus anchas, desahogando cada cual a su
modo la pasión que a entrambas dominaba.
X
Pero si el santo varón estaba en su hueco de ventana, zambullido en el
microcosmos de la obra de pelo, las dos damas se encerraban en el Camón,
y allí se despachaban a su gusto sin testigos. Tiraba Rosalía de los
cajones de la cómoda suavemente para no hacer ruido; sacaba faldas,
cuerpos pendientes de reforma, pedazos de tela cortada o por cortar,
tiras de terciopelo y seda; y poniéndolo todo sobre un sofá, sobre
sillas, baúles o en el suelo si era necesario; empezaba un febril
consejo sobre lo que se debía hacer para lograr el efecto mejor y más
llamativo dentro de la distinción. Estos consejos no tenían término, y
si se tomara acta de ellos, ofrecerían un curioso registro enciclopédico
de esta pasión mujeril que hace en el mundo más estragos que
las revoluciones. Las dos hablaban en voz baja para que no se enterase
Bringas, y era su cuchicheo rápido, ahogado, vehemente, a veces
indicando indecisión y sobresalto, a veces el entusiasmo de una idea
feliz. Los términos franceses que matizaban este coloquio se despegaban
del tejido de nuestra lengua; pero aunque sea clavándolos con alfileres,
los he de sujetar para que el exótico idioma de los trapos no pierda su
genialidad castiza.
ROSALÍA.--=(Mirando un figurín.)= Si he de decir la verdad, yo no entiendo
esto. No sé cómo se han de unir atrás los faldones de la _casaca de
guardia francesa_.
MILAGROS.--=(Con cierto aturdimiento, al cual se sobrepone poco a poco su
gran juicio.)= Dejemos a un lado los figurines. Seguirlos servilmente
lleva a lo afectado y _estrepitoso_. Empecemos por la elección de tela.
¿Elige usted la muselina blanca con viso de _foulard_? Pues entonces no
puede adoptarse la casaca.
ROSALÍA.--=(Con decisión.)= No; escojo resueltamente el _gros glasé_,
color _cenizas de rosa_. Sobrino me ha dicho que le devuelva el que me
sobre. El _gros glasé_ me lo pone a veinticuatro reales.
MILAGROS.--=(Meditando.)= Bueno: pues si nos fijamos en el _gros glasé_,
yo haría la falda adornada con cuatro volantes de unas cuatro pulgas;
¿a ver?, no; de cinco o seis, poniéndolo al borde un _bies_
estrecho de _glasé_ _verde naciente_... ¿Eh?
ROSALÍA.--=(Contemplando en éxtasis lo que aún no es más que una
abstracción.)=Muy bien... ¿Y el cuerpo?
MILAGROS.--=(Tomando un cuerpo a medio hacer y modelando con sus hábiles
manos en la tela las solapas y los faldones.)= La _casaca guardia
francesa_ va abierta en corazón, con solapas, y se cierra al costado
sobre el tallo con tres o cuatro botones verdes... aquí. Los faldones...
¿me comprende usted?, se abren por delante... así... mostrando el forro,
que es verde como la solapa; y esas vueltas se unen atrás con
ahuecador... =(La dama, echando atrás sus manos, ahueca su propio vestido
en aquella parte prominentísima, donde se han de reunir las vueltas de
los faldones de la casaca.)= ¿Se entera usted?... Resulta monísimo. Ya he
dicho que el forro de esta casaca es de _gros_ verde y lleva al borde de
las vueltas un _ruche_ de cinta igual a la de los volantes... ¿qué tal?
¡Ah!, no olvide usted que para este traje hace falta camiseta de batista
bien plegadita, con encaje _valenciennes_ plegado en el cuello... los
puños holgaditos, holgaditos; que caigan sobre las muñecas.
ROSALÍA.--¡Oh!... camisetas tengo de dos o tres clases...
MILAGROS.--He visto la que le ha venido de París a Pilar San
Salomó con el traje para comida y teatro... =(Con emoción estética,
poniendo los ojos en blanco.)=¡Qué traje! ¡Cosa más divina...!
ROSALÍA.--=(Con ansioso interés.)= ¿Cómo es?
MILAGROS.--Falda de raso rosa, tocando al suelo, adornada con un volante
cubierto de encaje. ¡Qué cosa más _chic_! Sobre el mismo van ocho cintas
de terciopelo negro.
ROSALÍA.--¿Y bullones?
MILAGROS.--Cuatro órdenes. Luego, sobre la falda, se ajusta a la cintura
=(Uniendo a la palabra la mímica descriptiva de las manos en su propio
talle.)= ¿comprende usted?... se ajusta a la cintura un manto de corte...
Viene así, y cae por acá, formando atrás un _cogido_, un gran _pouff_.
=(Con entusiasmo.)= ¡Qué original! Por debajo del cogido se prolongan en
gran cola los mismos bullones que en la falda; ¡pero qué bien ideado!
¡Es de lo sublime!... Vea usted... así... por aquí... en semejante
forma... correspondiendo con ellos solamente por un _retroussé_... Es
decir, que el manto tiene una solapa cuyos picos vienen aquí... bajo el
_pouff_... ¿entiende usted, querida?
ROSALÍA.--=(Embebecida.)= Sí... entiendo... lo veo... Será precioso...
MILAGROS.--=(Expresando soberbiamente con un gesto la acertada colocación
de lo que describe.)= Lazo grande de raso sobre los bullones... Es de un
efecto maravilloso.
ROSALÍA.--=(Asimilándose todo lo que oye.)= ¿Y el cuerpo?
MILAGROS.--Muy bajo, con tirantes sujetos a los hombros por medio de
lazos... Pero cuidado: estos lazos no tienen caídas... ¡La camiseta es
de una novedad...!, de seda bullonada con cintas estrechitas de
terciopelo pasadas entre puntos. Las mangas largas...
ROSALÍA.--=(Quitando y poniendo telas y retazos para comparar mejor.)= Se
me ocurre una idea para la camiseta de este traje. Si escojo al fin el
color _cenizas de rosa_... =(Deteniéndose meditabunda.)= ¡Qué torpe soy
para decidirme! El figurín... =(Recogiendo todo con susto y rapidez.)= Me
parece que siento a Bringas. Son un suplicio estos tapujos...
MILAGROS.--=(Ayudándola a guardar todo atropelladamente.)= Sí; siento su
tosecilla. Ay, amiga, su marido de usted parece la Aduana, por lo que
persigue los trapos... Escondamos el contrabando.
Ratos felices eran para Rosalía estos que pasaba con la marquesa
discutiendo la forma y manera de arreglar sus vestidos. Pero el gozo
mayor de ella era acompañar a su amiga a las tiendas, aunque pasaba
desconsuelos por no poder comprar las muchísimas cosas buenas que veía.
El tiempo se les iba sin sentirlo. Milagros se hacía mostrar todo lo de
la tienda, revolvía, comparando; pasaba del brusco antojo al frío
desdén; regateaba, y concluía por adquirir diferentes cosas,
cuyo importe cargábanle en su cuenta. Rosalía, si algo compraba, después
de pensarlo mucho y dar mil vueltas al dinero, pagaba siempre a
tocateja. Sus compras no eran generalmente más que de retales, pedacitos
o alguna tela anticuada, para hacer combinaciones con lo bueno que ella
tenía en su casa, y refundir lo viejo dándole viso y representación de
novedad.
Pero un día vio en casa de _Sobrino Hermanos_ una manteleta... ¡qué
pieza, qué manzana de Eva! La pasión del coleccionista en presencia de
un ejemplar raro, el entusiasmo del cazador a la vista de una brava y
corpulenta res no nos dan idea de esta formidable querencia del trapo en
ciertas mujeres. A Rosalía se le iban los ojos tras la soberbia prenda,
cuando el amable dependiente del comercio enseñaba un surtido de ellas,
amontonándolas sobre el mostrador como si fueran sacos vacíos. Preguntó
con timidez el precio y no se atrevió a regatearla. La enormidad del
coste la aterraba casi tanto como la seducía lo espléndido de la pieza,
en la cual el terciopelo, el paño y la brillante cordonería se
combinaban peregrinamente. En su casa no pudo apartar de la imaginación,
todo aquel día y toda la noche, la dichosa manteleta, y de tal modo
arrebataba su sangre el ardor del deseo, que temió un ataquillo de
erisipela si no lo saciaba. Volvió con Milagros a tiendas al día
siguiente, con ánimo de no entrar en la de Sobrino, donde la
gran tentación estaba; pero el Demonio arregló las cosas para que
fueran, y he aquí que aparecen otra vez sobre el mostrador las cajas
blancas, aquellas arcas de satinado cartón donde se archivan los sueños
de las damas. El dependiente las sacaba una por una, formando negra
pila. La preferida apareció con su forma elegante y su lujosa
pasamanería, en la cual las centellicas negras del abalorio, temblando
entre felpas, confirmaban todo lo que los poetas han dicho del manto de
la noche. Rosalía hubo de sentir frío en el pecho, ardor en las sienes,
y en sus hombros los nervios le sugirieron tan al vivo la sensación del
contacto y peso de la manteleta, que creyó llevarla ya puesta.
--¡Cómprela usted... por Dios!--dijo Milagros a su amiga de un modo tan
insinuante que los dependientes y el mismo Sobrino no pudieron menos de
apoyar un concepto tan juicioso. ¿Por qué ha de privarse de una prenda
que le cae tan bien?
Y cuando los tenderos se alejaron un poco en dirección a otro grupo de
parroquianas, la marquesa siguió catequizando a su amiga con este
susurro:
--No se prive usted de comprarla si le gusta... y en verdad, es muy
barata... Basta que venga usted conmigo para que no tenga necesidad de
pagarla ahora. Yo tengo aquí mucho crédito. No le pasarán a
usted la cuenta hasta dentro de algunos meses, a la entrada del verano,
y quizás a fin de año.
La idea del largo plazo hizo titubear a Rosalía, inclinando todo su
espíritu del lado de la compra... La verdad, mil setecientos reales no
eran suma exorbitante para ella, y fácil le sería reunirlos, si la
prendera le vendía algunas cosas que ya no quería ponerse; si además
economizaba, escatimando con paciencia y tesón el gasto diario de la
casa. Lo peor era que Bringas no había de autorizar un gasto tan
considerable en cosa que no era de necesidad absoluta.
Otras veces había hecho ella misma sus _polkas_ y manteletas, pidiendo
prestada una para modelo. Comprando los avíos en la subida de Santa
Cruz, empalmando pedazos, disimulando remiendos, obtenía un resultado
satisfactorio con mucho trabajo y poco dinero. ¿Pero cómo podían
compararse las _pobreterías_ hechas por ella con aquel brillante modelo
venido de París?... Bringas no autorizaría aquel lujo que sin duda le
había de parecer _asiático_, y para que la cosa pasara, era necesario
engañarle... No, no; no se determinaba. El hecho era grave, y aquel
despilfarro rompería de un modo harto brusco las tradiciones de la
familia. Mas ¡era tan hermosa la manteleta...! Los parisienses la habían
hecho para ella... Se determinaba, ¿sí o no?