VIII

Y ellas: «¡qué boniiito, qué precioooso...! ¡Alabaaado Dios... qué dedos

de ángel! D. Francisco, se va usted a quedar ciego...».

Lo que cuento ocurría en la Primavera del 68, y el Jueves Santo de aquel

año fue uno de los días en que más alborotaron. Don Francisco,

santificador de las fiestas, asistió de gran etiqueta, con su cruz y

todo, a la solemnidad religiosa en la capilla. Rosalía también se

personó en la regia morada, juzgando que era indispensable su presencia

para que las ceremonias tuviesen todo el brillo y pompa convenientes.

Cándida no bajó, aparentemente «porque estaba cansada de ceremoniales»,

en realidad porque no tenía vestido. Las chicas de Lantigua y la Sudre

invadieron desde muy temprano la habitación de doña Tula, que por razón

de su cargo bajó muy emperejilada, dejando el gracioso rebaño a cargo

de una señora que la acompañaba. ¡Cuánto de divirtieron aquel

día, y cuánto hicieron rabiar a los pollos Leoncito, Federiquito

Cimarra, el de Horro y otros no menos guapos y bien aprovechados! Les

invitaron a subir con engaño a un palomar alto diciéndoles que desde

allí se veía el interior de la capilla, y luego me les encerraron hasta

media tarde.

Como eran amigas del sacristán, vecino de Cándida, pudieron colocarse en

la escalera de la capilla hasta vislumbrar, por entre puertas

entornadas, la mitra del patriarca y dos velas apagadas del tenebrario,

un altar cubierto de tela morada, algunas calvas de capellanes y algunos

pechos de gentiles hombres cargados de cruces y bandas; pero nada más.

Poco más tarde lograron ver algo de la hermosa ceremonia de dar la

comida a los pobres después del lavatorio. Hay en el ala meridional de

la terraza unas grandes claraboyas de cristales, protegidos por redes de

alambre. Corresponden a la escalera principal, al Salón de Guardias y al

de Columnas. Asomándose por ellas, se ve tan de cerca el curvo techo,

que resultan monstruosas y groseramente pintadas las figuras que lo

decoran. Angelones y ninfas extienden por la escocia sus piernas

enormes, cabalgando sobre nubes que semejan pacas de algodón gris. De

otras figuras creeríase que con el esfuerzo de su colosal musculatura

levantan en vilo la armazón del techo. En cambio, las flores de

la alfombra, que se ve en lo profundo, tomaríanse por miniaturas.

Multitud de personas de todas clases, habitantes en la ciudad, acudieron

tempranito a coger puesto en las claraboyas del Salón de Columnas para

ver la comida de los pobres. Se enracimaban las mujeres junto a los

grandes círculos de cristales, y como no faltaban agujeros, las que

podían colocarse en la delantera, aunque fuera repartiendo codazos,

gozaban de aquel pomposo acto de humildad regia que cada cual

interpretará como quiera. No faltaba quien cortara el vidrio con el

diamante de una sortija para practicar huequecillos allí donde no los

había. ¡Qué desorden, qué rumor de gentío impaciente y dicharachero! Las

personas extrañas, que habían ido en calidad de invitadas, eran tan

impertinentes que querían para si todos los miraderos. Mas Cándida, con

aquella autoridad de que sabía revestirse en toda ocasión grave, mandó

despejar una de las claraboyas para que tomaran libre posesión de ella

las niñas de Tellería, Lantigua y Bringas. ¡Demontre de señora! Amenazó

con poner en la calle a toda la gente forastera si no se la obedecía.

Curioso espectáculo era el del Salón de Columnas visto desde el techo.

La mesa de los doce pobres no se veía muy bien; pero la de las doce

ancianas estaba enfrente y ni un detalle se perdía. ¡Qué avergonzadas

las infelices con sus vestidos de merino, sus mantones nuevos y

sus pañuelos por la cabeza! ¡Verse entre tanta pompa, servidas por la

misma Reina, ellas que el día antes pedían un triste ochavo en la puerta

de una iglesia!... No alzaban sus ojos de la mesa más que para mirar

atónitas a las personas que les servían. Algunas derramaban lágrimas de

azoramiento más que de gratitud, porque su situación entre los poderosos

de la tierra y ante la caridad de etiqueta que las favorecía, más era

para humillar que para engreír. Si todos los esfuerzos de la imaginación

no bastarían a representarnos a Cristo de frac, tampoco hay razonamiento

que nos pueda convencer de que esta comedia palaciega tiene nada que ver

con el Evangelio.

Los platos eran tomados en la puerta, de manos de los criados, por las

estiradas personas que hacían de camareros en tan piadosa ocasión.

Formando cadena, las damas y gentiles hombres los iban pasando hasta las

propias manos de los Reyes, quienes los presentaban a los pobres con

cierto aire de benevolencia y cortesía, única nota simpática en la farsa

de aquel cuadro teatral. Pero los infelices no comían, que si de comer

se tratara muy apurados se habían de ver. Seguramente sus torpes manos

no recordaban cómo se lleva la comida a la boca. Puestas las raciones

sobre la mesa, un criado las cogía y las iba poniendo en sendos cestos

que tenía cada pobre detrás de su asiento. Poco después, cuando

las personas reales y la grandeza abandonaron el Salón, salieron

aquellos con su canasto, y en los aposentos de la repostería les

esperaban los fondistas de Madrid o bien otros singulares negociantes

para comprarles todo por unos cuantos duros.

Mientras duró la comida, las graciosas espectadoras no cesaban en su

charla picotera. María Egipciaca, habría deseado estar abajo, con gran

vestido de cola, pasando bandejas. Una de las de Lantigua se aventuraba

a sostener que aquello era una comedia mal representada, y otra sólo se

fijaba en el lujo de los trajes y uniformes.

--Mira, mira mi mamá. ¿La ves con su vestido melocotón? Está junto al

señor de Pez, conversando con él.

--Sí... ahora miran al techo... Bien sabe que estamos aquí. Y a D.

Francisco también le veo, allí... junto al mayordomo de semana. A su

lado mi mamá...

--¡Qué hermosa está la marquesa con su falda de color malva y su

manto!... ¡Ah!, doña Tula, doña Tula... si mirara para arriba, si nos

viera... Aquí estamos...

--Cada ceremonia de estas le cuesta a mi tía muchas jaquecas y muchos

disgustos, porque no sabéis las recomendaciones que recibe... Para

veinticuatro pobres, hay unas trescientas recomendaciones. Todos los

días cartas y recaditos de la marquesa o la condesa. ¡Hija...!,

parece que les van a dar un destino gordo.

--Dímelo a mi, niña--manifestó con soberano hastío Cándida--, que ayer y

hoy no me han dejado vivir. Tomasa, la moza de cámara, vecina mía, fue

la encargada de lavar a las tales doce ancianas pobres y cambiarles sus

pingajos por los olorosos vestidos que se han puesto hoy. ¡Pobres

mujeres! Es la segunda agua que les cae en su vida, y sería la primera

si no se hubieran bautizado. ¡Ay, hijas!... ¡qué escena la de esta

mañana! Créanlo, han gastado una tinaja de agua de colonia... Yo quise

ayudar un poco, porque así me parecía cumplir algo de lo que nos ordena

Nuestro Señor Jesucristo. Si no es por mí, el fregado no se acaba en

toda la mañana... Hablando con verdad, si yo fuera pobre y me trajeran a

esta ceremonia no lo había de agradecer nada, porque francamente, el

susto que pasan y la molestia de verse tan lavados, no se compensan con

lo que les dan.

Las graciosas pollas, en cuya tierna edad tanto valor tenían lo

espiritual e imaginativo, no comprendían estas razones prácticas de la

experimentada doña Cándida, y todo lo encontraban propio, bonito y

adecuado a la doble majestad de la Religión y del Trono...

Isabelita Bringas era una niña raquítica, débil, espiritada, y se

observaban en ella predisposiciones epilépticas. Su sueño era muy a

menudo turbado por angustiosas pesadillas, seguidas de vómito y

convulsiones, y a veces, faltando este síntoma, el precoz mal se

manifestaba de un modo más alarmante. Se ponía como lela y tardaba mucho

en comprender las cosas, perdiendo completamente la vivacidad infantil.

No se la podía regañar, y en el colegio la maestra tenía orden de no

imponerle ningún castigo ni exigir de ella aplicación y trabajo. Si

durante el día presenciaba algo que excitase su sensibilidad o se

contaban delante de ella casos lastimosos, por la noche lo reproducía

todo en su agitado sueño. Esto se agravaba cuando por exceso en las

comidas o por malas condiciones de esta, el trabajo digestivo del

estómago de la pobre niña era superior a sus escasas fuerzas. Aquel

jueves doña Tula dio de comer espléndidamente a sus amiguitas. La niña

de Bringas se atracó de un plato de leche, que le gustaba mucho; pero

bien caro lo pagó la pobre, pues no hacía un cuarto de hora que se había

acostado, cuando fue acometida de fiebre y delirio, y empezó a ver y

sentir entre horribles disparates todos los incidentes, personas y cosas

de aquel día tan bullicioso en que se había divertido tanto. Repetía los

juegos por la terraza; veía a las chicas todas, enormemente

desfiguradas, y a Cándida como una gran pastora negra que guardaba el

rebaño; asistía nuevamente a la ceremonia de la comida de los pobres,

asomada por un hueco de la claraboya, y las figuras del techo

se animaban, sacando fuera sus manazas para asustar a los curiosos...

Después oyó tocar la marcha real. ¿Era que la Reina subía a la terraza?

No; aparecían por la puerta de la escalera de Damas su mamá, asida al

brazo de Pez, y su papá dando el suyo a la marquesa de Tellería. ¡Qué

guapas venían arrastrando aquellas colas que sin duda tenían más de una

legua!... Y ellos, ¡qué bien empaquetados y qué tiesos!... Venían a

descansar y tomar un refrigerio en casa de doña Tula, para acompañar más

tarde _a la Señora_ y a toda la Corte en la visita de Sagrarios... Por

todas las puertas de la parte alta de Palacio aparecían libreas varias,

mucho trapo azul y rojo, mucho galón de oro y plata, infinitos

tricornios... Delirando más, veía la ciudad resplandeciente y esmaltada

de mil colorines. Seguramente era una ciudad de muñecas; ¡pero qué

muñecas!... Por diversos lados salían blancas pelucas, y ninguna puerta

se abría en los huecos del piso segundo, sin dar paso a una bonita

figura de cera, estopa o porcelana; y todas corrían por los pasadizos

gritando: «ya es la hora...». En las escaleras se cruzaban galones que

subían con galones que bajaban... Todos los muñecos tenían prisa. A este

se le olvidaba una cosa, a aquel otra, una hebilla, una pluma, un

cordón. Unos llamaban a sus mujeres para que les alcanzasen algo, y

todos repetían: «¡la hora...!». Después se arremolinaban abajo, en la

escalera principal. En el patio, los alabarderos se revolvían

con los cocheros y lacayos, y era como una gran cazuela en que hirvieran

miembros humanos de muchos colores, retorciéndose a la acción del

calor... Su mamá y su papá volvieron a aparecer... ¡Vaya, que iban

hermosotes! Pero mucho más bonito estaría su papá cuando se hiciese

caballero del Santo Sepulcro. El Rey tenía empeño en ello, y le había

prometido regalarle el uniforme con todos los accesorios de espada,

espuelas y demás. ¡Qué guapín estaría su papá con su casaca blanca, toda

blanca!... Al llegar aquí, la pobre niña sentía empapado enteramente su

ser en una idea de blancura; al propio tiempo una obstrucción horrible

la embarazaba, cual si las cosas que reproducía su cerebro, muñecos y

Palacio, estuvieran contenidas dentro de su estómago chiquito. Con

angustiosas convulsiones lo arrojaba todo fuera y se contenía el

delirar, y ¡sentía un alivio...! Su mamá había saltado del lecho para

acudir a socorrerla. Isabelita oía claramente, ya despierta, la cariñosa

voz que le decía: «Ya pasó, alma mía; eso no es nada».

La de Bringas · 第 9 / 50 题