¡Que si quieres!... Echamos a andar por aquel pasillo de baldosines
rojos, al cual yo llamaría calle o callejón por su magnitud, por estar
alumbrado en algunas partes con mecheros de gas y por los ángulos y
vueltas que hace. De trecho en trecho encontrábamos espacios, que no
dudo en llamar plazoletas, inundados de luz solar, la cual entraba por
grandes huecos abiertos al patio. La claridad del día, reflejada por las
paredes blancas, penetraba a lo largo de los pasadizos, callejones,
túneles o como quiera llamárseles, se perdía y se desmayaba en
ellos, hasta morir completamente a la vista de las rojizos abanicos del
gas, que se agitaban temblando dentro de un ahumado círculo y bajo un
doselete de latón.
En todas partes hallábamos puertas de cuarterones, unas recién pintadas,
descoloridas y apolilladas otras, numeradas todas; mas en ninguna
descubrimos el guarismo que buscábamos. En esta veíamos pendiente un
lujoso cordón de seda, despojo de la tapicería palaciega; en aquella un
deshilachado cordel. Con tal signo algunas viviendas acusaban arreglo y
limpieza, otras desorden o escasez, y los trozos de estera de alfombra
que asomaban por bajo de las puertas también nos decían algo de la
especial aposentación de cada interior. Hallábamos domicilios
deshabitados, con puertas telarañosas, rejas enmohecidas, y por algunos
huecos tapados con rotas alambreras soplaba el aire trayéndonos el vaho
frío de estancias solitarias. Por ciertos lugares anduvimos que parecían
barrios abandonados, y las bóvedas de desigual altura devolvían con eco
triste el sonar de nuestros pasos. Subimos una escalera, bajamos otra, y
creo que tornamos a subir, pues resueltos a buscar por nosotros mismos
el dichoso número, no preguntábamos a ningún transeúnte, prefiriendo el
grato afán de la exploración por lugares tan misteriosos. La idea de
perdernos no nos contrariaba mucho, porque saboreábamos de antemano
mano el gusto de salir al fin a puerto sin auxilio de práctico y por
virtud de nuestro propio instinto topográfico. El laberinto nos atraía,
y adelante, adelante siempre, seguíamos tan pronto alumbrados por el sol
como por el gas, describiendo ángulos y más ángulos. De trecho en trecho
algún ventanón abierto sobre la terraza nos corregía los defectos de
nuestra derrota, y mirando a la cúpula de la capilla, nos orientábamos y
fijábamos nuestra verdadera posición.
«Aquí--dijo Pez algo impaciente--, no se puede venir sin un plano y
aguja de marear. Esto debe de ser el ala del Mediodía. Mire usted los
techos del Salón de Columnas y de la escalera... ¡Qué moles!».
En efecto, grandes formas piramidales forradas de plomo nos indicaban
las grandes techumbres en cuya superficie inferior hacen volatines los
angelones de Bayeu.
A lo mejor, andando siempre, nos encontrábamos en un espacio cerrado que
recibía la luz de claraboyas abiertas en el techo, y teníamos que
regresar en busca de salida. Viendo por fuera la correcta mole del
alcázar, no se comprenden las irregularidades de aquel pueblo fabricado
en sus pisos altos. Es que durante un siglo no se ha hecho allí más que
modificar a troche y moche la distribución primitiva, tapiando por aquí,
abriendo por allá, condenando escaleras, ensanchando unas habitaciones a
costa de otras, convirtiendo la calle en vivienda y la vivienda
en calle, agujerando paredes y cerrando huecos. Hay escaleras que
empiezan y no acaban; vestíbulos o plazoletas en que se ven blanqueadas
techumbres que fueron de habitaciones inferiores. Hay palomares donde
antes hubo salones, y salas que un tiempo fueron caja de una gallarda
escalera. Las de caracol se encuentran en varios puntos, sin que se sepa
a dónde van a parar, y puertas tabicadas, huecos con alambrera, tras los
cuales no se ve más que soledad, polvo y tinieblas.
A un sitio llegamos donde Pez dijo: «esto es un barrio popular». Vimos
media docenas de chicos que jugaban a los soldados con gorros de papel,
espadas y fusiles de caña. Más allá, en un espacio ancho y alumbrado por
enorme ventana con reja, las cuerdas de ropa puesta a secar nos
obligaban a bajar la cabeza para seguir andando. En las paredes no
faltaban muñecos pintados ni inscripciones indecorosas. No pocas puertas
de las viviendas estaban abiertas, y por ellas veíamos cocinas con sus
pucheros humeantes y los vasares orlados de cenefas de papel. Algunas
mujeres lavaban ropa en grandes artesones, otras se estaban peinando
fuera de las puertas, como si dijéramos, en medio de la calle.
«Van ustedes perdidos»--nos dijo una que tenía en brazos un muchachón
forrado en bayetas amarillas.
--Buscamos la casa de D. Francisco Bringas.
--¿Bringas?... ya, ya sé--dijo una anciana que estaba sentada junto a la
gran reja--. Aquí cerca. No tienen ustedes más que bajar por la primera
escalera de caracol y luego dar media vuelta... Bringas, sí, es el
sacristán de la Capilla.
--¿Qué está usted diciendo, señora? Buscamos al oficial primero de la
Intendencia.
--Entonces será abajo, en la terraza. ¿Saben ustedes ir a la fuente?
--No.
--¿Saben la escalera de Cáceres?
--Tampoco.
--¿Saben el oratorio?
--No sabemos nada.
--¿Y el coro del oratorio? ¿Y los palomares?
Resultado: que no conocíamos ninguna parte de aquel laberíntico pueblo
formado de recovecos, burladeros y sorpresas, capricho de la
arquitectura y mofa de la simetría. Pero nuestra impericia no se daba
por vencida, y rechazamos las ofertas de un muchacho que quiso ser
nuestro guía.
«Estamos en el ala de la Plaza de Oriente, es a saber, en el hemisferio
opuesto al que habita nuestro amigo--dijo Pez con cierto énfasis
geográfico de personaje de Julio Verne--. Propongámonos trasladarnos al
ala de Poniente, para lo cual nos ofrecen seguro medio de orientación la
cúpula de la Capilla y los techos de la escalera. Una vez
posesionados del cuerpo de Occidente, hemos de ser tontos si no damos
con la casa de Bringas. Yo no vuelvo más aquí sin un buen plano,
brújula... y provisiones de boca».
Antes de partir para aquella segunda etapa de nuestro viaje, miramos por
el ventanón el hermoso panorama de la Plaza de Oriente y la parte de
Madrid que desde allí se descubre, con más de cincuenta cúpulas,
espadañas y campanarios. El caballo de Felipe IV nos parecía un juguete,
el Teatro Real una barraca, y el plano superior del cornisamento de
Palacio un ancho puente sobre el precipicio, por donde podría correr con
holgura quien no padeciera vértigos. Más abajo de donde estábamos tenían
sus nidos las palomas, a quienes velamos precipitarse en el hondo abismo
de la Plaza, en parejas o en grupos, y subir luego en velocísima curva a
posarse en los capiteles y en las molduras. Sus arrullos parecen tan
inherentes al edificio como las piedras que lo componen. En los
infinitos huecos de aquella fabricada montaña habita la salvaje
república de palomas, ocupándola con regio y no disputado señorío. Son
los parásitos que viven entre las arrugas de la epidermis del coloso. Es
fama que no les importan nada las revoluciones; ni en aquel libre aire,
ni en aquella secular roca hay nada que turbe el augusto dominio de
estas reinas indiscutidas e indiscutibles.
Andando. Pez había adquirido en los libritos de Verne nociones
geográficas; se las echaba de práctico y a cada paso me decía: «Ahora
vamos por el Mediodía... Forzosamente hemos de encontrar el paso de
poniente a nuestra derecha... Podemos bajar sin miedo al piso segundo
por esta escalera de caracol... Bien... ¿en dónde estamos? Ya no se ve
la cúpula, ni un triste pararrayos. Estamos en los sombríos reinos del
gas... Pues volvamos arriba por esta otra escalera que se nos viene a la
mano... ¿Qué es esto? ¿Nos hallamos otra vez en el ala de Oriente? Sí,
porque mirando al patio por esta ventana, la cúpula está a nuestra
derecha... Crea usted que ese bosque de chimeneas me causa mareo.
Paréceme que navego y que toda esta mole da tumbos como un barco. A este
lado parece que está la fuente, porque van y vienen mujeres con
cántaros... Ea, yo me rindo, yo pido práctico, yo no doy un paso más...
Hemos andado más de media legua y no puedo con mi cuerpo... Un guía, un
guía, y que me saquen pronto de aquí».
La Providencia deparonos nuestra salvación en la considerable persona de
la viuda de García Grande, que se nos pareció de improviso saliendo de
una de las más feas y más roñosas puertas que a nuestro lado veíamos.
V
Cuánto nos alegramos de aquel encuentro, no hay para qué decirlo. Ella,
por el contrario, pareciome sorprendida desagradablemente, coma persona
que no quiere ser vista en lugares impropios de su jerarquía. Sus
primeras palabras, dichas a tropezones y entremezcladas con las fórmulas
del saludo, confirmaron aquel mi modo de pensar.
«No les ruego que pasen, porque esta no es mi casa... Me he instalado
aquí provisionalmente, mientras se arregla la habitación de abajo donde
estaba la generala. Es esto un horror, una cosa atroz... Su Majestad se
empeñó en que había de aposentarme en Palacio y no he podido negarme a
ello... «Candidita, no puedo vivir lejos de ti... Candidita, vente
conmigo... Candidita, dispón de todo lo que esté desocupado arriba...»
Nada, nada, pues a Palacio. Meto mis muebles en siete carros de mudanza,
y me encuentro con que el cuarto de la generala está lleno de
albañiles... ¡Es un horror!... se cae un tabique... el estuco
perdido... los baldosines teclean bajo los pies... En fin, que tengo que
meter mis queridos trastos en este aposento, bastante grande, sí, pero
incapaz para mí... Verían ustedes las dos tablas de Rafael tiradas por
el suelo, revueltas con la vajilla; el gran lienzo de Tristán contra la
pared; las porcelanas metidas en paja todavía; las mesas patas arriba;
las lámparas y los biombos y otras muchas cosas en desorden, esperando
sitio, todo hecho una atrocidad, un horror... Créanlo, estoy nerviosa.
Acostumbrada a ver mis cosas arregladas me abruma la estrechez, la falta
de espacio... Y esta vecindad de mozas de retrete, de porteros de banda,
pinches y casilleres me enfada lo que ustedes no pueden figurarse. Su
Majestad me perdone; pero bien me podía haber dejado en mi casa de la
calle de la Cruzada, grandona, friota, eso sí; pero de una comodidad...
No me faltaba sitio para nada y todos los tapices estaban colgados. Aquí
no sé, no sé... Creo que en la habitación que voy a ocupar ha de
faltarme también sitio para todo... ¡Qué hemos de hacer!... allá van
leyes do quieren reyes».
Dijo esto en tono de jovial conformidad, cual persona que sacrificaba
sus gustos y su bienestar al amistoso capricho de una Reina. Guiábanos
por el corredor, y cuando salimos a la terraza para acortar camino,
señaló con aire imponente a una fila de puertas diciendo:
«Esta parte es la que voy a ocupar. La de Porta se mudó al lado de allá
para dejarme sitio... Derribo tabiques para unir dos habitaciones y
ponerme en comunicación con la escalera de Cáceres, por la cual puedo
bajar fácilmente a la galería principal y entrar en la Cámara... Mando
poner tres chimeneas más y una serie de mamparas...».
D. Manuel, como hombre muy político, apoyaba estas razones; pero
demasiado sabía con quién hablaba y el caso que debía hacer de aquellas
cacareadas grandezas. Por mi parte, como la viuda de García Grande me
era aún punto menos que desconocida, pues mi familiar trato con ella se
verificó más tarde, en los tiempos de Máximo Manso, mi amigo, todo
cuanto aquella señora dijo me lo tragué, y lo menos que me ocurría era
que estaba hablando con el más próximo pariente de S. M. Aquel derribar
de tabiques y aquel disponer obras y mudanzas, hicieron en mi candidez
el efecto de un lenguaje regio hablado desde la penúltima grada de un
trono. El respeto me impedía desplegar los labios.
Llegamos por fin a las habitaciones de Bringas. Comprendimos que
habíamos pasado por ella sin conocerla, por estar borrado el número. Era
una hermosa y amplia vivienda, de pocos pero tan grandes aposentos, que
la capacidad suplía al número de ellos. Los muebles de nuestro
amigo holgaban en la vasta sala de abovedado techo; pero el retrato de
D. Juan de Pipaón, suspendido frente a la puerta de entrada, decía con
sus sagaces ojos a todo visitante: «Aquí sí que estamos bien». Por las
ventanas que caían al Campo del Moro entraban torrentes de luz y
alegría. No tenía despacho la casa; pero Bringas se había arreglado uno
muy bonito en el hueco de la ventana del gabinete principal, separándolo
de la pieza con un cortinón de fieltro. Allí cabían muy bien su mesa de
trabajo, dos o tres sillas, y en la pared los estantillos de las
herramientas con otros mil cachivaches de sus variadas industrias. En la
ventana del gabinete de la izquierda se había instalado Paquito con todo
el fárrago de su biblioteca, papelotes y el copioso archivo de sus
apuntes de clase, que iba en camino de abultar tanto como el de
Simancas. Estos dos gabinetes eran anchos y de bóveda, y en la pared del
fondo tenían, como la sala, sendas alcobas de capacidad catedralesca,
sin estuco, blanqueadas, cubiertos los pisos de estera de cordoncillo.
Las tres alcobas recibían luz de la puerta y de claraboyas con reja de
alambre que se abrían al gran corredor-calle de la ciudad palatina. Por
algunos de estos tragaluces entraba en pleno día resplandor de gas. En
la alcoba del gabinete de la derecha se instaló el lecho matrimonial; la
de la sala, que era mayor y más clara, servía a Rosalía de
guardarropa, y de cuarto de labor; la del gabinete de la izquierda se
convirtió en comedor por su proximidad a la cocina. En dos piezas
interiores dormían los hijos.
Ignoro si partió de la fértil fantasía de Bringas o de la pedantesca
asimilación de Paquito la idea de poner a los aposentos de la humilde
morada nombres de famosas estancias del piso principal. Al mes de
habitar allí, todos los Bringas chicos y grandes llamaban a la sala
_Salón de Embajadores_, por ser destinada a visitas de cumplido y
ceremonia. Al gabinete de la derecha, donde estaba el despacho de Thiers
y la alcoba conyugal, se le llamaba _Gasparini_, sin duda por ser lo más
bonito de la casa. El otro gabinete fue bautizado con el nombre de _la
Saleta_. El comedor-alcoba fue _Salón de columnas_; la
alcoba-guardarropa recibió por mote _el Camón_, de una estancia de
Palacio que sirve de sala de guardias, y a la pieza interior donde se
planchaba, se la llamó _la Furriela_.
Para ir a su oficina, D. Francisco no tenía que salir a la calle. O bien
bajaba la escalera de Cáceres, atravesando luego el patio, o bien, si el
tiempo estaba lluvioso, recorría la ciudad alta hasta la escalera de
Damas, dirigiéndose por las arcadas al Real Patrimonio. Como salía poco
a la calle, hasta el paraguas había dejado de serle necesario en aquella
feliz vivienda, complemento de todos sus gustos y deseos.
En la vecindad había familias a quienes Rosalía, con todo su orgullete,
no tenía más remedio que conceptuar superiores. Otras estaban muy por
bajo de su grandeza pipaónica; pero con todas se trataba y a todas
devolvió la ceremoniosa visita inaugural de su residencia en la
población superpalatina. Doña Cándida...