«Goma laca: _dos reales y medio_. A todo tirar gastaré _cinco reales_...
Unas tenacillas de florista, pues las que tengo son un poco gruesas:
_tres reales_. Un cristal bien limpio:_real y medio_. Cuatro docenas de
pistilos muy menudos, a no ser que pueda hacerlos de pelo, que lo he de
intentar: _dos y medio_. Total: _quince reales_. Luego viene lo más
costoso, que es el cristal convexo y el marco; pero pienso utilizar el
del perrito bordado de mi prima Josefa, dándole una mano de purpurina.
En fin, con purpurina, cristal convexo, colgadero e imprevistos...
vendrá a importar todo unos veintiocho a treinta reales».
Al día siguiente, que era domingo, puso manos a la obra. No
gustándole ninguno de los dibujos de monumento fúnebre que en su
colección tenía, resolvió hacer uno; mas como no la daba el naipe por la
invención, compuso, con partes tomadas de obras diferentes, el bien
trabado conjunto que antes describí. Procedía el sauce de _La tumba de
Napoleón en Santa Elena_; el ángel que hacía pucheros había venido del
túmulo que pusieron en el Escorial para los funerales de una de las
mujeres de Fernando VII, y la lontananza fue tomada de un grabadito de
no sé qué librote Lamartinesco que era todo un puro jarabe. Finalmente,
las flores las cosechó Bringas en el jardín de un libro ilustrado sobre
el _Lenguaje_ de las tales, que provenía de la biblioteca de doña
Cándida.
Este trabajo previo del dibujo ocupó al artista como media semana, y
quedó tan satisfecho de él, que hubo de otorgarse a sí mismo, en el
silencio de la falsa modestia, ardientes plácemes. «Está todo tan
propio--decía la Pipaón con entusiasmo inteligente--, que parece se está
viendo el agua mansa y los rayos de la luna haciendo en ella como unas
cosquillas de luz...».
Pegó Bringas su dibujo sobre un tablero, y puso encima el cristal,
adaptándolo y fijándolo de tal modo que no se pudiese mover. Hecho esto,
lo demás era puro trabajo de habilidad, paciencia y pulcritud. Consistía
en ir expresando con pelos pegados en la superficie superior del
cristal todas las líneas del dibujo que debajo estaba, tarea
verdaderamente peliaguda, por la dificultad de manejar cosa tan sutil y
escurridiza como es el humano cabello. En las grandes líneas menos mal;
pero cuando había que representar sombras, por medio de rayados más o
menos finos, el artista empleaba series de pelos cortados del tamaño
necesario, los cuales iba pegando cuidadosamente con goma laca, en
caliente, hasta imitar el rayado del buril en la plancha de acero o en
el boj. En las tintas muy finas, Bringas había extremado y sutilizado su
arte hasta llegar a lo microscópico. Era un innovador. Ningún capilífice
había discurrido hasta entonces hacer puntos de pelo, picando este con
tijeras hasta obtener cuerpecillos que parecían moléculas, y pegar luego
estos puntos uno cerca de otro, jamás unidos, de modo que imitasen el
punteado de la talla dulce. Usaba para esto finísimos pinceles, y aun
plumas de pajaritos afiladas con saliva; y después de bien picado el
cabello sobre un cristal, iba cogiendo cada punto para ponerlo en su
sitio, previamente untado de laca. La combinación de tonos aumentaba la
enredosa prolijidad de esta obra, pues para que resultase armónica,
convenía poner aquí castaño, allá negro, por esta otra parte rubio, oro
en los cabellos del ángel, plata en todo lo que estuviera debajo del
fuero de la claridad lunar. Pero de todo triunfaba aquel bendito. ¿Y
cómo no, si sus manos parecía que no tocaban las cosas; si su
vista era como la de un lince, y sus dedos debían de ser dedos del
céfiro que acaricia las flores sin ajarlas?... ¡Qué diablo de hombre!
Habría sido capaz de hacer un rosario de granos de arena, si se pone a
ello, o de reproducir la catedral de Toledo en una cáscara de avellana.
Todo el mes de Marzo se lo llevó en el cenotafio y en el sauce, cuyas
hojas fueron brotando una por una, y a mediados de Abril tenía el ángel
brazos y cabeza. Cuantos veían esta maravilla quedábanse prendados de la
originalidad y hermosura de ella y ponían a D. Francisco entre los más
eximios artistas, asegurando que si viese tal obra algún extranjerazo,
algún inglesote rico de esos que suelen venir a España en busca de cosas
buenas, darían por ella una porrada de dinero y se la llevarían a los
países que saben apreciar las obras del ingenio. Tenía Bringas su taller
en el enorme hueco de una ventana que daba al Campo del Moro...
Porque la familia vivía en Palacio en una de las habitaciones del piso
segundo que sirven de albergue a los empleados de la Casa Real.
Embelesado con la obra de pelo, se me olvidó decir que allá por Febrero
del 68 D. Francisco fue nombrado oficial primero de la Intendencia del
Real Patrimonio con treinta mil reales de sueldo, casal médico, botica,
agua, leña y demás ventajas inherentes a la vecindad regia. Tal
canonjía realizaba las aspiraciones de toda su vida, y no cambiara
Thiers aquel su puesto tan alto, seguro y respetuoso por la silla del
Primado de las Españas. Amargaban su contento las voces que corrían en
aquel condenado año 68 sobre si habría o no trastornos horrorosos, y el
temor de que la llamada revolución estallara al fin con estruendo.
Aunque la idea del acabamiento de la monarquía sonaba siempre en el
cerebro del buen hombre como una idea absurda, algo así como el
desequilibrio de los orbes planetarios, siempre que en un café o
tertulia oía vaticinios de jarana, anuncios de _la gorda_, o comentarios
lúgubres de lo mal que iban el Gobierno y la Reina, le entraba un cierto
calofrío, y el corazón se le contraía hasta ponérsele, a su parecer, del
tamaño de una bellota.
Ciento veinte y cuatro escalones tenía que subir D. Francisco por la
escalera de Damas para llegar desde el patio al piso segundo de Palacio,
piso que constituye con el tercero una verdadera ciudad, asentada sobre
los espléndidos techos de la regia morada. Esta ciudad, donde alternan
pacíficamente aristocracia, clase media y pueblo, es una real república
que los monarcas se han puesto por corona, y engarzadas en su inmenso
circuito, guarda muestras diversas de toda clase de personas. La primera
vez que D. Manuel Pez y yo fuimos a visitar a Bringas en su
nuevo domicilio, nos perdimos en aquel dédalo donde ni él ni yo habíamos
entrado nunca. Al pisar su primer recinto, entrando por la escalera de
Damas, un cancerbero con sombrero de tres picos, después de tomarnos la
filiación, indiconos el camino que habíamos de seguir para dar con la
casa de nuestro amigo. «Tuercen ustedes a la izquierda, después a la
derecha... Hay una escalerita. Después se baja otra vez... Número 67».