VI

Pero antes de seguir, quiero quitar de esta relación el estorbo de mi

personalidad, lo que lograré explicando en breves palabras el objeto de

mi visita al Sr. de Bringas. Había yo rematado un lote de leñas y otro

de hierbas en Riofrío; y como ocurrieran informalidades graves en la

adjudicación, tuve ciertos dimes y diretes con un administradorcillo de

la Casa Real, de donde me vino el peligro de un pleito. Ya empezaba a

sentir las pesadas caricias del procurador, cuando resolví matar la

cuestión en su origen. D. Manuel Pez, el arreglador de todas las cosas,

el recomendador sempiterno, el hombre de los volantitos y de las

notitas, brindose a sacarme del paso. Yo le debía algunos

favores; pero los que él me debía a mí eran de mayor importancia y

cuantía. Quiso, pues, nivelar mi agradecimiento con el suyo, llevándome

en persona a ver al oficial primero del Patrimonio para que fuera así la

recomendación más expresiva y eficaz. Todo salió según el deseo de

entrambos. Tan servicial y diligente se mostró el buen D. Francisco, que

a los dos días de haberle visto, mi asunto estaba zanjado. Dos capones

de Bayona y una docena de botellas de vino de mi propia cosecha le

regalé el 4 de Octubre, día de su santo, y aún no me pareció esta fineza

proporcionada al servicio que me había hecho.

Prosigo ahora con Doña Cándida. ¡Oh, qué mujer!, ¡qué jarabe de pico el

suyo! Era frecuente oírle esta frase: «Me voy, me voy, que ha de venir a

verme _mi administrador_, y no quiero hacerle esperar. Es hombre

ocupadísimo». O bien esta: «Anda algo atrasada ahora la cobranza de los

alquileres de mis casas». Máximo Manso, cuando se pone a contar cosas de

ella, empieza y no concluye. En 1868 esta señora conservaba aún mucha

parte de su ser antiguo y de las grandezas de su reinado social durante

los cinco años de O'Donnell. Por aquel tiempo se comía precipitadamente

los restos del caudal que allegó su marido, y no había día en que no

saliese de la casa una joya, un cuadrito, un mueble con la misión de

traer dineros para atender a las necesidades domésticas. De los

conflictos con su casero, a quien debía medio año de alquileres, me

ocuparía si tuviese espacio para ello. La Reina la salvó de estos

apurillos, pagándole los atrasos de casa y ofreciéndole una habitación

en los altos de Palacio, que la infeliz no vaciló en aceptar... «Me he

metido en ese cuchitril por complacer a Su Majestad y estar cerca de

ella, mientras me arreglan las piezas de la terraza... ¡Ay, qué posma de

arquitecto!... Le voy a calentar las orejas...». Así se expresaba

constantemente, y transcurrieron muchos meses sin que la ilustre viuda

abandonara su choza provisional. Cuando la encontramos Pez y yo, y

tuvimos el honor de que nos guiara a la morada de Bringas, ya llevaban

más de un año de abandono y podredumbre las famosas tablas de Rafael, el

cuadro de Tristán y las otras mil preciosidades que por milagro de Dios

no estaban en los museos.

Era Cándida una de las más constantes visitas de los Bringas. Rosalía

sentía hacia ella respetuoso afecto y la oía siempre con sumisión,

conceptuándola como gran autoridad en materias sociales y en toda suerte

de elegancias. A los ojos de la señora de Thiers, el brillantísimo

pasado de Cándida había dejado, al borrarse del tiempo, resplandores de

prestigio y nobleza en torno al busto romano y al tieso empaque de la

ilustre viuda. Esta aureola fascinaba a Rosalía, quien,

extremando su respeto a las majestades caídas, aparentaba, tomar en

serio aquello de mi _administrador, mis casas_... Se expresaba Cándida

en todas las ocasiones con un desparpajo y una seguridad y un _boca

abajo todo el mundo_ que no daban lugar a réplica. Vivía en el ala de

Oriente, el barrio más humilde de lo que hemos convenido en llamar

ciudad; pero ningún otro vecino de esta hacía más visitas ni estaba más

tiempo fuera de su domicilio. Todo el santo día lo pasaba de casa en

casa, llamando a distintas puertas, visitando, charlando, recorriendo

todas las partes del coloso desde las cocinas a los palomares; y por las

noches, sin haber salido a la calle, llegaba a su choza provisional tan

rendida como si hubiera corrido medio Madrid. No tenía más familia que

una sobrinita llamada Irene, de unos nueve o diez años, huérfana de un

hermano de García Grande que había sido caballerizo de S. M. Esta era la

inseparable amiguita de la niña de Bringas, y por las tardes se las

veía, muñeca en mano y merienda en boca, jugando en la terraza o en las

partes más claras de aquellas luengas calles cubiertas.

La persona de más viso de cuantas allí vivían, y que en concepto de

Rosalía ocupaba el lugar inmediatamente inferior al de la familia real,

era la vivida del general Minio, camarera mayor de Su Majestad, persona

distinguidísima y sin tacha por cualquier lado que se la

mirase. En la ciudad llamábanla todos por el cariñoso y popular nombre

de doña Tula; pero Rosalía jamás le apeaba el título, y todo era:

«_condesa_ esto, _condesa_ lo otro y lo de más allá». Esta bondadosa y

noble señora era hermana de la condesa de Tellería y de Alejandro

Sánchez Botín, que ha sido diputado tantas veces y ha figurado ya en

media docena de partidos. Los Sánchez Botín son de buena familia, creo

que de un alcurniado solar del Bierzo, y tienen parentesco, aunque

remoto, con la familia de Aransis. En un mismo día se casaron las dos

hermanas, Milagros con el marqués de Tellería, y Gertrudis, que era la

mayor, con el coronel Minio, que rápidamente ascendió a general, ganando

batallas cortesanas en las antecámaras palatinas. No había día de

cumpleaños de Reyes o Príncipes en que él no pescara una cruz o grado.

Cuando ya no le podían dar nada superior, en orden de milicia, a los dos

entorchados, me le agraciaron con el título de conde de Santa Bárbara

(de una finca que tenía en Navarra), nombre que por tener cierto

olorcillo de pólvora, cuadraba bien a su oficio, aunque se decía de él

que nunca había olido más que la que gastamos en salvas. La fama de

valiente que gozaba debió fundarse en que era muy bruto. En el desorden

de nuestras ideas fácilmente convertimos en héroes a los que apenas

saben escribir su nombre. Lo cierto es que _D. Pedro Minio_,

marqués de Santa Bárbara, era persona imponente en una parada, o pasando

revista de inspección en los cuarteles, o dando militares gritos en las

varias Direcciones que desempeñó. Salvo algunas escaramuzas sin

importancia en que tomó parte durante la primera guerra, civil, la

historia militar de nuestro país no le dijo nunca «esta boca es mía».

Pero pasará a la posteridad por los célebres dichos de la _espada de

Demóstenes_, la _tela de Pentecostés_ y el _alma de Garibaldi_, por

aquello de ir a la Habana haciendo escala en Filipinas, con otras

cosillas que, coleccionadas por sus subalternos, forman un delicioso

centón de disparates. La Reina los sabía de corrido y los contaba con

mucha sal. Pero no revolvamos las cenizas de esta nulidad, de quien la

condesa decía, en el más escondido pliegue de la confianza, que era una

bestia condecorada, y ocupémonos de su viuda.

La de Bringas · 第 7 / 50 题