Esa provincia, como todo otro pueblo de la tierra, jamas puede tener

que ganar, y siempre tendrá mucho que perder, en la vecindad de otros

pueblos atrasados y pobres. El comercio no es otra cosa que un continuo

cambio de lo que sobra en un pueblo por lo que en él hace falta. Cuanto

mas rico sea el pueblo vecino al nuestro, mas tendrá que vendernos lo

que necesitamos; ó lo que es igual, tendrá mas con que comprarnos lo

que él necesite. Si el pueblo vecino es pobre, si no produce nada, ó lo

que produce no basta para llenar sus propias necesidades, no solo no

tendrá con que comprarnos lo que le falta, sino que vendrá á tomarlo,

robándolo ocultamente, ó empleando la fuerza. Recorra Buenos Aires su

historia, y la de los pueblos Arjentinos. Santa Fé está colocada en

la posicion mas ventajosa de todas las provincias arjentinas, si se

esceptúa Buenos Aires: sin embargo, gracias al sistema dominante, no ha

podido hasta ahora aprovecharse de ninguna de esas ventajas, y vive en

un atraso y pobreza lamentables. ¿Qué ha sucedido á Buenos Aires, su

vecina fronteriza? Que la campaña del Norte de esta última ha estado

siempre expuesta á las correrias y depredaciones de la parte ociosa,

indijente y vagabunda de la poblacion de la primera; que la guerra ha

estallado frecuentemente entre las dos provincias, y que Buenos Aires

ha tenido, en ocasiones, que comprar la seguridad de las propiedades

de su frontera pagando á Santa Fé una cantidad anual en dinero.

¿Habria sucedido nada de eso si Santa Fé hubiese sido un pueblo rico,

comerciante, próspero y ocupado?

Y examinando las relaciones mercantiles, ¿á cuanto monta anualmente

el comercio de Buenos Aires con Santa Fé? ¿A cuanto el de Córdoba ó

Tucuman con Santiago del Estero; el de Cuyo con la Rioja? A cantidades

realmente insignificantes. ¿Porqué? Por que Santa Fé; Santiago y la

Rioja son provincias despobladas, pobrísimas, que no producen, que

consumen muy poco; y no tienen que mandar, respectivamente, á Buenos

Aires, á Córdoba, á Tucuman ó á las provincias de Cuyo, ni con que

comprar, por consiguiente, en esas provincias comparativamente mas

ricas que ellas, los artículos que quisieran consumir. Auméntese la

poblacion de Santa Fé, de Santiago, de la Rioja, auméntese su comercio;

dése ocupacion y salario á sus clases trabajadoras, y la produccion

de esas provincias crecerá, y se harán mas ricas, y consumirán mas, y

comprarán y venderán cantidades mayores en las ciudades que ya están

mas adelantadas que ellas. Buenos Aires que es la principal de esas

ciudades, estenderá, pues, su comercio á medida que los que la rodean

sean mas ricos de lo que hoy son: ganará inmensamente mas, tratando con

jente rica y ocupada, que con jente pobre y ociosa.

Ni es solo su comercio el que padece con la pobreza y atraso

comparativo de las provincias. El tesoro de Buenos Aires, formado,

por supuesto, de las contribuciones que solo pagan sus habitantes, es

el que en todas las épocas ha tenido que hacer frente á los gastos

que demandan objetos de interés comun para todas las provincias. En

la guerra de la independencia, en la que hizo contra el Brasil, los

gastos pesaron exclusivamente sobre Buenos Aires: el establecimiento y

conservacion de las líneas de correos hasta las fronteras de Bolivia,

de Chile y del Paraguay, pesan tambien, sino exclusivamente, en su

mayor parte sobre el tesoro de Buenos Aires. Esos hechos son de verdad

intachable. El mismo Rosas acaba de reconocerlos en su _Gaceta_, para

fundar en ellos el argumento de que las provincias deben cerrar sus

puertos, y sacrificar su comercio, por que Buenos Aires se sacrifica

por ellas, haciendo sola los gastos comunes. El argumento es falso.

En vez de decirles eso, debia Rosas decir á las provincias: "os dejo

entera libertad de navegacion y de comercio; os pongo en el mismo pié

de franquicias que Buenos Aires; teneis los mismos medios que esta para

prosperar y enriqueceros: justo es, por consiguiente, que contribuyais

á los gastos que son de comun utilidad."

Entretanto, el hecho es que, hasta ahora y por causa del atraso de las

provincias, los gastos que debieran repartirse proporcionalmente entre

todas, pesan sobre la sola Buenos Aires. Preguntamos á esta última, si

el libertarse de esas erogaciones enormes é indebidas no es una ventaja

que aconsejaria, por si sola, el facilitar á las provincias los medios

de enriquecerse, para que puedan pagar su parte.

Pues bien: las provincias no pueden enriquecerse, no pueden prosperar,

de manera que respeten las fronteras y propiedades de sus vecinos, que

vendan y compren mucho en Buenos Aires, y que paguen su parte en los

gastos comunes, sin que se remuevan las trabas que hoy embarazan su

comercio y su navegacion: Buenos Aires tiene, por consiguiente, en esa

gran medida, el mismo interés permanente y jeneral que tienen todas las

demas provincias: sus intereses evidentes le llaman á apoyar la causa

de la emancipacion comercial é industrial de sus hermanas, porque es su

propia causa,--la causa de la paz jeneral, de la union permanente, y

del progreso comun de los pueblos que han de formar la Nacion Arjentina.

_Octubre 16 de 1847._

ROSAS Y EL PRINCIPIO RELIJIOSO

RESPUESTA A LA CARTA DEL Sr. BRENT.

Siempre tuvimos al principio relijioso como uno de los primeros

elementos en la vida social de los pueblos, como aquel de que

esencialmente depende el carácter moral de cada uno; y miramos siempre

las creencias, y las prácticas relijiosas como uno de los resortes

mas eficaces, en manos de los gobiernos civiles, para morijerar las

poblaciones, y habituarlas al freno de la ley, y al respeto de la

autoridad lejítima. No ponemos, por supuesto, en la misma línea las

creencias y las prácticas; pero pensamos que estas últimas merecen muy

especial atencion de los gobiernos, como medios de formar, de dirijir

y de arraigar las primeras. Enséñense al hombre prácticas racionales

y sencillas, que pongan en relacion con su Creador la parte espiritual

y pura de su ser; que eleven su razon al estudio contemplativo de las

grandes máximas y verdades que dejó el fundador de nuestra relijion; y

sus creencias llegarán á ser racionales é ilustradas. Pero habitúese,

por el contrario, á los pueblos á prácticas fanáticas ó supersticiosas,

y sus creencias serán mezcladas de terrores vagos y sombrios, ó de

groseros y repugnantes absurdos. Hágase; en fin--peor que todo eso--que

el pueblo sea testigo de prácticas de impiedad y sacrilejio, que mire á

un hombre--sea cual fuere la majestad que revista--igualado en el culto

exterior al Ser que no tiene igual; y ese pueblo perderá completamente

toda idea relijiosa y moral, será bárbaro y feroz, siervo embrutecido

del amo, á quien ha visto elevar á los altares.

Y este es el crímen de que Rosas se hizo culpable, pocos años hace,

de un modo que se ha olvidado quizás entre tantos otros crímenes como

despues ha cometido. A ningun tirano puede convenir un pueblo de

creencias racionales y evanjélicas: ellas enseñan la igualdad civil,

la libertad noble y elevada de la humana criatura; y no es el pueblo

que eso aprende el que se humilla á la voluntad de un déspota. El

fanatísmo, la supersticion, ó la impiedad, son los auxiliares fieles

de la tirania. Bien lo sabe Rosas, y por eso nadie ha atropellado

como él la santidad de la relijion, ni pervertido mas las conciencias.

Sus insolentes profanaciones son proverbiales en Buenos Aires; y

apénas se concibe que el descaro de un hombre pueda llegar hasta hacer

el detestable papel de hipócrita, que el dictador representa en la

respuesta que dió á la carta del demente Sr. Brent.

No hay en esa respuesta una palabra que no sea ó un embuste vergonzoso,

ó una mofa infame, invocando para lo uno y lo otro el nombre de Dios y

de la relijion.

"Por un reglamento y uso constante," dice Rosas, "_en el tiempo de mi

administracion_, los ministros del altar en el santo sacrificio de la

misa, y en sus oraciones, invocan siempre la proteccion del Altísimo

en favor de la República." Era Rosas un administrador de estancia,

cuando los primeros gobiernos patrios, despues de la revolucion contra

la España, ordenaron que las preces que se hacian en la colecta de la

misa, por el Rey, se hiciesen por la República y sus autoridades. Esa

ha sido, desde aquella época, comparativamente remota, la práctica

constante; y el atribuirse Rosas ese reglamento y esa práctica es

un embuste, tan descarado como el de hacerse autor de las leyes que

establecieron el crédito público, obra de los que él llama _salvajes_.

"En fuerza," dice despues el impío profanador, "de una gratitud

_sumisa_ y profunda á esos beneficios, es que he puesto á los pies de

las aras del Altísimo, los trofeos recojidos en la espedicion de los

años 1833 y 34, á los desiertos del Sud...."

A esa humildad y sumision hipócritas que, en este y otros muchos

pasajes de su carta, aparenta el dictador, no podemos oponer mejor

respuesta que copiar literalmente las relaciones, publicadas en su

_Gaceta_ misma, de las profanaciones jamas vistas, en que ese hombre,

ébrio de ambicion y de orgullo, hizo que se le tributase culto igual

al del Dios á quien hoy miente que se humilla; y elevando su propio

retrato en el tabernáculo santo, colocó literalmente al tigre sobre el

altar del Cordero.

Que sus aduladores y parásitos se atrevan á desmentirnos: copiamos sus

propias publicaciones oficiales.--

"La cuadra de la Iglesia estaba toda adornada de olivo y lindas

banderas, las cuales fueron tomadas por los vecinos y _de golpe las

rindieron al pasar el retrato hincando la rodilla_, causando un

espectáculo verdaderamente imponente el repique de las campanas,

cohetes de todas clases y vivas del inmenso pueblo que habia allí

reunido: al llegar al atrio tomaron el Juez de Paz y el Sr. Maestre el

retrato y entraron con él á la Iglesia "en cuya puerta el Sr. Cura y

seis sacerdotes de sobre-pelliz" acompañaron el retrato hasta que se

colocó en el lugar destinado, y como se retirase la comitiva por no

empezarse la funcion de Iglesia se dejaron dos Tenientes Alcaldes uno á

cada lado del retrato haciéndole guardia......... hasta que concluida

la funcion tomó asiento el acompañamiento esperando al Sr. Cura y demas

sacerdotes, que de sobre-pelliz salieron á acompañar al retrato, que

fué sacado por el Sr. Inspector y Juez de Paz hasta el atrio, donde lo

recibió el Sr. Juez de 1.ª Instancia D. Lucas Gonzalez Peña........"

(De la _Gaceta Mercantil_ de Buenos Aires núm. 4834 de 10 de Agosto de

1839.)

"El retrato fué recibido en el atrio por el Sr. Cura con otros

eclesiásticos, y colocado dentro del templo _al lado del Evangelio_. El

templo estaba espléndidamente adornado; la magestad con que brillaba

persuadia que era el tabernáculo del Santo de los Santos.

"La misa fué oficiada á grande orquesta; y la augusta solemnidad del

coro no dejaba que desear Nuestro Ilustrísimo Sr. Obispo Diocesano,

Dr. D. Mariano Medrano, asistió de medio Pontifical, y celebró nuestro

digno Provisor, Canónigo Dignidad de presbítero D. Miguel Garcia--El

Sr. Cura de la Catedral D. Felipe Elortondo y Palacios, desempeñó con

la maestria que lo tiene acreditado, la _dificil tarea_ de encomiar

el mérito celestial del Arcangel San Miguel, _mezclando oportunamente

elocuentes trozos alusivos á la funcion cívica, en honor del héroe y

en_ _apolojía de la causa federal_." [No. 4891 de la Gaceta Mercantil

de Buenos Aires de 21 de Octubre de 1839.]

"Aunque nadie creerá jamas que escesos semejantes se practicasen sin

el consentimiento--sin el mandato--de un gobierno como el de Rosas; y

sobre todo, de un hombre _tan humildemente sumiso y humillado ante el

Altísimo_, con todo damos en seguida otro documento que muestra que los

empleados superiores de la administracion eran quienes dirijian esos

atentados.

"Luego que el Sr. Inspector General dispuso la retirada del retrato

empezó la marcha en el mismo órden siguiendo la columna por el

espresado arco principal, y de este por la calle de la Reconquista

hasta la casa de S. E.--Al salir de la Fortaleza el acompañamiento

_se empeñaron las Señoras_ en conducir el retrato de S. E. _tirando

del carro, que alternativamente habian tomado los Gerentes y Gefes de

la Comitiva al conducirlo al Templo_.--Las Señoras mostraron el mas

delicado y vivo entusiasmo."--(_Gaceta Mercantil_ de Buenos Aires N.

4,866 de 19 de Setiembre de 1839.)

Hechos como estos no necesitan comentario: pónganse esos documentos

al lado de la carta al señor Brent; y pregúntese si habrá un hombre

de bien que no rebose en indignacion al ver el insolente descaro del

hipócrita que firmó ese último papel. Recomendamos, sobre todo, al

señor Brent, la lectura de esos hechos rejistrados en los anales del

gobierno á quien sostiene.

_Marzo 6 de 1846._

AJENTES EXTRANJEROS EN BUENOS AIRES.

REGULARIZACION DE LA GUERRA.

El espíritu de la alianza paraguayo-correntina es lo mismo que sus

fines, enteramente de civilizacion y de progreso. Los dos paises

que la formaron miran la guerra como una fatalidad horrible, á que

no tienen medio de substraerse, por que ningun otro camino deja la

ambicion del enemigo comun, para conseguir lo que aquellos pueblos

justísimamente demandan. Pero, ya que la guerra es inevitable, el deseo

de regularizarla, de observar las prácticas mitigadoras introducidas

por la civilizacion, aparece espresado por los gobiernos Correntino y

Paraguayo en los manifiestos con que anunciaron al mundo su alianza.

Ese mismo deseo hallamos ardientemente manifestado en los diarios

Correntinos; y el _Pacificador_ propone que se busquen, para conseguir

fin tan santo, influencias que dén alguna esperanza de que Rosas no las

resista.

"Segun nos enseña la esperiencia, (dice ese diario), seria inútil,

cualquier invitacion á este respecto, enviada al tirano por nosotros;

pero, quizá no sucederá lo mismo, si es invitado por los agentes

extranjeros residentes en Buenos Aires, y nosotros nos tomamos la

libertad de escitar su filantropia para que así lo hagan. ¿Qué paso mas

honorable para los amigos del gobernador de Buenos Aires, para esos

poderes que se conservan neutrales en la cuestion? Si nada se consigue,

ellos habrán ganado mucho en la estimacion general, y todo el mundo

acabará de persuadirse quien es el responsable de la sangre y de la

miseria pública."

Esa misma idea del _Pacificador_ fué públicamente propuesta por

nosotros, mucho antes de que empezáramos la redaccion de nuestro

diario; y Hoy reproducímos con gusto esas líneas del papel correntino,

para que mas fácilmente lleguen á noticia de los ajentes extranjeros en

Buenos Aires, á quienes son dirijidas. Nada, sin duda, les haria mas

honor; ningun servicio mayor podrian hacer á ese pais en que residen, y

en cuya suerte manifiestan interesarse.

Hay en la historia de las desgracias del Rio de la Plata, un vacio

que hace sin duda alguna muy poco favor, á los diversos ajentes que

han residido, durante ellas, al lado del dictador de Buenos Aires. Ni

uno solo ha tenido jamas la santa idea de promover la regularizacion

de la guerra--de esta guerra, cuyos horrores nadie mas que ellos han

ponderado; marcando con el nombre de bárbaros á los pueblos donde se

cometen.

Una interposicion desinteresada é imparcial, para mitigar los horrores

de la guerra, es, sin embargo, _lo único_ útil y favorable á los

belijerantes, que pueden hacer los ajentes extranjeros, en casos

de luchas como esta, en que deben permanecer neutrales. Muy léjos

de eso, las desgracias del Rio de la Plata solo ofrecen el ejemplo

de ajentes que han mirado con induljencia, cuando ménos, las mas

inauditas atrocidades, de parte del dictador á cuyo lado han residido:

y cuando sus gobiernos, ó la pública opinion les han pedido cuenta

de esa deshonrosa induljencia, no han tenido á ménos declarar "que

estos pueblos solo pueden manejarse por _gobiernos fuertes_;" dando

este nombre á verdugos, armados, en nombre de la ley, con el poder

mas despótico que se conoce. Pero, cuando quiera que los enemigos

del dictador han ejercido contra él alguna represalia, esos mismos

ajentes no han hallado espresiones con que clasificar hechos, que

jamas llegaron á la centésima parte de los cometidos por Rosas, por

que provocaron esas represalias. En una palabra, los ajentes que han

residido al lado del dictador;--con algunas pocas escepciones que

todos conocen--han sido parciales y fautores suyos; y no han pensado,

por eso, en desempeñar la nobilísima mision de mitigar los males de

la guerra. Y no se diga que no fueron para el lo solicitados, del

modo mas ardiente y mas digno. En Enero de 1842, cuando la victoria

de Caa-guasú, obtenida dos meses antes, habia aniquilado el poder de

Rosas en Corrientes y Entre Rios, y puesto en manos de los vencedores

multitud de prisioneros de todas clases y rangos; el jeneral Paz,--el

mismo que dirije hoy de nuevo la guerra contra el dictador,--se dirijió

al Sr. Mandeville, entonces plenipotenciario británico en Buenos

Aires, por conducto del ajente que en esta capital tenia el gobierno

correntino, para rogarle que promoviese con Rosas la regularizacion de

la guerra.

Tenemos á la vista la nota que el Jeneral Paz dirijió entonces á

ese Comisionado: y vemos en ella que aquel Jefe decia: que "á pesar

de no tener un perfecto conocimiento del estado de las relaciones

diplomáticas de los agentes extranjeros residentes en Buenos Aires con

el gobierno de D. Juan Manuel Rosas, creia que ninguno era mas propio

para llevar á cabo esa negociacion que el Caballero Juan H. Mandeville,

indicado ya en el encabezamiento de esta nota. Los altos respetos de la

Gran Bretaña," añadia el Jeneral, "la conocida filantropia del gobierno

y de la nacion inglesa, el carácter y las recomendables calidades de su

representante; y aun la especie de deferencia que D. Juan Manuel Rosas

presta al Caballero Mandeville; todo me induce á creer que sea este

Señor el mas indicado para llenar tan laudable objeto."

El Comisionado Correntino transmitió al Sr. Mandeville, ó copia

íntegra de la nota del Sr. Jeneral, ó la substancia de ella, vaciada

en otra del propio Comisionado. Pero aquel diplomático ni respuesta

dió, siquiera por civilidad; con el pretesto, tal vez, de que el

Comisionado Correntino no tenia, para él, carácter alguno público; como

si esa circunstancia hiciese desatendible una comunicacion que á tan

importante fin se dirijia.

En Montevideo, por el contrario, algunos ajentes extranjeros han

procurado inducir al sitiador á regularizar la guerra; y, aunque todos

recuerdan la insolente respuesta que Oribe dió al Comodoro Purvis, y el

ningun resultado que semejantes tentativas han logrado siempre que se

renovaron; eso no disminuye el mérito de los agentes que promovieron

obra tan digna.

Ahora se invoca de nuevo la interposicion de los que residen al

lado de Rosas, se invoca en los momentos en que nuevos ejércitos

van á encontrarse sobre el campo de batalla, si es que no se han

encontrado ya. ¿No habrá entre aquellos señores uno siquiera que oiga

el llamamiento que se hace á su filantropia y á su humanidad? Esos

ajentes, cuya amistad por Rosas los ha conducido á actos propiamente de

partidarios, ¿no creen que podrán obtener de él, en recompensa de los

servicios que le han hecho, la promesa de negociar con sus enemigos la

regularizacion de la guerra? ¿No seria ese resultado mas aceptable á

los ojos del que encerró la sangre del hombre en vasos tan escondidos,

para que sus hermanos no se atreviesen á derramarla, que no los ayunos

y rogativas propuestas por el Sr. Brent? ¡Oh! sí: que los Ajentes que

Hoy residen al lado de Rosas, llenen ese vacio deshonroso, que existe

en los anales de nuestras desgracias; que promuevan, con empeño y con

firmeza, el canje de prisioneros y la regularizacion de la guerra; y

habrán desempeñado un alto deber de humanidad, que quedará grabado en

la memoria de estos pueblos.

_Marzo 7 de 1846._

EL PEREGRINO.

CANTO DUODECIMO--POR JOSE MÁRMOL.

El éxito de un libro no depende muchas veces de su mérito, sino de que

consiga hacerse leer, venciendo dificultades de oportunidad. La edicion

francesa de los viajes de Azara en la América Meridional, está casi

toda sin venderse en los estantes del librero Dentu, desde 1809, y es

el mejor libro que existe sobre las rejiones que describe. Cervantes

tuvo que publicar él mismo la crítica de D. Quijote, para conseguir

que sus compatriotas leyesen el libro en que; por muchos años, estuvo

compendiada toda la literatura española. ¿Tendrá Mármol que tentar

algun arbitrio para que el breve volúmen que tenemos por delante se

abra camino entre un pueblo cuya atencion absorben hoy las mas graves

cuestiones políticas y sociales; para conseguir que espíritus ajitados

profundamente, en presencia de realidades lúgubres ó espantosas,

busquen solaz en lo que llamarán las aéreas creaciones de la fantasia?

Porque si el PEREGRINO consigue que le escuchen, seguros tiene el

triunfo y la corona.

Y lo conseguirá, nos parece, con solo que se sepa quien es él, y cual

es el pensamiento que representa. No es verdad que las producciones

del poeta sean siempre aéreas y fantásticas; no lo es de manera alguna

en el siglo en que vivimos; no lo es sobre todo en el PEREGRINO. Sus

pájinas son copias animadísimas de esas mismas realidades que ajitan

hoy á los espíritus; encontramos en ellas las mismas escenas por que

diariamente atravesamos; con la diferencia sola de que, en vez de

leerlas en el severo lenguaje oficial, ó en el estilo descarnado y mal

pulido de la prensa diaria, las vemos en cuadros movedizos, ricos de

colorido, de verdad, y de inspiracion. ¿Por qué apartaríamos de ellas

la vista cuando ponemos tanta atencion en un periódico?

Daremos una breve idea del PEREGRINO, y nuestro juicio acerca de su

mérito.

Mármol recibió del que distribuye las dotes de la intelijencia todas

las necesarias para elevarse, como poeta, á la contemplacion séria

de las grandes escenas de la naturaleza y de la vida social; para

comprender, á un solo golpe de vista, las grandes relaciones morales

de todos los objetos entre sí, de tal manera que los mas remotos y

aparentemente inconexos se reunan en un solo cuadro, con naturalidad

y sin violencia; para escojer, en fin, en la inmensa paleta del mundo

visible, los colores que dén á esos cuadros mas encanto, mas armonía

y verdad. Esas son las dotes naturales del poeta: Mármol se sintió

con ellas, y se aplica asiduamente á cultivarlas: sus progresos son

evidentes: sus trabajos de hoy dejan atrás, á una distancia en que

se pierden de vista, sus mas aplaudidos ensayos; y aunque estamos

ciertos de que EL PEREGRINO jamas perderá el puesto que ahora toma en

la literatura nacional, tenemos fé en que su autor ha de colocar otras

obras en puesto todavia mas aventajado.

Como las condiciones de espacio, á que tenemos necesariamente que

sujetarnos, nos impiden entrar en consideraciones jenerales que

deseariamos hacer, procuraremos reasumirlas todas diciendo: que para

comprender y para juzgar los primeros ensayos de Mármol bastaba

simplemente _el gusto_ por la poesia, y el conocimiento de su

mecanismo; mientras que para apreciar y hacer la crítica del PEREGRINO

se necesita remontarse á la filosofia, á la historia, á la alta

literatura, al conocimiento de la política, de los partidos civiles,

y de todos los elementos de nuestra sociabilidad. Es por que todo eso

comprende el poema de Mármol, de que nos dá una muestra el _Canto_ que

nos ocupa.

Escritos políticos, económicos y literarios · 第 12 / 18 段