insensata; ni conocemos hombre, fuera de Rosas, que se atreviese á
insultar con tanto arrojo, no ya los derechos, sino la buena razon
de los pueblos de quienes pretende ser Jefe Supremo. Las Provincias
Arjentinas situadas sobre el Paraná, estuvieron siempre en plena y
jamas disputada posesion de comerciar, bajo sus respectivas banderas
con Montevideo y con todos los puertos de la República Oriental;
desde que esta dejó de ser provincia arjentina. Natural es que esto
sucediera, estando el territorio Oriental en tan inmediato contacto con
el arjentino, separado únicamente de él por el Uruguay y por el Plata,
cuya navegacion posée en comun con la familia arjentina. La _Gaceta de
Rosas_ invoca _los tratados_ para probar que ese comercio es ilejítimo
_en tiempo de paz_. Pero los invoca contentándose con citar las fechas
de esos tratados; sin indicar siquiera una palabra en que se prohiba
semejante comercio. No la cita por que no existe: ahí están todos esos
tratados impresos en la _Biblioteca_ de nuestro diario; el que quiera
puede consultarlos; ¿donde está el artículo, la palabra en ninguno de
los citados por la _Gaceta_, que prohiba el comercio de las Provincias
con los puertos del Estado Oriental? Nadie le hallará. El papel de
Rosas cita fechas, contando con alucinar á los que creen ciegamente en
una cita sin examinarla.
Pero es que sucede precisamente lo contrario de lo que Rosas pretende,
no solo en los tratados que cita, sino en otros que oculta. El artículo
8.° del de 4 de Enero de 1831, que es uno de los recordados por la
_Gaceta_, dice:
"Los habitantes de las tres Provincias litorales gozarán recíprocamente
la franqueza y seguridad de entrar y transitar con sus buques y cargas
en todos los puertos, rios y territorios de cada una ejerciendo en
ellas su industria con la misma libertad, justicia y proteccion que
los naturales de la Provincia en que residan, bien sea permanente, ó
accidentalmente."
Si algo se deduce de ese artículo, único en todo tratado, relativo á
navegacion ó á comercio, es que las cuatro provincias litorales gozan
perfecta igualdad de derechos para el comercio dentro de sus rios, y
para transitar las unas, con su bandera, por las aguas de las otras.
Pero hay otro tratado, _que la "Gaceta" no cita_, celebrado entre
esas cuatro provincias, y que encierra la única disposicion explícita
que puede aplicarse á su comercio. Es el de 25 de enero de 1822 cuyo
artículo 8.° es del tenor siguiente:
"Queda igualmente _libre el comercio marítimo en todas sus direcciones
y destinos_ en buques nacionales, sin poder ser obligados á mudarlos;
abonar derechos, descargar para vender sus mercaderias ó frutos, por
pretesto alguno, por los Gobiernos de las cuatro Provincias, cuyos
puertos subsisten habilitados en los mismos términos, solo si, para
obviar el perjudicial abuso del contrabando podrán ser reconocidos
por los guarda costas respectivos, como sus licencias, guias y demas
documentos con que deben navegar, siendo decomiso lo que venga fuera de
ellos."
Ahí está clara y expresamente sancionada para las cuatro provincias _la
libertad_ del comercio marítimo sin restriccion ninguna, franco _en
todas direcciones y_ DESTINOS: ahí está tambien _la habilitacion legal
de sus puertos_, para ese comercio. Muestre Rosas un pacto posterior
que haya derogado esa estipulacion. No existe. Al contrario, el
artículo 1.° del tratado de 4 de enero de 1831, _ratifica y declara
en su fuerza y vigor_ TODOS _los tratados anteriores celebrados entre
los mismos gobiernos_: entre estos gobiernos se celebró el de 1822, y
es, por lo tanto, fuera de duda que, léjos de hallarse rescindido, fué
ratificado por el de 1831.
La otra razon que la _Gaceta de Rosas_ se atreve á alegar para
pretender que las Provincias Arjentinas no tienen derecho para
comerciar directamente con el Estado Oriental, en _tiempo de paz_,
es que la provincia de Buenos Aires _es dueña exclusiva de la boca
del Rio de la Plata, llave de la navegacion de las demas Provincias_.
Proposicion semejante no se combate con argumentos; basta enunciarla
para que la razon universal la condene. Y de véras que no comprendemos
que objeto puede llevar Rosas en asentar proposiciones de esa
naturaleza. El simple hecho de existir en la márjen setentrional del
Rio de la Plata, y sobre su embocadura, un Estado independiente,
bastaria para abstenerse de enunciar pretension semejante, cuando
ninguna otra objecion ofreciese ese señorío exclusivo de una provincia
que ocupa _una de las costas_ de un golfo de 40 leguas de ancho. Esa
pretension, entretanto, dá á las Provincias Arjentinas, la medida de
las que Rosas alimenta respecto de ellas: ahí vén claramente declarado
lo que tienen que esperar del poder que ellas mismas han contribuido
á robustecer, _aun despues que la guerra no sirva de pretexto para
las restricciones comerciales_. Ahí tienen anunciado sin disfraz
el pensamiento de Rosas, de que _aun en tiempo de paz_, no podrán
comerciar directamente con Montevideo; ó que, si comercian, será por
concesion voluntaria de Rosas, no por derecho que ellas tengan; y, por
consiguiente, que él impedirá, cuando le convenga, ese comercio.
Estudien las Provincias esa leccion.
_Octubre 8 de 1847._
XI.
La cuestion de la clausura de los puertos, y del comercio directo de
las provincias arjentinas con Montevideo, ha dado oríjen á un hecho
nuevo en la historia de la dictadura de Rosas; hecho al que damos
no pequeña importancia, y que creemos conveniente dejar rejistrado
y explicado. Rosas se habia servido hasta ahora de la imprenta para
defender su sistema, para excusar ó justificar sus hechos, despues de
ejecutados. Jamas ha discutido ante el público medida ninguna, _antes
de adoptarla_. Despreciador altanero de la opinion de los pueblos,
empezó siempre por hacer lo que convenia á sus miras, sin cuidarse
de esplorar la opinion, de prepararla; solo _despues de consumado el
hecho_, mandaba á sus escritores que le defendiesen ó lo excusasen.
Hoy, por la primera vez, procede de otro modo: está discutiendo por la
imprenta, no solo la conveniencia, sino hasta el derecho, de adoptar
una medida que desea. Por la primera vez ha sentido el dictador que
eso que se llama opinion pública es un freno capaz de contener, en
ocasiones dudosas, aun el desbocamiento de los que revisten esa coraza
de crímen y de impunidad, que en el diccionario de la degradacion civil
tiene por nombre _la suma del poder público_.
Rosas desea ardientemente cerrar los puertos y cortar el comercio
directo de las provincias Arjentinas con Montevideo; pero siente que
su medida seria nugatoria, si ellas no hacen lo mismo por su parte.
Ha querido como otras veces, lanzarse, á fuer de audaz, á exigir
imperiosamente que esas provincias hagan lo que les ordena, pero ha
visto que el negocio es de aquellos en que no se puede contar con la
ignorancia, ni con la indiferencia de los pueblos, para engañarlos; ha
visto que la cuestion presente afecta intereses que todos comprenden,
porque son de todos, y de cada individuo en particular. El dictador
ha tenido, desde entonces, que contenerse; ha tenido que doblar su
altanera voluntad á consultar la opinion de los pueblos, á pedirles
su consentimiento; y, para ver si se los arranca, se esfuerza por
estraviar su juicio, desfigurando la cuestion en las columnas de su
_Gaceta_. He ahí la explicacion de ese hecho nuevo y heterojéneo en
la historia de las violencias y arbitrariedades administrativas de
Rosas. Falta ahora que las Provincias Arjentinas comprendan toda su
importancia, y sepan aprovecharse de él, para asegurarse el goce de
sus derechos y de sus franquicias lejítimas. Los pueblos pierden sus
libertades haciendo concesiones progresivas á las usurpaciones del
poder absoluto: tolerando Hoy una, se inhabilitan para resistir la de
mañana; lo que creian haber concedido como favor, se les exije luego
como obligacion; hasta que la repeticion de esos actos concluye por
despojarlos de todos sus derechos: una estaca quitada cada dia á la
barrera que contenia á la arbitrariedad, acaba por remover enteramente
esa barrera. Tal es, en resúmen, la historia de todas las usurpaciones,
tanto del Poder Temporal como del Espiritual. Pero esa misma marcha,
invertida, conduce muchas veces á recobrar las libertades que se
perdieron. Desde que el poder absoluto cede, aun en cosas mínimas,
á la voluntad ó al derecho de los pueblos, estos deben apoderarse
de la concesion y mantenerse firmes en su derecho, para no volver á
perderlo. Seria necedad suponer que Rosas, ni otro déspota ninguno,
consultaria la voluntad de las Provincias, ó procuraria convencerlas
de la necesidad de una medida que las perjudica, si tuviese medios
de adoptarla, á pesar de la oposicion de aquellas. No: las consulta,
las pide su consentimiento, para cortar el comercio que tanto las
favorece, por que se reconoce impotente para mandarles que lo hagan,
de buena ó mala voluntad. Si Rosas pudiese, ya habria forzado á
las Provincias--al Entre Rios principalmente--á que cerrasen sus
puertos: si los cierran despues, él y las provincias litorales, no
será sino por que haya logrado arrancar el consentimiento de estas,
por engaño, por intimidacion, ó por compensaciones pecuniarias ó de
otra especie. Que las provincias no se dejen extraviar por Rosas en
esta ocasion: que sepan aprovecharse de esa primera concesion, hecha
forzadamente á sus derechos por el poder despótico que se los tiene
usurpados; que se mantengan firmes, amparados por su buena causa, por
su indisputable justicia; y Rosas empezará á aprender á respetar la
opinion y la voluntad de unos pueblos, que jamas debieron consentir en
que los despreciase del modo que acostumbra. No olviden las Provincias
Arjentinas que ese descarado usurpador, aun ahora mismo que está
pendiente del consentimiento de ellas, les anuncia, sin embozo, que _ni
en tiempo de paz_ las reconoce el derecho de comerciar directamente
con Montevideo: no olviden que Rosas se declara árbitro supremo de la
navegacion y del comercio de las provincias litorales, fundándose
en la pretension insolente de ser _dueño exclusivo de la embocadura
del Rio de la Plata_. De la actitud que tomen, en este caso, las
Provincias interesadas en el comercio y en la navegacion del Paraná,
de la resolucion que adopten en la cuestion que Hoy se debate, depende
su porvenir mercantil, industrial y económico, no solo en tiempo de
guerra, sino en épocas ordinarias de paz.
Mañana haremos patente la falsedad y las insidias de los argumentos con
que el último artículo de Rosas en su _Gaceta_ trata de extraviar el
juicio de las Provincias.
_Octubre 12 de 1847._
XII.
Cuanta mas destemplanza y mas enojo emplee el dictador de Buenos
Aires en la discusion sobre los Puertos y el Comercio directo de las
Provincias Arjentinas, mas mesura y reposo tenemos que poner de nuestra
parte. Es una ventaja y un deber. Cuestion de industria, de comercio,
de intereses materiales, no admite las exajeraciones, los gritos de
alarma, la mentida exaltacion patriótica á que los caudillos recurren
para arrancar á la sorpresa momentánea ó á la imajinacion de los
pueblos, un triunfo que la razon y el juicio rehusarian á la personal
ambicion de aquellos. Hechos comerciales, cuadros estadísticos,
cálculos de las ventajas ó de las pérdidas, que produce el comercio
hecho directamente por los rios, ó indirectamente por tierra;
demostraciones sencillas, al alcance de todos cuantos se interesan en
ese grave negocio; esos son los únicos medios de discusion apropiados
á cuestiones de esta naturaleza. Hay que hablar á la razon, no á la
fantasia; al interés individual, lejítimo y honesto; no á las quimeras
que las facciones políticas abrazan como realidades, trabajando, sin
saberlo, en provecho exclusivo del caudillo que las fomenta. Hablar
con mesura, discutir con calma, y con sencillez, es, por consiguiente,
procurarse la ventaja del mejor terreno.
A mas de la ventaja está el deber. Nuestro objeto en esta discusion
es un objeto sério, trascendental, superior, en importancia y en
duracion, á las exijencias accidentales de la guerra que Rosas mantiene
hoy por fines puramente personales. Debemos, pues, emplear medios tan
honestos, tan justos como los fines. Trabajamos por el triunfo de un
principio permanente, por el triunfo de la libertad de la navegacion y
del Comercio en las Provincias Arjentinas; por el establecimiento de
un sistema contrario enteramente, en este punto, al que habia seguido
el gobierno colonial, y al que continuaron despues de él todos los
gobiernos patrios desde 1810. De ese sistema, continuado por tantos
años, por tantos gobiernos, bajo tan diversas circunstancias, no han
recojido, hasta ahora, las Provincias Arjentinas sino imperfeccion
en su industria, atraso en su comercio, escasez en su poblacion,
pobreza en todas las clases, enemistades y celos recíprocos, entre las
provincias, guerra civil interminable y sangrienta. ¿Hay en esto una
palabra que no sea cierta que sea exajerada siquiera? No: ahí están,
para dolor y para vergüenza de los pueblos que abrieron la época de
la independencia de Sud América, los anales políticos, comerciales,
industriales, civiles y administrativos de esos pueblos. No hay mas que
consultarlos para encontrar á cada paso esos resultados de ruina y de
descrédito. Su larga duracion de 37 años muestra bien que no dependen
de vicios accidentales ó pasajeros; que hay una causa fundamental,
permanente, independiente de los varios sistemas de organizacion
política ensayados en esos paises, y mas poderosa que esos sistemas.
Esa causa no es otra que el réjimen estúpido y mezquino del aislamiento
y de las restricciones comerciales en las Provincias Arjentinas. Tiempo
es, pues, de ensayar uno nuevo; tiempo es de que esos pueblos, cuya
prosperidad debe componerse de los mismos elementos que constituyen
la de todos los demas, la busquen por los medios que han servido á
otros para hallarla. La facilidad y seguridad de las comunicaciones, la
remocion de las trabas al comercio y á la industria, la abolicion ó la
rebaja de los derechos y tributos sobre uno y otra, son hoy los objetos
por que luchan todos los pueblos del mundo, como que en todos están
reconocidos como los medios mas seguros de prosperidad, de union y de
paz permanente. Lo que otros pueblos desean y procuran tan ansiosamente
para sí, deseamos nosotros para las Provincias Arjentinas, y
quisiéramos que ellas lo procurasen. La presente discusion del comercio
directo con Montevideo es un incidente de la gran cuestion jeneral,
es, mas bien, la cuestion misma, solo que por ahora se circunscribe al
tráfico con Montevideo, y á la época presente. Así es como nosotros la
consideramos; así como procuramos tratarla; y, por consiguiente, es de
nuestro deber--deber de que nada podrá separarnos--el no mezclar en esa
discusion, las pasiones de partido, las miras personales del momento,
los embustes frenéticos que el dictador Rosas emplea para sostener el
principio retrógrado, estúpido y funesto que combatimos. Rosas quiere
que las provincias no miren en este negocio sino _intrigas unitarias_.
Nosotros procuramos que solo vean ventajas comerciales, progreso de su
industria, aumento de su riqueza. Hablamos de Rosas, combatiéndole,
porque él es quien representa y sostiene el principio de las
restricciones, del aislamiento, de la dependencia comercial de las
Provincias. Hablamos tambien de Urquiza, porque es el gefe de una de
esas provincias, de aquella precisamente que, por su colocacion sobre
los dos rios interiores, en la embocadura de uno y otro, está llamada
á representar el primer papel en toda cuestion de navegacion y de
comercio en esos rios; porque, siendo la que mas inmediatamente sufre
los perjuicios del sistema de Rosas, es tambien la que, por causas que
todos conocen, se encuentra hoy con mas medios de hacer respetar los
derechos de que el dictador quiere privar á las provincias. Por eso
hablamos de Rosas y de Urquiza: sus personas no nos ocupan, sino como
símbolos de las cosas, de los sistemas.
Rosas nos acusa en su _Gaceta_ de que tentamos la ambicion del
gobernador Urquiza, de que _le proponemos una criminosa disidencia_,
de que _pretendemos_ que _encabece la mas diforme, aleve y
monstruosa conspiracion contra el órden público fundamental de la
nacion_--Palabras, palabras sin sentido práctico, en que nadie crée
ménos que Rosas. Si la presente cuestion del comercio directo trajese
el rompimiento que Rosas supone, él solo seria la causa, él solo le
habria provocado. El es el único que _ataca_ los derechos de las
provincias: estas no harian mas que _defenderse_. Para su defensa
basta el derecho: solo provocadas por la fuerza emplearian fuerza
para resistirla. Ellas tienen, por los tratados, y por la posesion
y la práctica,--es decir, por todos los títulos que pueden conferir
derechos de esa clase--el de comerciar directamente con Montevideo:
Rosas es quien les exije que renuncien al uso de ese derecho; si
ellas se niegan, nada hacen sino usar de una facultad lejítima por
nadie disputada antes de ahora. Hasta ahí, nada habria ménos que un
rompimiento. Si Rosas quisiese emplear la fuerza para obligarlas, él
se convertiria en agresor, él solo pondria las armas en manos de las
provincias para una resistencia justa y provocada. El riesgo de un
rompimiento, por esta cuestion, no puede venir de parte de los pueblos:
solo debe esperarse de parte de Rosas, que, como el Aquiles de Horacio,
niega que el derecho se haya inventado para él, y no reconoce otro
medio que la fuerza para decidir todas las cuestiones.
Nosotros no queremos que Urquiza _conspire contra el órden fundamental
de la nacion_. Todo lo contrario; deseamos--por desgracia no podemos
sino desearlo--que él y los demas jefes de provincias mantengan ese
mismo órden fundamental, no permitiendo que Rosas se arrogue, como ya
lo hace, el carácter, el título y las funciones de Jefe Supremo de la
República, que nadie le ha conferido jamas. El órden fundamental de
la nacion está de hecho subvertido por Rosas La dictadura personal,
extendida á todas las provincias; la usurpacion de facultades en cuya
virtud fusiló Rosas á Cullen gobernador de Santa Fé, juzgó y fusiló
á Reinafé, gobernador de Córdoba; depuso á Segura, gobernador de
Mendoza, y ejerció otros actos semejantes; el desprecio mas descarado
á los tratados existentes, que el mismo Rosas invoca; nada de eso
_constituye el órden fundamental de la nacion_; al contrario, le mina y
le trastorna completamente.
Tampoco pretendemos la desunion de las provincias. No: nuestra doctrina
respecto del comercio y de la navegacion tiende precisamente á unirlas
á todas, por un vínculo de interés comun. Nosotros deseamos que una
provincia no goce exclusivamente ventajas de que no participen todas
las otras, que tengan iguales medios naturales de gozarlas. Queremos,
por ejemplo--y cuidado, que somos hijos de Buenos Aires, y amamos
nuestra patria como el que mas--queremos que, teniendo Entre Rios,
Corrientes y Santa Fé puertos y rios navegables, como los tiene Buenos
Aires, no goce esta sola de las ventajas de la navegacion y del
comercio directo. Queremos así mismo que las provincias interiores, que
no tienen puertos, ni rios, tengan, al ménos, la libertad de vender
sus frutos, y de comprar los jéneros que consumen, en aquellos puertos
de las demas provincias donde les sea mas cómodo y mas barato; sin
que Buenos Aires les imponga la obligacion de venir precisamente á
surtirse en su plaza, y á exportar por su puerto los productos del
interior. Que vengan si quieren, si hallan ventajas en venir: pero
que no se les quite su natural libertad de elejir. Eso es lo que
pretendemos; y en eso, tan léjos de promover la desunion y la guerra
entre las provincias, promovemos la abolicion de odiosas é injustas
diferencias, que enjendran rivalidades, celos, y desunion.
Ni queremos conseguir esos objetos á costa de la prosperidad de Buenos
Aires. Eso seria incidir en la misma injusticia y mala política que
combatimos. En otro artículo tocaremos especialmente este punto.
_Octubre 15 de 1847._
* * * * *
Dijimos ayer que las franquicias de navegacion y de comercio por que
estamos abogando, en favor de las provincias ribereñas é interiores
de la familia arjentina, en nada perjudicarian á la prosperidad de
la provincia de Buenos Aires. Ahora añadiremos que contribuirán
poderosamente á aumentarla; que Buenos Aires tiene en esas franquicias
un interés idéntico, comun, con todas las otras provincias; que sufre
lo mismo que ellas, las ruinosas consecuencias del sistema que Rosas
procura perpetuar.
No haremos aquí una exposicion de los principios, ó ideas jenerales
de la ciencia económica para demostrar en abstracto que ningun
Estado ó Provincia puede prosperar en su comercio, ninguna industria
desarrollarse, cuando fian principalmente su prosperidad y su
desarrollo á la falta de competencia causada por reglamentos
prohibitivos. Todos comprenden, con solo indicarlo, que el pais que
no teme la competencia de su vecino, sea en el comercio, sea en
la industria, se entrega naturalmente al abandono y no piensa en
estudiar métodos de perfeccionarse y de adelantar. Solo el temor de la
competencia, de que otros hagan mejor y mas barato, y atraigan, por
consiguiente, concurrencia mayor, es lo que estimula á los gobiernos,
como á los particulares, á perfeccionar la lejislacion mercantil, y
los métodos industriales; es lo que inicia y fomenta sin cesar el
desarrollo de las facultades de cada pueblo, y de cada individuo. Eso,
repetimos, se comprende con solo enunciarlo.--Hablemos ya especialmente
de Buenos Aires.
De que las Provincias ribereñas tengan la libertad de hacer el comercio
directo con el extranjero, de que las interiores gocen la facultad de
vender sus frutos y comprar lo que necesitan en aquellos puertos de
los rios donde mas cómodo y mas barato les parezca, no se sigue, de
modo ninguno, que el comercio de Buenos Aires haya de decaer.--Alguna
parte del jiro que hoy hace con aquellas provincias pasará, no hay
duda, á otros puertos: pero lo que Buenos Aires pierda por ese lado
lo ganará multiplicado por otros muchos. Es lo que sucede siempre en
casos semejantes. La Inglaterra ha perdido en muy gran parte de diez
años acá, el gran comercio de tejidos de toda clase que hácia con la
Alemania, por el prodijioso adelanto de las fábricas en ese último
pais. Pero ese mismo adelanto de las fábricas en Alemania ha creado
una incesante demanda de máquinas, que se construyen jeneralmente
en Inglaterra, á punto de que, ya en 1842, casi todo el dinero que
ésta pagaba por los trigos que recibia del Báltico quedaba en la
Inglaterra misma para comprar por cuenta de fabricantes del Continente
máquinas ó ciertas piezas de ellas, cuya construccion en él, es mas
cara ó mas imperfecta. Lo que la Inglaterra dejó de ganar vendiendo
parte de sus tejidos lo gana vendiendo máquinas. Una parte de los
hiladores y tejedores habrá visto disminuir cierta porcion de sus
ganancias; pero otra parte de los fundidores é injenieros habrá
aumentado en proporcion las suyas. Y, por supuesto, la riqueza y la
prosperidad de la Inglaterra, como de otro pais cualquiera, no depende
de que los hiladores y tejedores prosperen mas que los fundidores y
los injenieros; depende de la suma total del progreso de todas las
industrias y de todos los medios de produccion tomados en conjunto.
Ejemplos como el que citamos se repiten todos los dias, en todos
los paises. Lo mismo sucederia tambien en Buenos Aires. Algunos
comerciantes de algunas provincias no vendrian allí con sus frutos,
ni allí comprarian los artículos de su retorno. Pero la mayor riqueza
y prosperidad que las provincias adquiririan por la libertad de su
comercio aumentaria considerablemente el número y la importancia de las
especulaciones; habria mas comerciantes y mas ricos, y aunque no todos
hiciesen su comercio con Buenos Aires, el número de los que le hicieran
seria grande y progresivo. Eso sin embargo, es lo ménos importante. De
otro órden son las ventajas que Buenos Aires reportaria.