A Josefa de Sevilla.
La mujer es un ser humano y la flor un vejetal: son dos criaturas
distintas, pero ambas enriquecen la Naturaleza; tienen entre sí muchos
puntos de similitud.
Las mujeres son el placer de la vida, el encanto del alma y la poesía
del corazón; como las flores la sonrisa de los jardines, el amor de
la incierta mariposa y el dulce bálsamo de la atmósfera campestre,
aunque también ambas á veces nos causan desazones.
El cáliz de una flor unas veces despide suavísimo aroma, y otras
ingrato olor; así el corazón de la mujer, que á veces encierra ternura
y laudables sentimientos y a veces también... vileza y veleidad.
De la mujer nacen los ángeles de la tierra, como la flor se transforma
en frutos.
Sin la mujer sería todo acíbar en el corazón humano, como el campo
sin flores presenta un cuadro tan tétrico como el aspecto de los
cementerios.
Tierna es la mujer cual una flor.
Las flores ríen llenas de vida por la mañana, y apenas el disco solar
llega al zénit, marchitas inclínanse al suelo: corta es su existencia,
como la duración, si conviene llamar así á la efímera vida de la
belleza de una jóven.
Lavillemeuse ha dicho:
«Cual la flor que al nacer de la aurora,
Fresca brilla en mitad del vergel,
La hermosura, á quien tanto se adora
Brilla un día y se acaba con él.»
Tanto la jóven marchita como la flor agostada, inspiran lástima
y compasión.
Con el suave beso del aura se aja la flor, como la candidez de una
vírgen con el tierno ósculo de su amante.
Para una flor que se marchita y dura muy pocos dias, aún estando en
su tallo, necesaria es una saludable sombra, que la preserve de los
abrasadores rayos del sol: así las jóvenes reclaman una buena madre,
que las aleje del ponzoñoso aliento del libertinaje.
Pero la mujer casada es más delicada aún que la purísima doncella. Si
ésta llega á perder su pureza, puede en cierta manera restaurarla con
grandes virtudes ó con la santidad del matrimonio; pero la casada
que se deja abrasar por adulterinas pasiones, recuperar su perdida
honra nunca podrá. A ésto semeja la flor, la cual estando aún en su
tallo, si se agosta, puede á veces adquirir su primitiva lozanía,
con la benéfica frescura del rocío; mientras tronchada ya, una vez
se marchite, irremediablemente se secará.
Una jóven bella y rica, pero vanidosa, es como la dália, hermosa;
más su cáliz no encierra balsámico aroma.
En cambio: una mujer modesta, pero simpática, semeja al jazmin,
que aunque escaso de galas, es rico en perfumes.
La fragancia, la diversidad de colores y la gentileza de las flores
simbolizan la virtud, la riqueza y la hermosura de las mujeres: por
consiguiente, si se me preguntara cual es la reina entre la virtuosa,
la hacendada y la linda contestaría sin vacilar que lo es la primera,
pues sin ir á otro punto, de las flores de Filipinas se reconoce por
Soberana la del fragante ilang-ilang, á pesar de la modestia de su
forma y la pobreza de su color: hasta el verde que tiene no es propio
de las flores, sino de las hojas.
Flor sin aroma, mujer despreciable.
La flor de perfume es estimable y conservada, aún estando ya
agostada, como la sampaguita: de esta manera la virtuosa no carece
de admiradores, aún pasando la primavera de su vida.
El suavísimo aroma de las flores regala, como la virtud de una mujer
encanta.
Pocas son las mujeres de singulares dotes, que no se casen apenas
lleguen á la primavera de la vida. Es claro, todo el mundo aspira á
coger una brillante flor.
Abundan los adoradores de mujeres hermosas, y muchos de ellos, suelen
tener funesto fin: es que las flores más preciosas acostumbran ocultar
punzantes espinas, como la rosa de Alejandría.
La mujer inteligente y de vasta instrucción, como Mme. Luisa Michel,
Stael, de Lambert, Sta. Teresa de Jesús. Emilia Pardo Bazan, Rosalía de
Castro, Fernan Caballero y otras célebres escritoras, se parecen á una
flor artificial; tienen una forma mejor que la flor de la Naturaleza;
son sus pétalos mas primorosos, su color más vivo y brillante,
su aroma, más delicado, y más duradera... su vida eternizada por
sus obras.
Tal vez alguno me objete:--¿Y tú conoces sus vidas privadas?
Ciertamente, nó; pero tal es mi admiración al génio, que desde luego,
sin fijarme en otras circunstancias, lo coloco más allá de la región
de las nubes y con fanatismo ciego lo adoro desde allí.
¿Os agrada, amables lectores, contemplar una preciosa flor, aspirar
su embriagadora fragancia y colocarla en vuestro pecho? ...
Pués también os daría placer el mirar de hito en hito la peregrina
hermosura del ángel de vuestros amores, besar con febril anhelo las
rosas de sus mejillas y tenerlas en vuestro amante seno.
¿No es verdad?...
Pero, si tenéis una esposa á quien mucho amáis, ¡deteneos! reprimid
los violentos latidos de vuestros corazones y no derrocheis á manos
llenas vuestras caricias, que para conservar la lozanía de un clavel,
se le hace flotar en un vaso de agua fresca y cristalina y no se le
colma de ardientes besos.
Campoamor dice en una de sus Humoradas:
Te casarás y acaso al otro dia
verás tu pecho de amargura lleno.
¿Qué quieres, hija mía?
si una capa de amor es ambrosía,
dos copas de placer son un veneno.
Sí; debéis creerme que todas las mujeres encuentran en las flores
sus retratos; menos la prostituta y tan sólo ella, quien no halla en
ellas un exacto simil de su vileza. Es más despreciable aún que las
flores que despiden malos olores.