Si fuera Isio verdaderamente desinteresado y patriota, estaba en sus
manos el entregar un gran pueblo á los españoles, para que acabasen
la obra comenzada por él, é indudablemente le hubieran indultado,
ya en consideración á este gran servicio, ya porque cometió aquellas
exacciones de antes, obligado por las tristes circunstancias que
le rodeaban.
Pero á la propia comodidad, al espíritu de venganza y al prurito de
gobernar, todo lo sacrificó, hasta su misma labor civilizadora.
Los españoles habían sabido que en el centro de Abra, se organizaba
potente un gran pueblo compacto, decidido á todo y dirigido por el
sagaz y denodado Isio, y con justa razón temieron que algún dia daría
serio quehacer á los vecinos pueblos civilizados, y se propusieron
prender al prófugo ex-gobernadorcillo.
Isio lo supo y entonces predicó la guerra contra los españoles y los
ilocanos que les seguían.
--¡Esos--exclamaba--vienen á perseguir al enviado de los anitos, que
os está haciendo grandes servicios! Nuestros dioses quieren probar
vuestra obediencia para poderla premiar después en el paraiso. Por
lo demás, la victoria no es dudosa para nosotros.
Logró reunir un numeroso pelotón de monteses y en una sola noche
asaltaron los antiguos baluartes que había en Ilocos y que se habían
levantado para rechazar á los moros joloanos, y como casi todos estaban
abandonados, fueron derrotados sus vigilantes y se apoderaron de los
cañones y demás armas, municiones y pólvora que allí había.
Con los cañones cerraron las gargantas de los montes que daban
acceso á aquellos valles, y asi favorecidos grandemente por la
Naturaleza, hicieron imposible toda idea de avanzar un pasito más de
sus avanzadas. En la Historia de la comarca ilocana deben de estar
consignadas las muchas desastrosas retiradas y lamentables fracasos
que las tropas españolas sufrieron al intentar castigar al célebre
Isio, y últimamente fué derrotado el capitan Pinto.
Pero fué enviado contra él el no menos famoso capitan español Galvey,
á principios de 1831. Se reunieron las fuerzas de Ilocos con las de
Pangasinan en el rio Piapia de Balaoang y se dirigieron á Tamoron.
Galvey, con sus anteriores simuladas expediciones al país de los
igorrotes, desde 1829, logró que estos acabasen con toda su pólvora, y
cuando se convenció de ello, intentó llevar á cabo un decidido ataque.
No reseñare la expedición, aunque bien lo merecería la bravura con que
se defendieron los igorrotes; sólo haré constar que perdieron casi
tantos hombres como soldados de Galvey dejaron de existir, hiriendo
gravemente al capitan Castañeda, y estaban ya á punto de tomar una
retirada, cuando un. sargento logró atravesar de un balazo á Isio, y
como los igorrotes vieran caer como herido del rayo al que consideraban
profeta invulnerable, creyeron que los verdaderos dioses eran las balas
de los españoles; se sobrecogieron de terror y acabaron por huir á
la espesura de los montes, volviendo á su anterior modo de vivir. [115]