--¡Pobre jóven!--exclamó el viejo ex-gobernadorcillo, al oir el
conmovedor relato de Isio y su decidida resolución de procurarse el
nombramiento de gobernadorcillo, para salvar su crítica situación.
--¡Pobre jóven sin experiencia!--no pudo menos de repetir, y añadió:
--Pero si es peor el remedio, ¡hombre de Dios!
--De modo que mi situación no se resuelve, si no ahorcándome en un
balete ¿(árbol)?--Exclamó Isio.
--Tanto, no; como se ha de ahorcar V., ¡tonto! Sí, tonto y muy tonto
sería, si no encontrase otro remedio que la ¡desesperación! Pero no es
menos peregrina su idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo,
cuando este es infinitamente peor que el de cabeza de Barangay. El
mejor remedio será resignarse á perder sus bienes, entrar en la cárcel
y salir á trabajos públicos; con eso no se desprestigiará, porque es de
todos conocida su honradez, al menos hasta ahora; y después ya que es
jóven aún, no tardará en recuperar lo perdido. Ea, sea, V. magnánimo,
que el cielo nunca desampara á los hombres laboriosos y de buena fé.
--Me parece muy excelente el consejo, y lástima que antes no se me
haya ocurrido tan fácil y eficaz remedio; lo seguiré, y adios, muy
señor y amigo mio.
Y diciendo esto Isio, saludó á su interlocutor y juntos se dirigieron
á la escalera.
Ya abajo el cabeza de Barangay, se le ocurrió una duda y antes de
despedirse por última vez, preguntó:
--Pero diga V.: ¿otra vez no me podrán elegir cabeza de barangay,
cuando vuelva á reunir modesta fortuna?
Por de pronto el viejo no pudo contestar; se arrugó su frente,
y después de un minuto, murmuró:
--Esa es la dificultad: como V. no ha desempeñado durante diez años
seguidos el cargo, podrán obligarle á aceptarlo de nuevo.
--¡Otra vez!--exclamó Isio y volvió á subir corriendo.
--¿Diez años seguidos?--repitió el mismo--¿y quién podrá ejercerlo
durante ese tiempo, de no tratarse de verdaderos ricos?...¡Eh! amigo,
renuncio á practicar sus saludables consejos; antes he de salir
gobernadorcillo y con lo que adquiera con ese cargo, tendré con que
seguir abonando durante diez años.
--Verdaderamente--contestó el viejo enseñando una silla á su
interlocutor--el caso es para desesperar.
Y después de una pausa, añadió:
--Bueno; será V. gobernadorcillo, pero ¿qué espera hombre de Dios,
con ese cargo, si no disgustos á montones, humillaciones, desembolsos
que no puede hacer, y su ruina completa?
--Pero no me dijo V. que cuando lo desempeñó, ¿ganó mucho dinero?
--Tanto, nó; el no haberme salido mal la broma, representa un triunfo;
pero V. no tiene el atrevimiento, astucia y experiencia suficientes
para no salirle el tiro por la culata; ni el valor necesario para
sufrir ciertas cosas. Acabará V. por morir de disgusto.
--Hombre, no parece sino que V. tiene otro candidato para ese cargo,
pues no comprendo aquellos consejos suyos que rechazé, disuadiéndome
ahora.
--Amigo, le di aquellos, porque yo veía que usted no podía rechazar
la cabecería; pero ahora no debe buscar su propia ruina, estando en
sus manos el evitarla.
--Y ¿por qué ese cargo es tan disputado?... Algun dulce ha de encerrar,
cuando á él acuden hormigas.
--¿Dulce? ¡veneno con baño de almibar!... pero, en fin, ¡dulce
es! ¡Oh! muchísimos piensan coma V., así de los de abajo, por lo cual
es disputado; como de los de arriba, por lo que no se modifica este
cargo en el sentido de que ha de ser honorífico, si así les place; pero
que de ninguna manera debiera ser muy gravoso á los que los desempeñen.
--¿Cómo gravoso?
--Sí, hombre; y lo es en grado superlativo: recuerde, si no,
aquellas cabecerías vacantes de que, según hablamos anteriormente,
pasaban á cargo del gobernadorcillo; y si una acabó de arruinar á
V., cuatro, seis, diez ó más ¿que no le causarán?... ¿Y el sueldo
del directorcillo, á quién V. pagará de su bolsillo particular al
mes, lo que V. percibirá al año? ¿Y las picardías de él, de las que
V. saldrá responsable, pues él no es más que un consultor particular?
--Como yo sé chapurrear el castellano, no necesitaré de directorcillo.
--Es indispensable, hombre, porque V. ignora las fórmulas para extender
las primeras diligencias, poner y contestar los oficios, etc., etc.
--Si es verdaderamente indispensable, promoveré expediente para que el
gobierno me conceda crédito para asoldar un directorcillo de carácter
oficial con responsabilidad de sus consejos.
--Ya vé V. ¡si no es inocente! No, no puede V. ser gobernadorcillo
por cándido. Y esa candidez y buena fé extremadas le acarrearán
muchos disgustos.
--Me portaré listo.
--¡Tu dixisti!
--Dirá V. lo que quiera, capitan; pero me parece que tiene otro
candidato.
--Hombre, V. me ofende; y basta eso para que yo contribuya á castigar
su increible inocencia. Será V. gobernadorcillo; ahora mismo voy
á visitar á mis partidarios, para que todos apoyen calurosamente
su candidatura.
--Si, señor mío, á ver si me hace ese señaladísimo favor.
--No es favor, sino agravio; los indígenas, como la clase popular ó
menos ilustrada de Europa, merecen bien el dictado de niños grandes:
el prurito de figurar, el de elevarse algo del nivel de sus paisanos,
cómo les deslumbra, ¡cómo les pierde! En efecto, los pobres se elevan
un momento para venir á caer luego al fondo de las cárceles ó al
abismo de la desgracia de toda su familia.
--Es V. muy pesimista.
--Vamos á las pruebas: los capitanes de este pueblo
(ex-gobernadorcillos) que viven, son: Andong (Fernando), Islao
(Wenceslao), Asia (Deogracias), Ansong (Juan), Ittong (Evaristo),
Maddó (Romualado) y su servidor. Pues bien: el primero, que fué muy
querido del pueblo, perdió todos sus bienes con el cargo y entró una
vez en la cárcel, siendo persona muy honrada; el segundo está aún
en presidio, porque quiso hacer picardías y no supo hacerlas bien;
el tercero, por sus torpezas frecuentaba la carcel, sin ser pillo;
el cuarto perdió un brazo en la persecución de malhechores, porque
alardeaba de valiente ó buen servidor del Estado, y ya sabe V. bien
que no solo su brazo perdió; el quinto pagó caras las picardías
del directorcillo y otros á quienes había obedecido de buena fé;
el sexto pasó muchos meses en la prisión por no tener con que abonar
los cargos de las cabecerías vacantes y otros gastos que puede abonar
un gobernadorcillo; y yo... fuí el único que no entró en la carcel,
ni oyó reprimendas porque yo conocía de antemano el oficio; pero crea
V.--que solo lo solicité deslumbrado por el prurito de ser jefe local;
pronto me arrepentí y aunque verdaderamente salí ganando, juro que
nunca más aceptaré el cargo.
Fijo Isio en la idea de salvarse con el cargo de gobernadorcillo,
debió haber oido distraidamente á su interlocutor; solo así se
comprende que al final de aquellas buenas lecciones, contestase.
--Dígame V. la verdad: ¿Su opinión obedecerá á que está desesperado
de poder hacer triunfar mi candidatura?
--¡Qué no he de poder yo!--rugió el ex-gobernadorcillo, herido en su
amor propio.--¡Siempre he derrotado á mis adversarios!
--Bueno; por la gran influencia que justamente ejerce V. sobre
el pueblo, he de ser elegido seguramente gobernadorcillo, ¿no es
eso, capitan?--Contestó Isio, conociendo el pié de que cojeaba su
interlocutor.
-- Sí, hombre; ya que se empeña.
V
Isio, procurando explotar en provecho (no digo suyo) de su candidatura,
el orgullo del viejo, publicó que estaba apoyada por éste, y por medio
de varios amigos íntimos suyos propaló la noticia de que el partido
opuesto se preparaba afanosamente á la lucha electoral y que creían
triunfarse fácilmente de Isio y del viejo.
En vista de tales noticias, éste, que era muy astuto y vanidoso,
tomó á pechos llevar avante la candidatura de Isio.
Los del partido opuesto con las murmuraciones provocativas de los
primeros, eligieron un candidato suyo para oponer á Isio.
Los chismes crecían de tal modo que no parecía sino que el pueblo
llegase á convertirse un dia en campo de Agramante; los ánimos
estaban alebrestados y las pasiones se enardecían; unos principales
que antes se respetaban mútuamente, se enviaban recados insultantes;
los que eran amigos antes, ya no se saludaban...
Ya las elecciones se acercan; machos cabezas esta vez acuden
voluntariamente á la Administración de Hacienda pública para saldar sus
cuentas, pues no entra á votar el que tiene alguna deuda al Tesoro; los
partidos se enteran minuciosamente de la conducta de sus adversarios,
para ver de encontrar tachas; acuden á los juzgados, desentierran
causas ó diligencias criminales ó expedientes gubernativos...
Y todo es por el dichoso cargo de gobernadorcillo, que á todos arruina.
En fin, ya llegó la víspera de la elección de gobernadorcillo ó
sea el día de la de los tenientes, alguaciles, cuadrilleros y demás
sirvientes sin sueldo del pequeño gobernador.
Anochecía; el bombo del tribunal (casa Ayuntamiento) no cesaba de
llamar á Junta general á los principales del pueblo; y éstos acudían
al llamamiento.
Ya amigos y enemigos están sentados á una larga mesa, presididos
por el gobernadorcillo y empiezan á discutir la propuesta de los
subalternos. Admira la calma con que al parecer se hallan reunidos
los dos bandos opuestos, y es porque todos temen un sangriento choque
que todos procuran evitar. El mismo presidente, que siempre es uno de
los jefes de los partidos militantes, se muestra imparcial y cuando
la discusión empieza á enredarse entre los jóvenes principales, en
seguida los ancianos la cortan procurando una avenencia, y aquellos
callan ante la voz de éstos. La discusión tiende á evitar que los
propios partidarios sean nombrados subalternos.
No así ya sucede en la elección de gobernadorcillos, porque saben
que no pueden venirse á las manos, por estar presididos por el jefe
español de la provincia.
En ese día, el pueblo ofrece singular animación; toda la nobleza
ó principalía del pueblo, vestida de extravagante chaqueta con los
faldones de la camisa fuera, y sin corbata, espera al Gobernador en
el tribunal con la banda de música del município. El Gobernador, antes
de empezar la votación, pronuncia un discurso encaminado á desvanecer
las rencillas de partidos, y para que elijan al más digno. Después
se lee la lista de los que se hallan en aptitud de votar, y es cuando
se nota un hecho singular, increíble y digno de ser estudiado.
Aquella gente tímida que no se atreviera á despegar los lábios delante
de cualquier español peninsular en otros casos, en el presente cobra,
como magnetizado, impropio atrevimiento. Y con la mayor serenidad
dicen, á la faz de todo el pueblo, al Gobernador de la provincia, que
Fulano es incapaz de votar por ladron ó estar encausado por hurto,
y otras causas por el estilo, llamando la atención el calor con que
se defienden y acusan los adversarios. Allí delante del jefe de la
provincia, se cruzan verdaderos insultos, pero en forma respetuosa
para el presidente.
Y cuando tocan á tachar á los candidatos á gobernadorcillos,
¡oh! aquello es indescriptible é inusitado.
Ya lo ha probado Cantú con la historia universal de la humanidad en la
mano, que la indolencia ó indiferentismo es efecto de la tiranía muchas
veces. ¿Por qué los indígenas en ese caso defienden tenazmente á sus
partidarios? ¿Por qué esa energía en acusar?... Sencillamente, porque
saben que eso les está permitido, y nadie les cohibe. Concededles,
pues, más derechos; no limiteis los que les correspondan, y sólo
entonces podreis juzgar de su cacareada inercia.