Los malaboneses, especialmente los solteros, tienen cierto gusto, como
los ilocanos, en poner versos en los cuatro lados de sus pañuelos,
ya en castellano, ya en tagalog. Hé aquí una muestra.
«Amor eterno te juro»
«Nos enlaza este pañuelo»
«De boda cual santo velo»...
«¡¡¡Perderá vida el perjuro!!!»
Por lo regular declaran su amor con una carta, escrita unas veces en
tagalog y otras en castellano.
Su estilo es muy diferente de los conocidos; en la carta campea el
verdadero filipinismo, que viene á ser una especie de estilo oriental,
basado sobre su gran afición á la mitología griega y á un lenguaje
extraordinariamente florido y grandilocuente.
Allá va una muestra:
«¡Oh, mi ángel adorado!...
Mi pensamiento disfrutaba de las delicias de la tranquilidad y las
tiernas alas de un dulce y dorado sueño cobijaban mis sentidos,
cuando Vénus se presentó á mi fantasía llevando en sus brazos á su
hijuelo Cupido (contadas son las cartas en que no se invoquen los
nombres de los mitológicos dioses del amor). La diosa ostentaba un
resplandeciente manto real, su mirar de fuego me iba dando vida, de
sus labios de carmin respiraba yo un perfume embriagador, y en fin,
mis ojos contemplaban extasiados aquella divina hermosura y no parecía
si no que su lumbre era reflejo de aquellos astros, que enriquecían
su imperial diadema; pero... ¡qué dolor en cambio de tanta dicha!
«¡Oh Venus y Cupido!... ¿Habeis venido para arrancarme el suave aroma
de la esperanza pronosticando mi infeliz destino?... ¡Oh! creo que
no, pues sois dioses inmortales de la ¡hermosura y del amor, pero
no de la desesperación y del pesar eterno! Dirigid, pues, mis ojos
á la morada de un ángel de la caridad quién pueda endulzar un tanto
la amargura de mis dolores!!...
«¡Ah sí, señorita de mi vida! Encaminé mi vista en busca de aquella
belleza soñada, y un día, sin duda el más venturoso de toda mi vida, se
presentaron á mis ojos esos encantos que adornan á V.; y su hermosura
que tanto me encanta y enloquece, ¡ay!... esa es la que ví en mis
sueños de oro; y si desea V. admirar la beldad de Venus, no tiene
más que mirarse en el espejo y en su rostro propio verá fielmente
retratados las gracias de esa diva, cuya hermosura hechiza á todos
los dioses del Sagrado Olimpo... ¡Qué gloria, pues, no esperimentaron
mis ojos, al ver en V. realizada su ideal y fantástica perfección;
pero ¡¡qué dolor no sufre mi corazón, en cambio, al advertir que soy
indigno de amarla con todo el ardor de una febril y sincera pasión!!
«¡Ah, jóven divina! abra V. sus oidos á los ayes de mi alma tiernamente
enamorada. ¡A V. amo!... y acoja por piedad los votos, que pongo
respetuosamente á sus piés, advirtiéndola que la vida sin su amor,
para mi sería imposible.
«Su cordial amante--X.»
La malabonesa jóven ó jamona que recibe tan elocuente metrallazo,
se queda muy esponjada, según locución de aquí, que nos parece gráfica.
En los casamientos, el novio debe regalar en la víspera de la boda
á su futura un aderezo y un juego de vestidos.
V