una sola palabra reticente acerca de mi mujer... ¡ya lo sabes!
Sin embargo, desde el día que la duda se posó en su espíritu, no pudo
Jacques, por grande que fuera su imperio sobre sí mismo, impedir que
algo traslucieran Beatriz y Pedro de la obsesión que lo atribulaba, y se
penetraron de que eran objeto de una tal vez involuntaria vigilancia;
resolvieron, pues, de común acuerdo, hacer aún más raras sus
entrevistas íntimas, y obstáculos tales puestos a su pasión, dieron por
resultado que ésta se hiciera todavía más imperiosa, más absorbente.
Jamás llegaron a verse fuera de la quinta de Bellevue, porque Beatriz
opuso una resistencia invencible a todas las combinaciones que
Pierrepont le presentó para facilitar sus citas a solas. ¡Era culpable,
es cierto! pero aun en su falta conservaba esa elevación de alma que
desprecia los ruines expedientes de la galantería vulgar, y excepcional
hubiese sido que en las condiciones de existencia que les habían creado
los acontecimientos, no hubieran buscado para suplir a sus habladas
ternuras el medio fatal de escribirse. Con este error contaba Calvat.
Como el lector habrá previsto, no afectó aquel villano el
arrepentimiento de su delación, y no se excusó con Fabrice sino para
procurarse de nuevo entrada en la casa y vigilar más de cerca a aquella
que había resuelto perder. Calvat era un infame, pero no era un tonto, y
poseía, sobre todo, esos rastreros gustos de polizonte que son casi
siempre sintomáticos en los _bohemios_ de su cuño. Ya antes que Marcela
le hubiese dirigido la terrible interrogación, terrible en su candor
mismo, que el adocenado aprendiz apresuróse a llevar a su cuñado, había
aquél entrevisto, con esa malignidad y esa penetración del odio, los
lazos que unían al marqués con Beatriz, pero comprendió que se perdería
a sí mismo si después de sus cuestiones con el pintor no presentaba a
éste en la ocasión primera la prueba irrefutable del delito.
Convencido por una serie de deducciones naturales de que los dos amantes
debían escribirse, se aplicó a descubrir sin descanso sus medios de
correspondencia. Los frecuentes y largos paseos de Beatriz en la avenida
de los arrayanes le parecieron equívocos, conjeturando que sus cartas
habrían de cambiarse por cima del poco elevado muro que cercaba el
jardín de la parte del camino; pero su vigilancia en aquellos contornos
resultó baldía. ¿Se escribirían sencillamente por el correo? Calvat,
para cerciorarse, se impuso la costumbre de hacer centinela ante la
verja de la quinta a la hora que llegaba el cartero.
Conociéndolo este hombre por cuñado del pintor le entregaba las cartas
dirigidas a la casa, y Calvat estudiaba cuidadosamente los sobrescritos.
Aunque Fabrice no abría jamás las que recibía su mujer, no era verosímil
que el marqués escribiera a Beatriz sin tomar excepcionales
precauciones, y fue así que al cabo de algunos días llamó la atención de
Calvat el gran número de las que llegaban en esta forma: «Señora Jacques
Fabrice; para entregar a la señora vizcondesa de Aymaret»; y estimularon
tanto más sus sospechas, cuanto que la letra parecía evidentemente
contrahecha: decidióse a abrir una, y encontróse con que, efectivamente,
era toda del puño de Pierrepont: he aquí su contenido:
«Querida Beatriz, sí, esta existencia de engaños y traiciones es indigna
de nosotros y me complace que opines sobre este punto como yo... En
tanto que esta situación se prolongue, nuestra dicha no será más que una
vana ilusión, nuestro amor no será otra cosa que un continuo
sufrimiento... ¿Y no hemos ya sufrido demasiado?... Cree firmemente que
soy tan incapaz como tú de buscar frases hipócritas para engañar mi
propia conciencia... Somos culpables, lo sé, pero, ¿qué crimen de amor
pudo encontrar mayores excusas?... ¿Se cruzaron jamás entre dos
corazones honrados y sinceros parecidas fatalidades?... Sí, somos
delincuentes, pero somos también al propio tiempo víctimas de la
contraria suerte... Sería realmente vergonzoso y criminal perseverar en
esta vía de abominable duplicidad... ¡Huyamos, pues!... ¡Te lo ruego,
alma mía, dígnate consentir!... Confía en mí... he tomado todas las
medidas... Todo cuanto un hombre puede hacer, otro tanto haré yo para
que tu destierro sea un destierro de encantos... ¡Te adoro!--_Pedro_.»
Cuando hubo terminado su lectura, crispóse la cara de Calvat con una
sonrisa de réprobo; dobló la carta, empujó la verja y se dirigió al
taller de Fabrice.
--Hola, ¿eres tú?... Creí que sería el marqués, quien quedó en venir hoy
por la mañana.
--No, no es el marqués; soy yo--respondió Calvat--. Querido--prosiguió,
bajando un poco la voz--, no me acusarás más de ser un borracho y un
embustero, supongo... La casualidad me ha puesto en posesión de una
carta que tiene mucho interés para ti... Como pariente y amigo tuyo, por
grande que sea mi sentimiento... me es imposible dejar de
entregártela... Convendrás conmigo cuando la hayas leído.
--No la leeré--replicó Jacques rechazando la mano de Calvat que le
tendía la carta--. ¡Sal de aquí al instante, y te prohibo que vuelvas
jamás a poner los pies en mi casa!
--Ya me volverás a llamar, y como no soy rencoroso, volveré a tu primera
palabra. Esa carta es de Pierrepont dirigida a tu mujer. Ahí te la dejo.
La arrojó sobre la mesa y salió del taller.
Ya solo, el artista tuvo un momento de horrible duda. Inmóvil,
petrificado, veía delante de sí la mesa, y sobre la mesa la carta.
Por fin marchó hacia aquélla, con paso de autómata, con paso de estatua.
Tomó en sus manos los fatídicos renglones, titubeó todavía, hizo un
movimiento como para rasgar la carta; después, con brusca decisión, la
desplegó y la leyó.
Calvat, por su parte, al irse pasó por delante de la habitación donde
Beatriz trabajaba sentada a su ventana, aproximóse vivamente y dijo:
--Señora; tengo el gusto de comunicarle que en el momento en que me es
dado el honor de hablarle, su marido se ocupa en leer la última carta de
su amante de usted... Buenos días.
Y se dirigió hacia la verja; pero cuando iba a cerrarla alguien lo hizo
seña de que la dejara abierta; era el marqués que venía de la estación.
Cruzaron un saludo. Calvat dobló la esquina de la calle inmediata y
Pierrepont entró en la quinta.
Bajo el golpe de la tremenda noticia que acababa de dársele, Beatriz
quedó fulminada; había oído las palabras de Calvat, pero al principio no
dio distintamente con su sentido; después una luz terrible se hizo en su
espíritu y comprendió... Una carta de Pedro estaba en manos de su
marido... Y de una mirada advirtió como en un caos sombrío todo lo que
podía salir en algunos minutos de los pliegues de aquella misiva: el
deshonor, la vergüenza, la perdición, la muerte. Cerró los ojos y
durante un momento no vio más que tinieblas surcadas por siniestros
relámpagos. De pronto, pasos que sonaban en las calles del jardín la
sacaron de su aturdimiento; miró al exterior y reconoció con terror
indescriptible al marqués que, atravesando aquél, se dirigió al taller
de Fabrice. Se levantó después súbitamente, extraviada, loca, sin
reflexión, sin precisos designios, arrastrada por el terror de un
conflicto inminente entre aquellos dos hombres; lanzóse fuera de su
gabinete, con su labor de tapicería en la mano, y bajó corriendo los
escalones del peristilo, dirigiéndose con precipitado paso hacia el
taller donde Pierrepont acababa de entrar.
Beatriz se acercó a las cortinas que cubrían la entrada de aquél,
levantó ligeramente una de ellas y se puso a escuchar hasta donde se lo
permitía el latir desordenado de su corazón... Aún alcanzaba a ver lo
que pasaba en el interior del taller.
Fabrice, en el momento en que Pierrepont entró, ocupábase en cargar dos
pistolas, regalo precisamente de su amigo Pedro, y con las cuales tenía
costumbre de tirar por vía de ejercicio en el jardín.
--¿Te gustan siempre esas armas?--le preguntó el marqués tomando y
dejando en seguida sobre la mesa aquella que Jacques acababa de cargar.
--Encantado--respondió.
--¿Vas a tirar al blanco?
--Sí.
--¡Bueno! vamos a hacer una apuesta si quieres.
--Con mucho gusto.
--¿Estás hoy malo?... No tienes buen semblante.
--Sí, no me encuentro bien... acabo de tener una escena muy desagradable
con Calvat.
--¡Ah!... precisamente salía cuando yo entraba.
--Ese miserable ha jurado a mi mujer un odio mortal.
--Sí, desde hace tiempo.
--Ahora mismo la difamaba de una manera horrible.
--Eso prueba que es un malvado y nada más.
--Lo he echado de mi casa.
--¡Bien hecho! aunque has tardado demasiado en hacer esa ejecución.
--Y, sin embargo, me ha turbado... esto no puedo decirlo sino a un
antiguo amigo como tú lo eres... Sí, me ha turbado... Me ha dejado
dudas...
--¿Dudas sobre una mujer como la tuya? ¡Vamos, Jacques, estás loco!
--Sí, ¿no es verdad?--replicó Fabrice--; tú la conoces bien... y aun
antes que yo... Me responderías de su honor con el tuyo, ¿no es cierto?
--¡Absolutamente!
--Y harías bien... porque el tuyo y el suyo corren parejas...
Y poniendo la carta del marqués bajo la vista de éste:
--¡Lee!
Pierrepont retrocedió cual si delante de él se hubiese levantado un
espectro. En seguida, tomando de sobre la mesa la pistola que acababa de
colocar en ella y entregándola a Fabrice por el culatín:
--¡Mátame!--le dijo.
--No--replicó el pintor--, por lo menos no de esa manera.
Dio algunos pasos a lo largo del taller como para fijar sus ideas,
después, volviéndose al marqués:
--¿Puedes, si quieres--le dijo--, explicarme algunos giros de tu carta
cuya significación no alcanzo?... Invocas como excusas ciertas
misteriosas circunstancias del pasado, ciertas fatalidades que pesaron
sobre la señorita de Sardonne y tú... ¿Puedo saber a qué haces alusión?
Pierrepont relató brevemente lo que aconteciera en otros tiempos entre
Beatriz y él, su recíproco amor, y cómo la señora de Montauron obligó
por fuerza a la joven a rehusar la mano que él le ofrecía.
Después de una pausa de reflexión y de silencio, Fabrice le respondió:
--Tu sentimiento hacia la señorita de Sardonne te hará desear sin duda
que este asunto se trate entre nosotros sin ruido, sin escándalo, a fin
de evitar a ella una tacha de que yo deseo también ver a salvo mi
nombre.
--Todo lo que me propongas con ese fin--respondió el marqués--, está
aceptado de antemano.
--Un duelo con su acompañamiento ordinario de padrinos, etc., revelaría
todo al público... Hace un momento me proponías que jugásemos una
partida a la pistola... Acepto... Somos poco más o menos de la misma
fuerza en esa arma... Aquel de nosotros que gane su vida... el que la
pierda, pierde la existencia en el suicidio.
--¡Sea!... queda convenido--respondió Pedro.
--Cada uno de nosotros empeña su honor en que respetará esas
condiciones.
--¡Queda convenido!--repitió Pedro.
--Ahora--continuó el pintor--, fuerza es que me resigne a hacer una
súplica... Sé que esto es absolutamente incorrecto, y te ruego que me
excuses. He aquí de qué se trata... Si me toca dejar a mi hija huérfana,
no quisiera, al menos, dejarla sin recursos. Ahora bien, nada tengo, si
se exceptúan cien mil francos que Nicholson me ha dado a cuenta por los
recuadros, cantidad que, según convenio, tendría que devolverle si no
termino mi trabajo... debe darme, además, el doble de aquella suma el
día que entregue la obra concluída... No creo que podré acabarlos antes
de cuatro meses... Te pido, pues, que si a mí me toca morir, me acuerdes
ese plazo de que te he hablado... y no tengo necesidad de decirte que
este convenio es recíproco.
Había en esta petición del desdichado artista algo tan conmovedor, que
el marqués volvió la cabeza para ocultar la contracción casi convulsiva
de su rostro.
--Será--dijo--como lo deseas.
El pintor guardó las pistolas en su caja y tomó algunos blancos.
--Conozco mucho estas armas. ¿Quieres que nos sirvamos de otras?
--¡Es inútil!--contestó Pedro--. Yo también he tirado frecuentemente con
ellas. ¡Vamos!
Dejaron el taller y se dirigieron a esa avenida de los arrayanes de que
tanto hemos hablado en el curso de nuestra narración. Recordará tal vez
el lector que en uno de los extremos de la citada avenida existía una
plancha de tiro: en frente, al lado opuesto, había un asiento rústico
empotrado en la pared. Cuando Pierrepont y Fabrice se aproximaron a la
placa para fijar los cartones, advirtieron a Beatriz sentada en el
campestre banco: Beatriz trabajaba en su tapicería.
Los dos hombres cambiaron una mirada.
Uno y otro sabían que la avenida de los arrayanes era para Beatriz un
lugar favorito de paseo y de retiro. Así, pues, no se sorprendieron de
encontrarla allí, creyendo que únicamente la casualidad la había llevado
a aquel sitio; pero su presencia durante la escena que se preparaba iba
a dar a ésta un carácter trágico que impresionó vivamente a los dos,
imponiéndoles al propio tiempo un disimulo de fisonomía y de lenguaje
que en momentos semejantes era tan penoso como necesario.
Beatriz, sin embargo, sostenida por el horror mismo de la tremenda
crisis y por la excesiva tensión nerviosa, continuaba trabajando en su
bordado con gran calma aparente, devolviendo a Pierrepont con su sonrisa
habitual el saludo de éste.
--Hermoso día--le dijo--, ¿no es verdad?
--Sí, un verdadero día de verano... Aprovechándolo, vamos a jugar
Fabrice y yo un partido a la pistola.
--¡Ah! ¿cuál de los dos es más fuerte?
Pierrepont hizo un gesto de incertidumbre.
--Ahora vamos a verlo--respondió sonriendo.
Fabrice colocó en el banco, al lado de ella, la caja de caoba y un
paquete de cartuchos.
Las armas de que iban a servirse eran pistolas Flobert, de gran calibre.
Los blancos o cartones de tiro estaban divididos, según práctica, en un
número determinado de círculos concéntricos, desarrollándose alrededor
de un punto mitad negro mitad blanco, punto que en el tecnicismo de los
tiradores suele llamarse la _mosca_. La distancia de tiro era todo el
largo de la avenida, es decir, veinticinco pasos próximamente. Delante
de Beatriz, profundamente conmovida, bajo su aparente tranquilidad,
acabaron los jugadores de fijar las bases de la partida.
Esta sería de siete disparos; el tiro era a voluntad; cada uno haría dos
de aquéllos seguidos en las dos primeras entradas; en la tercera los
disparos serían tres por cada lado sin solución de continuidad. Cada
sector del blanco tocado por los tiradores daba a éstos el número de
puntos determinados por el uso, número de puntos que, por otra parte,
llevan siempre marcados los cartones. El círculo más lejano del centro,
un punto; la _mosca_, siete.
Una moneda arrojada al aire indicó que Fabrice debía tirar el primero;
rompió, pues, sus fuegos y alojó sus dos primeras balas en el interior
del segundo círculo; Pierrepont, más inhábil esta vez, o menos dichoso,
perdió una de sus balas en la plancha, la otra tocó el cartón. Este
primer _pase_ aseguraba, por consecuencia, cuatro puntos a Jacques y uno
solo a Pierrepont.
--Me parece que me guardas consideración--dijo el pintor.
--De ningún modo--replicó Pedro.
Al segundo _pase_ Fabrice metió sus dos balas en el tercer círculo.
Pierrepont, después de aquél hizo dos y dos. Jacques tenía diez puntos
contra cinco.
La tercera prueba le dio todavía una ventaja más considerable; con sus
tres balas marcó doce puntos; tenía así veintidós contra cinco.
Pierrepont, cuya actitud revelaba una especie de descuido y desaliento,
se preparaba a hacer sus tres últimos disparos; montaba su pistola,
cuando un ligero rumor le hizo volver la cabeza y sus ojos encontraron
los ojos de Beatriz, fijos en él con una expresión tal que aquella
mirada penetró hasta sus huesos. El marqués comprendió instantáneamente
cómo ella se daba cuenta de todo... todo lo sabía, y ese mirar
desesperado, ardiente, suplicante, imperativo, lo conjuraba, lo
exhortaba y le mandaba vivir y conservarse para ella. En momento alguno
su sombría beldad tuvo poderes tales de fascinación. ¡Pedro se puso en
el terreno, apuntó e hizo fuego! Con sus dos primeras balas atravesó el
estrecho círculo negro que rodeaba el punto blanco central; su última
bala se alojó en la _mosca_ misma. Tenía, pues, veinticuatro puntos
contra veintidós. Fabrice estaba condenado.
Y aun no se había disipado el humo del último disparo, cuando una
estridente carcajada sonó en los oídos de los dos hombres estupefactos:
Beatriz se había puesto de pie bruscamente, rígida, los ojos con
expresión de espanto, abrasados por el siniestro relampaguear de la
locura; balbuceó algunas palabras ininteligibles, luego estalló de
nuevo su espasmódico reír, reír tan salvaje, reír tan continuo que
parecía repetido en la circunvecina campiña por las deidades mismas de
lo horrible. Viéndola tambalearse, Fabrice corrió a sostenerla,
depositándola suavemente sobre el rústico asiento; sus risas callaron,
poco a poco se agitaron sus miembros en los esfuerzos de la convulsión,
y al fin yació desmayada.
--¡Nos había escuchado!... ¡Todo lo sabía!--murmuró el pintor como
hablándose a sí mismo.
Tornóse a Pierrepont, inmóvil a dos pasos, pálido cual un cadáver en su
ataúd.
--Te ruego--le dijo--que nos dejes solos.
El marqués dudó un momento indicándole con la mano a Beatriz tendida e
inerte sobre el banco.
--¿Me crees capaz--le preguntó el pintor--de maltratar a una mujer, aun
cuando sea tan indigna como ésa?
Fabrice entonces, recogiendo el pañuelo de su mujer, que había caído a
sus pies, lo empapó en el agua de una fuente próxima y humedeció a
Beatriz las sienes y el rostro. Al cabo de algunos minutos volvió en sí,
paseó a su alrededor la confusa mirada, fijándola luego sobre su marido,
y un sordo gemido, con el movimiento súbito de sus manos para cubrir los
ojos, atestiguaron que volvía a la vida, que recobraba la posesión de la
terrible realidad.
--Beatriz, si una explicación te es demasiado penosa en estos momentos,
la aplazo.
--¡Oh, no... en seguida!--murmuró ella.
--Además, no será larga--añadió Fabrice--, porque, si no me engaño, todo
lo sabes... Tus nervios te han denunciado... ¿Has oído, no es cierto, mi
conversación con Pierrepont en el taller?
Hizo ella un signo afirmativo.
--¿Sabes, entonces, por qué razones he querido evitar el escándalo de un
duelo?... ¿Sabes que, para salvarte de toda tacha personal, y que,
además, podría caer de rechazo sobre mi inocente hija?...
Beatriz repitió su signo de afirmación.
--Como comprenderás, esta precaución resultaría completamente ilusoria
si salieses de casa de tu marido el tiempo que me resta de vida, porque
eso equivaldría a revelar al público lo qué a mí y a ti nos importa
tanto ocultarle. Esta situación será para los dos extremadamente
difícil, sabiendo lo que uno y otro sabemos y teniendo que tolerarla por
tres o cuatro meses; mas, puesto que yo tendré valor para sufrirla,
también tú tienes que tenerlo.
--Me someteré a lo que quieras.
--Para confortarte durante ese trance tienes el consuelo de pensar que
pronto serás dueña de tus acciones... y que pronto también podrás
entregarte al hombre por cuya salvación hacías votos mientras que nos
batíamos.
Beatriz no respondió.
--Para acabar--añadió Fabrice--, creo que no tengo que imponerte un plan
de conducta durante ese breve período;... Supongo que no olvidaréis ni
tú ni el marqués de Pierrepont el respeto que se debe a un hombre cuyos
días están contados.
Y, una vez pronunciadas estas palabras, la dejó dirigiéndose al taller.
Beatriz permaneció todo el día en aquella fatal avenida, ya caminando
inconscientemente, ya sentándose anonadada sobre el banco... Pero, ¿era
realmente ella la que allí se encontraba?... ¿Era ella la causa de todos
estos horrores?... ¿Era ella, Beatriz, la que acababa de recibir, y
mereciéndolo, ¡ay!, el sangriento ultraje que le dirigiera su marido...
y que no había osado negar?... Porque era evidente que durante el
combate en que aquél jugaba su vida contra la de otro hombre, no era por
su consorte por quien ella temblaba... Era notorio para su conciencia
que había cometido el crimen, en un arrebato de pasión, de afirmar la
mano temblorosa del marqués, y que, al ver a su marido bajo el imperio
de una sentencia de muerte, su primera sensación fue la de una alegría
feroz... Ella supo entonces, la desventurada criatura, como otras tantas
lo supieron antes, hasta qué grado la pasión puede falsear y pervertir
las almas más nobles y más puras, cuando se la deja reinar en absoluto
sobre la razón, la voluntad y el honor.
XV
HONOR DE ARTISTA
Han pasado varias semanas. Corre el mes de agosto. Beatriz y Pierrepont
no han vuelto a verse. Por un escrúpulo que los dos comparten han
evitado toda comunicación por escrito. Beatriz sabe únicamente que,
contra su costumbre, el marqués pasó el verano en París, y aquélla
presume que Pierrepont aguarda sus órdenes.
Cierta mañana Pedro recibe de su amante este billete:
«Te conjuro a partir para Glion. La señora de Aymaret está allí todavía.
Confíaselo todo. Dile que me otorgue su perdón, que el dolor me vuelve
loca, que la espero.»
Algunas horas después el marqués partía para Suiza. Al día siguiente
estaba en Glion, y dos después, la vizcondesa, cuyo marido hallábase
restablecido, llegó a París trasladándose en seguida a Bellevue. Al
verla entrar en su salón, la mujer del pintor lanzó un débil grito:
«Elisa», y juntó sus manos dirigiéndole una mirada suplicante. La señora
de Aymaret le abrió los brazos, arrojándose en ellos Beatriz con
sollozos desgarradores.
--¡Gracias! ¡gracias!--le dijo ésta--. ¡Hacía dos meses que no lloraba!
Y cuando se hubo calmado un poco:
--¿Te lo ha dicho todo?
--Todo.
Hizo que la vizcondesa se sentara.
--¡Bueno!... ¿Y qué piensas tú? ¡Yo ya ni pensar puedo!
--Piensa--respondió la señora de Aymaret que es necesario tocar todos
los resortes para salvar la vida de tu marido.
--¡Eso es imposible... él no querrá!
--¿Quién no querrá?
--¡Él... mi marido!
--¿Por qué?
--¡Porque ha empeñado su palabra!
La señora de Aymaret tomó un acento severo, casi rudo.
--Beatriz--le dijo--, si pudiera siquiera imaginarme que miras sin
horror la perspectiva de tu próxima viudez, rompería contigo mi amistad
para toda la vida.
--Escúchame--le replicó Beatriz--, ese horrible sentimiento que me
prestas... lo he experimentado... lo he experimentado mientras jugaban
sus vidas... mientras sus dos existencias estaban en peligro... y me ha
perseguido... no me ha abandonado en mucho tiempo a pesar mío...
Ahora... sin duda Dios no me ha dejado todavía completamente de su
mano... porque ha permitido que haya podido vencer esa espantosa
tentación... Ahora te juro que daría mi vida por salvar la de ese
desdichado...
--¡Lo amas!--exclamó la vizcondesa.
--¡No lo amo!... ¡pero me inspira tanta lástima!... ¡tanta lástima!...
¡Es tan poco acreedor a esta larga agonía que viene sufriendo!... ¡Y la
soporta con tanto valor!... ¡Y tanta mansedumbre!... ¡Soy su
prisionera!... podría torturar mi alma... martirizarme... y nunca...
salvo el primer momento, no ha tenido para mí una palabra de reproche,
una expresión amarga... Me trata como en pasados tiempos... ¡Tanto, que
hay momentos, cuando me habla, cuando me sonríe, que me parece que nada
ha pasado, que me encuentro únicamente bajo la presión de una pesadilla!
--¡Es que, a pesar de todo, te ama, querida mía, y en ese caso aún no
está todo perdido!
--No es que me ame... ¿Cómo quieres que sea eso?... No, es que recuerda
el pasado, y se venga de mi orgullo, de mis preocupaciones de clase, de
mis miserables desdenes... es que quiere probarme cómo un simple artista
sabe sufrir y morir como un caballero.
--¿Cuánto tiempo queda aún para que expire el término fatal?
--¡Nada sé, porque, si no puede aplazarlo, puede anticiparlo... todo
dependerá del período que dure su trabajo... en cuanto lo termine se
matará de seguro!
--¿Y a qué altura está en su tarea?... ¿tú no lo sabes?... ¿No vas nunca
al taller después del suceso?
--Hace algunos días hice un supremo esfuerzo de voluntad y volví a él...
Allí me siento y bordo a su lado... él me deja hacer... me dirige una
palabra de cuando en cuando... una palabra indiferente... ¡Oh, qué
terrible cosa!