--¡Bueno, pase!... pero te prevengo que en lo sucesivo no quiero oír ni

una sola palabra reticente acerca de mi mujer... ¡ya lo sabes!

Sin embargo, desde el día que la duda se posó en su espíritu, no pudo

Jacques, por grande que fuera su imperio sobre sí mismo, impedir que

algo traslucieran Beatriz y Pedro de la obsesión que lo atribulaba, y se

penetraron de que eran objeto de una tal vez involuntaria vigilancia;

resolvieron, pues, de común acuerdo, hacer aún más raras sus

entrevistas íntimas, y obstáculos tales puestos a su pasión, dieron por

resultado que ésta se hiciera todavía más imperiosa, más absorbente.

Jamás llegaron a verse fuera de la quinta de Bellevue, porque Beatriz

opuso una resistencia invencible a todas las combinaciones que

Pierrepont le presentó para facilitar sus citas a solas. ¡Era culpable,

es cierto! pero aun en su falta conservaba esa elevación de alma que

desprecia los ruines expedientes de la galantería vulgar, y excepcional

hubiese sido que en las condiciones de existencia que les habían creado

los acontecimientos, no hubieran buscado para suplir a sus habladas

ternuras el medio fatal de escribirse. Con este error contaba Calvat.

Como el lector habrá previsto, no afectó aquel villano el

arrepentimiento de su delación, y no se excusó con Fabrice sino para

procurarse de nuevo entrada en la casa y vigilar más de cerca a aquella

que había resuelto perder. Calvat era un infame, pero no era un tonto, y

poseía, sobre todo, esos rastreros gustos de polizonte que son casi

siempre sintomáticos en los _bohemios_ de su cuño. Ya antes que Marcela

le hubiese dirigido la terrible interrogación, terrible en su candor

mismo, que el adocenado aprendiz apresuróse a llevar a su cuñado, había

aquél entrevisto, con esa malignidad y esa penetración del odio, los

lazos que unían al marqués con Beatriz, pero comprendió que se perdería

a sí mismo si después de sus cuestiones con el pintor no presentaba a

éste en la ocasión primera la prueba irrefutable del delito.

Convencido por una serie de deducciones naturales de que los dos amantes

debían escribirse, se aplicó a descubrir sin descanso sus medios de

correspondencia. Los frecuentes y largos paseos de Beatriz en la avenida

de los arrayanes le parecieron equívocos, conjeturando que sus cartas

habrían de cambiarse por cima del poco elevado muro que cercaba el

jardín de la parte del camino; pero su vigilancia en aquellos contornos

resultó baldía. ¿Se escribirían sencillamente por el correo? Calvat,

para cerciorarse, se impuso la costumbre de hacer centinela ante la

verja de la quinta a la hora que llegaba el cartero.

Conociéndolo este hombre por cuñado del pintor le entregaba las cartas

dirigidas a la casa, y Calvat estudiaba cuidadosamente los sobrescritos.

Aunque Fabrice no abría jamás las que recibía su mujer, no era verosímil

que el marqués escribiera a Beatriz sin tomar excepcionales

precauciones, y fue así que al cabo de algunos días llamó la atención de

Calvat el gran número de las que llegaban en esta forma: «Señora Jacques

Fabrice; para entregar a la señora vizcondesa de Aymaret»; y estimularon

tanto más sus sospechas, cuanto que la letra parecía evidentemente

contrahecha: decidióse a abrir una, y encontróse con que, efectivamente,

era toda del puño de Pierrepont: he aquí su contenido:

«Querida Beatriz, sí, esta existencia de engaños y traiciones es indigna

de nosotros y me complace que opines sobre este punto como yo... En

tanto que esta situación se prolongue, nuestra dicha no será más que una

vana ilusión, nuestro amor no será otra cosa que un continuo

sufrimiento... ¿Y no hemos ya sufrido demasiado?... Cree firmemente que

soy tan incapaz como tú de buscar frases hipócritas para engañar mi

propia conciencia... Somos culpables, lo sé, pero, ¿qué crimen de amor

pudo encontrar mayores excusas?... ¿Se cruzaron jamás entre dos

corazones honrados y sinceros parecidas fatalidades?... Sí, somos

delincuentes, pero somos también al propio tiempo víctimas de la

contraria suerte... Sería realmente vergonzoso y criminal perseverar en

esta vía de abominable duplicidad... ¡Huyamos, pues!... ¡Te lo ruego,

alma mía, dígnate consentir!... Confía en mí... he tomado todas las

medidas... Todo cuanto un hombre puede hacer, otro tanto haré yo para

que tu destierro sea un destierro de encantos... ¡Te adoro!--_Pedro_.»

Cuando hubo terminado su lectura, crispóse la cara de Calvat con una

sonrisa de réprobo; dobló la carta, empujó la verja y se dirigió al

taller de Fabrice.

--Hola, ¿eres tú?... Creí que sería el marqués, quien quedó en venir hoy

por la mañana.

--No, no es el marqués; soy yo--respondió Calvat--. Querido--prosiguió,

bajando un poco la voz--, no me acusarás más de ser un borracho y un

embustero, supongo... La casualidad me ha puesto en posesión de una

carta que tiene mucho interés para ti... Como pariente y amigo tuyo, por

grande que sea mi sentimiento... me es imposible dejar de

entregártela... Convendrás conmigo cuando la hayas leído.

--No la leeré--replicó Jacques rechazando la mano de Calvat que le

tendía la carta--. ¡Sal de aquí al instante, y te prohibo que vuelvas

jamás a poner los pies en mi casa!

--Ya me volverás a llamar, y como no soy rencoroso, volveré a tu primera

palabra. Esa carta es de Pierrepont dirigida a tu mujer. Ahí te la dejo.

La arrojó sobre la mesa y salió del taller.

Ya solo, el artista tuvo un momento de horrible duda. Inmóvil,

petrificado, veía delante de sí la mesa, y sobre la mesa la carta.

Por fin marchó hacia aquélla, con paso de autómata, con paso de estatua.

Tomó en sus manos los fatídicos renglones, titubeó todavía, hizo un

movimiento como para rasgar la carta; después, con brusca decisión, la

desplegó y la leyó.

Calvat, por su parte, al irse pasó por delante de la habitación donde

Beatriz trabajaba sentada a su ventana, aproximóse vivamente y dijo:

--Señora; tengo el gusto de comunicarle que en el momento en que me es

dado el honor de hablarle, su marido se ocupa en leer la última carta de

su amante de usted... Buenos días.

Y se dirigió hacia la verja; pero cuando iba a cerrarla alguien lo hizo

seña de que la dejara abierta; era el marqués que venía de la estación.

Cruzaron un saludo. Calvat dobló la esquina de la calle inmediata y

Pierrepont entró en la quinta.

Bajo el golpe de la tremenda noticia que acababa de dársele, Beatriz

quedó fulminada; había oído las palabras de Calvat, pero al principio no

dio distintamente con su sentido; después una luz terrible se hizo en su

espíritu y comprendió... Una carta de Pedro estaba en manos de su

marido... Y de una mirada advirtió como en un caos sombrío todo lo que

podía salir en algunos minutos de los pliegues de aquella misiva: el

deshonor, la vergüenza, la perdición, la muerte. Cerró los ojos y

durante un momento no vio más que tinieblas surcadas por siniestros

relámpagos. De pronto, pasos que sonaban en las calles del jardín la

sacaron de su aturdimiento; miró al exterior y reconoció con terror

indescriptible al marqués que, atravesando aquél, se dirigió al taller

de Fabrice. Se levantó después súbitamente, extraviada, loca, sin

reflexión, sin precisos designios, arrastrada por el terror de un

conflicto inminente entre aquellos dos hombres; lanzóse fuera de su

gabinete, con su labor de tapicería en la mano, y bajó corriendo los

escalones del peristilo, dirigiéndose con precipitado paso hacia el

taller donde Pierrepont acababa de entrar.

Beatriz se acercó a las cortinas que cubrían la entrada de aquél,

levantó ligeramente una de ellas y se puso a escuchar hasta donde se lo

permitía el latir desordenado de su corazón... Aún alcanzaba a ver lo

que pasaba en el interior del taller.

Fabrice, en el momento en que Pierrepont entró, ocupábase en cargar dos

pistolas, regalo precisamente de su amigo Pedro, y con las cuales tenía

costumbre de tirar por vía de ejercicio en el jardín.

--¿Te gustan siempre esas armas?--le preguntó el marqués tomando y

dejando en seguida sobre la mesa aquella que Jacques acababa de cargar.

--Encantado--respondió.

--¿Vas a tirar al blanco?

--Sí.

--¡Bueno! vamos a hacer una apuesta si quieres.

--Con mucho gusto.

--¿Estás hoy malo?... No tienes buen semblante.

--Sí, no me encuentro bien... acabo de tener una escena muy desagradable

con Calvat.

--¡Ah!... precisamente salía cuando yo entraba.

--Ese miserable ha jurado a mi mujer un odio mortal.

--Sí, desde hace tiempo.

--Ahora mismo la difamaba de una manera horrible.

--Eso prueba que es un malvado y nada más.

--Lo he echado de mi casa.

--¡Bien hecho! aunque has tardado demasiado en hacer esa ejecución.

--Y, sin embargo, me ha turbado... esto no puedo decirlo sino a un

antiguo amigo como tú lo eres... Sí, me ha turbado... Me ha dejado

dudas...

--¿Dudas sobre una mujer como la tuya? ¡Vamos, Jacques, estás loco!

--Sí, ¿no es verdad?--replicó Fabrice--; tú la conoces bien... y aun

antes que yo... Me responderías de su honor con el tuyo, ¿no es cierto?

--¡Absolutamente!

--Y harías bien... porque el tuyo y el suyo corren parejas...

Y poniendo la carta del marqués bajo la vista de éste:

--¡Lee!

Pierrepont retrocedió cual si delante de él se hubiese levantado un

espectro. En seguida, tomando de sobre la mesa la pistola que acababa de

colocar en ella y entregándola a Fabrice por el culatín:

--¡Mátame!--le dijo.

--No--replicó el pintor--, por lo menos no de esa manera.

Dio algunos pasos a lo largo del taller como para fijar sus ideas,

después, volviéndose al marqués:

--¿Puedes, si quieres--le dijo--, explicarme algunos giros de tu carta

cuya significación no alcanzo?... Invocas como excusas ciertas

misteriosas circunstancias del pasado, ciertas fatalidades que pesaron

sobre la señorita de Sardonne y tú... ¿Puedo saber a qué haces alusión?

Pierrepont relató brevemente lo que aconteciera en otros tiempos entre

Beatriz y él, su recíproco amor, y cómo la señora de Montauron obligó

por fuerza a la joven a rehusar la mano que él le ofrecía.

Después de una pausa de reflexión y de silencio, Fabrice le respondió:

--Tu sentimiento hacia la señorita de Sardonne te hará desear sin duda

que este asunto se trate entre nosotros sin ruido, sin escándalo, a fin

de evitar a ella una tacha de que yo deseo también ver a salvo mi

nombre.

--Todo lo que me propongas con ese fin--respondió el marqués--, está

aceptado de antemano.

--Un duelo con su acompañamiento ordinario de padrinos, etc., revelaría

todo al público... Hace un momento me proponías que jugásemos una

partida a la pistola... Acepto... Somos poco más o menos de la misma

fuerza en esa arma... Aquel de nosotros que gane su vida... el que la

pierda, pierde la existencia en el suicidio.

--¡Sea!... queda convenido--respondió Pedro.

--Cada uno de nosotros empeña su honor en que respetará esas

condiciones.

--¡Queda convenido!--repitió Pedro.

--Ahora--continuó el pintor--, fuerza es que me resigne a hacer una

súplica... Sé que esto es absolutamente incorrecto, y te ruego que me

excuses. He aquí de qué se trata... Si me toca dejar a mi hija huérfana,

no quisiera, al menos, dejarla sin recursos. Ahora bien, nada tengo, si

se exceptúan cien mil francos que Nicholson me ha dado a cuenta por los

recuadros, cantidad que, según convenio, tendría que devolverle si no

termino mi trabajo... debe darme, además, el doble de aquella suma el

día que entregue la obra concluída... No creo que podré acabarlos antes

de cuatro meses... Te pido, pues, que si a mí me toca morir, me acuerdes

ese plazo de que te he hablado... y no tengo necesidad de decirte que

este convenio es recíproco.

Había en esta petición del desdichado artista algo tan conmovedor, que

el marqués volvió la cabeza para ocultar la contracción casi convulsiva

de su rostro.

--Será--dijo--como lo deseas.

El pintor guardó las pistolas en su caja y tomó algunos blancos.

--Conozco mucho estas armas. ¿Quieres que nos sirvamos de otras?

--¡Es inútil!--contestó Pedro--. Yo también he tirado frecuentemente con

ellas. ¡Vamos!

Dejaron el taller y se dirigieron a esa avenida de los arrayanes de que

tanto hemos hablado en el curso de nuestra narración. Recordará tal vez

el lector que en uno de los extremos de la citada avenida existía una

plancha de tiro: en frente, al lado opuesto, había un asiento rústico

empotrado en la pared. Cuando Pierrepont y Fabrice se aproximaron a la

placa para fijar los cartones, advirtieron a Beatriz sentada en el

campestre banco: Beatriz trabajaba en su tapicería.

Los dos hombres cambiaron una mirada.

Uno y otro sabían que la avenida de los arrayanes era para Beatriz un

lugar favorito de paseo y de retiro. Así, pues, no se sorprendieron de

encontrarla allí, creyendo que únicamente la casualidad la había llevado

a aquel sitio; pero su presencia durante la escena que se preparaba iba

a dar a ésta un carácter trágico que impresionó vivamente a los dos,

imponiéndoles al propio tiempo un disimulo de fisonomía y de lenguaje

que en momentos semejantes era tan penoso como necesario.

Beatriz, sin embargo, sostenida por el horror mismo de la tremenda

crisis y por la excesiva tensión nerviosa, continuaba trabajando en su

bordado con gran calma aparente, devolviendo a Pierrepont con su sonrisa

habitual el saludo de éste.

--Hermoso día--le dijo--, ¿no es verdad?

--Sí, un verdadero día de verano... Aprovechándolo, vamos a jugar

Fabrice y yo un partido a la pistola.

--¡Ah! ¿cuál de los dos es más fuerte?

Pierrepont hizo un gesto de incertidumbre.

--Ahora vamos a verlo--respondió sonriendo.

Fabrice colocó en el banco, al lado de ella, la caja de caoba y un

paquete de cartuchos.

Las armas de que iban a servirse eran pistolas Flobert, de gran calibre.

Los blancos o cartones de tiro estaban divididos, según práctica, en un

número determinado de círculos concéntricos, desarrollándose alrededor

de un punto mitad negro mitad blanco, punto que en el tecnicismo de los

tiradores suele llamarse la _mosca_. La distancia de tiro era todo el

largo de la avenida, es decir, veinticinco pasos próximamente. Delante

de Beatriz, profundamente conmovida, bajo su aparente tranquilidad,

acabaron los jugadores de fijar las bases de la partida.

Esta sería de siete disparos; el tiro era a voluntad; cada uno haría dos

de aquéllos seguidos en las dos primeras entradas; en la tercera los

disparos serían tres por cada lado sin solución de continuidad. Cada

sector del blanco tocado por los tiradores daba a éstos el número de

puntos determinados por el uso, número de puntos que, por otra parte,

llevan siempre marcados los cartones. El círculo más lejano del centro,

un punto; la _mosca_, siete.

Una moneda arrojada al aire indicó que Fabrice debía tirar el primero;

rompió, pues, sus fuegos y alojó sus dos primeras balas en el interior

del segundo círculo; Pierrepont, más inhábil esta vez, o menos dichoso,

perdió una de sus balas en la plancha, la otra tocó el cartón. Este

primer _pase_ aseguraba, por consecuencia, cuatro puntos a Jacques y uno

solo a Pierrepont.

--Me parece que me guardas consideración--dijo el pintor.

--De ningún modo--replicó Pedro.

Al segundo _pase_ Fabrice metió sus dos balas en el tercer círculo.

Pierrepont, después de aquél hizo dos y dos. Jacques tenía diez puntos

contra cinco.

La tercera prueba le dio todavía una ventaja más considerable; con sus

tres balas marcó doce puntos; tenía así veintidós contra cinco.

Pierrepont, cuya actitud revelaba una especie de descuido y desaliento,

se preparaba a hacer sus tres últimos disparos; montaba su pistola,

cuando un ligero rumor le hizo volver la cabeza y sus ojos encontraron

los ojos de Beatriz, fijos en él con una expresión tal que aquella

mirada penetró hasta sus huesos. El marqués comprendió instantáneamente

cómo ella se daba cuenta de todo... todo lo sabía, y ese mirar

desesperado, ardiente, suplicante, imperativo, lo conjuraba, lo

exhortaba y le mandaba vivir y conservarse para ella. En momento alguno

su sombría beldad tuvo poderes tales de fascinación. ¡Pedro se puso en

el terreno, apuntó e hizo fuego! Con sus dos primeras balas atravesó el

estrecho círculo negro que rodeaba el punto blanco central; su última

bala se alojó en la _mosca_ misma. Tenía, pues, veinticuatro puntos

contra veintidós. Fabrice estaba condenado.

Y aun no se había disipado el humo del último disparo, cuando una

estridente carcajada sonó en los oídos de los dos hombres estupefactos:

Beatriz se había puesto de pie bruscamente, rígida, los ojos con

expresión de espanto, abrasados por el siniestro relampaguear de la

locura; balbuceó algunas palabras ininteligibles, luego estalló de

nuevo su espasmódico reír, reír tan salvaje, reír tan continuo que

parecía repetido en la circunvecina campiña por las deidades mismas de

lo horrible. Viéndola tambalearse, Fabrice corrió a sostenerla,

depositándola suavemente sobre el rústico asiento; sus risas callaron,

poco a poco se agitaron sus miembros en los esfuerzos de la convulsión,

y al fin yació desmayada.

--¡Nos había escuchado!... ¡Todo lo sabía!--murmuró el pintor como

hablándose a sí mismo.

Tornóse a Pierrepont, inmóvil a dos pasos, pálido cual un cadáver en su

ataúd.

--Te ruego--le dijo--que nos dejes solos.

El marqués dudó un momento indicándole con la mano a Beatriz tendida e

inerte sobre el banco.

--¿Me crees capaz--le preguntó el pintor--de maltratar a una mujer, aun

cuando sea tan indigna como ésa?

Fabrice entonces, recogiendo el pañuelo de su mujer, que había caído a

sus pies, lo empapó en el agua de una fuente próxima y humedeció a

Beatriz las sienes y el rostro. Al cabo de algunos minutos volvió en sí,

paseó a su alrededor la confusa mirada, fijándola luego sobre su marido,

y un sordo gemido, con el movimiento súbito de sus manos para cubrir los

ojos, atestiguaron que volvía a la vida, que recobraba la posesión de la

terrible realidad.

--Beatriz, si una explicación te es demasiado penosa en estos momentos,

la aplazo.

--¡Oh, no... en seguida!--murmuró ella.

--Además, no será larga--añadió Fabrice--, porque, si no me engaño, todo

lo sabes... Tus nervios te han denunciado... ¿Has oído, no es cierto, mi

conversación con Pierrepont en el taller?

Hizo ella un signo afirmativo.

--¿Sabes, entonces, por qué razones he querido evitar el escándalo de un

duelo?... ¿Sabes que, para salvarte de toda tacha personal, y que,

además, podría caer de rechazo sobre mi inocente hija?...

Beatriz repitió su signo de afirmación.

--Como comprenderás, esta precaución resultaría completamente ilusoria

si salieses de casa de tu marido el tiempo que me resta de vida, porque

eso equivaldría a revelar al público lo qué a mí y a ti nos importa

tanto ocultarle. Esta situación será para los dos extremadamente

difícil, sabiendo lo que uno y otro sabemos y teniendo que tolerarla por

tres o cuatro meses; mas, puesto que yo tendré valor para sufrirla,

también tú tienes que tenerlo.

--Me someteré a lo que quieras.

--Para confortarte durante ese trance tienes el consuelo de pensar que

pronto serás dueña de tus acciones... y que pronto también podrás

entregarte al hombre por cuya salvación hacías votos mientras que nos

batíamos.

Beatriz no respondió.

--Para acabar--añadió Fabrice--, creo que no tengo que imponerte un plan

de conducta durante ese breve período;... Supongo que no olvidaréis ni

tú ni el marqués de Pierrepont el respeto que se debe a un hombre cuyos

días están contados.

Y, una vez pronunciadas estas palabras, la dejó dirigiéndose al taller.

Beatriz permaneció todo el día en aquella fatal avenida, ya caminando

inconscientemente, ya sentándose anonadada sobre el banco... Pero, ¿era

realmente ella la que allí se encontraba?... ¿Era ella la causa de todos

estos horrores?... ¿Era ella, Beatriz, la que acababa de recibir, y

mereciéndolo, ¡ay!, el sangriento ultraje que le dirigiera su marido...

y que no había osado negar?... Porque era evidente que durante el

combate en que aquél jugaba su vida contra la de otro hombre, no era por

su consorte por quien ella temblaba... Era notorio para su conciencia

que había cometido el crimen, en un arrebato de pasión, de afirmar la

mano temblorosa del marqués, y que, al ver a su marido bajo el imperio

de una sentencia de muerte, su primera sensación fue la de una alegría

feroz... Ella supo entonces, la desventurada criatura, como otras tantas

lo supieron antes, hasta qué grado la pasión puede falsear y pervertir

las almas más nobles y más puras, cuando se la deja reinar en absoluto

sobre la razón, la voluntad y el honor.

XV

HONOR DE ARTISTA

Han pasado varias semanas. Corre el mes de agosto. Beatriz y Pierrepont

no han vuelto a verse. Por un escrúpulo que los dos comparten han

evitado toda comunicación por escrito. Beatriz sabe únicamente que,

contra su costumbre, el marqués pasó el verano en París, y aquélla

presume que Pierrepont aguarda sus órdenes.

Cierta mañana Pedro recibe de su amante este billete:

«Te conjuro a partir para Glion. La señora de Aymaret está allí todavía.

Confíaselo todo. Dile que me otorgue su perdón, que el dolor me vuelve

loca, que la espero.»

Algunas horas después el marqués partía para Suiza. Al día siguiente

estaba en Glion, y dos después, la vizcondesa, cuyo marido hallábase

restablecido, llegó a París trasladándose en seguida a Bellevue. Al

verla entrar en su salón, la mujer del pintor lanzó un débil grito:

«Elisa», y juntó sus manos dirigiéndole una mirada suplicante. La señora

de Aymaret le abrió los brazos, arrojándose en ellos Beatriz con

sollozos desgarradores.

--¡Gracias! ¡gracias!--le dijo ésta--. ¡Hacía dos meses que no lloraba!

Y cuando se hubo calmado un poco:

--¿Te lo ha dicho todo?

--Todo.

Hizo que la vizcondesa se sentara.

--¡Bueno!... ¿Y qué piensas tú? ¡Yo ya ni pensar puedo!

--Piensa--respondió la señora de Aymaret que es necesario tocar todos

los resortes para salvar la vida de tu marido.

--¡Eso es imposible... él no querrá!

--¿Quién no querrá?

--¡Él... mi marido!

--¿Por qué?

--¡Porque ha empeñado su palabra!

La señora de Aymaret tomó un acento severo, casi rudo.

--Beatriz--le dijo--, si pudiera siquiera imaginarme que miras sin

horror la perspectiva de tu próxima viudez, rompería contigo mi amistad

para toda la vida.

--Escúchame--le replicó Beatriz--, ese horrible sentimiento que me

prestas... lo he experimentado... lo he experimentado mientras jugaban

sus vidas... mientras sus dos existencias estaban en peligro... y me ha

perseguido... no me ha abandonado en mucho tiempo a pesar mío...

Ahora... sin duda Dios no me ha dejado todavía completamente de su

mano... porque ha permitido que haya podido vencer esa espantosa

tentación... Ahora te juro que daría mi vida por salvar la de ese

desdichado...

--¡Lo amas!--exclamó la vizcondesa.

--¡No lo amo!... ¡pero me inspira tanta lástima!... ¡tanta lástima!...

¡Es tan poco acreedor a esta larga agonía que viene sufriendo!... ¡Y la

soporta con tanto valor!... ¡Y tanta mansedumbre!... ¡Soy su

prisionera!... podría torturar mi alma... martirizarme... y nunca...

salvo el primer momento, no ha tenido para mí una palabra de reproche,

una expresión amarga... Me trata como en pasados tiempos... ¡Tanto, que

hay momentos, cuando me habla, cuando me sonríe, que me parece que nada

ha pasado, que me encuentro únicamente bajo la presión de una pesadilla!

--¡Es que, a pesar de todo, te ama, querida mía, y en ese caso aún no

está todo perdido!

--No es que me ame... ¿Cómo quieres que sea eso?... No, es que recuerda

el pasado, y se venga de mi orgullo, de mis preocupaciones de clase, de

mis miserables desdenes... es que quiere probarme cómo un simple artista

sabe sufrir y morir como un caballero.

--¿Cuánto tiempo queda aún para que expire el término fatal?

--¡Nada sé, porque, si no puede aplazarlo, puede anticiparlo... todo

dependerá del período que dure su trabajo... en cuanto lo termine se

matará de seguro!

--¿Y a qué altura está en su tarea?... ¿tú no lo sabes?... ¿No vas nunca

al taller después del suceso?

--Hace algunos días hice un supremo esfuerzo de voluntad y volví a él...

Allí me siento y bordo a su lado... él me deja hacer... me dirige una

palabra de cuando en cuando... una palabra indiferente... ¡Oh, qué

terrible cosa!

Honor de artista · 第 11 / 12 段