hallábase conforme de antemano, pero era necesario vencer la doble
oposición del marqués y de Beatriz, oposición tanto más insuperable
cuanto que podía apoyarse en razones especiales; nada tenían que
reprocharse; manteníanse escrupulosamente en los límites de la honrada
amistad que la señora de Aymaret, la misma señora de Aymaret les había
recomendado. ¿Por qué, pues, atormentarlos? ¿Por qué arrebatarles este
inocente consuelo que venía a compensar un tanto sus pasados
sufrimientos? ¿No acusarían a su amiga de gratuita y tiránica
importunidad? ¿No corría el riesgo de enajenarse para siempre la
preciosa afección de aquellos dos interesantes seres?
Una circunstancia imprevista vino a poner fin a las indecisiones de la
señora de Aymaret; su marido el vizconde, debilitado por todo linaje de
excesos, había caído de algún tiempo atrás en un estado de anemia
alarmante, y los médicos le prescribían una prolongada residencia en
Glion, a orillas del lago de Ginebra; naturalmente, su mujer se prestaba
a acompañarle, era necesario, pues, tentar un último esfuerzo.
Para hacerlo así marchó una mañana a Bellevue; cuando llegó a casa del
pintor, dijéronle que Beatriz se hallaba en el jardín, probablemente en
el taller de su marido. Este taller se encontraba a alguna distancia del
caserío de la quinta, y no encontró en aquél sino a Jacques, trabajando
concienzudamente en sus recuadros, que prometían ser verdaderas
maravillas.
Como la vizcondesa le manifestase su admiración:
--¡Magnífico!--exclamó el artista alegremente--. Repite usted lo que
Pedro me decía hace un momento, y cuando sus apreciaciones de usted
coinciden con las de aquél, hay motivo para estar contento.
--¿Está aquí Pierrepont?
--Sí, da con Beatriz una vuelta por el parque... me parece que han ido a
la avenida de los arrayanes... ya usted sabe el camino.
--Voy allá... hasta luego, amigo mío. Y marchóse por el sendero que
atraviesa la parte baja del jardín... Corrían por esos días los
postreros de abril, y a través del follaje, aún claro en esa época, pudo
distinguir a Pedro y a Beatriz que caminaban lentamente uno al lado del
otro. La señora de Aymaret oyó a pesar suyo algunas de las palabras que
en tenue voz cambiaban los interlocutores, y aun cuando en tal tono
dichas, nada tenían, en verdad, ni de misteriosas ni de
confidenciales... y, sin embargo, cuando se vieron en presencia de la
vizcondesa sus rostros revelaron confusión.
Después de algunas palabras indiferentes:
--Señor Pierrepont--dijo la de Aymaret--, ¿tendría usted la amabilidad
de dejarme un momento a solas con Beatriz?... Pero, antes de que se vaya
usted, ¿por cuál tren piensa regresar a París?
--Por el de las tres y veinte, probablemente.
--¡Excelente!... ¡Es también, el mío!... Volveremos juntos si usted
quiere.
--¡Con mucho gusto, señora!
--Iré a buscarle al taller dentro de algunos minutos.
Una vez alejado Pierrepont, abordó Elisa sin ambages el asunto a debatir
con Beatriz; se guardó bien de hacerle ni el más leve reproche,
acusándose a sí misma de haber sido ligera, imprevisora, mala consejera,
proponiéndose ahora, antes de alejarse por muchos meses, reparar su
imprudencia imperdonable; sabía que entre su amiga y el marqués nada
existía de criminal, pero, al fin, en sus revelaciones, advertíase un
algo de incorrecto, de equívoco, porque aquella sinceridad de los
primeros tiempos, vano fuera ocultarlo, había desaparecido, y era
imposible suponer que en adelante pudiesen continuar, sin alterar ya la
tranquilidad o la estima de Beatriz, ya el honor de su propio marido;
era, pues, de necesidad urgente poner remedio a ese estado de cosas, y
el único remedio eficaz no podía ser otro sino el inmediato matrimonio
de Pierrepont.
Aunque evidentemente conmovida Beatriz ante esta insinuación inesperada,
la acogió sin protestas y hasta sin objeciones. Quizás en el fondo de su
alma turbada, empezaba a desconfiar de su propia constancia deseando así
que una mano potente viniese a salvarla de esa lucha que cada día más
presentábase a ella como más dolorosa, como más imposible. Autorizó,
pues, a la señora de Aymaret para que indicase al marqués cómo ella,
Beatriz, deseaba su matrimonio, pidiéndole únicamente a su amiga que en
lo sucesivo nunca le hablase de Pedro, ni jamás le advirtiera, si debía
partir, la época de su viaje.
--Antes te quería--le dijo con sencillez la vizcondesa--, ¡ahora te
venero!
Y la dejó en la avenida de los arrayanes marchando al taller en busca de
Pedro.
--Tenemos todavía--dijo a éste--, como una media hora antes que pase el
tren... ¿Quiere usted que vayamos a esperarlo a la estación de Meudon a
guisa de paseo?
--¡Qué idilio!--respondió alegremente el marqués levantando los ojos al
cielo.
Se despidieron de Fabrice, y un instante después, haciendo el camino que
baja de Bellevue a Meudon, la señora de Aymaret exponía a Pedro la
delicada comisión de que para él le había encargado Beatriz.
La frente de Pierrepont se cargó de nubes, pero, aunque manifestando tan
extrema sorpresa cuanto viva impaciencia, era demasiado recto para no
reconocer que la situación que ocupaba entre Jacques y su mujer
prestábase, aunque injustamente, a las más perversas interpretaciones,
mostrándose en extremo sensible a la idea de comprometer a Beatriz, y
más todavía, a la de arrojar sobre el limpio nombre de su amigo una
tacha de infamia, porque era visto que Pedro profesaba a éste un real
sentimiento de cariño y aun de respeto, y rechazaba con horror la idea
de traicionar vilmente la confianza del honrado y grande artista. Añadió
así, magnánimamente, la necesidad de hacer más frías las relaciones que
podían dar lugar a fundadas sospechas, y aun convino en que,
efectivamente, el matrimonio era el más seguro medio de romper para
siempre con el pasado... Pero, ¿por qué la América?... ¿Por qué miss
Nicholson mejor que cualquier otra?
La señora de Aymaret consiguió vencer esta última trinchera revelándole
el secreto culto que le rendía la linda millonaria, clase de lisonja a
que todo hombre es siempre sensible.
--Pero, en fin--dijo Pedro, ya completamente arriado el pabellón--, ¡no
es cosa de irse esta noche misma!... ¿Supongo que me concederá usted
algunos días para arreglar mis asuntos?
--No muchos, mi querido amigo, porque yo me voy dentro de ocho y no
quiero dejarlo a usted a mi retaguardia.
--Su confianza de usted me encanta... ¡Pero, en fin, sea! me iré con el
próximo vapor que sale del Havre... porque, francamente, no puedo hacer
el viaje a nado... Vamos, ¿quiere usted que le dé mi palabra?
--No estaría de más.
--Está dada.
--¡Muchas gracias!... recuerde usted que no debe prevenir a Beatriz el
momento de su partida.
--¡Por supuesto!... pero podré despedirme de ella sin decirle nada,
supongo.
--Eso sí... ¡claro está!--respondió la vizcondesa.
En esto llegaban a la estación, al mismo tiempo que el tren, y como
nadie más que ellos ocupasen el coche que los conducía a París,
convinieron en los términos de la carta que al día siguiente mismo se
proponía la señora de Aymaret escribir a miss Nicholson, anunciándole la
próxima salida de Pierrepont para América.
La vizcondesa estaba tan admirada como encantada del rápido y
relativamente fácil triunfo con que terminara su doble campaña,
diciéndose a sí misma, no sin fundamento, que la débil resistencia
opuesta por sus dos enamorados amigos, atestiguaban con victoriosa
elocuencia cómo ellos mismos estaban en el fondo convencidos de la
irregularidad y de los peligros de la recíproca situación.
La señora de Aymaret escribió a Beatriz aquella misma noche en
encubierta forma, a fin de darle detalles sobre su conferencia con
Pierrepont. Los subsiguientes días, mientras se entregaban a los
preparativos del viaje, recibió con frecuencia la visita del marqués, a
quien puso en antecedentes acerca de la persona y familia de aquella que
aceptaba por esposa, antecedentes que, como es natural, interesaban
vivamente a Pedro, viendo la vizcondesa en la curiosidad de su amigo
nueva garantía de su firme resolución, que, por otra parte, afianzaba
suficientemente la empeñada palabra de caballero tan cumplido.
La señora de Aymaret debía ponerse en camino con su marido y sus hijos
el primero de mayo, que era un martes; fue la víspera a Bellevue con
intento de despedirse de Beatriz, a quien halló profundamente triste,
aunque resignada, sabiendo allí por boca de su misma amiga que
Pierrepont había estado en la quinta aquella mañana y participado a
Jacques sus proyectos de viaje.
El marqués debía partir dentro de tres o cuatro días, el sábado 6 de
mayo, día fijado para la salida del vapor a cuyo bordo tenía ya su
pasaje, prometiendo a la vizcondesa en su visita de despedida que desde
Nueva York le pondría un telegrama anunciándole su llegada, y como se
pusiese de pie para dejarla, la amable señora le presentó sus frescas
mejillas cubiertas de rubor, diciéndole simplemente:
--Bese a su hermana.
Al día siguiente, la vizcondesa salió para Suiza.
Hasta el viernes, víspera de su partida, titubeó el marqués acerca de si
volvería o no a Bellevue, pero al fin decidióse a hacerlo, visto que no
acertaba con el tono a que debía ajustar su carta de adiós a Beatriz;
escribió a ella varias, mas encontrólas todas secas por demás o en
demasía tiernas, y acabó por quemarlas. Llegado que fue a casa del
pintor franqueó la puerta dirigiéndose en derechura al taller donde
encontró a Beatriz, presente su marido, ocupada en una labor de
tapicería.
--Querido, vengo a darte un apretón de mano... porque no sé si volveré a
verte antes de mi escapada a América... ¡Estoy tan ocupado!
--¡Cómo! ¿tan pronto te vas?--preguntó Jacques interrumpiendo su
trabajo--; ¿quién te corre, hijo?... ¡Ah! ¡ah!... Estoy en el secreto...
¡Fíate de mujeres para que guarden uno!
--¡Oh, eso está todavía en el aire... no son más que proyectos!... Lo
único real es el viaje.
Después de esto no le habló más que de sus recuadros, cuya grandiosa
composición admiraba, arriesgando algunas ligeras críticas de detalle,
que el artista admitió algunas veces, discutió otras con su bondad y
modestia usuales; una media hora transcurrió en esta conversación, en la
cual la mujer del pintor apenas tomó parte, continuando con taciturno
aire, inclinada su cabeza de diosa, la labor de tapicería que la
ocupaba, tal cual fugaz palabra de vez en cuando dicha, tal cual veloz
mirada rebosando de sombras lanzada sobre el rostro del hombre que se
iba.
Cuando Pierrepont hubo dado a Jacques su adiós postrero, levantóse ella,
diciendo al marqués con voz conmovida, seca, vibrante:
--Le voy a acompañar.
El marqués se inclinó, y juntos salieron del taller; a pesar de no estar
sino a principios de mayo, el día había sido abrumador de calor y una
tormenta estalló sobre París a mediodía; la lluvia que cayó a torrentes
había cesado ya, pero el cielo estaba aún nebuloso, la atmósfera
cargada. Se aspiraba ese fuerte olor que las lluvias de estío hacen
brotar de la yerba, de las hojas y de las flores, y rosas, lilas y
acacias saturaban el aire con sus acres perfumes. Beatriz y Pierrepont
se pasearon lentamente durante algunos minutos en el parque sin
pronunciar palabra, parándose de tiempo en tiempo para echar una
distraída mirada sobre el lejano panorama de París, sobre el cual el sol
poniente lanzaba a intervalos a través de las rotas nubes siniestros
resplandores de incendio.
Beatriz de pronto, como quien toma una brusca resolución:
--¡Márchese, se lo ruego!... Pero antes quiero darle algo para _ella_.
Y se dirigió con rápido paso hacia la quinta. Su departamento personal,
compuesto de un gran salón, gabinete y dormitorio, ocupaba toda la
planta baja. La habitación de Jacques y de Marcela estaban en el primer
piso.
Beatriz subió los tres o cuatro escalones del peristilo, y volviendo la
cabeza dijo a Pedro: «Vuelvo al momento», entrando en seguida en el
salón.
Pierrepont, desconcertado al pronto, aguardó algunos instantes, pero al
fin se decidió a seguirla; la habitación estaba casi a obscuras,
cerradas las persianas para preservarse sin duda contra el fuerte calor;
el marqués pudo, sin embargo, advertir que Beatriz no estaba allí; se
presentó un momento después llevando un estuche en la mano.
--Es su brazalete--le dijo en débil voz--; el brazalete que me envió
usted de Londres cuando mi casamiento... Entréguelo de mi parte a su
prometida... ¡Quiero que mi sacrificio sea completo!
Pierrepont intentó darle las gracias, pero su voz se ahogó en su
garganta; puso la mano en la mano que ella le tendía.
--¡Adiós!
--¡Adiós!--respondió.
Y aun no se oyó acabar este fatal vocablo, cuando cayeron el uno en los
brazos del otro, en olvido la tierra y los cielos, enloquecidos,
arrastrados por esos huracanes de pasión que tornan veloces honor de
varón, virtud de mujer, en flores marchitas, en muertos follajes, en
huecas palabras.
XIV
LA APUESTA
El despertar de una mujer honrada y altiva que sucumbe al impulso
funesto de una pasión prohibida es un desolador despertar, pero si raras
veces sucede que no se arrepiente de su falta, es todavía más raro que
no persevere en ella, porque en primer lugar la caída es tan honda que
hácese imposible remontar la pendiente, luego porque ya, el error
cometido, perdióse todo, menos el amor; el amor es el único que
sobrevive, lo único que resta, y al amor es necesario asirse, como la
última tabla que sobrenada en el mar de aquel moral naufragio.
Y la mayor parte de las que cayeron se abrazan al postrer madero con una
especie de violencia desesperada. Se entiende, por supuesto, que nos
referimos aquí a las mujeres de temple superior, no a esas otras para
quienes amar es un simple pasatiempo mundano.
Después de lo ocurrido entre Pierrepont y Beatriz no había ya ni que
hablar siquiera del viaje de aquél: hasta discutir el punto les pareció
ocioso y no lo hicieron, pero no podía prescindirse de explicar este
repentino cambio de ideas a las personas a quienes pudiera interesar.
Miss Nicholson había sido informada por la señora de Aymaret del viaje
del marqués, pero con tantas reticencias que la joven americana no
hubiera podido admirarse de una decepción; mas, ¿cómo justificar ante la
vizcondesa aquella traición a la palabra dada, traición que despertaría
necesariamente en la perspicaz señora sospechas fundadísimas?
Pierrepont tuvo que resignarse a escribirle una carta trivial en la que
tomaba como pretexto para aplazar su partida graves e imprevistos
asuntos, pero la vizcondesa tan no creyó sus asertos que ni aun le
contestó siquiera. Tampoco buscó las aclaraciones de Beatriz, quien por
completo entregada a su delirante pasión, mostróse casi indiferente a la
dura afrenta que argüía tal silencio. En cuanto a Fabrice, admitió
fácilmente que Pedro abandonaba un viaje hacia el cual nunca lo viera
muy inclinado.
Y entonces principió para los dos cómplices esa existencia turbada,
mezcla de embriagueces y de amarguras, de olvidos y de remordimientos,
de secretas concupiscencias y de terrores secretos que es la vida misma
de los amores culpables. Podían, por fin, hablar sin reserva del pasado,
confiarse todo lo que recíprocamente habían sentido y sufrido el uno por
el otro, borrar los últimos lineamientos del terrible equívoco que por
tanto tiempo los tuvo separados, y los mismos transportes de la pasión
eran descoloridos detalles comparados al hechizo de estas mutuas
confidencias, de estas horas de ternura. Pero sus entrevistas íntimas no
eran frecuentes; lo eran aún menos que antes de su común falta; la
inocencia había huido y observaban con la angustiosa atención del que
delinque; observaban y observaban, y todavía no observaban lo bastante.
Jacques era de natural tan generoso y confiado, estaba tan acostumbrado
desde su temporada en los Genets a la intimidad de Pierrepont con
Beatriz, se hallaba tan absorbido en el trabajo gigantesco que traía
entre manos, que ni remotamente sospechaba la traición de que venía
siendo víctima; pero un ojo por desventura más desconfiado, más
penetrante, velaba en lugar del artista desdichado.
La antipatía de Gustavo Calvat hacia su cuñada Beatriz había ido de más
en más creciendo por efecto de sus cotidianos rozamientos y de los mal
disimulados desdenes de aquélla; había ido de más en más creciendo hasta
el punto que hoy era no ya aversión, sino irreconciliable odio; tampoco
simpatizaba Calvat con el marqués de Pierrepont, quien lo trató siempre
con altanera frialdad. Aunque el pintor continuase, bondadoso como era,
recibiendo al taimado aprendiz en su casa y ayudándolo pecuniariamente,
no podía pasar inadvertido para aquel ente que estorbaba, que no era con
tanta frecuencia invitado a comer, que Beatriz, que se ocupaba mucho de
la educación de Marcelita, evitaba el dejar a la niña a solas con él, y
ante tales procederes, que Calvat consideraba verdaderos ultrajes, no
había venganza que no se encontrase pronto a esgrimir contra aquella
que paso a paso lo iba desalojando de una casa que él consideraba como
suya.
A fin de ahorrar tiempo había encargado Jacques a su cuñado de algunos
secundarios detalles en la grande obra que lo ocupaba, y Calvat
aprovechaba esta circunstancia para presentarse más que de costumbre en
el taller del pintor, so pretexto de ofrecerle sus servicios, y cuando
éstos holgaban íbase a fumar en el jardín o a acechar por fuera de la
quinta el paso de Marcelita.
Cierto día, como volviese de dar un paseo por el parque con la niña,
entró bruscamente en el taller, y después de asegurarse de que Fabrice
estaba solo, le dijo de repente:
--¡Querido, tengo que hablarte!
--Habla--replicóle el pintor prosiguiendo tranquilamente su trabajo.
--Me causa pena tocar este punto, pero me parece que no harías mal en
que Marcelita volviese a su colegio de Auteuil. Es la hija de mi hermana
y eso me impone ciertos deberes.
Fabrice bajó lentamente los escalones del andamiaje sobre que pintaba, y
mirando fijamente a Calvat:
--¿Qué me quieres decir con eso?
--Quiero decirte que Marcela está aquí en malísima escuela, y que no
debe permanecer por más tiempo en ella.
--¿Por qué?
--Mi querido Jacques--replicó Calvat--, siento mucho abrirte los ojos y
destruir tus ilusiones acerca de tu princesa... Pero... pero puesto que
lo quieres, sea... ¿Sabes la pregunta que hace un momento me dirigía la
niña a propósito de su excelente madre, de su irreprochable maestra?
«Tío--decíame--, ¿se dan besos los caballeros y las señoras cuando no
son marido y mujer?» «Algunas veces...--le respondí--en ciertas
ocasiones... ¿Por qué me preguntas eso, Marcelita?...» «Porque ayer
tarde, después de comer, cuando volvía a dar las buenas noches a papá en
la sala, vi que el señor de Pierrepont besaba a mamá.»
Apenas tuvo tiempo de terminar estas palabras, cuando Fabrice,
agarrándolo por el cuello, casi hasta ahogarlo:
--¡Miserable!--le dijo--, ¡estás ebrio!... ¡Vete! ¡Vete de mi casa!
Y lo empujó, arrojándolo fuera del taller.
--¡Pobre tonto!--murmuró Calvat haciendo una repugnante mueca.
--¡Te he dicho que te vayas!--añadió Jacques marchando hacia su cuñado.
Este hizo un signo amenazador de cabeza y se retiró seguido por la
mirada de Fabrice, que no le quitó la vista hasta que le vio franquear
la verja.
Vuelto al taller, intentó maquinalmente el pintor reanudar su trabajo,
pero la voluntad lo abandonaba; nublada la vista, inerte la mano, puso
con desaliento sobre la próxima mesa paleta y pinceles, y sentándose
sobre el borde de aquélla dióse a cavilar... Sí... Calvat es un
miserable... un alma degradada por los desórdenes y la pereza... capaz
de todo por satisfacer sus envidias y sus odios... detestaba a
Beatriz... siempre la había perseguido con su sorda malevolencia...
ahora ya incidía en la calumnia abierta... Esto era palmario... Pero
Jacques se decía al mismo tiempo que su mujer, de la cual continuaba tan
apasionado cual en el día mismo de sus nupcias, no cesó nunca de
manifestar hacia él frialdades de hielo, marmóreas resistencias... Esas
frialdades radicaban sin duda en su íntima complexión... mas... Y
entonces las pérfidas insinuaciones de la señora de Montauron venían a
clavar sus dientes de acero en el alma del desventurado artista. ¡Qué de
veces creyó él descubrir en su altiva consorte, esos sentimientos de
desdén, de disgusto, de enojo, de arrepentimiento, de que le hablara en
cierta conversación memorable la difunta baronesa!... Y esa idea de que
Beatriz no lo amaba era para el pintor una tortura dantesca, sólo un
momento ahogada en el febril trabajar... Pero, en fin, porque amase más
o menos a su marido no dejaba de ser Beatriz quien Beatriz era...
¡Beatriz!... esa casta y altanera criatura a quien él vio sufrir con
tanta nobleza su infortunio, a quien él vio rechazar con virtud tanta
los protervos consejos, las falaces tentaciones de la suerte adversa...
¡Oh, sí, no había duda! si a él no lo amaba, el honor y el deber eran
para ella un culto, y de esos dioses jamás renegaría... Cierto que su
simpatía por Pierrepont era manifiesta y evidente, pero, ¿la inocencia
de esa propensión no la proclamaba suficientemente esa misma tácita
publicidad de que Beatriz la revestía? ¿no se explicaba, sin esfuerzo
alguno, por afinidades de nacimiento y de educación, de tradiciones de
familia y comunes recuerdos?... ¿El mismo marqués no era citado como
viviente símbolo de la más caballeresca lealtad?... ¿Cómo, entonces,
infamar a los dos con la sospecha de una duplicidad tan abominable, de
una traición tan baja?... y eso por las imputaciones de un ser como
Calvat, bajo la fe de una delación que tenía todas las viles apariencias
de cualquier carta anónima... Porque las palabras que Calvat tuvo la
villanía de poner en labios de Marcelita, Jacques estaba seguro de que
la niña jamás las pronunció... y ese indigno Gustavo había contado de
antemano con la impunidad, convencido; cual se hallaba, de que Fabrice
nunca interrogaría a su hija acerca de tan difíciles capítulos.
Sumido estaba aún el artista en estas crueles cavilaciones, cuando la
cortina de antigua tapicería que cubría la puerta del taller abrióse de
pronto dejando ver el fresco y lindo rostro de Marcela.
--¿Te incomodo, papá?
--No, hija mía--respondió éste cubierto de densa palidez.
--¿Puedo entrar?
--Sí, mi vida.
Y entró la niña, con un aro en la mano, presentando a su padre la
frente.
--¿Estás triste, papá?
--¿Por qué he de estar triste?
--¡Como no trabajas!
--Descanso un poco. ¿Tú has estado corriendo?... ¡Estás roja como una
amapola!
--No, papá, vengo de dar mi lección de piano con mamá.
--¿Es buena contigo tu mamá?
--Muy buena.
--¿Tú la quieres mucho?
--Mucho... pero a ti más que a ella... Me voy a jugar... pero bajo los
árboles... no al sol... no tengas cuidado.
Iba a salir; Fabrice la llamó.
--¡Ven, alma mía!... voy a preguntarte una cosa... ¡Ven, corazón mío!
Tomó la cabeza de Marcelita entre sus manos y mirándola fijamente:
--Marcelita... vas a decirme... una cosa...
--¿El qué papá?
Titubeó algunos segundos; en seguida, bruscamente, sonriendo con amarga
sonrisa:
--Quiero que me des otro beso... ahora anda... anda a jugar... nena
mía... corre.
Y Marcelita se fue corriendo.
Cuando desapareció, el artista, cuyo carácter era firme cual la roca,
enjugó, sin embargo, una lágrima. Después se levantó, tomó su paleta y
púsose a pintar.
Al día siguiente experimentó la sorpresa de ver a Calvat entrar en el
taller.
--¿Cómo te atreves a presentarte en mi casa?--le preguntó con
amenazadora gravedad.
--Querido--respondió Calvat en tono de sumisión--, he consultado con la
almohada... vengo a presentarte mis excusas... No estaba ayer ebrio
como me dijiste un poco rudamente, y aun añado que no falté a la
verdad... Pero he hecho mal, convengo, en venir a repetirte un cuento de
niño que debió afectarte profundamente, y que podía ser, que era
seguramente, un embuste. He reflexionado y estoy persuadido de que
Marcelita ha inventado la historia que me contó. Los niños, tú lo sabes,
son grandes embusteros, y sus invenciones tienen con frecuencia ese aire
de malicia socarrona y de falsa inocencia que es fácil de advertir en la
broma de tu hija... Con más, que nada se adelantaría con interrogarla...
porque, en ese caso, sostenga la niña su mentira o la retire, se queda
uno como estaba... Por consecuencia, me parece lo mejor pasar por alto
la falta de la niña, olvidar mi exceso de celo... bastante comprensible,
por otra parte... y darme la mano.
La justificación alegada por Calvat no dejaba de ser fundada, y, además,
llevaba al alma atormentada del pintor algunos fulgores de bonanza.