El corazón de Beatriz se abrió de nuevo y lloró largo rato en silencio.

--Te preguntaba, hija mía--repitió la señora de Aymaret--, si está muy

adelantada su obra.

--Muy adelantada... el pobre no descansa un minuto... desde el amanecer

se pone al trabajo... ¡estoy admirada!... ¿Cómo se puede tener cabeza y

valor para ocuparse de nada con semejante preocupación?... ¡Yo ni

siquiera lo comprendo!

--¿Y él parece estar tranquilo, dices?

--Sí, parece estar tranquilo... pero encanece rápidamente.

--¡Oh! es necesario salvarlo--exclamó la vizcondesa poniéndose en pie--.

¿Tú me das plenos poderes, no es verdad? ¿Apruebas de antemano cuanto

intente con ese fin?

--¡Todo... absolutamente todo... y con toda mi alma, Dios mío!

--¡Pues bueno! escribe a Pierrepont, a quien daré una cita para mañana.

Beatriz se sentó en su mesa de escribir y trazó a vuela pluma estas

breves líneas:

«Al marqués de Pierrepont.

«Todo lo que Elisa te pida, te lo pido yo también de rodillas.»

Al día siguiente aquél, por indicación de la señora de Aymaret,

presentóse en casa de ésta. La vizcondesa presentóle la carta en

seguida.

--¿De qué se trata?--interrogó Pedro con gravedad después de haber

leído.

--Se trata de que Fabrice no efectúe su suicidio cuando llegue la

hora... ¿Podemos contar con usted para ese objeto?

--¿Y lo duda usted?... Es como si propusiera usted a un asesino

libertarlo de su propia conciencia... Pero, ¿qué puedo yo hacer en

esto?... No puedo imaginármelo...

--Según mi opinión, hay que vencer dos obstáculos para llegar a nuestro

fin: primero, el punto de honor de la palabra empeñada que liga a

Fabrice... ¿No podría devolverle esa palabra y en términos tales que él

consintiese en aceptarla?

--Estoy pronto... pero...

--¿Teme que rehuse?

--Lo temo... sin embargo, voy a intentarlo, y con toda sinceridad, según

va usted a verlo.

--No esperaba menos de usted... El segundo inconveniente que tendríamos

que dominar es la convicción en que debe estar Fabrice de que si

sobrevive le encontrará siempre entre su mujer y él... porque ha de

estar creyendo que ella y usted aguardan su muerte para efectuar un

matrimonio... Pues bien, el único medio de desengañarlo es volver a

nuestro antiguo plan de casamiento con Ketty, poniéndolo por obra en el

más breve período de tiempo posible. ¿Consiente usted?

Después de una pausa para reflexionar.

--Su amiga de usted--preguntó Pierrepont--, ¿desea ese matrimonio?

--Desea y aprueba todo lo que pueda sacarla del infierno en que está

metida.

--¡Pues bueno! obedezco... me iré mañana... si no hay vapor en nuestros

puertos marcharé a tomar uno en Inglaterra... Esta noche le mandaré la

carta para Fabrice... se la entregará usted en tiempo oportuno... Adiós,

señora...

Estrechó efusivamente con sus dos manos la mano de la vizcondesa y se

retiró.

Dos días después se embarcaba en el Havre con rumbo a los Estados

Unidos.

La señora de Aymaret había recibido el día antes la carta que él dirigía

a Fabrice. Iba abierta; leyóla la vizcondesa y quedó satisfecha de su

contenido; pero decidió no entregarla al pintor sino el día que pudiera

participarle al mismo tiempo las bodas de Pierrepont, esperando que así

el artista sería más accesible a sus ruegos.

Beatriz fue de idéntica opinión, y en cuanto al casamiento del marqués,

acogió esta noticia con bastante indiferencia.

Alentada por su amiga, abrigaba algunas esperanzas, por remotas que

fuesen, de salvar a su marido, escapando ella misma a tormentos morales

en que temía dejar la razón, y por esta causa vigilaba con anhelante

interés los más pequeños actos, las más insignificantes palabras de

Jacques. Era el corazón de Beatriz, a pesar de su orgullo aristocrático

y de sus vanidades mundanal, demasiado noble, demasiado generoso, para

mostrarse insensible a la actitud firme, magnánima, heroica del artista

enfrente de la muerte; y en su admiración, mezclada de profunda, lástima

y quizás de sentimientos más tiernos todavía, ella no recordaba sino

para sonrojarse los mezquinos reproches que allá en su fuero interno

había alimentado contra su marido; admirábase de haberlo hasta tal punto

desconocido, de haber tan injustamente cerrado los ojos ante las

luminosas cualidades del hombre y del artista para fijarse sólo en

algunas miserables imperfecciones de detalle. La misma personalidad

física del pintor se le representaba bajo una nueva faz, sintiéndose

herida por la dignidad natural de su andar, que traía a la memoria la

marcha al mismo tiempo potente y ligera de los grandes felinos; se

sentía herida por el brillo resplandeciente de su frente, por la

enérgica acentuación de su tranquilo rostro, al cual sus cabellos, ya

hoy ligeramente emblanquecidos, revestían de una extraña y suave

aureola; se le aparecía, en fin, transfigurado cual si los pensamientos

que lo ocupaban y lo sostenían en aquellos días supremos lo hubiesen

envuelto en un nimbo de sobrenaturales resplandores.

Pero el tiempo volaba; fue el 20 de julio cuando Pierrepont y Fabrice

juraron su tremendo compromiso, y el plazo de cuatro meses acordado al

pintor expiraba por ende el 20 de octubre. Asomaba la primera semana del

luctuoso mes cuando Beatriz advirtió con terror que los grandes

recuadros destinados a América hallábanse a punto de ser terminados, y

lo hubiesen estado con anterioridad si Jacques no hubiese más que nunca

querido justificar en esta postrer obra suya la reputación del

concienzudo y probo artista que la fama pública le había discernido, y

no quedaban por hacer sino ligeros retoques, hasta el punto de que ya el

apoderado de míster Nicholson en París viniera a entenderse con el

pintor acerca del mejor modo y forma de mandar las telas a su destino.

A medida que el pavoroso término avanzaba, las angustias de Beatriz

hacíanse más incesantes, más intolerables, más mortales. Devorada por la

fiebre, en espera día y noche de cualquier siniestro ruido, de cualquier

trágico espectáculo, impulsaba la triste Beatriz a la señora de Aymaret

con desesperada impaciencia a que diese el paso supremo de que dependía

su última esperanza, mas la vizcondesa, prevenida ya por Pierrepont de

que su matrimonio se efectuaría en próxima fecha, quería esperar para

presentar su súplica al pintor así que el suceso se realizase. Al poco

tiempo Pierrepont le enviaba un periódico americano en que se daba de

aquél noticias detalladas, y entonces la vizcondesa no titubeó más.

Desde su vuelta, en sus frecuentes visitas a Bellevue, más de una vez se

había encontrado la señora de Aymaret con Fabrice, y aunque éste no

pudiese dudar que aquélla conociese el secreto de Beatriz, jamás se

cruzó entre ellos ni la sombra de una alusión sobre este resbaladizo

asunto, pero una mañana la vio entrar inopinadamente en su taller.

Profesaba el artista una sincera estima a la joven señora, y adivinando

en la actitud a la vez turbada y resuelta de aquélla, el particular que

la trajera, tomó un aire grave.

--¿Viene usted a hablarme, señora?--le dijo.

--Sí, tengo que hablarle... pero no me desaliente de antemano... sea

bueno y complaciente conmigo, se lo ruego.

--Con usted, señora, es bien fácil ser complaciente--respondió Fabrice

sonriendo con tristeza--. Vamos, hable usted.

Y le acercó una silla por cuanto advirtió que la vizcondesa estaba a

punto de desfallecer.

--Señor Fabrice--comenzó aquélla después de un breve silencio--, me he

enterado hoy de una cosa que me parece que tal vez le interese saber...

Y le entregó con la mano temblorosa la última carta que había recibido

de Pierrepont acompañada del periódico americano en que se daba cuenta

de su matrimonio.

Después de haber leído el pintor estos dos documentos, los devolvió

fríamente a la señora de Aymaret.

--Gracias--le dijo el pintor con seca cortesía.

--Señor Fabrice--continuó aquélla cada vez más desconcertada y más

conmovida--, tengo que entregarle aún otra carta... Le está

personalmente dirigida.

--Veamos, señora.

Tomó en sus manos la misiva; era aquella que Pierrepont le escribió

antes de su partida: véanse aquí sus términos:

«Antes de abandonar la Francia por mucho tiempo, aun para siempre si tú

lo eliges, te relevo con la mayor sinceridad de la palabra que me has

empeñado, rogándote en nombre de tu hija, suplicándote una y mil veces

que conserves tu vida.

»Si la suerte me hubiese a mí condenado y si tú me devolvieses mi palabra

con la lealtad con que yo te devuelvo la tuya, te aseguro que ni un

momento titubearía en aceptarla.--_Marqués de Pierrepont_.--Al señor

Jacques Fabrice.»

El pintor leyó una y otra vez, y aun volvió a leer con atención suma

estas líneas, y, una vez al cabo de su contenido, se disponía a

entregarla a la señora de Aymaret.

--Pero--arguyó ésta--, es para usted... debe usted guardarla.

--¡Sea!--replicó el pintor.

Esperó un momento la vizcondesa, y viendo siempre a aquel impasible y

mudo:

--Señor Fabrice--le dijo estrechando las manos del artista--, ¿me dejará

usted partir sin concederme una frase de esperanza?... Ya su honor está

a salvo... ¡Tenga usted piedad de su hija!... ¡Tenga piedad también de

la pobre culpable!... ¡Ha sufrido y sufre tanto!... ¡Ha expiado y expía

con tanta usura su pecado!... ¡Y si aun me atreviera a añadirle

algo!...

--¡Oh! no, señora, no prosiga usted... es suficiente con lo que me ha

dicho... Me conmueve su interés hacia mí y los sentimientos que lo han

inspirado... mas comprenderá que, cuestión tan grave como la que

tratamos, no puede resolverse en un momento de enternecimiento...

Permítame que medite sobre estos puntos con la calma que es de razón...

Mi trabajo está ya terminado... aún puedo disponer de algunos días... Mi

intención, que puede usted comunicar a su amiga, es consagrarlos a hacer

un corto viaje al extranjero... una excursión a Suiza... Insisto más que

nunca ahora en mi resolución, porque tengo necesidad de la ausencia para

fijar mis ideas... Pienso partir mañana...

La vizcondesa clavó en él una mirada inquisitiva, Jacques púsose en pie

tomando entre sus manos una de las de la dama...

--Hasta la vista, señora--le dijo; luego, con la voz levemente

conmovida--: ¡Adiós, hija mía!

La vizcondesa salió, pero antes paróse un momento en el umbral del

taller para enjugar sus lágrimas que arrasaban sus ojos; por fin,

dirigióse con rápido, paso hacia las habitaciones de Beatriz: ésta, que

esperaba el resultado de la entrevista paseando febrilmente por las

alamedas del jardín, corrió al encuentro de Elisa desde que la viera

aparecer, e interrogándola angustiosamente:

--¿Y bien?

--¡Tengo esperanzas!--le contestó su amiga.

--¿Es posible?--contestó Beatriz y arrastró a aquélla al salón.

La señora de Aymaret relatóle entonces todos los detalles de su

entrevista con Fabrice, procurando persuadirla y persuadirse a sí propia

de que la impresión que le había producido era favorable, pero la

noticia del viaje repentinamente proyectado por su marido, aterró a

Beatriz.

--¡Eso es el suicidio!--dijo a su amiga con sorda voz.

--¿Y la de irse si está decidido a darse la muerte?--objetó la de

Aymaret.

--¿Quién sabe?... Por evitar tan tremendo espectáculo a su hija... Tal

vez por evitármelo a mí misma... Quiere ser generoso y magnánimo hasta

el fin...

--Te aseguro--le dijo la señora de Aymaret--que el lenguaje que ha usado

me ha parecido sincero... Antes de fijar su decisión en asunto tan grave

quiere reflexionar con tranquilidad, lejos de las recuerdos, de las

emociones que pudieran perturbar sus ideas...

Aquí llegaban de su conversación, cuando fueron interrumpidas por

Marcelita, que entró en la sala como un torbellino; presentó sus frescas

mejillas a la señora de Aymaret, y volviéndose a Beatriz le preguntó

toda sofocada:

--¿Es verdad que papá se va?

--¿Quién te ha dicho eso?

--Enriqueta, a quien le ha prevenido que le haga su equipaje.

--Sí, se va mañana... su trabajo lo ha fatigado mucho... los médicos le

recomiendan un poco de distracción.

--No quisiera que se fuese--dijo la niña--, si lo permites voy a ayudar

a Enriqueta para que no se le olvide nada.

--Yo misma voy dentro de un momento... anda, hija mía.

Marcelita se fue corriendo. La señora de Aymaret se levantó para

marcharse.

--¡Si te imaginases cuánto estoy sufriendo!--le dijo Beatriz--. No se

hace un movimiento, no se pronuncia una palabra en esta casa que no sea

para mí un martirio... ¿y vas a dejarme sola?

--Sí, te dejo, hija mía... pero mañana, desde muy temprano, me tendrás

aquí. Debo dejaros solos en estas últimas horas... Os abandono a la

inspiración de vuestros corazones... ¡Hasta mañana!

Se besaron, y la vizcondesa se alejó.

Beatriz subió a las habitaciones de su marido para vigilar los

preparativos del viaje. La doncella le participó que Fabrice había ido a

París, pero que volvería para comer.

La mujer del pintor pasó el resto del día vagando por el jardín. Hacia

la noche entró en el taller. El vacío que habían dejado los terminados

recuadros daban un aire de abandono, de soledad, de tristeza solemne.

Beatriz permaneció allí hasta la caída de la tarde pensando en cuanto

una grande inteligencia, una grande alma dejara allí de su pensamiento,

de dolores.

De pronto una idea le asaltó: todo había acabado; la pretendida

excursión de Jacques a París no era más que un pretexto; su marido no

volvería; voló a sus habitaciones; Jacques había vuelto.

Se sirvió la comida. Fabrice se hallaba tranquilo, pero más serio, más

distraído que de costumbre, y al mismo tiempo más hablador; diríase que

tenía miedo al silencio. Hablaba del decrecimiento de los días, de la

hermosura de aquellas otoñales tardes, de la belleza de los paisajes

suizos, de la impotencia del pintor para fielmente reproducirlos.

Después de la comida bajaron al jardín. Aunque ya en sus comienzos el

otoño, la noche era templada y magnífica bajo un cielo tachonado de

estrellas. Había aún claridad suficiente y Marcelita corría tras de su

aro por las angostas calles que rodeaban la fuente. Placíale a la niña

dar esta muestra de habilidad a su padre, quien, sentado en un banco, la

miraba... ¡y de cuando en cuando también miraba al cielo!... Beatriz,

anonadada, habíase sentado también a algunos pasos de distancia, oculta

entre la sombra de los árboles.

Al cabo de un instante, Fabrice exclamó:

--¡Marcela!

--¿Qué, papá?--y vino corriendo.

--Tengo miedo que te resfríes... es necesario irse a dormir...

--¿En seguida?

--Sí, te lo ruego, vida mía.

--Bueno, me voy, papá.

--Dame antes un beso...--y tomó a la niña entre sus rodillas.

--¡Así me gustan las niñas!... ¿Tú me prometes ser siempre buena, es

verdad?

--Te lo prometo.

--¿Aun cuando yo no esté ya aquí... aun cuando esté fuera?

--Sí... pero, ¿por qué te vas, papá?

--¡Tengo tanta necesidad de reposo, pobre nena mía!

--¿Por qué no me llevas contigo?

--¡Ay, si pudiera!...--murmuró Fabrice.

--¡Anda, llévame, papacito!

--¡No es posible, alma mía!... ¡Anda... vete a dormir!...

--¿Te vas por mucho tiempo?--continuó la niña.

--Por... alguno... Todavía no lo sé fijo... ¡Anda... anda a dormir, hija

mía!

Jacques dio un beso a aquel querubín.

--Presente o ausente--le dijo--, me querrás siempre... te acordarás de

mí, ¿no es cierto?

--Siempre... siempre... te lo prometo.

Lo dejó, para ir a dar un beso a Beatriz; en seguida, volviendo a su

padre, a media voz:

--¡Papá! ¡estás llorando!

Detuvo a la niña por la mano; hubo un silencio; después Fabrice con

grave acento:

--¡Ama también a tu madre!

Y la niña se alejó pensativa entrando en la casa.

Al instante mismo Fabrice oía un gemido, y Beatriz, saliendo de las

sombras, se echó a sus plantas, sobre la arena de la avenida.

--¡Te suplico, Beatriz!--le dijo en tono de dulce reproche procurando

levantarla.

--¡Ah!--exclamó la sin ventura a través de sus lágrimas--, ¡el Cristo

perdonó!

--Y yo te perdono... ¿No acabas de oír lo que he dicho a mi hija?... No

ignoro cuánto has sufrido en estos últimos tiempos... y hay además en la

vida circunstancias en que la indulgencia se impone... Levántate...

Siéntate a mi lado.

Desconcertada, estupefacta, se sentó en el banco al lado del marido.

--Beatriz--le dijo--, te doy mi perdón... ¿Qué más deseas? Habla.

--¡Deseo... que vivas, Dios mío!

--¿Estás segura?... ¿Estás bien segura de que no me despreciarías mañana

si yo cediese a tus ruegos?

--¿Despreciarte?... ¿Por qué?... Pues que, ¿no sé que eres libre, que te

han devuelto tu palabra?

--¿Y no te dirías alguna vez, Beatriz, que otro en mi lugar se habría

mostrado más escrupuloso sobre el punto de honor?

--¡Pero, por Dios, no acabes de matarme... ten piedad de mí!... ¡Esto es

horrible!... ¡Yo que te amo tanto, Dios mío!... y que ni aun me atrevo a

decírtelo... porque creerías que miento para salvarte de la muerte... y,

sin embargo... aquí delante de Dios... te juro que te amo... ¡oh! te lo

juro.

Y deshecha en lágrimas levantaba desesperadamente sus brazos al

tachonado cielo.

Hubo un largo silencio solamente turbado por el rumor de sus gemidos...

Luego Fabrice, con voz hondamente conmovida:

--¡Te creo!

Ella tomó sus manos.

--Sí, esa palabra que tanto ansié de tus labios... al fin la he oído...

y el corazón me dice que es sincera... ¡Me amas!... ¡Oh cielos, desatad

sobre mí vuestros rayos!... ¡que ni aun por eso os negaría mi

adoración!... ¡mi adoración por este momento tanto tiempo anhelado!...

¡tanto tiempo soñado!

Ella besaba sus manos llorando.

--Beatriz--le dijo, desasiéndose suavemente--, todo esto era para mí tan

imprevisto.... que ya ves... he perdido la calma... casi la razón...

Deja que me recoja un poco en mí mismo, te lo ruego... Desconfiarías con

fundamento de mi resolución tomada bajo el imperio de emoción

semejante... Ven, vuelve a tu gabinete... Vendré a buscarte dentro de un

momento y entonces hablaremos seriamente.

Beatriz se apoyó en el brazo que él le ofrecía y la condujo hasta el

primer escalón del peristilo, y como aquélla dudase en separarse de él,

Jacques la atrajo hacia sí y besó sus cabellos.

--¡Hasta dentro de un momento!--le dijo.

Beatriz se sentó en el salón cerca de una ventana abierta mientras se

alejaba por el jardín. Paseóse Fabrice en él largo tiempo, a lento paso.

A veces su silueta se desvanecía entre los árboles, y entonces de pie,

aterrado, hasta que su sombra salía de las tinieblas... Hacía algunos

minutos que lo perdiera de vista; de pronto un relámpago siniestro

iluminó los vidrios del taller, y el ruido de una detonación rasgó el

silencio de la noche.

La triste esposa extendió los brazos, dio un grito y cayó desplomada.

* * * * * * * * *

Fue la señora de Aymaret mandada a buscar en seguida, quien encontró

sobre la mesa del taller, y entregó a Beatriz, estos cuatro renglones:

«Beatriz, hubiera querido evitarte este duelo... pero habría creído ser

débil al ceder... Sí, creo que tu corazón al fin se ha abierto al mío,

creo que me amas... Pero, ¿continuarías amándome mañana?... ¿Debiendo mi

vida al hombre que me ultrajó tan cruelmente?... Lo dudo, y muero.»

* * * * * * * * *

La verdadera causa del suicidio de Jacques Fabrice, jamás se sospechó.

Los diarios anunciaron que el desdichado artista había muerto por

accidente, descargando sus pistolas en vísperas de un viaje.

Beatriz entró en religión en los Benedictinos de Auteuil, donde ella

misma pudo acabar la educación de Marcela, cumpliendo así piadosamente

las últimas voluntades del artista.

FIN

Honor de artista · 第 12 / 12 段