¡Ah! le juro que ella misma ha de convencerse de lo que digo. ¡Ahora
hace un instante, me negaba un favor baladí... y todo por ultrajar a esa
mujer... que vale bien poco, es verdad... pero que, de cualquier manera
que sea, es mejor que ella...! ¡Pues bien, o nos dará una satisfacción
a la baronesa y a mí, o le mataré a su marido!... De todos modos lo
aborrezco; un hombre honrado y todo lo que se quiera... pero a quien
aborrezco, sí... ¡hará el retrato de mi amante o lo mandaré al otro
mundo!...
--Señor de Pierrepont--exclamó la vizcondesa, oprimiendo el brazo del
marqués--; por todo lo que más quiero y lo que más respeto; por todo
cuanto hay de más sagrado, le juro... ¿me oye usted? le juro que Beatriz
es inocente de lo que la acusa.
--¡Sin duda, se lo ha dicho ella!--murmuró Pierrepont sonriendo con
amargura.
--¡Ay, Dios mío!--continuó la señora de Aymaret fuera de sí--. Pues
bien, me lo ha dicho... me lo ha dicho todo... me ha confesado todo...
me ha dicho que le ama a usted desde su infancia y que nunca ha amado a
otro hombre sino a usted... me ha dicho que la idea de ser su mujer era
la única de sus ilusiones... que le adoraba, en fin... y que la tía de
usted la obligó a rehusar su mano de usted so pena de desheredarle...
que por usted se ha sacrificado... que por usted ha sufrido el
martirio... ¡Ahí tiene usted la verdad pura!... y le digo que será el
último de los hombres si alguna vez hace que me arrepienta de la
indiscreción culpable... culpabilísima... que acabo de cometer...
únicamente para evitar una desgracia... para evitar el crimen que
premedita usted.
El marqués la contemplaba con mirada incierta, aun dudando todavía, pero
la confidencia que acababa de brotar del corazón y de los labios de la
vizcondesa tenía tal sello de verdad, que por sí misma se imponía; así
lo comprendió rápidamente el marqués, y tomando con efusión las manos de
la de Aymaret, mientras se sentaba delante de ella abrumado y confuso:
--¿Es posible?...--le dijo--. Sí, yo sé que nunca falta usted a la
verdad... ¡Oh! que Dios le premie el bien que me ha hecho usted... ¡Oh!
¡cuan agradecido le estoy!... ¡No me da usted la dicha, ay!... pero al
menos me devuelve carácter y honra.
--¡Tomo nota de ello!--díjole la vizcondesa apretando la mano de
Pierrepont, y le dio entonces detalles de las amenazas de que Beatriz
había sido víctima por parte de la muerta baronesa, no habiendo ya razón
para ocultarle esos particulares que Pedro demostraba avidez en conocer.
El movimiento de los espectadores de la sala les dio a entender que un
acto terminaba.
--Mi querido señor--dijo al marqués la vizcondesa poniéndose de pie--,
los dos tenemos necesidad de reposo... y todavía más de reflexión... por
otra parte, deben empezar a inquietarse en el palco de enfrente por su
ausencia.
Pierrepont hizo un gesto de soberana indiferencia.
--Vaya usted mañana a verme a las dos--concluyó la señora de Aymaret--.
Tenemos que tratar una cuestión muy seria, el de la conducta a seguir
respecto a Beatriz.
--Hasta mañana, pues, señora... y todavía una vez gracias mil... ¡Oh,
gracias mil!
Y ganó la puerta del corredor mientras que ella entraba en su palco.
XIII
PASIÓN
La prudente mujercita pasó una noche muy inquieta pensando las
consecuencias probables o posibles de la grave revelación que se había
visto obligada a hacer al marqués. Esta trascendental confidencia le fue
arrancada por necesidad tan imperiosa que nada podía reprocharse en su
fuero interno, no pudiendo caber duda alguna acerca de que el primero de
sus deberes fuese evitar a cualquier costa y ante todo el peligro de un
sangriento conflicto personal entre Pierrepont y Fabrice; pero no por
eso deploraba menos haberse visto reducida a tan apremiante extremidad
sin que pudiera ocultarse a su buen juicio que la fuerza de las
circunstancias iban a poner a Beatriz, para el futuro, en una situación
por extremo delicada con respecto al hombre que se hallaba en posesión
del secreto de aquélla.
Dejar ignorado que Pierrepont lo conocía hubiese sido ilusoria
presunción, porque Elisa no podía esperar que el marqués se condenase en
lo sucesivo a la misma reserva que observara en el pasado, siendo
imposible suponer tampoco que consintiese ahora en continuar soportando
el desprecio de Beatriz sin intentar ante ella una justificación de su
pasada conducta, aunque no fuese más que de aquella observada la noche
anterior en el palco del teatro Francés. Y desde el momento que una
explicación era inevitable, pensó acertadamente la señora de Aymaret que
sería más decoroso y menos arriesgado hacerla ella misma a la
interesada, descartando por ese medio a Pierrepont. En cuanto al nuevo
sesgo que forzosamente iban a tomar las relaciones de Beatriz con el
marqués, nada le pareció mejor a fin de prevenir todo peligro sino hacer
un llamamiento a los sentimientos de honor que en los dos reconocía.
Franca y recta nuestra vizcondesa, otorgaba generosa y tal vez excesiva
confianza a los nobles y leales procederes; así, pues, dado este sentir,
consideradas estas circunstancias, parecióle imposible que ningún
expediente cualquiera pudiese dar el laudable resultado que perseguía.
Bajo la impresión de estas ideas fue que recibió al marqués cuando fue a
casa de ella al otro día en la hora que la vizcondesa le había fijado.
Pierrepont se presentó muy serio, y su hermoso rostro, aunque un poco
alterado, no conservaba traza alguna de aquella perversa risa que se
apoderara hacía tiempo de su semblante a guisa de mueca nerviosa.
--Asegúreme de antemano, querida amiga, que no he soñado lo que me
confió usted anoche.
--Y no lo ha soñado usted... Ahora hablemos razonable y seriamente, si
es posible. Le he libertado de una pesadilla que desgarraba su
corazón... ha sido un poco a pesar mío, lo confieso... pero, en fin,
creo que, eso no obstante, me guardará algún agradecimiento.
--Un agradecimiento infinito.
--Lo veremos... Hablemos claro. Posee usted ya el secreto de Beatriz;
sabe usted que le ha amado mucho y que en lugar de haberle traicionado y
sacrificado, como creía usted, ha sido ella, por el contrario, quien se
impuso un verdadero martirio. Hoy tiene ya otras afecciones, otros
deberes, y esté usted seguro de que no conseguirá apartarla de ellos,
pero si abusa de mi forzada indiscreción, conseguiría turbar su
tranquilidad... y a mí, señor, en premio del servicio que le he
prestado, me sumiría en un abismo de dolor.
--Déme usted sus órdenes, dígame qué quiere que haga.
--Pierrepont, está usted para siempre separado de la mujer a quien un
día pensó usted unirse, y que le amaba como usted la amaba... eso, no lo
niego, es una gran pena, una gran desdicha, pero irremediable,
consumada; no, no debe, pues, pensar en otra cosa que en poner a
cubierto de un seguro naufragio aquello que aun todavía puede ser;
honrosamente salvado; no le exijo que abandone París y que no vuelva a
ver a Beatriz, no, eso sería demasiado... pero sí le ruego que la vea en
lo sucesivo como a una mujer de la que nada hay que esperar fuera de la
amistad y de la estima. Mucha firmeza necesitará usted, lo sé, para dar
cumplimiento a mi súplica; ¿mas no me dijo usted ayer mismo que le había
devuelto el carácter... y el honor?
--Señora, espero darle la prueba.
--Gracias mil--respondió la vizcondesa conmovida--, pero, para ayudarle
en su propósito--añadió sonriendo--, me permitirá usted que tome algunas
precauciones sugeridas por mi antigua experiencia... Entre todas las
contingencias que podrían poner a prueba su tesón, hay una que preveo y
que deseo evitarle... Le ruego que prescinda de toda explicación directa
con Beatriz; yo la pondré al corriente de lo ocurrido hoy mismo y no
tendrá más sino presentarse de nuevo en casa de Fabrice como si nada
hubiera pasado. Le prometo que será bien recibido; no se le hará alusión
alguna ni en cuanto al presente ni en cuanto al pasado, y usted me
promete, ¿no es verdad? rehuírlas también por su parte... ¿me promete
también no enternecerse?... ¿me promete, en fin, no ser para Beatriz más
que un bueno y antiguo amigo como lo es para mí... y nada más?
--Se lo prometo, y creo no tener en ello gran mérito, porque lo que me
ofrece me parecerá bien grato en comparación a lo que he sufrido.
--¡Sea en hora buena!... ahora le despido... Voy inmediatamente a su
casa. Le he dado cita para hoy a mediodía.
--Pero, señora, puesto que usted me prohibe que me sincere ante ella,
que me justifique a sus ojos, a lo menos que sepa...
--Lo sabrá todo... Si no le escribo vaya usted a verla cuando tenga por
conveniente, pero con preferencia el lunes... es el día que recibe... y
así se perderá entre mucha gente... eso será menos violento para usted y
para ella... ¡Pero es tarde! ¡Me voy!... ¡Hasta otro día!
Y se separaron...
Todavía bajo el imperio de la dolorosa escena de la víspera no había
podido aún Beatriz dominar sus angustias cuando recibió por la mañana el
lacónico billete por el cual la señora de Aymaret la preparaba para
tener con ella una importante entrevista. Después, al momento que la vio
entrar, corrió la mujer del pintor al encuentro de su amiga
preguntándole con grande inquietud:
--¿Qué hay?.... ¿qué ocurre?
--Hay en primer lugar que te traigo las excusas del marqués de
Pierrepont, y además la seguridad de que en adelante no nos hará
sonrojar la amistad que le profesamos.
--¿Es verdad lo que me dices?--exclamó Beatriz uniendo las manos en un
transporte de grata sorpresa..
--Sí, hija mía; pero esa satisfacción la he comprado un poco cara...
Siéntate, que voy a contarte mi historia.
Y le refirió la tormentosa conferencia que tuvo la víspera con el
marqués en el saloncito del teatro Francés, sin omitir, por supuesto, el
desenlace. ¡Había traicionado a Beatriz! Pero la había traicionado para
defenderla contra injustas y crueles imputaciones, para volver la calma
a un desdichado en la desesperación, en fin, y, sobre todo, para
conjurar el inminente peligro de un deplorable desafío.
Beatriz, que la escuchaba con apasionado interés, no respondió sino
cubriendo de besos la mano de su amiga.
Segura ya del perdón de aquélla, pasó la vizcondesa al terreno de las
recomendaciones, de los consejos, de las súplicas, repitiendo bajo otras
formas lo mismo que había dicho a Pierrepont, poniendo en antecedentes a
su amiga de lo que conviniera con el marqués y procurando hacer
comprender a aquélla, como Pedro por su parte lo comprendía también,
que, al renunciar a lo imposible, al aceptar lo irreparable,
encontrarían todavía algunos encantos en su recíproca situación,
encantos sin duda melancólicos, pero puros y profundos en su misma
poética nobleza. Fuera de eso no quedaba para Beatriz más que oprobio,
degradación, sonrojo, y para la misma señora de Aymaret eternos
remordimientos por una imprudencia tan involuntaria como imprescindible
en evitación de mayores males.
Beatriz le dio las gracias con efusión, confesándole que en lo íntimo de
su conciencia se alegraba de que Pierrepont supiera la verdad y que
sería aún más dichosa si lo viese volver a la buena senda, asegurando
a la vizcondesa que en cuanto a lo demás podía tener confianza
en ella. «Hay--le dijo con entera buena fe y no sin un poco de
altivez--pensamientos que nunca me asaltan... He sufrido mucho, y mucho
me queda que sufrir todavía, pero aun cuando no tuviera principios
tendría bastante orgullo, demasiado respeto a mí misma para ir a buscar
el consuelo de mi perdido amor en una intriga galante.
Después de tan satisfactoria conferencia, la señora de Aymaret volvió a
su casa y se tendió en un sofá durmiéndose con sueño de justo.
El día siguiente de estos sucesos era un lunes, y, por consecuencia, el
de recepción en casa de Beatriz. No quiso aguardar Pedro más tiempo para
dar un paso que lo atraía y lo inquietaba al mismo tiempo; encontró a
aquélla rodeada de visitas, circunstancia que atenuó las dificultades de
esta primera entrevista. Un apretón de manos bastante prolongado, un
rápido cambio de profundas miradas fue toda la explicación que medió
entre ellos.
Al abandonar la sala entró el marqués en el taller de Jacques, quien no
pudo reprimir, al ver a su antiguo amigo, un movimiento de sorpresa y de
embarazo.
--Querido maestro--le dijo sencillamente Pedro--, heme aquí de nuevo...
semejante al hijo pródigo... En una palabra, he tenido graves
disgustos... lanzándome para olvidarlos en una miserable vida de
calavera... sin conseguir mi objeto... y vengo hoy a buscar ese olvido
en el seno de mis antiguos amigos... no sin confesar que por ahí debiera
haber empezado.
--Tú eres siempre bien venido, queridísimo Pedro--replicóle el pintor,
dándole un prolongado y vigoroso apretón de manos--. Tu presencia me
hacía falta y también tus consejos... y para reparar de seguida el
tiempo perdido, voy a enseñarte un cuadrito que me está dando que
hacer--y diciendo esto levantó un forro de sarga que cubría el
caballete--. Para que no te equivoques--continuó--, principiaré por
decirte que es el retrato de miss Nicholson; como ves, la pinto en
figura de Hebe, y en el viejo estilo de nuestros padres, es un ensayo...
Hebe se apresta a ofrecer la copa a los dioses... que están entre
bastidores... ¿qué te parece?... ¡Yo la encuentro atroz!
--¡Es magnífico!--contestó el marqués, después de un minuto de examen.
--¡Vamos, tanto mejor! Pero hay todavía para diez sesiones... Tengo otra
pelota en el tejado... pero ésta es la mar... figúrate que la primera
vez que vino a verme descubrió el bueno de papá Nicholson, curioseando
en mis cartones, el bosquejo de cuatro grandes recuadros representando
las cuatro estaciones... se ha enamorado de aquéllos y quiere que se los
pinte para su comedor de Chicago... Ya ves que nada se rehusan, en
Chicago... Cuatro pedazos de pinturas de tres metros por dos... ¡como
quien no dice nada!... «Pero, señor--le dije--, para dar a usted gusto
tendría que consagrar exclusivamente a esa obra un año de vida... por lo
menos... y francamente, mis medios no me lo permiten...» ¡Motivo de más
para estimular al buen señor, que me ha ofrecido una fortuna!... ¡Y como
al fin tengo mujer e hija, es ésta una ocasión para asegurarles su
porvenir... por cuyo motivo he aceptado!
--¡Has hecho muy bien, y papá Nicholson tiene mejor gusto de lo que yo
suponía!... ¿Y has empezado ya tus recuadros?
--No están más que esbozados... pero no puedo trabajar aquí... el taller
es demasiado chico... Me veo obligado a aceptar la hospitalidad de un
vecino hasta que vuelva a mi colgadizo de Bellevue, donde nos
encontraremos a nuestras anchas los recuadros y yo. Hemos vuelto a
alquilar la quinta del año pasado, y mi mujer, en consideración a este
trabajo excepcional, me concede instalarse en el campo muy temprano este
año. ¡Espero, mi querido marqués, que no aprovecharás otra vez nuestra
residencia en el campo para hacernos una nueva rabona!
--Teme, por el contrario, verme aparecer con demasiada frecuencia en tu
horizonte--respondió Pierrepont riendo.
Así se vieron restablecidas bajo el pie de la antigua intimidad, las
relaciones amistosas de estos dos hombres. Fabrice no pudo ocultar a su
mujer el contento que esto le causaba, y, por la tarde, durante la
comida, como hablasen de ese particular, la mortificó inocentemente con
sus embarazosas preguntas acerca de lo que ella pudiese saber o adivinar
sobre las causas que originaron esta dichosa y repentina conversión de
Pedro.
--Se me figura--dijo el pintor a Beatriz--, que tu amiga la señora de
Aymaret es quien ha operado el milagro.
--Eso mismo me imagino yo--respondió Beatriz.
--Lo que me llama más la atención es que anteanoche en el teatro, sin ir
más lejos, de todo tenía cara menos de penitente.
--¡Pues precisamente!--replicó Beatriz--. Fue a nuestro palco a ver a
Elisa cuando ya nosotros nos habíamos ido, y aquélla le predicó un
sermón sin paño.
--¡Qué atractiva personita! Mas Pedro echa la culpa de sus calaveradas a
grandes disgustos que ha tenido... ¿Qué grandes disgustos han sido
ésos?... ¿Tienes alguna idea?
Beatriz dio respuesta a su marido con un signo negativo de cabeza y en
sus labios se dibujó indefinible sonrisa.
Pocos días después de estos incidentes, ocupábase la crónica escandalosa
de París de una ruptura entre el marqués de Pierrepont y la baronesa de
Grèbe. Estos rumores eran fundados. Habiendo decididamente rehusado
aquél servir de intermediario con Fabrice para que éste hiciera el
retrato de la joven dama a la moda, ésta lo despidió después de una
violenta escena, y aunque mandó llamarlo al día siguiente por medio de
un almibarado billete, Pedro fue inexorable, por más que el barón Julio,
completamente domesticado ya, se hubiese tomado personalmente el trabajo
de llevar por sí mismo la misiva.
En los primeros tiempos inmediatos a la reconciliación de Pierrepont con
Beatriz, tuvo la señora de Aymaret el gusto de ver que las recíprocas
relaciones de aquéllos tomaban el carácter que ella les había asignado
con atinada prudencia. La vizcondesa notaba en la mutua actitud de Pedro
y de su amiga, en su miradas, en su lenguaje, tan leal franqueza, tan
tranquila paz, aun cierta alegría misma que le parecieron del mejor
augurio, pues se echaba de ver en sus procederes ese contento de las
personas que se encuentran satisfechas en una situación dada sin aspirar
a salir de ella. En realidad, encontrábase todavía bajo la influencia de
la impresión primera, que era para los dos la de un inmenso alivio,
porque Beatriz no tenía ya sobre su pecho aquella pesadumbre de verse
acusada y condenada por el hombre que era para ella todo en el mundo, y
Pierrepont, por su parte, a quien el aparente desdén de Beatriz había
tan profundamente lastimado en su sensibilidad, y, justo es decirlo,
también en su orgullo, no sentía tampoco sus heridas desde el momento
que se sabía amado. Fueron, pues, estos momentos de deleite que dieron a
ellos, al menos por algún tiempo, la ilusión de apacible y duradera
dicha.
Poco a poco fue el marqués volviendo a sus antiguas costumbres,
frecuentando el taller de Jacques, donde encontraba casi siempre a
Beatriz, sobre todo durante las sesiones para el retrato de miss
Nicholson, con cuya amable persona había intimado mucho la mujer del
pintor. La señora de Aymaret, a quien la joven americana inspiraba
también decidida simpatía, solía acompañarla cuando su padre no podía
hacerlo. Miss Nicholson preparábase por estos tiempos a abandonar la
Francia después de dos años de residencia en ella, y ya sabemos las mil
ocupaciones que una señorita tiene antes de dejar una ciudad como París,
razón por la cual no podía asistir diariamente a casa del artista;
pasáronse, pues, tres o cuatro semanas antes que el retrato hubiese
recibido con la última pincelada la firma del maestro, sin que, por otra
parte, pareciese mostrar deseo de verlo terminado la bella interesada,
quien manifestaba en las largas y fatigosas sesiones una paciencia
verdaderamente angelical, sobre todo si el marqués de Pierrepont se
encontraba presente. No dejó la señora de Aymaret de parar su atención
sobre este detalle, cayendo en la cuenta de que el sonrosado encantador
semblante de la joven, parecía aún más encantador y más sonrosado cuando
Pedro se dignaba dirigirle la palabra, pero para desdicha de la pobre
Ketty nada presagiaba que el marqués tuviese la intención de pasar a
mayores.
Al mismo tiempo de lo apuntado, hizo la señora de Aymaret otras
observaciones que le dieron mucho que pensar decidiéndola a llevar a la
práctica ciertos diplomáticos planes. Habiendo ido la americana a
despedirse de la vizcondesa en la víspera de su partida para New York,
vía Havre, resolvió aquélla aprovechar la oportunidad y poner los
cimientos del proyecto que hacía algunas fechas venía acariciando:
claramente advirtió que miss Nicholson deseaba hacerle alguna confesión,
circunstancia que llenó de gozo a la de Aymaret, quien, por su parte,
estaba decidida a pedírsela a aquélla. Ketty le contó paulatinamente a
Elisa, con esa mezcla de pudor y de intrepidez, que es uno de los
hechizos de las de su raza, que sentía una tierna inclinación por el
marqués, pero que, al mismo tiempo, estaba convencida de que aquél era
totalmente indiferente hacia ella, por cuya razón partía
desesperadamente. La señora de Aymaret trató de rehacer un poco su
moral, ofreciéndole quedar hecha cargo de sus intereses, puesto que
hacía tiempo que pensaba casar a Pedro, quien de su lado había encargado
a ella, en quien tenía ilimitada confianza, que le designara persona de
su agrado; así, pues, Elisa lo inclinaría hacia Ketty, cuidando, por
supuesto, de dejar a salvo la dignidad y delicadeza de ésta.
--Pero entendámonos, niña mía--añadió la vizcondesa--; si consigo
expedirlo para Chicago, ¿puedo estar segura de que encontrará buena
acogida por su parte de usted, no es eso?
Miss Nicholson respondió con un gesto expresivo acompañado de cierta
expresión que a nuestra lengua podríamos traducir por ¡caramba!,
arrojándose en seguida al cuello de la vizcondesa, a quien cubrió de
besos, para salir después con su aire marcial, la frente radiante, cual
si ya reposaran en ella los elegantes florones de la corona de marquesa.
La verdad era que las relaciones de Pedro con la mujer del pintor
tomaban de día en día, merced a las facilidades del taller, un aire de
intimidad que no entró en las previsiones de la vizcondesa y que
comenzaba a preocuparla seriamente. Los recíprocos procederes de
Pierrepont y Beatriz ofrecían ciertos síntomas acerca de los cuales
nunca se engaña el fino olfato femenino. A la abierta actitud de los
primeros días, habían sucedido timideces, cortedad, largas y profundas
miradas, prolongados silencios, ensueños, mal humor constante; era
visible que se buscaban, y que al mismo tiempo temían encontrarse; era
visible que en sus más insignificantes palabras había algo de tierno y
de vibrante; no ignoraba la de Aymaret que sus conversaciones
personales, directas, eran muy raras, y que aun parecían querer
evitarlas en lo posible, de lo que venía a deducir, con harta razón la
vizcondesa, que procuraban ponerse en guardia contra la tentación de las
efusiones, de los recuerdos, de las mutuas ternuras; no los creía
culpables, y les hacía justicia, pero, un contacto tan íntimo y tan
familiar entre ellos, ¿no podría ser prueba demasiado fuerte que al fin
diera al traste con sus resoluciones por firmes y sinceras que fuesen?
¿No se encontraban de nuevo en presencia el uno del otro exactamente
como en otros tiempos, al lado de la señora de Montauron? ¿No podrían
despertar paulatinamente y con el mismo ardor que en pasada época esos
íntimos sentimientos, haciendo aún más sensible la ya grande antipatía
de Beatriz por su marido?
La de Aymaret contaba con que la ausencia de Jacques y su mujer en el
campo podría aflojar los lazos de esta peligrosa intimidad, alejando al
marqués de Pierrepont, a quien no gustaba salir de París; pero pronto
perdió esta ilusión, porque, pretextando aquél el vivo interés que le
inspiraba la obra gigantesca que Fabrice había emprendido, iba con
frecuencia a la quinta de Bellevue, donde generalmente se quedaba a
comer. Cuando la señora de Aymaret los encontraba allí, observaba que él
guardaba siempre, ante Beatriz la misma reservada actitud, pero veía que
palidecían cuando se daban la mano, advirtiendo que comenzaba a surgir
en sus pechos el huracán de la pasión; la vizcondesa se decía que si tal
estado de cosas se prolongaba era suficiente la más leve combinación de
la suerte, el incidente de por sí más trivial para desencadenar las olas
de amor tanto tiempo acumuladas, agitadas y comprimidas en aquellos dos
corazones.
Profundamente alarmada en su conciencia, en su honradez, en su amistad,
comprendió pronto que sólo una medida radical y heroica podía contener a
Pedro y Beatriz, en esa mancha fatal a los abismos, y fue entonces
cuando le asaltó la idea de casar a Pierrepont con miss Nicholson,
concierto que tendría además la ventaja de alejar a aquél de Francia por
largo tiempo.