--Ha conseguido volverme loco... me ha hecho perverso en todo sentido...

¡Ah! le juro que ella misma ha de convencerse de lo que digo. ¡Ahora

hace un instante, me negaba un favor baladí... y todo por ultrajar a esa

mujer... que vale bien poco, es verdad... pero que, de cualquier manera

que sea, es mejor que ella...! ¡Pues bien, o nos dará una satisfacción

a la baronesa y a mí, o le mataré a su marido!... De todos modos lo

aborrezco; un hombre honrado y todo lo que se quiera... pero a quien

aborrezco, sí... ¡hará el retrato de mi amante o lo mandaré al otro

mundo!...

--Señor de Pierrepont--exclamó la vizcondesa, oprimiendo el brazo del

marqués--; por todo lo que más quiero y lo que más respeto; por todo

cuanto hay de más sagrado, le juro... ¿me oye usted? le juro que Beatriz

es inocente de lo que la acusa.

--¡Sin duda, se lo ha dicho ella!--murmuró Pierrepont sonriendo con

amargura.

--¡Ay, Dios mío!--continuó la señora de Aymaret fuera de sí--. Pues

bien, me lo ha dicho... me lo ha dicho todo... me ha confesado todo...

me ha dicho que le ama a usted desde su infancia y que nunca ha amado a

otro hombre sino a usted... me ha dicho que la idea de ser su mujer era

la única de sus ilusiones... que le adoraba, en fin... y que la tía de

usted la obligó a rehusar su mano de usted so pena de desheredarle...

que por usted se ha sacrificado... que por usted ha sufrido el

martirio... ¡Ahí tiene usted la verdad pura!... y le digo que será el

último de los hombres si alguna vez hace que me arrepienta de la

indiscreción culpable... culpabilísima... que acabo de cometer...

únicamente para evitar una desgracia... para evitar el crimen que

premedita usted.

El marqués la contemplaba con mirada incierta, aun dudando todavía, pero

la confidencia que acababa de brotar del corazón y de los labios de la

vizcondesa tenía tal sello de verdad, que por sí misma se imponía; así

lo comprendió rápidamente el marqués, y tomando con efusión las manos de

la de Aymaret, mientras se sentaba delante de ella abrumado y confuso:

--¿Es posible?...--le dijo--. Sí, yo sé que nunca falta usted a la

verdad... ¡Oh! que Dios le premie el bien que me ha hecho usted... ¡Oh!

¡cuan agradecido le estoy!... ¡No me da usted la dicha, ay!... pero al

menos me devuelve carácter y honra.

--¡Tomo nota de ello!--díjole la vizcondesa apretando la mano de

Pierrepont, y le dio entonces detalles de las amenazas de que Beatriz

había sido víctima por parte de la muerta baronesa, no habiendo ya razón

para ocultarle esos particulares que Pedro demostraba avidez en conocer.

El movimiento de los espectadores de la sala les dio a entender que un

acto terminaba.

--Mi querido señor--dijo al marqués la vizcondesa poniéndose de pie--,

los dos tenemos necesidad de reposo... y todavía más de reflexión... por

otra parte, deben empezar a inquietarse en el palco de enfrente por su

ausencia.

Pierrepont hizo un gesto de soberana indiferencia.

--Vaya usted mañana a verme a las dos--concluyó la señora de Aymaret--.

Tenemos que tratar una cuestión muy seria, el de la conducta a seguir

respecto a Beatriz.

--Hasta mañana, pues, señora... y todavía una vez gracias mil... ¡Oh,

gracias mil!

Y ganó la puerta del corredor mientras que ella entraba en su palco.

XIII

PASIÓN

La prudente mujercita pasó una noche muy inquieta pensando las

consecuencias probables o posibles de la grave revelación que se había

visto obligada a hacer al marqués. Esta trascendental confidencia le fue

arrancada por necesidad tan imperiosa que nada podía reprocharse en su

fuero interno, no pudiendo caber duda alguna acerca de que el primero de

sus deberes fuese evitar a cualquier costa y ante todo el peligro de un

sangriento conflicto personal entre Pierrepont y Fabrice; pero no por

eso deploraba menos haberse visto reducida a tan apremiante extremidad

sin que pudiera ocultarse a su buen juicio que la fuerza de las

circunstancias iban a poner a Beatriz, para el futuro, en una situación

por extremo delicada con respecto al hombre que se hallaba en posesión

del secreto de aquélla.

Dejar ignorado que Pierrepont lo conocía hubiese sido ilusoria

presunción, porque Elisa no podía esperar que el marqués se condenase en

lo sucesivo a la misma reserva que observara en el pasado, siendo

imposible suponer tampoco que consintiese ahora en continuar soportando

el desprecio de Beatriz sin intentar ante ella una justificación de su

pasada conducta, aunque no fuese más que de aquella observada la noche

anterior en el palco del teatro Francés. Y desde el momento que una

explicación era inevitable, pensó acertadamente la señora de Aymaret que

sería más decoroso y menos arriesgado hacerla ella misma a la

interesada, descartando por ese medio a Pierrepont. En cuanto al nuevo

sesgo que forzosamente iban a tomar las relaciones de Beatriz con el

marqués, nada le pareció mejor a fin de prevenir todo peligro sino hacer

un llamamiento a los sentimientos de honor que en los dos reconocía.

Franca y recta nuestra vizcondesa, otorgaba generosa y tal vez excesiva

confianza a los nobles y leales procederes; así, pues, dado este sentir,

consideradas estas circunstancias, parecióle imposible que ningún

expediente cualquiera pudiese dar el laudable resultado que perseguía.

Bajo la impresión de estas ideas fue que recibió al marqués cuando fue a

casa de ella al otro día en la hora que la vizcondesa le había fijado.

Pierrepont se presentó muy serio, y su hermoso rostro, aunque un poco

alterado, no conservaba traza alguna de aquella perversa risa que se

apoderara hacía tiempo de su semblante a guisa de mueca nerviosa.

--Asegúreme de antemano, querida amiga, que no he soñado lo que me

confió usted anoche.

--Y no lo ha soñado usted... Ahora hablemos razonable y seriamente, si

es posible. Le he libertado de una pesadilla que desgarraba su

corazón... ha sido un poco a pesar mío, lo confieso... pero, en fin,

creo que, eso no obstante, me guardará algún agradecimiento.

--Un agradecimiento infinito.

--Lo veremos... Hablemos claro. Posee usted ya el secreto de Beatriz;

sabe usted que le ha amado mucho y que en lugar de haberle traicionado y

sacrificado, como creía usted, ha sido ella, por el contrario, quien se

impuso un verdadero martirio. Hoy tiene ya otras afecciones, otros

deberes, y esté usted seguro de que no conseguirá apartarla de ellos,

pero si abusa de mi forzada indiscreción, conseguiría turbar su

tranquilidad... y a mí, señor, en premio del servicio que le he

prestado, me sumiría en un abismo de dolor.

--Déme usted sus órdenes, dígame qué quiere que haga.

--Pierrepont, está usted para siempre separado de la mujer a quien un

día pensó usted unirse, y que le amaba como usted la amaba... eso, no lo

niego, es una gran pena, una gran desdicha, pero irremediable,

consumada; no, no debe, pues, pensar en otra cosa que en poner a

cubierto de un seguro naufragio aquello que aun todavía puede ser;

honrosamente salvado; no le exijo que abandone París y que no vuelva a

ver a Beatriz, no, eso sería demasiado... pero sí le ruego que la vea en

lo sucesivo como a una mujer de la que nada hay que esperar fuera de la

amistad y de la estima. Mucha firmeza necesitará usted, lo sé, para dar

cumplimiento a mi súplica; ¿mas no me dijo usted ayer mismo que le había

devuelto el carácter... y el honor?

--Señora, espero darle la prueba.

--Gracias mil--respondió la vizcondesa conmovida--, pero, para ayudarle

en su propósito--añadió sonriendo--, me permitirá usted que tome algunas

precauciones sugeridas por mi antigua experiencia... Entre todas las

contingencias que podrían poner a prueba su tesón, hay una que preveo y

que deseo evitarle... Le ruego que prescinda de toda explicación directa

con Beatriz; yo la pondré al corriente de lo ocurrido hoy mismo y no

tendrá más sino presentarse de nuevo en casa de Fabrice como si nada

hubiera pasado. Le prometo que será bien recibido; no se le hará alusión

alguna ni en cuanto al presente ni en cuanto al pasado, y usted me

promete, ¿no es verdad? rehuírlas también por su parte... ¿me promete

también no enternecerse?... ¿me promete, en fin, no ser para Beatriz más

que un bueno y antiguo amigo como lo es para mí... y nada más?

--Se lo prometo, y creo no tener en ello gran mérito, porque lo que me

ofrece me parecerá bien grato en comparación a lo que he sufrido.

--¡Sea en hora buena!... ahora le despido... Voy inmediatamente a su

casa. Le he dado cita para hoy a mediodía.

--Pero, señora, puesto que usted me prohibe que me sincere ante ella,

que me justifique a sus ojos, a lo menos que sepa...

--Lo sabrá todo... Si no le escribo vaya usted a verla cuando tenga por

conveniente, pero con preferencia el lunes... es el día que recibe... y

así se perderá entre mucha gente... eso será menos violento para usted y

para ella... ¡Pero es tarde! ¡Me voy!... ¡Hasta otro día!

Y se separaron...

Todavía bajo el imperio de la dolorosa escena de la víspera no había

podido aún Beatriz dominar sus angustias cuando recibió por la mañana el

lacónico billete por el cual la señora de Aymaret la preparaba para

tener con ella una importante entrevista. Después, al momento que la vio

entrar, corrió la mujer del pintor al encuentro de su amiga

preguntándole con grande inquietud:

--¿Qué hay?.... ¿qué ocurre?

--Hay en primer lugar que te traigo las excusas del marqués de

Pierrepont, y además la seguridad de que en adelante no nos hará

sonrojar la amistad que le profesamos.

--¿Es verdad lo que me dices?--exclamó Beatriz uniendo las manos en un

transporte de grata sorpresa..

--Sí, hija mía; pero esa satisfacción la he comprado un poco cara...

Siéntate, que voy a contarte mi historia.

Y le refirió la tormentosa conferencia que tuvo la víspera con el

marqués en el saloncito del teatro Francés, sin omitir, por supuesto, el

desenlace. ¡Había traicionado a Beatriz! Pero la había traicionado para

defenderla contra injustas y crueles imputaciones, para volver la calma

a un desdichado en la desesperación, en fin, y, sobre todo, para

conjurar el inminente peligro de un deplorable desafío.

Beatriz, que la escuchaba con apasionado interés, no respondió sino

cubriendo de besos la mano de su amiga.

Segura ya del perdón de aquélla, pasó la vizcondesa al terreno de las

recomendaciones, de los consejos, de las súplicas, repitiendo bajo otras

formas lo mismo que había dicho a Pierrepont, poniendo en antecedentes a

su amiga de lo que conviniera con el marqués y procurando hacer

comprender a aquélla, como Pedro por su parte lo comprendía también,

que, al renunciar a lo imposible, al aceptar lo irreparable,

encontrarían todavía algunos encantos en su recíproca situación,

encantos sin duda melancólicos, pero puros y profundos en su misma

poética nobleza. Fuera de eso no quedaba para Beatriz más que oprobio,

degradación, sonrojo, y para la misma señora de Aymaret eternos

remordimientos por una imprudencia tan involuntaria como imprescindible

en evitación de mayores males.

Beatriz le dio las gracias con efusión, confesándole que en lo íntimo de

su conciencia se alegraba de que Pierrepont supiera la verdad y que

sería aún más dichosa si lo viese volver a la buena senda, asegurando

a la vizcondesa que en cuanto a lo demás podía tener confianza

en ella. «Hay--le dijo con entera buena fe y no sin un poco de

altivez--pensamientos que nunca me asaltan... He sufrido mucho, y mucho

me queda que sufrir todavía, pero aun cuando no tuviera principios

tendría bastante orgullo, demasiado respeto a mí misma para ir a buscar

el consuelo de mi perdido amor en una intriga galante.

Después de tan satisfactoria conferencia, la señora de Aymaret volvió a

su casa y se tendió en un sofá durmiéndose con sueño de justo.

El día siguiente de estos sucesos era un lunes, y, por consecuencia, el

de recepción en casa de Beatriz. No quiso aguardar Pedro más tiempo para

dar un paso que lo atraía y lo inquietaba al mismo tiempo; encontró a

aquélla rodeada de visitas, circunstancia que atenuó las dificultades de

esta primera entrevista. Un apretón de manos bastante prolongado, un

rápido cambio de profundas miradas fue toda la explicación que medió

entre ellos.

Al abandonar la sala entró el marqués en el taller de Jacques, quien no

pudo reprimir, al ver a su antiguo amigo, un movimiento de sorpresa y de

embarazo.

--Querido maestro--le dijo sencillamente Pedro--, heme aquí de nuevo...

semejante al hijo pródigo... En una palabra, he tenido graves

disgustos... lanzándome para olvidarlos en una miserable vida de

calavera... sin conseguir mi objeto... y vengo hoy a buscar ese olvido

en el seno de mis antiguos amigos... no sin confesar que por ahí debiera

haber empezado.

--Tú eres siempre bien venido, queridísimo Pedro--replicóle el pintor,

dándole un prolongado y vigoroso apretón de manos--. Tu presencia me

hacía falta y también tus consejos... y para reparar de seguida el

tiempo perdido, voy a enseñarte un cuadrito que me está dando que

hacer--y diciendo esto levantó un forro de sarga que cubría el

caballete--. Para que no te equivoques--continuó--, principiaré por

decirte que es el retrato de miss Nicholson; como ves, la pinto en

figura de Hebe, y en el viejo estilo de nuestros padres, es un ensayo...

Hebe se apresta a ofrecer la copa a los dioses... que están entre

bastidores... ¿qué te parece?... ¡Yo la encuentro atroz!

--¡Es magnífico!--contestó el marqués, después de un minuto de examen.

--¡Vamos, tanto mejor! Pero hay todavía para diez sesiones... Tengo otra

pelota en el tejado... pero ésta es la mar... figúrate que la primera

vez que vino a verme descubrió el bueno de papá Nicholson, curioseando

en mis cartones, el bosquejo de cuatro grandes recuadros representando

las cuatro estaciones... se ha enamorado de aquéllos y quiere que se los

pinte para su comedor de Chicago... Ya ves que nada se rehusan, en

Chicago... Cuatro pedazos de pinturas de tres metros por dos... ¡como

quien no dice nada!... «Pero, señor--le dije--, para dar a usted gusto

tendría que consagrar exclusivamente a esa obra un año de vida... por lo

menos... y francamente, mis medios no me lo permiten...» ¡Motivo de más

para estimular al buen señor, que me ha ofrecido una fortuna!... ¡Y como

al fin tengo mujer e hija, es ésta una ocasión para asegurarles su

porvenir... por cuyo motivo he aceptado!

--¡Has hecho muy bien, y papá Nicholson tiene mejor gusto de lo que yo

suponía!... ¿Y has empezado ya tus recuadros?

--No están más que esbozados... pero no puedo trabajar aquí... el taller

es demasiado chico... Me veo obligado a aceptar la hospitalidad de un

vecino hasta que vuelva a mi colgadizo de Bellevue, donde nos

encontraremos a nuestras anchas los recuadros y yo. Hemos vuelto a

alquilar la quinta del año pasado, y mi mujer, en consideración a este

trabajo excepcional, me concede instalarse en el campo muy temprano este

año. ¡Espero, mi querido marqués, que no aprovecharás otra vez nuestra

residencia en el campo para hacernos una nueva rabona!

--Teme, por el contrario, verme aparecer con demasiada frecuencia en tu

horizonte--respondió Pierrepont riendo.

Así se vieron restablecidas bajo el pie de la antigua intimidad, las

relaciones amistosas de estos dos hombres. Fabrice no pudo ocultar a su

mujer el contento que esto le causaba, y, por la tarde, durante la

comida, como hablasen de ese particular, la mortificó inocentemente con

sus embarazosas preguntas acerca de lo que ella pudiese saber o adivinar

sobre las causas que originaron esta dichosa y repentina conversión de

Pedro.

--Se me figura--dijo el pintor a Beatriz--, que tu amiga la señora de

Aymaret es quien ha operado el milagro.

--Eso mismo me imagino yo--respondió Beatriz.

--Lo que me llama más la atención es que anteanoche en el teatro, sin ir

más lejos, de todo tenía cara menos de penitente.

--¡Pues precisamente!--replicó Beatriz--. Fue a nuestro palco a ver a

Elisa cuando ya nosotros nos habíamos ido, y aquélla le predicó un

sermón sin paño.

--¡Qué atractiva personita! Mas Pedro echa la culpa de sus calaveradas a

grandes disgustos que ha tenido... ¿Qué grandes disgustos han sido

ésos?... ¿Tienes alguna idea?

Beatriz dio respuesta a su marido con un signo negativo de cabeza y en

sus labios se dibujó indefinible sonrisa.

Pocos días después de estos incidentes, ocupábase la crónica escandalosa

de París de una ruptura entre el marqués de Pierrepont y la baronesa de

Grèbe. Estos rumores eran fundados. Habiendo decididamente rehusado

aquél servir de intermediario con Fabrice para que éste hiciera el

retrato de la joven dama a la moda, ésta lo despidió después de una

violenta escena, y aunque mandó llamarlo al día siguiente por medio de

un almibarado billete, Pedro fue inexorable, por más que el barón Julio,

completamente domesticado ya, se hubiese tomado personalmente el trabajo

de llevar por sí mismo la misiva.

En los primeros tiempos inmediatos a la reconciliación de Pierrepont con

Beatriz, tuvo la señora de Aymaret el gusto de ver que las recíprocas

relaciones de aquéllos tomaban el carácter que ella les había asignado

con atinada prudencia. La vizcondesa notaba en la mutua actitud de Pedro

y de su amiga, en su miradas, en su lenguaje, tan leal franqueza, tan

tranquila paz, aun cierta alegría misma que le parecieron del mejor

augurio, pues se echaba de ver en sus procederes ese contento de las

personas que se encuentran satisfechas en una situación dada sin aspirar

a salir de ella. En realidad, encontrábase todavía bajo la influencia de

la impresión primera, que era para los dos la de un inmenso alivio,

porque Beatriz no tenía ya sobre su pecho aquella pesadumbre de verse

acusada y condenada por el hombre que era para ella todo en el mundo, y

Pierrepont, por su parte, a quien el aparente desdén de Beatriz había

tan profundamente lastimado en su sensibilidad, y, justo es decirlo,

también en su orgullo, no sentía tampoco sus heridas desde el momento

que se sabía amado. Fueron, pues, estos momentos de deleite que dieron a

ellos, al menos por algún tiempo, la ilusión de apacible y duradera

dicha.

Poco a poco fue el marqués volviendo a sus antiguas costumbres,

frecuentando el taller de Jacques, donde encontraba casi siempre a

Beatriz, sobre todo durante las sesiones para el retrato de miss

Nicholson, con cuya amable persona había intimado mucho la mujer del

pintor. La señora de Aymaret, a quien la joven americana inspiraba

también decidida simpatía, solía acompañarla cuando su padre no podía

hacerlo. Miss Nicholson preparábase por estos tiempos a abandonar la

Francia después de dos años de residencia en ella, y ya sabemos las mil

ocupaciones que una señorita tiene antes de dejar una ciudad como París,

razón por la cual no podía asistir diariamente a casa del artista;

pasáronse, pues, tres o cuatro semanas antes que el retrato hubiese

recibido con la última pincelada la firma del maestro, sin que, por otra

parte, pareciese mostrar deseo de verlo terminado la bella interesada,

quien manifestaba en las largas y fatigosas sesiones una paciencia

verdaderamente angelical, sobre todo si el marqués de Pierrepont se

encontraba presente. No dejó la señora de Aymaret de parar su atención

sobre este detalle, cayendo en la cuenta de que el sonrosado encantador

semblante de la joven, parecía aún más encantador y más sonrosado cuando

Pedro se dignaba dirigirle la palabra, pero para desdicha de la pobre

Ketty nada presagiaba que el marqués tuviese la intención de pasar a

mayores.

Al mismo tiempo de lo apuntado, hizo la señora de Aymaret otras

observaciones que le dieron mucho que pensar decidiéndola a llevar a la

práctica ciertos diplomáticos planes. Habiendo ido la americana a

despedirse de la vizcondesa en la víspera de su partida para New York,

vía Havre, resolvió aquélla aprovechar la oportunidad y poner los

cimientos del proyecto que hacía algunas fechas venía acariciando:

claramente advirtió que miss Nicholson deseaba hacerle alguna confesión,

circunstancia que llenó de gozo a la de Aymaret, quien, por su parte,

estaba decidida a pedírsela a aquélla. Ketty le contó paulatinamente a

Elisa, con esa mezcla de pudor y de intrepidez, que es uno de los

hechizos de las de su raza, que sentía una tierna inclinación por el

marqués, pero que, al mismo tiempo, estaba convencida de que aquél era

totalmente indiferente hacia ella, por cuya razón partía

desesperadamente. La señora de Aymaret trató de rehacer un poco su

moral, ofreciéndole quedar hecha cargo de sus intereses, puesto que

hacía tiempo que pensaba casar a Pedro, quien de su lado había encargado

a ella, en quien tenía ilimitada confianza, que le designara persona de

su agrado; así, pues, Elisa lo inclinaría hacia Ketty, cuidando, por

supuesto, de dejar a salvo la dignidad y delicadeza de ésta.

--Pero entendámonos, niña mía--añadió la vizcondesa--; si consigo

expedirlo para Chicago, ¿puedo estar segura de que encontrará buena

acogida por su parte de usted, no es eso?

Miss Nicholson respondió con un gesto expresivo acompañado de cierta

expresión que a nuestra lengua podríamos traducir por ¡caramba!,

arrojándose en seguida al cuello de la vizcondesa, a quien cubrió de

besos, para salir después con su aire marcial, la frente radiante, cual

si ya reposaran en ella los elegantes florones de la corona de marquesa.

La verdad era que las relaciones de Pedro con la mujer del pintor

tomaban de día en día, merced a las facilidades del taller, un aire de

intimidad que no entró en las previsiones de la vizcondesa y que

comenzaba a preocuparla seriamente. Los recíprocos procederes de

Pierrepont y Beatriz ofrecían ciertos síntomas acerca de los cuales

nunca se engaña el fino olfato femenino. A la abierta actitud de los

primeros días, habían sucedido timideces, cortedad, largas y profundas

miradas, prolongados silencios, ensueños, mal humor constante; era

visible que se buscaban, y que al mismo tiempo temían encontrarse; era

visible que en sus más insignificantes palabras había algo de tierno y

de vibrante; no ignoraba la de Aymaret que sus conversaciones

personales, directas, eran muy raras, y que aun parecían querer

evitarlas en lo posible, de lo que venía a deducir, con harta razón la

vizcondesa, que procuraban ponerse en guardia contra la tentación de las

efusiones, de los recuerdos, de las mutuas ternuras; no los creía

culpables, y les hacía justicia, pero, un contacto tan íntimo y tan

familiar entre ellos, ¿no podría ser prueba demasiado fuerte que al fin

diera al traste con sus resoluciones por firmes y sinceras que fuesen?

¿No se encontraban de nuevo en presencia el uno del otro exactamente

como en otros tiempos, al lado de la señora de Montauron? ¿No podrían

despertar paulatinamente y con el mismo ardor que en pasada época esos

íntimos sentimientos, haciendo aún más sensible la ya grande antipatía

de Beatriz por su marido?

La de Aymaret contaba con que la ausencia de Jacques y su mujer en el

campo podría aflojar los lazos de esta peligrosa intimidad, alejando al

marqués de Pierrepont, a quien no gustaba salir de París; pero pronto

perdió esta ilusión, porque, pretextando aquél el vivo interés que le

inspiraba la obra gigantesca que Fabrice había emprendido, iba con

frecuencia a la quinta de Bellevue, donde generalmente se quedaba a

comer. Cuando la señora de Aymaret los encontraba allí, observaba que él

guardaba siempre, ante Beatriz la misma reservada actitud, pero veía que

palidecían cuando se daban la mano, advirtiendo que comenzaba a surgir

en sus pechos el huracán de la pasión; la vizcondesa se decía que si tal

estado de cosas se prolongaba era suficiente la más leve combinación de

la suerte, el incidente de por sí más trivial para desencadenar las olas

de amor tanto tiempo acumuladas, agitadas y comprimidas en aquellos dos

corazones.

Profundamente alarmada en su conciencia, en su honradez, en su amistad,

comprendió pronto que sólo una medida radical y heroica podía contener a

Pedro y Beatriz, en esa mancha fatal a los abismos, y fue entonces

cuando le asaltó la idea de casar a Pierrepont con miss Nicholson,

concierto que tendría además la ventaja de alejar a aquél de Francia por

largo tiempo.

Honor de artista · 第 9 / 12 段