No era de extrañar su proceder con Jacques, puesto que Pedro había

renegado de la mayor parte de sus antiguas relaciones: veíasele, sin

embargo, de vez en cuando en el mundo, puesto que lo encontramos, hacia

mediados de diciembre, en el saloncito privado de Mariana de La

Treillade, si bien es cierto que una circunstancia especial lo llevaba a

ese elegante santuario de la malicia, puesto que Pierrepont venía a

felicitar a Marianita por su próximo matrimonio. Sí, al fin esta linda

joven se casa, se casa con el barón Julio Grèbe, hijo de un acaudalado

banquero de París. Julio es ya heredero por línea directa de una docena

de millones de francos, y espera suceder a su tío en igual suma redonda.

En el momento en que Pierrepont se presenta, la señora de La Treillade

va a salir, muy ocupada con la instalación de su hija, y ruega a aquél

que la dispense si lo deja solo con su hija y miss Eva.

--Señorita--le dice sentándose y afectando un aire de gravedad bastante

equívoco--, permítame que le dirija las más respetuosas

felicitaciones... Se casa usted con uno de mis mejores amigos... un

perfecto caballero... y una excelente persona de quien hará usted cuanto

usted quiera.

--No sé--responde Mariana, mirándolo de lleno con sus grandes ojos

burlones--, no sé si es tan arreglado como usted dice, pero, en todo

caso, le da un ejemplo que debiera usted imitar... ¡pone a tiempo un

punto final!

--Pero, desgraciadamente, no a todos se presenta tan propicia ocasión

como lo es ésta.

--Y note usted--continúa Mariana--, que es bastante más joven que usted.

--¡Sí, pero yo soy muy joven para mi edad, señorita!

--¡Así se dice al menos!

--Y bien dicen... mientras que él, Julio, es casi un viejo para la que

tiene.

--Eso me encanta; no podría usted hacerme mayor elogio... Yo soy de un

natural tan suave, tranquilo y sensible, que un marido demasiado vivo de

carácter me haría sufrir mucho.

--Estoy tan convencido, desde hace mucho tiempo, de lo que me dice

usted, señorita, que hasta me he permitido poner en antecedentes sobre

el particular a mi joven camarada.

--¿Cómo así, mi querido amigo?

--Como usted lo oye... «Amado Julio--le he dicho... ¡tan íntima es

nuestra amistad!...--He tenido el gusto de conocer a la señorita de La

Treillade en casa de mi tía, durante una temporada de campo... con ese

motivo tuve la ocasión de estudiarla, descubriendo en ella una dulzura,

una sensibilidad, y permítame la expresión, señorita... un candor... que

exigen los mayores miramientos.

--Señor de Pierrepont, no sé realmente cómo darle las gracias por sus

bondades conmigo...

--No hacen más que principiar, señorita... ¡si usted tiene a bien

alentarlas!

--Pues bien, las aliento... ¿Continuará usted visitándome después de

casada?

--Todos los días, si me lo permite usted.

--Todos los días sería demasiado fatigoso para usted... porque nosotros

vamos a vivir en la calle Monceau, y es un poco lejos de su horrible

calle Varennes.

--Perdón, señorita, pero, además del hotel de la calle Varennes,

conservo el entresuelo del bulevar Malesherbes.

--¿Para qué, amigo mío?

--Para tener el honor de continuar siendo vecino de usted.

--¡De veras!... ¡si usted supiera cómo me divierte eso!

--A mí tampoco me contraría, señorita, se lo aseguro a usted.

Este chispeante diálogo, que parecía hacer las delicias de la candorosa

institutriz, en aquellos lugares presente, fue interrumpido por la

súbita y bulliciosa irrupción de dos o tres jóvenes amigas que

invadieron el saloncito de Mariana. El fresco rostro de miss Nicholson

tomó los colores de una rosa de Bengala cuando advirtió que Pierrepont

se encontraba allí, pero, desdichadamente, al marqués no se le antojó

prolongar su visita, por cuya razón se puso en retirada, no sin haber

antes dado la mano a Mariana, que le dijo:

--Creo que no será la última vez... ¡espero que cumplirá usted su

palabra!

--¡Oh! ¡de eso esté usted bien segura, señorita!

Después de los besos de ordenanza, las señoritas de Alvarez y de

Chalvin, que acompañaban a miss Nicholson, preguntaron con insistencia a

la de La Treillade si se había ya fijado la época del casamiento.

--Sí--respondió Mariana--, se ha decidido que se efectúe el 5 de enero,

así como a manera de aguinaldos para mí... o, mejor dicho, para mi

marido...

--¿Creerás, querida, que aún no conozco a tu marido?--dijo la señorita

de Chalvin--, ¡y tengo una curiosidad!

--¡Glotona!--replicó Marianita--, pues bien, relámete... va a venir...

lo estoy esperando...

--¡Dicen que es seductor, amada mía!

--¡Seductor!... ¡aun me parece poco!...

Un momento después la puerta se abría para dejar paso al barón Julio

Grèbe, conocido por los gomosos de su laya por «Fin de Siglo»; era este

el sobrenombre que él se daba, llevándolo con más orgullo que un título,

en razón a que sus amigos llamábanlo familiarmente por tan simbólico

apodo.

Era nuestro barón hijo único y mimadísimo por su mamá, que vivió en

éxtasis delante de él desde el momento en que abrió los ojos a esta

pícara vida; tiernamente hubo de sonreír aquella buena señora al saber

las primeras calaveradas de su niño, contribuyendo por su parte; con

laudable empeño, a hacer de su pimpollo el insoportable señorito que

retratando vamos. Para conservar en sociedad este original la

prepotencia a que lo habituaron en familia, decidió buscar una actitud,

un algo que lo distinguiera de los demás mortales, y a falta de otros

méritos, nada encontró mejor que admirar o, más bien, según su lenguaje,

_espantar_ a sus contemporáneos, haciendo los más cínicos alardes de la

más necia perversidad. Algunas nociones remotísimas de Darwin, recogidas

por aquí y por allí a salto de mata, compaginadas a la diabla con

ciertas confusas pinceladas de Schopenhauer, proveyeron a nuestro

baroncito de una descabellada teoría nihilista, que predicaba

impertérrito de círculo en círculo y de salón en salón, declarándose en

todas materias, literatura, política, artes y sobre todo en moral, tan

escéptico, cansado, aburrido, desengañado y desalentado, tan corrompido

y tan caduco, tan hastiado de las viejas tradiciones, tan en

liquefacción, en fin, que pronto sería necesario recogerlo con cuchara.

Tales eran las pretensiones del «Fin de Siglo», quien, no conservando

las creencias del pasado y siendo demasiado tonto para penetrar las del

porvenir, había acabado por no tener ninguna.

Algunos de sus camaradas de círculo, alucinados por su imperturbable

aplomo y sus grandes bienes de fortuna, concluyeron por considerarlo

cual un espíritu fuerte de primera magnitud, y él mismo acabó por

creerlo así también.

Sin embargo, y a pesar de sus prédicas, los gastos de representación del

señor de Grèbe tomaron tal vuelo en los últimos tiempos, que su tío le

prometió no sólo desheredarlo, sino lo que es más, ponerlo en tutela a

menos de entrar en mejor vía, y por esta razón decidió contraer

matrimonio con Mariana de La Treillade, a quien por otra parte

proponíase _espantar_ en manera extraordinaria.

Julio Grèbe era un joven de veinticinco a veintiséis años, pequeño de

estatura pero bien formado y de una elegancia ultra-británica: lo que le

desfavorecía mucho era un par de ojos muy saltones, azules pálidos y

cuya expresión era casi siniestra a veces, otras semiapagada. Tenía

resuelto andar, caminando con las piernas en arco, cual si aun a pie,

estuviese montado a caballo.

Y en esa triunfal apostura adelantábase por el salón de Mariana de La

Treillade, a quien saludó con una ligera e irónica inclinación de

cabeza, depositando en las hermosas manos de su prometida una enorme

caja de chocolatines: la manera de hacerle la corte fue este día

bastante singular, pues consistió en comer, a los atónitos ojos de

aquellas señoritas, una cantidad disparatada de las susodichas

golosinas, y estimulado por las risas de admiración de la interesante

galería, perseveró con su aire siniestro y frío en tan culto juego hasta

verle el fondo al descomunal cartucho, no sin que abrigara serias

inquietudes acerca de sus probables consecuencias, pero había

_espantado_ a aquellos serafines: era, pues, dichoso.

Las bodas se efectuaron tres semanas después de la historiada proeza en

la iglesia de San Agustín, y como la joven pareja se pusiera de acuerdo

para no llevar a cabo el reglamentario viaje de novios, se instalaron la

noche misma de sus nupcias en el hotel que Marianita había hecho comprar

a su marido, calle Monceau, hotel cuyo arreglo presidió ella misma dando

muestra en el mobiliario y tren de su proverbial buen gusto, porque no

era esta cualidad la que precisamente faltase a Mariana.

Un gabinete colgado de seda azul con botones de oro precedía a la alcoba

de la joven desposada. En él se detuvo al regreso de la iglesia, tiró su

albornoz, descubrió la adorable cabeza y se dejó caer en un sillón cual

si se sintiese cansada y aburrida de las ceremonias del casamiento;

entretanto su marido se calentaba los pies junto a la chimenea. Había

parecido todo el día más glacialmente desdeñoso, y aun en este momento,

a solas con su joven y encantadora esposa, en los umbrales de la cámara

nupcial, no tenía para su mujer otras caricias que una sonrisa burlona

en sus labios y en sus ojos una perversa mirada.

--Querida mía--le dijo de pronto--, ¿sois del viejo régimen?

--¿Viejo régimen?... perdón... no comprendo.

--Os pregunto, querida, si tenéis la simpleza de tomar en serio las

viejas rutinas sociales, las tontas convenciones de nuestros padres...

¡y en especial el matrimonio!

--¿A dónde vamos a parar, amado Julio?

--A ponernos de acuerdo desde el principio, ¡alma mía!, y para eso es

necesario que antes nos conozcamos... En cuanto a mí voy a deciros

claramente lo que soy... Os habrán contado probablemente que yo era un

libertino, un depravado, un don Juan... nada de eso, amiga mía... no soy

más que un hombre de mi época, desprendido de toda clase de

preocupaciones... un hombre que puede someterse a las costumbres, y a su

tío... pero no me enajena la independencia.

--¿Y qué más?--interrogó Mariana con una sonrisa indiferente y burlona

que no dejó de desconcertar a su marido.

--¿Y qué más?... pues es muy sencillo... he querido deciros que podéis

contar con mis más sinceros sentimientos... pero que no debéis de

esperar esas ternezas... es decir, las costumbres de uso en un

matrimonio de aldea.

--¿Y después?--continuó la joven con su misma sonrisa graciosa e

impasible.

--Y después... que para sentar desde luego los precedentes de esta

independencia que reclamo... os pido permiso para ir a dar una vuelta al

círculo... por supuesto, si eso no os contraría demasiado.

--Eso no me importa nada, amigo mío.

--Debo añadir que entraré probablemente un poco tarde... hacia la

madrugada.

--¡Tanto mejor!--repuso ella.

--¡Bueno!--continuó el baróncito, tomando su sombrero--. ¡De acuerdo!...

¿Me permitís que os dé un beso en la mano?

--¡Con mucho gusto!--y le tendió la suya enguantada.

Julio Grèbe salió con aire de triunfador, ganando la calle por la

escalera privada de su departamento.

Era éste un golpe de efecto que meditaba desde hacía mucho tiempo y del

que esperaba cosechar inmarcesible gloria, porque eso de ir a pasar su

noche de boda en casa de su amante no podía ser más _fin de siglo_, nada

podía dar más evidente testimonio de su desprecio hacia la estrecha

moral del vulgo.

Bajó Julio fumando, por la avenida de Messina, dio algunos pasos por el

bulevar Haussman en dirección a la calle d'Argenson, donde vivía su

amante que lo aguardaba, mas se paró de pronto... De veras... lo

abandonaba el valor; fuese que la enormidad de la villana acción que

cometía, despertase su conciencia embotada, fuese que la tranquila

ironía de Mariana lo inquietara, fuese que realmente estuviese enamorado

de su mujer, ocultando su afecto por un estúpido y torcido amor propio,

lo cierto es que renunció a llevar más lejos su indigna fanfarronada y

tomó de nuevo el camino de la calle Monceau. Después de tan corta

ausencia, le sería fácil hacer pasar, la cosa como una simple broma.

Ya en su casa, entró sonriendo en el gabinete donde había quedado su

mujer; las lámparas ardían todavía, pero Mariana no estaba; después de

haberla llamado con discreción, penetró en el dormitorio débilmente

alumbrado, mas vio sorprendido que no había nadie; subió corriendo a las

habitaciones de miss Brown. Miss Brown tampoco estaba; no atreviéndose a

interrogar a la servidumbre, salió de nuevo y fue a tomar noticias al

hotel del parque Monceau donde vivía la señora de La Treillade. Mariana

no había parecido por allí; entonces volvió a su domicilio y pasó la

noche paseándose en el gabinete de su esposa desde las doce hasta las

siete de la mañana, a cuya hora tuvo el gusto de verla entrar pálida y

yerta de frío, envuelta en un abrigo de pieles.

--¿De dónde venís?--le preguntó con voz ahogada.

--Vengo de pasear mi libertad como vos paseáis la vuestra.

--¡Me parece bien!--gritó el barón.

--¿No es verdad?--repuso fríamente Mariana.

--¡Pero es que no ha sido más que una broma!

--Una broma ha sido también la mía.

--¿Por quién me tomáis?--preguntó al fin, rojo de cólera.

--Os tomo por un pobre hombre desenterrado... Vamos, idos a dormir...

¡Vamos, idos!

Mariana le mostró la puerta y él salió mansamente... Estaba _espantado_.

--Querido--decía Julio algunos días después en tono confidencial a su

amigo Pierrepont--, sabes que si yo soy _fin de siglo_, ¡mi mujer lo es

aún más que yo!

--Me admiras, Julio--respondió Pierrepont.

XII

EL PALCO DEL TEATRO FRANCÉS

Dos meses después del casamiento de la señorita de La Treillade con el

barón Julio Grèbe, Fabrice y su mujer, acompañados de los señores de

Aymaret, fueron una noche al teatro Francés.

Ocupaban aquel grande y conocido palco de escena que la administración

del establecimiento se reserva, cediéndolo de cuando en cuando a los

amigos de la casa, y ese palco es tanto más buscado cuanto que de él

depende un saloncito colocado enfrente del otro lado del corredor.

Eran las nueve y media y acababa de levantarse el telón para dar

principio al segundo acto de _Mademoiselle de la Seiglière_, cuando la

atención que Beatriz y la de Aymaret prestaban a la pieza, fue

bruscamente interrumpida por la estruendosa entrada que efectuaban tres

o cuatro personas en el palco opuesto al que ocupaban nuestras

conocidas, quienes reconocieron en seguida a la baronesa de Grèbe, por

su familia de La Treillade, escoltada de su fiel institutriz y seguida

del marido y del marqués de Pierrepont.

Estas señoras y caballeros parecían estar de muy buen humor, tanto, que

la exuberancia de sus demostraciones levantaron en la sala algunos

murmullos de descontento.

Todo París se ocupaba hacía algún tiempo de la intimidad de Pierrepont

con la joven baronesa de Grèbe, y en cuanto al barón, enteramente

domado, fascinado e hipnotizado por su mujer, había concluído por formar

parte de la numerosísima cohorte de maridos de que rebosa el mundo y de

los cuales no sabe uno si compadecer la ceguera o admirar la

complacencia. Aun para los que desconocían los escabrosos detalles de

estas relaciones públicas del marqués con la tierna recién casada, la

circunstancia precisamente de la extremada juventud de su cómplice, le

daba un aire de criminal corrupción de menores que causaba universal

repugnancia. Fue esta grave falta nuevo motivo de tristeza para sus

amigos de otros tiempos, que veían degradarse bajo sus ojos, de

escándalo en escándalo, esta noble, delicada y caballeresca figura que

tanto los había hechizado en otros tiempos.

Mucho tiempo hacía que Beatriz y su amiga ni pronunciaban siquiera el

nombre del marqués, cuando sufrieron la contrariedad de encontrarse con

él y Mariana cara a cara en una función del teatro Francés. No tardaron

en advertir que a su vez fueron reconocidas, considerada la expresión de

fisonomía de los vecinos y el incesante jugar de los anteojos; Mariana

se expresaba con viveza, pareciendo mostrar decidido empeño en llamar

la atención del marqués sobre el palco de Fabrice.

En el entreacto Jacques, a quien un trabajo urgente llamaba a casa, se

retiró, seguido del vizconde, que se fue al círculo a jugar su

indispensable partida de _bésigue_. La señora de Aymaret debía acompañar

a Beatriz a su domicilio al concluir el espectáculo.

En los mismos momentos en que los dos maridos abandonaban la sala,

Pierrepont, pareciendo obedecer contra su voluntad una orden de Mariana,

se levantaba y salía de su localidad. Beatriz, que tras del abanico no

cesaba de mirarlo, sintió que el corazón se le saltaba del pecho, y aun

tuvo que ponerse sobre él la mano para contener sus violentos latidos.

--¿Qué tienes... qué te ha dado?--le preguntó la vizcondesa.

--¡Estoy segura de que viene a vernos!

--¡Qué disparate!... ¿Estás loca?

--¡Ya lo verás!

Tres o cuatro minutos después tocaron ligeramente la puerta del palco.

La señora de Aymaret se levantó a abrir y Pierrepont entró.

Saludó cortésmente pero con frialdad, y echó a su alrededor una mirada

como extrañando encontrar solas a las dos damas.

--¿Pues qué, se ha ido Jacques?--les preguntó.

--Sí--respondió la vizcondesa--; acaba de irse.

--¡Oh!... ¡qué fastidio!... ¡qué fastidio!--añadió Pedro ocupando con

cierta extraña torpeza el asiento que le ofrecían, con torpeza tal que

se le cayó el anteojo de teatro, recogiéndolo con risas tan exageradas

que chocaron a aquéllas damas--. Estaba encargado de trasmitirle una

misiva... una misiva... a ese buen Jacques... pero no dudo de que la

señora Fabrice tendrá a bien servirme de intermediaria... y naturalmente

obtendrá de su marido cuanto le pida...

La incorrección del lenguaje del marqués, el balbuciente acento con que

acompañara sus palabras, lo descompuesto de su gesto y modales, no

escaparon a las jóvenes amigas, que convinieron dolorosamente para sus

adentros en cómo eran una verdad los hábitos de intemperancia que se le

atribuían a aquél.

--He aquí el caso--continuó Pierrepont, mientras las señoras escuchaban

con verdadero estupor--. Todo el mundo se ocupa del retrato de miss

Nicholson que Fabrice acaba de terminar... una obra maestra según

dicen... la baronesa Grèbe está encaprichada de tener uno también...

pintado por la mano del grande artista... pero según parece... está

recargado de trabajo... rehusa clientela... hay que aguardar turno...

hacer antesala... y yo quisiera uno... un retrato... de la mujer de mi

joven amigo... por intermedio, repito, de la señora Fabrice.

Ni la índole de la petición, ni las formas con que fuera hecha, eran

asuntos que pudiesen complacer a Beatriz.

--Mi marido--respondió aquélla con glacial desdén--jamás me consulta

acerca de los modelos de mi agrado... Nunca hablamos de cosas que se

refieren a su profesión.

--¡Ah!... ¿según parece... la señora de Fabrice nos niega su apoyo... en

este particular?

--Sí, señor, lo niego--replicó Beatriz levantándose con dignidad--.

Elisa, permite que me sirva de tu cupé; volverá dentro de veinte

minutos.

Pasó altivamente delante de Pierrepont, abrió la puerta del palco y

entró en el salón de enfrente poniéndose su abrigo de pieles. La señora

de Aymaret había venido a ayudarla; diéronse la mano y Beatriz se fue.

Pierrepont de pie, inmóvil, mudo, asistía en la penumbra del palco a

esta breve escena. Por fin, decidióse a ir al encuentro de la vizcondesa

que permanecía en el saloncito; la interesante dama se había sentado en

un diván y respiraba con dificultad cual si una mano de gigante le

oprimiera el corazón. El marqués paróse delante de ella, agitadas las

manos por un ligero temblor, encendidas la frente y las mejillas, porque

la cólera había acabado por trastornarlo, y siempre balbuciente ensayó

formular una disculpa.

--A usted se lo puedo decir... con el respeto debido... mi intención no

ha sido... No entra en mis costumbres, usted sabe, insultar a una

señora... no creo que me he hecho acreedor... a su enfado... Por lo

demás, ahora es ya asunto a debatir entre hombres... En cuanto a

usted... me permito evocar recuerdos... que supongo...

De pronto callóse, como advirtiese que la señora de Aymaret ocultaba su

rostro entre las manos y que las lágrimas escapaban de sus ojos,

humedeciendo sus guantes.

Hubo dos o tres minutos de silencio; en seguida el marqués, pálido como

un cadáver, le dijo en baja, aunque firme voz:

--¿Por qué llora usted?

La vizcondesa no le respondió sino con una explosión de sollozos.

--¡Ah!... lo sé--replicó el marqués, sacudiendo tristemente la cabeza--;

llora por causa mía... llora por causa del hombre a quien ha honrado con

su amistad... con su estima... y a quien contempla hoy caído en la

última degradación... pero si le causo lástima... si le causo horror...

¿de quién fue la culpa sino de esa miserable mujer que acaba de irse?

--¡Señor de Pierrepont!

--¡Nada de nuevo le digo, señora... nada!... El cambio singular que se

ha efectuado en mi vida es tal vez un enigma para todo el mundo menos

para usted... Es imposible que usted... ya que no los demás, no adivine

la causa verdadera...

--Algunas veces... sin duda--murmuró la vizcondesa--, esa idea ha pasado

por mi cabeza... Pero, ¿cómo aceptarla?... ¿Cómo suponer que una

decepción, por amarga que ella sea, haga caer a un hombre...?

Titubeó un momento.

--¡Tan bajo!...--dijo Pierrepont, terminando la frase--. ¡Pero, por

Dios, señora, usted ha sido mi confidente... en esa terrible hora de mi

vida! Tenga usted en cuenta, pues, lo que ha debido ser para mí ese

desengaño a que se refiere... A esa edad en que el destino del hombre

está en suspenso, es casi siempre una mujer quien lo decide... quien lo

convierte en bueno o en malo... Cuanto a mí, esa mujer fatal ha sido su

amiga de usted... Tal cual ella se me aparecía entonces, con su temible

belleza y sus supuestas virtudes, era a mis ojos como el viviente

símbolo de la dicha que yo soñaba en el seno de un hogar respetado...

Yo había cifrado todo mi porvenir, toda mi vida en ese ensueño de que

ella era la inspiradora... Usted sabe todos los obstáculos que nos

separaban, usted conoce todas las objeciones, todas las resistencias que

debía yo arrostrar o vencer... Usted sabe que estaba pronto a todas las

abnegaciones, a todos los sacrificios... No ignora que lo aceptaba todo,

las privaciones, las estrecheces, la sujeción, el trabajo... con tal que

fuera mi mujer... Sabe, en fin, cuánto la amaba... con qué loca

ternura... casi santa, me atrevo a decirlo así... Y cuando ella ha

burlado un amor semejante, le admira a usted que me haya convertido en

un insensato y que la llame una miserable.

--Señor de Pierrepont, le compadezco con toda mi alma... pero, ¿es digno

de usted, de su buen sentido, de su rectitud, llamar miserable a una

mujer porque ha rehusado casarse con usted?

--¡No la trato de miserable porque haya rehusado casarse conmigo... sino

porque durante meses y años ha alentado mi pasión, porque me ha hecho

creer que la compartía... y porque mintió, en fin!... Vamos a ver,

señora, ¿cree usted que soy un niño? ¿cree que pude engañarme con

respecto a su actitud, a sus miradas, a su acento, a su silencio mismo?

Pues que, ¿todo eso no estaba diciendo que me amaba? ¡Vamos, que usted

misma estaba persuadida y todo eso no era más que mentiras y fría

coquetería!... Y es que entonces, a pesar de mi escasa fortuna, para

ella que no tenía nada, era yo un partido... pero el día en que un

pretendiente más rico se le presentó, arrojóse en sus brazos sin mirar

que me partía el corazón.

--¡Si supiera, señor, si supiera cuán injusto es usted!

--¡Se arrojó en sus brazos sin mirar que me partía el corazón!--continuó

con exaltación creciente--, y todo lo que por mí pasó en ese momento,

todo lo que he sentido de desencanto, de humillación, de dolor, de

salvajes celos... ¿cómo no lo comprende usted? He pensado en darme la

muerte... pero la vida que llevo es un suicidio como cualquier otro...

con el descrédito y la vergüenza además.

--¡Señor de Pierrepont... cálmese, se lo ruego... cálmese!...

Honor de artista · 第 8 / 12 段