renegado de la mayor parte de sus antiguas relaciones: veíasele, sin
embargo, de vez en cuando en el mundo, puesto que lo encontramos, hacia
mediados de diciembre, en el saloncito privado de Mariana de La
Treillade, si bien es cierto que una circunstancia especial lo llevaba a
ese elegante santuario de la malicia, puesto que Pierrepont venía a
felicitar a Marianita por su próximo matrimonio. Sí, al fin esta linda
joven se casa, se casa con el barón Julio Grèbe, hijo de un acaudalado
banquero de París. Julio es ya heredero por línea directa de una docena
de millones de francos, y espera suceder a su tío en igual suma redonda.
En el momento en que Pierrepont se presenta, la señora de La Treillade
va a salir, muy ocupada con la instalación de su hija, y ruega a aquél
que la dispense si lo deja solo con su hija y miss Eva.
--Señorita--le dice sentándose y afectando un aire de gravedad bastante
equívoco--, permítame que le dirija las más respetuosas
felicitaciones... Se casa usted con uno de mis mejores amigos... un
perfecto caballero... y una excelente persona de quien hará usted cuanto
usted quiera.
--No sé--responde Mariana, mirándolo de lleno con sus grandes ojos
burlones--, no sé si es tan arreglado como usted dice, pero, en todo
caso, le da un ejemplo que debiera usted imitar... ¡pone a tiempo un
punto final!
--Pero, desgraciadamente, no a todos se presenta tan propicia ocasión
como lo es ésta.
--Y note usted--continúa Mariana--, que es bastante más joven que usted.
--¡Sí, pero yo soy muy joven para mi edad, señorita!
--¡Así se dice al menos!
--Y bien dicen... mientras que él, Julio, es casi un viejo para la que
tiene.
--Eso me encanta; no podría usted hacerme mayor elogio... Yo soy de un
natural tan suave, tranquilo y sensible, que un marido demasiado vivo de
carácter me haría sufrir mucho.
--Estoy tan convencido, desde hace mucho tiempo, de lo que me dice
usted, señorita, que hasta me he permitido poner en antecedentes sobre
el particular a mi joven camarada.
--¿Cómo así, mi querido amigo?
--Como usted lo oye... «Amado Julio--le he dicho... ¡tan íntima es
nuestra amistad!...--He tenido el gusto de conocer a la señorita de La
Treillade en casa de mi tía, durante una temporada de campo... con ese
motivo tuve la ocasión de estudiarla, descubriendo en ella una dulzura,
una sensibilidad, y permítame la expresión, señorita... un candor... que
exigen los mayores miramientos.
--Señor de Pierrepont, no sé realmente cómo darle las gracias por sus
bondades conmigo...
--No hacen más que principiar, señorita... ¡si usted tiene a bien
alentarlas!
--Pues bien, las aliento... ¿Continuará usted visitándome después de
casada?
--Todos los días, si me lo permite usted.
--Todos los días sería demasiado fatigoso para usted... porque nosotros
vamos a vivir en la calle Monceau, y es un poco lejos de su horrible
calle Varennes.
--Perdón, señorita, pero, además del hotel de la calle Varennes,
conservo el entresuelo del bulevar Malesherbes.
--¿Para qué, amigo mío?
--Para tener el honor de continuar siendo vecino de usted.
--¡De veras!... ¡si usted supiera cómo me divierte eso!
--A mí tampoco me contraría, señorita, se lo aseguro a usted.
Este chispeante diálogo, que parecía hacer las delicias de la candorosa
institutriz, en aquellos lugares presente, fue interrumpido por la
súbita y bulliciosa irrupción de dos o tres jóvenes amigas que
invadieron el saloncito de Mariana. El fresco rostro de miss Nicholson
tomó los colores de una rosa de Bengala cuando advirtió que Pierrepont
se encontraba allí, pero, desdichadamente, al marqués no se le antojó
prolongar su visita, por cuya razón se puso en retirada, no sin haber
antes dado la mano a Mariana, que le dijo:
--Creo que no será la última vez... ¡espero que cumplirá usted su
palabra!
--¡Oh! ¡de eso esté usted bien segura, señorita!
Después de los besos de ordenanza, las señoritas de Alvarez y de
Chalvin, que acompañaban a miss Nicholson, preguntaron con insistencia a
la de La Treillade si se había ya fijado la época del casamiento.
--Sí--respondió Mariana--, se ha decidido que se efectúe el 5 de enero,
así como a manera de aguinaldos para mí... o, mejor dicho, para mi
marido...
--¿Creerás, querida, que aún no conozco a tu marido?--dijo la señorita
de Chalvin--, ¡y tengo una curiosidad!
--¡Glotona!--replicó Marianita--, pues bien, relámete... va a venir...
lo estoy esperando...
--¡Dicen que es seductor, amada mía!
--¡Seductor!... ¡aun me parece poco!...
Un momento después la puerta se abría para dejar paso al barón Julio
Grèbe, conocido por los gomosos de su laya por «Fin de Siglo»; era este
el sobrenombre que él se daba, llevándolo con más orgullo que un título,
en razón a que sus amigos llamábanlo familiarmente por tan simbólico
apodo.
Era nuestro barón hijo único y mimadísimo por su mamá, que vivió en
éxtasis delante de él desde el momento en que abrió los ojos a esta
pícara vida; tiernamente hubo de sonreír aquella buena señora al saber
las primeras calaveradas de su niño, contribuyendo por su parte; con
laudable empeño, a hacer de su pimpollo el insoportable señorito que
retratando vamos. Para conservar en sociedad este original la
prepotencia a que lo habituaron en familia, decidió buscar una actitud,
un algo que lo distinguiera de los demás mortales, y a falta de otros
méritos, nada encontró mejor que admirar o, más bien, según su lenguaje,
_espantar_ a sus contemporáneos, haciendo los más cínicos alardes de la
más necia perversidad. Algunas nociones remotísimas de Darwin, recogidas
por aquí y por allí a salto de mata, compaginadas a la diabla con
ciertas confusas pinceladas de Schopenhauer, proveyeron a nuestro
baroncito de una descabellada teoría nihilista, que predicaba
impertérrito de círculo en círculo y de salón en salón, declarándose en
todas materias, literatura, política, artes y sobre todo en moral, tan
escéptico, cansado, aburrido, desengañado y desalentado, tan corrompido
y tan caduco, tan hastiado de las viejas tradiciones, tan en
liquefacción, en fin, que pronto sería necesario recogerlo con cuchara.
Tales eran las pretensiones del «Fin de Siglo», quien, no conservando
las creencias del pasado y siendo demasiado tonto para penetrar las del
porvenir, había acabado por no tener ninguna.
Algunos de sus camaradas de círculo, alucinados por su imperturbable
aplomo y sus grandes bienes de fortuna, concluyeron por considerarlo
cual un espíritu fuerte de primera magnitud, y él mismo acabó por
creerlo así también.
Sin embargo, y a pesar de sus prédicas, los gastos de representación del
señor de Grèbe tomaron tal vuelo en los últimos tiempos, que su tío le
prometió no sólo desheredarlo, sino lo que es más, ponerlo en tutela a
menos de entrar en mejor vía, y por esta razón decidió contraer
matrimonio con Mariana de La Treillade, a quien por otra parte
proponíase _espantar_ en manera extraordinaria.
Julio Grèbe era un joven de veinticinco a veintiséis años, pequeño de
estatura pero bien formado y de una elegancia ultra-británica: lo que le
desfavorecía mucho era un par de ojos muy saltones, azules pálidos y
cuya expresión era casi siniestra a veces, otras semiapagada. Tenía
resuelto andar, caminando con las piernas en arco, cual si aun a pie,
estuviese montado a caballo.
Y en esa triunfal apostura adelantábase por el salón de Mariana de La
Treillade, a quien saludó con una ligera e irónica inclinación de
cabeza, depositando en las hermosas manos de su prometida una enorme
caja de chocolatines: la manera de hacerle la corte fue este día
bastante singular, pues consistió en comer, a los atónitos ojos de
aquellas señoritas, una cantidad disparatada de las susodichas
golosinas, y estimulado por las risas de admiración de la interesante
galería, perseveró con su aire siniestro y frío en tan culto juego hasta
verle el fondo al descomunal cartucho, no sin que abrigara serias
inquietudes acerca de sus probables consecuencias, pero había
_espantado_ a aquellos serafines: era, pues, dichoso.
Las bodas se efectuaron tres semanas después de la historiada proeza en
la iglesia de San Agustín, y como la joven pareja se pusiera de acuerdo
para no llevar a cabo el reglamentario viaje de novios, se instalaron la
noche misma de sus nupcias en el hotel que Marianita había hecho comprar
a su marido, calle Monceau, hotel cuyo arreglo presidió ella misma dando
muestra en el mobiliario y tren de su proverbial buen gusto, porque no
era esta cualidad la que precisamente faltase a Mariana.
Un gabinete colgado de seda azul con botones de oro precedía a la alcoba
de la joven desposada. En él se detuvo al regreso de la iglesia, tiró su
albornoz, descubrió la adorable cabeza y se dejó caer en un sillón cual
si se sintiese cansada y aburrida de las ceremonias del casamiento;
entretanto su marido se calentaba los pies junto a la chimenea. Había
parecido todo el día más glacialmente desdeñoso, y aun en este momento,
a solas con su joven y encantadora esposa, en los umbrales de la cámara
nupcial, no tenía para su mujer otras caricias que una sonrisa burlona
en sus labios y en sus ojos una perversa mirada.
--Querida mía--le dijo de pronto--, ¿sois del viejo régimen?
--¿Viejo régimen?... perdón... no comprendo.
--Os pregunto, querida, si tenéis la simpleza de tomar en serio las
viejas rutinas sociales, las tontas convenciones de nuestros padres...
¡y en especial el matrimonio!
--¿A dónde vamos a parar, amado Julio?
--A ponernos de acuerdo desde el principio, ¡alma mía!, y para eso es
necesario que antes nos conozcamos... En cuanto a mí voy a deciros
claramente lo que soy... Os habrán contado probablemente que yo era un
libertino, un depravado, un don Juan... nada de eso, amiga mía... no soy
más que un hombre de mi época, desprendido de toda clase de
preocupaciones... un hombre que puede someterse a las costumbres, y a su
tío... pero no me enajena la independencia.
--¿Y qué más?--interrogó Mariana con una sonrisa indiferente y burlona
que no dejó de desconcertar a su marido.
--¿Y qué más?... pues es muy sencillo... he querido deciros que podéis
contar con mis más sinceros sentimientos... pero que no debéis de
esperar esas ternezas... es decir, las costumbres de uso en un
matrimonio de aldea.
--¿Y después?--continuó la joven con su misma sonrisa graciosa e
impasible.
--Y después... que para sentar desde luego los precedentes de esta
independencia que reclamo... os pido permiso para ir a dar una vuelta al
círculo... por supuesto, si eso no os contraría demasiado.
--Eso no me importa nada, amigo mío.
--Debo añadir que entraré probablemente un poco tarde... hacia la
madrugada.
--¡Tanto mejor!--repuso ella.
--¡Bueno!--continuó el baróncito, tomando su sombrero--. ¡De acuerdo!...
¿Me permitís que os dé un beso en la mano?
--¡Con mucho gusto!--y le tendió la suya enguantada.
Julio Grèbe salió con aire de triunfador, ganando la calle por la
escalera privada de su departamento.
Era éste un golpe de efecto que meditaba desde hacía mucho tiempo y del
que esperaba cosechar inmarcesible gloria, porque eso de ir a pasar su
noche de boda en casa de su amante no podía ser más _fin de siglo_, nada
podía dar más evidente testimonio de su desprecio hacia la estrecha
moral del vulgo.
Bajó Julio fumando, por la avenida de Messina, dio algunos pasos por el
bulevar Haussman en dirección a la calle d'Argenson, donde vivía su
amante que lo aguardaba, mas se paró de pronto... De veras... lo
abandonaba el valor; fuese que la enormidad de la villana acción que
cometía, despertase su conciencia embotada, fuese que la tranquila
ironía de Mariana lo inquietara, fuese que realmente estuviese enamorado
de su mujer, ocultando su afecto por un estúpido y torcido amor propio,
lo cierto es que renunció a llevar más lejos su indigna fanfarronada y
tomó de nuevo el camino de la calle Monceau. Después de tan corta
ausencia, le sería fácil hacer pasar, la cosa como una simple broma.
Ya en su casa, entró sonriendo en el gabinete donde había quedado su
mujer; las lámparas ardían todavía, pero Mariana no estaba; después de
haberla llamado con discreción, penetró en el dormitorio débilmente
alumbrado, mas vio sorprendido que no había nadie; subió corriendo a las
habitaciones de miss Brown. Miss Brown tampoco estaba; no atreviéndose a
interrogar a la servidumbre, salió de nuevo y fue a tomar noticias al
hotel del parque Monceau donde vivía la señora de La Treillade. Mariana
no había parecido por allí; entonces volvió a su domicilio y pasó la
noche paseándose en el gabinete de su esposa desde las doce hasta las
siete de la mañana, a cuya hora tuvo el gusto de verla entrar pálida y
yerta de frío, envuelta en un abrigo de pieles.
--¿De dónde venís?--le preguntó con voz ahogada.
--Vengo de pasear mi libertad como vos paseáis la vuestra.
--¡Me parece bien!--gritó el barón.
--¿No es verdad?--repuso fríamente Mariana.
--¡Pero es que no ha sido más que una broma!
--Una broma ha sido también la mía.
--¿Por quién me tomáis?--preguntó al fin, rojo de cólera.
--Os tomo por un pobre hombre desenterrado... Vamos, idos a dormir...
¡Vamos, idos!
Mariana le mostró la puerta y él salió mansamente... Estaba _espantado_.
--Querido--decía Julio algunos días después en tono confidencial a su
amigo Pierrepont--, sabes que si yo soy _fin de siglo_, ¡mi mujer lo es
aún más que yo!
--Me admiras, Julio--respondió Pierrepont.
XII
EL PALCO DEL TEATRO FRANCÉS
Dos meses después del casamiento de la señorita de La Treillade con el
barón Julio Grèbe, Fabrice y su mujer, acompañados de los señores de
Aymaret, fueron una noche al teatro Francés.
Ocupaban aquel grande y conocido palco de escena que la administración
del establecimiento se reserva, cediéndolo de cuando en cuando a los
amigos de la casa, y ese palco es tanto más buscado cuanto que de él
depende un saloncito colocado enfrente del otro lado del corredor.
Eran las nueve y media y acababa de levantarse el telón para dar
principio al segundo acto de _Mademoiselle de la Seiglière_, cuando la
atención que Beatriz y la de Aymaret prestaban a la pieza, fue
bruscamente interrumpida por la estruendosa entrada que efectuaban tres
o cuatro personas en el palco opuesto al que ocupaban nuestras
conocidas, quienes reconocieron en seguida a la baronesa de Grèbe, por
su familia de La Treillade, escoltada de su fiel institutriz y seguida
del marido y del marqués de Pierrepont.
Estas señoras y caballeros parecían estar de muy buen humor, tanto, que
la exuberancia de sus demostraciones levantaron en la sala algunos
murmullos de descontento.
Todo París se ocupaba hacía algún tiempo de la intimidad de Pierrepont
con la joven baronesa de Grèbe, y en cuanto al barón, enteramente
domado, fascinado e hipnotizado por su mujer, había concluído por formar
parte de la numerosísima cohorte de maridos de que rebosa el mundo y de
los cuales no sabe uno si compadecer la ceguera o admirar la
complacencia. Aun para los que desconocían los escabrosos detalles de
estas relaciones públicas del marqués con la tierna recién casada, la
circunstancia precisamente de la extremada juventud de su cómplice, le
daba un aire de criminal corrupción de menores que causaba universal
repugnancia. Fue esta grave falta nuevo motivo de tristeza para sus
amigos de otros tiempos, que veían degradarse bajo sus ojos, de
escándalo en escándalo, esta noble, delicada y caballeresca figura que
tanto los había hechizado en otros tiempos.
Mucho tiempo hacía que Beatriz y su amiga ni pronunciaban siquiera el
nombre del marqués, cuando sufrieron la contrariedad de encontrarse con
él y Mariana cara a cara en una función del teatro Francés. No tardaron
en advertir que a su vez fueron reconocidas, considerada la expresión de
fisonomía de los vecinos y el incesante jugar de los anteojos; Mariana
se expresaba con viveza, pareciendo mostrar decidido empeño en llamar
la atención del marqués sobre el palco de Fabrice.
En el entreacto Jacques, a quien un trabajo urgente llamaba a casa, se
retiró, seguido del vizconde, que se fue al círculo a jugar su
indispensable partida de _bésigue_. La señora de Aymaret debía acompañar
a Beatriz a su domicilio al concluir el espectáculo.
En los mismos momentos en que los dos maridos abandonaban la sala,
Pierrepont, pareciendo obedecer contra su voluntad una orden de Mariana,
se levantaba y salía de su localidad. Beatriz, que tras del abanico no
cesaba de mirarlo, sintió que el corazón se le saltaba del pecho, y aun
tuvo que ponerse sobre él la mano para contener sus violentos latidos.
--¿Qué tienes... qué te ha dado?--le preguntó la vizcondesa.
--¡Estoy segura de que viene a vernos!
--¡Qué disparate!... ¿Estás loca?
--¡Ya lo verás!
Tres o cuatro minutos después tocaron ligeramente la puerta del palco.
La señora de Aymaret se levantó a abrir y Pierrepont entró.
Saludó cortésmente pero con frialdad, y echó a su alrededor una mirada
como extrañando encontrar solas a las dos damas.
--¿Pues qué, se ha ido Jacques?--les preguntó.
--Sí--respondió la vizcondesa--; acaba de irse.
--¡Oh!... ¡qué fastidio!... ¡qué fastidio!--añadió Pedro ocupando con
cierta extraña torpeza el asiento que le ofrecían, con torpeza tal que
se le cayó el anteojo de teatro, recogiéndolo con risas tan exageradas
que chocaron a aquéllas damas--. Estaba encargado de trasmitirle una
misiva... una misiva... a ese buen Jacques... pero no dudo de que la
señora Fabrice tendrá a bien servirme de intermediaria... y naturalmente
obtendrá de su marido cuanto le pida...
La incorrección del lenguaje del marqués, el balbuciente acento con que
acompañara sus palabras, lo descompuesto de su gesto y modales, no
escaparon a las jóvenes amigas, que convinieron dolorosamente para sus
adentros en cómo eran una verdad los hábitos de intemperancia que se le
atribuían a aquél.
--He aquí el caso--continuó Pierrepont, mientras las señoras escuchaban
con verdadero estupor--. Todo el mundo se ocupa del retrato de miss
Nicholson que Fabrice acaba de terminar... una obra maestra según
dicen... la baronesa Grèbe está encaprichada de tener uno también...
pintado por la mano del grande artista... pero según parece... está
recargado de trabajo... rehusa clientela... hay que aguardar turno...
hacer antesala... y yo quisiera uno... un retrato... de la mujer de mi
joven amigo... por intermedio, repito, de la señora Fabrice.
Ni la índole de la petición, ni las formas con que fuera hecha, eran
asuntos que pudiesen complacer a Beatriz.
--Mi marido--respondió aquélla con glacial desdén--jamás me consulta
acerca de los modelos de mi agrado... Nunca hablamos de cosas que se
refieren a su profesión.
--¡Ah!... ¿según parece... la señora de Fabrice nos niega su apoyo... en
este particular?
--Sí, señor, lo niego--replicó Beatriz levantándose con dignidad--.
Elisa, permite que me sirva de tu cupé; volverá dentro de veinte
minutos.
Pasó altivamente delante de Pierrepont, abrió la puerta del palco y
entró en el salón de enfrente poniéndose su abrigo de pieles. La señora
de Aymaret había venido a ayudarla; diéronse la mano y Beatriz se fue.
Pierrepont de pie, inmóvil, mudo, asistía en la penumbra del palco a
esta breve escena. Por fin, decidióse a ir al encuentro de la vizcondesa
que permanecía en el saloncito; la interesante dama se había sentado en
un diván y respiraba con dificultad cual si una mano de gigante le
oprimiera el corazón. El marqués paróse delante de ella, agitadas las
manos por un ligero temblor, encendidas la frente y las mejillas, porque
la cólera había acabado por trastornarlo, y siempre balbuciente ensayó
formular una disculpa.
--A usted se lo puedo decir... con el respeto debido... mi intención no
ha sido... No entra en mis costumbres, usted sabe, insultar a una
señora... no creo que me he hecho acreedor... a su enfado... Por lo
demás, ahora es ya asunto a debatir entre hombres... En cuanto a
usted... me permito evocar recuerdos... que supongo...
De pronto callóse, como advirtiese que la señora de Aymaret ocultaba su
rostro entre las manos y que las lágrimas escapaban de sus ojos,
humedeciendo sus guantes.
Hubo dos o tres minutos de silencio; en seguida el marqués, pálido como
un cadáver, le dijo en baja, aunque firme voz:
--¿Por qué llora usted?
La vizcondesa no le respondió sino con una explosión de sollozos.
--¡Ah!... lo sé--replicó el marqués, sacudiendo tristemente la cabeza--;
llora por causa mía... llora por causa del hombre a quien ha honrado con
su amistad... con su estima... y a quien contempla hoy caído en la
última degradación... pero si le causo lástima... si le causo horror...
¿de quién fue la culpa sino de esa miserable mujer que acaba de irse?
--¡Señor de Pierrepont!
--¡Nada de nuevo le digo, señora... nada!... El cambio singular que se
ha efectuado en mi vida es tal vez un enigma para todo el mundo menos
para usted... Es imposible que usted... ya que no los demás, no adivine
la causa verdadera...
--Algunas veces... sin duda--murmuró la vizcondesa--, esa idea ha pasado
por mi cabeza... Pero, ¿cómo aceptarla?... ¿Cómo suponer que una
decepción, por amarga que ella sea, haga caer a un hombre...?
Titubeó un momento.
--¡Tan bajo!...--dijo Pierrepont, terminando la frase--. ¡Pero, por
Dios, señora, usted ha sido mi confidente... en esa terrible hora de mi
vida! Tenga usted en cuenta, pues, lo que ha debido ser para mí ese
desengaño a que se refiere... A esa edad en que el destino del hombre
está en suspenso, es casi siempre una mujer quien lo decide... quien lo
convierte en bueno o en malo... Cuanto a mí, esa mujer fatal ha sido su
amiga de usted... Tal cual ella se me aparecía entonces, con su temible
belleza y sus supuestas virtudes, era a mis ojos como el viviente
símbolo de la dicha que yo soñaba en el seno de un hogar respetado...
Yo había cifrado todo mi porvenir, toda mi vida en ese ensueño de que
ella era la inspiradora... Usted sabe todos los obstáculos que nos
separaban, usted conoce todas las objeciones, todas las resistencias que
debía yo arrostrar o vencer... Usted sabe que estaba pronto a todas las
abnegaciones, a todos los sacrificios... No ignora que lo aceptaba todo,
las privaciones, las estrecheces, la sujeción, el trabajo... con tal que
fuera mi mujer... Sabe, en fin, cuánto la amaba... con qué loca
ternura... casi santa, me atrevo a decirlo así... Y cuando ella ha
burlado un amor semejante, le admira a usted que me haya convertido en
un insensato y que la llame una miserable.
--Señor de Pierrepont, le compadezco con toda mi alma... pero, ¿es digno
de usted, de su buen sentido, de su rectitud, llamar miserable a una
mujer porque ha rehusado casarse con usted?
--¡No la trato de miserable porque haya rehusado casarse conmigo... sino
porque durante meses y años ha alentado mi pasión, porque me ha hecho
creer que la compartía... y porque mintió, en fin!... Vamos a ver,
señora, ¿cree usted que soy un niño? ¿cree que pude engañarme con
respecto a su actitud, a sus miradas, a su acento, a su silencio mismo?
Pues que, ¿todo eso no estaba diciendo que me amaba? ¡Vamos, que usted
misma estaba persuadida y todo eso no era más que mentiras y fría
coquetería!... Y es que entonces, a pesar de mi escasa fortuna, para
ella que no tenía nada, era yo un partido... pero el día en que un
pretendiente más rico se le presentó, arrojóse en sus brazos sin mirar
que me partía el corazón.
--¡Si supiera, señor, si supiera cuán injusto es usted!
--¡Se arrojó en sus brazos sin mirar que me partía el corazón!--continuó
con exaltación creciente--, y todo lo que por mí pasó en ese momento,
todo lo que he sentido de desencanto, de humillación, de dolor, de
salvajes celos... ¿cómo no lo comprende usted? He pensado en darme la
muerte... pero la vida que llevo es un suicidio como cualquier otro...
con el descrédito y la vergüenza además.
--¡Señor de Pierrepont... cálmese, se lo ruego... cálmese!...