distantes de la certeza; aunque lo haya aceptado únicamente por
desesperación, Beatriz ha entrado en casa del pintor como mujer honrada,
con la más sincera resolución de sofocar todo sentimiento en
contradicción con sus nuevos deberes, y decidida firmemente a
identificarse con su marido; pero aunque estime sus talentos, hay en el
arte del pintor algo de manual, un no sabía qué de mercantil que chocaba
a esta altiva patricia. Nota también ella y nota con dolor, casi con
ira, en los pequeños detalles de la vida común, ligeros solecismos de
buen gusto, pecados veniales de ignorancia, faltas de menor cuantía
contra ciertos principios, que denuncian en el pobre grande hombre las
explicables lagunas de su educación primera, y las mujeres del temple y
clase de Beatriz perdonan con más facilidad un vicio, tal vez un
crimen, que una incorrección.
Conociendo Fabrice la pasión de su mujer por los ejercicios del sport,
quiso que ella volviese a montar a caballo y aun él mismo se había dado
a la equitación hacía dos o tres meses, acompañando frecuentemente a su
mujer en sus paseos matutinos al _Bosque_. Jacques era un jinete
atrevido y sólido, pero montaba mal, sin escuela y sin elegancia: su
mujer se sentía avergonzada, y buscaba las más de las veces un pretexto
cualquiera para no acompañarlo, prefiriendo privarse de su placer
favorito antes que ver sonreírse al pasar su marido, a los correctos
jinetes de la avenida de las _Acacias_.
Había más todavía: contábanse entre los íntimos del taller de Fabrice,
cual acontece en todos aquellos, algunos aficionados y compañeros de
juventud del pintor, formando más o menos en las filas del arte y de la
literatura, cuyo tono y manera disgustaban extremadamente a Beatriz y
era en vano que el artista pretextase su apremiante trabajo, era en vano
que se esforzara en desalentar a estos parásitos contertulios, con
especial a aquellos que se distinguían por sus procederes y maneras de
bohemios. Contábase en el número de estos últimos, uno que, para
desgracia de Jacques, se creía éste en el deber de tolerar; llamábase el
tal Gustavo Calvat, era hermano de la primera mujer de Fabrice y, por
consecuencia, tío de Marcelita; sus relaciones con el pintor remontaban
a la época, ya lejana, en que los dos fueron discípulos de idéntico
maestro en el mismo taller. El punto de partida era, pues, común, pero
mientras Fabrice, por el no interrumpido esfuerzo y constante y austero
trabajo, llegara poco a poco al ápice de su arte, Gustavo Calvat
embotaba sus aptitudes y perdía lastimosamente el tiempo en palabras,
proyectos, teorías, críticas trascendentales y elucubraciones estéticas
que le conquistaban la admiración del bulevar de las Batignolles...
«Tú hablas mucho y dibujas poco», le decía sobriamente Jacques.
Calvat se llevó mucho tiempo buscando qué género de pintura podría
convenir mejor a su siglo y a su talento, creyendo varias veces haberlo
al fin encontrado. Durante un viaje por Italia, que hizo a costa de
Fabrice, se había decidido con ardor por los pintores primitivos, y
volvió no hablando sino de Duccio, Cimabue, Giotto, Tadeo Gaddi, el
Massaccio y el Perugino, entonando himnos interminables a los mosaicos
de San Miniato y a la simplicidad hierática de los bizantinos. «En esas
fuentes frescas y puras era, según él decía con churrigueresca
verbosidad, en donde debían vigorizarse las anémicas artes del siglo
XIX. Él, personalmente, se hacía el apóstol y el precursor de un nuevo
Renacimiento... porque él, Calvat, había penetrado por manera
indestructible, la inspiración y los procedimientos de esos inimitables
patriarcas de lo bello... ¿Y cuáles eran esos procedimientos?... La
sinceridad... el candor... la fe... El artista debía principiar por
borrar de un rasgo la historia del mundo, a contar del año 1400...
olvidar redondamente que ha habido un Lutero, un Voltaire, que se ha
tomado la Bastilla... era preciso no acordarse del 89... etcétera,
etcétera... cerrar los ojos, recogerse en sí mismo... arrodillarse en
espíritu en medio de un capítulo de viejos monjes del siglo XIV...
Después abrir de nuevo los ojos y mirar al cielo piadosa, humildemente,
cual un niño que reza su oración... Y entonces... entonces... tomar la
paleta y pintar.» Y esto diciendo, trazaba en el aire con contorsiones
de poseído el disparatado bosquejo de una obra maestra imaginaria. Era
curioso, en verdad, ver a Gustavo desarrollar esta teoría dando a su
cara de _bohemio_ aires de vidente, mientras hacía muecas
prerrafaélicas.
Después de haber hecho una _Anunciación_, de estilo bizantino, y una
_Santa Familia_, sobre fondo de oro, quedó desazonado, cobrando horror a
los primitivos (había de qué). Pasó después a imitar los maestros
venecianos... luego la escuela flamenca y holandesa que tanto se
aproxima a la naturaleza... después pintó la naturaleza, misma... ¡Este
fue el último crimen, porque sus obras, que nunca fueron buenas,
concluyeron por ser aborrecibles!
Fabrice procuró en vano hacerle comprender que el arte de ninguna manera
consiste en servilmente copiar a la naturaleza, la que en sí misma es
inerte y muda, sino en reflejar sobre ella las ideas que su
contemplación sugiere a nuestra mente, prestándole un algo de esa alma
que nosotros poseemos y de que ella carece; pero Calvat al oír tan
exactos y atinados razonamientos, rompía en indignación, apostrofando a
su cuñado de ser pintor de damiselas, de paisajista de corte, enviándolo
por fin a esa repulsiva fosa común del ya difunto idealismo, es decir,
la Academia.
Jacques, por íntima complexión bondadoso, reía a más no poder de la
gárrula charla de Gustavo y de su pintura por el método de las
gesticulaciones, mas lo que no le perdonaba fácilmente era el desorden
de su vida, que entera se deslizaba en cafés y cervecerías, y aun más lo
disgustaba el perverso espíritu de envidia, la hostilidad maldiciente
con que denigraba a todo lo que valía más que él. A pesar de todo,
Fabrice continuaba acogiendo amistosamente a este triste pariente y aun
sacándolo de muy repetidos aprietos monetarios, y se conducía así porque
en su piedad de hombre honrado consideraba que aquél era el hermano de
su primera mujer, criatura que, si enojosa en vida, reposaba ya en la
huesa, después porque Calvat tenía un mérito siempre grande a los ojos
de un padre; el de amar a su hija divirtiéndola al mismo tiempo, porque
con sus tendencias y aficiones a la mímica, le representaba escenas de
Guignol, imitaba el grito de diversos animales y los sonidos de varios
instrumentos: era, en suma, un farsante que, con sus mil arlequinadas,
arrancaba a la niña esas infantiles carcajadas que suenan tan gratas en
los paternos oídos.
Desde el primer momento este joven avejentado, gritón, charlatán,
maltrecho de traje y no limpio de persona, con nariz como pico de ave
carnicera, pegajoso bigote, dudosas uñas y marcado olor a tabaco y
cerveza, inspiró a Beatriz la más profunda antipatía. Cierto es que se
había sentido conmovida ante las razones de sentimiento en que su marido
fundaba su tolerancia, mas no por eso dejaba de ser para ella una
contrariedad de las más fuertes tener que sufrir a la continua el trato
y la presencia de semejante documento.
Calvat vio por su parte con muy malos ojos el matrimonio de Fabrice con
esta gran dama, cuyos desdenes presentía, y que iba a ser un fiscal
implacable de sus habituales inconveniencias, y además le molestaba que
ahora cada vez que iba a ver a su sobrina tenía que ponerse _paquete_.
¡Trascendental motivo de rencor! Aparte del cual inspirábale Beatriz esa
aversión odiosa que sentía por todo lo que fuese superior, a él, ora en
el orden físico, ya en el moral e intelectual. Por último, se sentía
inquieto en el único honrado sentimiento que le restase, temiendo que la
nueva esposa de su cuñado no le arrebatara la afección de Marcelita a
quien, en su entender, alejaría de él poco a poco la altanera madrastra.
Por todas estas comprensibles razones, tanto Calvat aborrecía a Beatriz
cuanto ésta lo despreciaba, y la mutua antipatía de estos seres, unidos
por diabólico designio, no podía menos de crecer más, y más emponzoñarse
con el transcurso del tiempo.
X
CONFIDENCIAS
Debe reposar sobre algún principio científico, será tal vez un fenómeno
de sugestión, ese afecto constante, seguro y marcado de todos los
maridos hacia el hombre que sus mujeres aman. El pobre Fabrice no debía
escapar a esa fatalidad: desde el regreso de Pierrepont mostraba por él
aún más efusiva amistad que en los mejores tiempos del pasado, lo que
quizás explicaba, el deseo de ganar para Beatriz la compañía de un tan
consumado y brillante hombre de mundo cual era el marqués. Habiendo
mostrado éste una muy natural reserva en renovar sus visitas a la joven
pareja, el pintor le dirigió reproches y lo mortificó a este respecto de
una manera hasta enojosa; de todas las involuntarias torpezas en que
incurrir pudo ante los ojos de su mujer nuestro pintor, no fue ésta la
que menos dejó de chocarle, porque olvidando que Jacques ignoraba en
absoluto el recíproco secreto de ella con Pierrepont, vio en la
insistencia de su marido para atraer al marqués al domicilio conyugal
una falta de tacto, una inhabilidad peligrosa, y lo que es más, un
rasgo de maldad con respecto a ella. ¡Cómo! ¡cuando ella misma agotaba
voluntad y valor por expulsar para siempre de su alma el pensamiento de
ese hombre, que tanto había amado, era su propio marido quien se lo
traía de la mano imponiéndole su presencia turbadora!
Fue ésta una nueva inculpación que formuló contra Jacques y que, como
las otras, no tenía tampoco fundamento alguno de justicia, mas cuando
una mujer tiene la desgracia de no amar a su marido, encuentra siempre
motivo para atenuar a sus propios ojos la sin razón que su conciencia
íntima reprueba, y al proceder así obra de buena fe, porque para su alma
ulcerada todos son sufrimientos, para su enfermo corazón todas son
heridas.
Era, sin embargo, tan elevado el temple de carácter de Beatriz, que ni
un momento pasó por su mente la idea de ceder a la tentación, abusando
de la vulgar ceguera de su marido; persistió, pues, en la conducta que
de antemano se había trazado al prever, más o menos tarde, la vuelta de
Pierrepont, y fue para ella tanto menor dificultad tenerlo a distancia,
cuanto que Pedro procuraba, por su parte, altivo y desdeñoso, mantenerse
lejos de Beatriz, prefiriendo los reproches del marido al desprecio de
la mujer.
Fabrice, sin embargo, aunque sintiendo amargamente la frialdad sombría
en que su mujer se encerrara, no desconfiaba vencerla a la larga en
fuerza de generosas y delicadas atenciones. Después de haber consentido
y mimado de todas maneras durante el invierno a su ingrato ídolo, le
tomó para el verano una linda quinta entre Meudon y Bellevue, cuya
quinta tenía, entre otras ventajas, la de aproximarla a su amiga la
señora de Aymaret, quien pasaba el estío de aquel año en Versalles. La
mansión, con frecuencia habitada por pintores, era bastante sencilla,
pero dominaba el radiante valle del Sena, mientras que a sus espaldas
desarrollábase el siempre grandioso panorama de París. La planta baja se
abría sobre un vasto jardín que bajaba hasta el río en suave pendiente a
través de bosquecillos y malezas llenas de gracia en medio de su
abandono un tanto agreste: próximo a la casa cierta especie de
colgadizo, grande y acristalado, servía a Jacques de taller. En la parte
baja del jardín una espaciosa avenida rectilínea, bordeada de arrayanes
entrelazados, parecía por su grandioso estilo ser el resto de un parque
de cualquier antiguo castillo, y un camino público, profundamente
encajonado, corría por de fuera. Esta avenida se encontraba limitada en
sus dos extremidades por muros muy elevados contra uno de los cuales
habíase puesto un blanco, y en frente, al otro lado, un asiento rústico;
era nuestra alameda, en fin, un lugar particularmente retirado y
solitario que hacía las delicias de la mujer del pintor. Allí pasaba
cierto día Beatriz sus ensueños, y era una ardiente mañana de julio, a
fines, cuando vio aparecer en el recodo del vecino sendero a la
vizcondesa de Aymaret, que le dijo en festivo tono:
--¡Estaba segura de encontrarte en la alameda de los suspiros!
En seguida, después de haberla besado:
--Vengo a darte una noticia... bastante inesperada... La pobre baronesa,
que se lisonjeaba de tener treinta años por delante...
--¡Qué!--exclamo Beatriz tornando violentamente el brazo de su amiga.
--Se murió anoche, hija mía, de un ataque de gota al corazón...
Pierrepont me envía un telegrama encargándome que te lo prevenga...
La señora de Aymaret se interrumpió; Beatriz, cubierto el rostro de
palidez mortal, la miraba con aterradora fijeza... débil contorsión
plegó sus labios, apoyó la espalda contra los arrayanes, pero sus
rodillas se doblaron y cayó desplomada.
La vizcondesa lanzó un ligero grito, titubeó un momento, mas advirtiendo
que se hallaba demasiado lejos de la habitación para ser oída,
arrodillóse delante de la joven desmayada e hízole respirar su frasquito
de sales, prodigándole al mismo tiempo dulces palabras. Beatriz volvió
lentamente a la vida, y mientras se levantaba desconcertada y atónita:
--¿Qué he tenido?--murmuró en débil voz.
Un pliegue sombrío obscureció su nítida frente de diosa y la sangre
agolpóse a sus mejillas.
--¡Ah! ¡ya me acuerdo!
--¿Quieres que vaya y llame a tu marido?
--No... No... además, sería inútil... Está en París... ¿Tienes ahí el
telegrama?
--Tómalo.
Beatriz lo leyó, e inclinando con desaliento la cabeza:
--¡Oh! ¡Dios mío... esto es ya lo último!--dijo en casi imperceptible
tono.
Y como la señora de Aymaret la mirase con estupor:
--¿Me crees loca?--continuó...--¿No te explicas la emoción que me causa
la muerte de esa mujer?
--No... no te comprendo... ¡pero absolutamente!
--¡Bueno! pues vas a comprenderme; pero prométeme que lo que voy a
decirte quedará para siempre entre las dos.
--Te lo prometo... pero me das miedo... ¿qué es esto?... ¿qué hay?
--Hay, mi querida Elisa, que yo amaba al marqués de Pierrepont... lo amo
de toda mi vida... y si rehusé su mano es porque la tía me juró que lo
desheredaba si se casaba conmigo... y hoy ha muerto... ¿entiendes?... ha
muerto algunos meses después de mi matrimonio con otro... si hubiese
esperado este poco de tiempo sería su mujer... ahora me encuentro
separada de él para siempre... ¡y lo amo más que nunca!
Ocultó el rostro entre sus manos y rompió a llorar.
Para la señora de Aymaret, que hasta este instante mismo continuaba
creyendo que Beatriz se había casado con Fabrice por un arrebato de
amor, fue esta revelación tan nueva, tan imprevista, que en el primer
momento no pudo responder a su amiga sino con vagas exclamaciones de
admiración y lástima.
--¡Ah! ¿pero es posible?... ¡Pobre amiga mía!... ¡Pobre amada mía! ¿Cómo
no me lo habías dicho antes?
Beatriz le contó entonces brevemente lo que había pasado aún no hacía un
año entre ella y la baronesa de Montauron, el juramento que ella
empeñara, juramento que la muerte rompía ahora.
--Y aun cuando hubiese podido comunicarte mi secreto, no lo hubiera
hecho... te conozco. Lo habrías contado todo al marqués, éste hubiera
roto con su tía y vendríamos, hoy a estar en el mismo caso... ¡Su ruina
estaría consumada, teniendo yo tal vez un día que sufrir sus
reproches!... ¡No, eso no!... Mi única falta ha sido haber abandonado mi
primera inspiración de entrar en el convento en lugar de contraer este
desdichado matrimonio, engañando a un hombre honrado.
--Pero--arguyó la señora de Aymaret--, a ese hombre honrado, que es al
mismo tiempo un hombre de corazón y un hombre de talento, ¿no puedes
amarlo un poco siquiera?
--Lo he procurado... pero no puedo... Juzga mi situación--replicó
Beatriz con suma viveza.
Y entonces puso a su amiga en antecedentes de sus primeros disgustos
domésticos, de sus decepciones continuas, de sus repulsiones secretas.
La señora de Aymaret afectó chancear acerca de estas pequeñas miserias
comparándolas con los dolores realmente trascendentales de la vida,
exponiendo con mucho acierto a Beatriz que para borrar esas ligeras
faltas de educación de que adolecía Fabrice, le bastaría con dar a éste,
poco a poco, y como en broma, algunas lecciones de perfecta corrección,
que, a no dudar, su marido recibiría con buena, voluntad.
El verdadero dolor para Beatriz estaba en ese perturbador amor que, a
pesar suyo, la siguiera a su hogar, perturbador amor que la desalentaba
en todos sus propósitos emponzoñando su existencia, ilegítimo afecto de
que era necesario denodadamente hacer el sacrificio.
--¡Muy fácil de decir!--replicó su amiga.
Entonces la señora de Aymaret, tomando un tono confidencial, le hizo
entender que ella tuvo necesidad de hacer un análogo, hacía algunos
años, y que le constaba ser difícil, mas no imposible, llevarlo a
cabo...
--¡Y confesarás, amada mía, que yo hubiese tenido más excusas que tú!
--¿Y de qué medio te has valido?--interrogó Beatriz, a quien esta
misteriosa revelación le interesaba--¿Has dejado de verle?
--Amada mía, eso de dejar de verse no son más que palabras cuando se
vive en la misma esfera social... No... pura y simplemente he cambiado
mi amor en amistad... De esta manera el corazón no lo pierde todo...
Beatriz la miró de hito en hito.
--¡Ese es Pierrepont!--le dijo con voz muy baja.
--De esto hace cuatro años--prosiguió la vizcondesa--. No recuerdo quién
distintamente... pero se parecía algo al que has nombrado... Por otra
parte, puedes estar tranquila... no me quería a mí tanto como a ti...
porque a mí no se me insinuó para casarme...
Beatriz titubeó un momento, pero al cabo atrajo hacia sí tiernamente a
su amiga, besándose las dos en medio de abundantes lágrimas.
--¡En fin! procuraré--afirmó Beatriz--; me ayudarás con tus consejos y
tu ejemplo... pero tú eres una valerosa y prudente mujercita, y yo soy
un pobre ser débil y despechado... No hay mal que por bien no venga:
siquiera ahora tengo el consuelo de poder hablar contigo de todas estas
cosas... ¡pero por Dios ni una palabra al marqués de lo que te he
confiado!...
--¡Si cometiese semejante falta--replicó la señora de Aymaret riendo--,
no sería una prudente mujercita!...
Caía la tarde y las dos amigas se despidieron.
Pero Elisa vino a ver a Beatriz con frecuencia hasta tanto que pareció
ésta a la vizcondesa más calmada. Sin embargo, a pesar de las tiernas
exhortaciones de la señora de Aymaret, era imposible que Beatriz no se
sintiese profundamente turbada por las reflexiones que forzosamente
había de sugerirle la muerte de la señora de Montauron; era imposible
que en adelante no le pareciesen todavía más pesados sus deberes,
todavía más amargas sus contrariedades.
XI
«FIN DE SIGLO»
No habiendo dejado la señora de Montauron disposiciones testamentarias,
venía a ser su legítimo heredero el marqués de Pierrepont, quien por
este hecho reunía en sus manos una renta de más de cuatrocientos mil
francos.
Pasó Pedro el primer período del luto cazando en los Genets y regresó a
París hacia fin de octubre instalándose en el hotel de la calle
Varennes, que perteneció a su tía, pero conservando al propio tiempo su
entresuelo del bulevar Malesherbes, detalle que hacía sonreír a las
señoras... Fue el marqués, aun en los tiempos de su relativa pobreza,
personalidad muy buscada en el alto mundo parisiense por cuanto su
gracia caballeresca, su dignidad personal, su galantería discreta,
hicieron de él el prototipo de la más correcta distinción.
Sorpresa, y sorpresa ingrata produjo, pues, verlo reaparecer en la
escena donde era tan conocido y apreciado, con procederes mucho menos
irreprochables. Ya el pasado invierno, después de su vuelta de Londres,
notáronse cambios singulares en las costumbres de Pierrepont, pues se le
vio con frecuencia en el teatro ocupando el segundo término de un palco
de escena en compañía de _señoritas_, muy agradables sin duda alguna,
pero con las cuales no es uso mostrarse en público, una vez pasados los
días de la adolescencia.
Este particular, como puede recordarse, no escapó a la mirada de la
señorita de La Treillade, ¡penetrante y adelantada criatura! Mostróse
igualmente Pierrepont cabalgando sin aprensiones en las avenidas del
_Bosque_ al lado de ciertas amazonas que no blasonaban de virtuosas, lo
que no dejó de admirar también, mucho más tratándose de un hombre que
hasta entonces conquistara con justicia la reputación de discreto y
decente. Y aun se decía más: se decía que nuestro personaje había
contraído en Inglaterra un vicio, no tan raro en aquel país como lo es
en cualquier otro fuera de las islas. Al menos el vizconde de Aymaret,
juez competente en estas materias, aseguraba a su mujer que ese diablo
de Pierrepont trajo de por allá una afición un tanto desmedida al Jerez
y al brandy.
Las dos personas que en París se interesaban por el marqués, a saber:
Beatriz y la señora de Aymaret, estaban consternadas con la divulgación
de tales desfavorables hablillas, pero habían acabado por engañarse a sí
mismas, conviniendo que aquellas voces no eran más que el despecho de la
envidia impotente.
Sin embargo, fuerza era convencerse, porque apenas de regreso en París,
desvanecido por su inesperada fortuna, el heredero de la señora de
Montauron acentuó de modo tan escandaloso sus deslices, que aun sus más
ardientes devotos tuvieron que confesar la extraña y desfavorable
metamorfosis que en la conducta y el carácter de aquél se efectuara;
nunca fue Pedro un puritano, es cierto, pero siempre se le veía llevar a
sus aventuras galantes aquella delicadeza moral que ellas reclaman, y
que consiste, para el hombre de honor, en ocultar al público sus
debilidades en asuntos de amor, y con mucho más motivo que sus
debilidades sus vicios, mientras que ahora parecía como si el marqués
pusiera empeño en desafiar la opinión. Tal vez en consideración a ese
menguado propósito pregonaba a la luz del día sus relaciones con cierta
comiquilla que merced a las larguezas del tardío calavera arrastraba en
el _Bosque_ uno de los mejores equipajes de París, y aun se añadía que
no era ésta la mayor de sus locuras, comenzando a prestársele detalles
de vida y costumbres que informaban los más deplorables caracteres.
Hablábase entre dientes, por los salones, de ciertas cenas semanales
donde se reunían con el marqués y sus amigos esas mujeres sin principio
que París ve girar cual estrellas errantes entre los confines de la
buena sociedad y de la sociedad dudosa, no faltando quien asegurara que
de aquellas personas, algunas eran llevadas a tan orgiásticos festines
por sus mismos maridos, lo que hace de tales entes el más cumplido
elogio.
Contábanse en desdoro de Pierrepont otras imprudentes excentricidades
del mismo jaez que no hace al caso precisar aquí, y que sin herir por
incurable manera el honor de aquél, levantaban en torno de su nombre,
hasta entonces tan respetado, ciertos lamentables rumores de
desestimación.
Beatriz y la señora de Aymaret se hallaban demasiado mezcladas al
movimiento parisiense para que no se les ofreciera la ocasión de
verificar por sí mismas, ya en el _Bosque_, ora en el teatro, los
desórdenes que con tanta imprudencia a la vista de todos desplegaba el
marqués, y además la vizcondesa estaba en autos a estos respectos por su
propio marido, consuetudinario comensal de las famosas citadas cenas,
mientras que el portavoz para con Beatriz era Gustavo Calvat, a quien
sus jocosidades de _bohemio_, aunque menospreciado, divertido,
introducían en los teatros y en los cafés de periodistas donde
ávidamente recogía los escándalos corrientes del París a la moda. Nunca
habían existido entre Pierrepont y aquel ejemplar, a quien Pedro
encontraba de continuo en el taller de Fabrice, grandes simpatías, por
cuya razón ponía Calvat esmeradísimo empeño en poner de relieve, sobre
todo delante de Beatriz, a fin de mortificarla, las calaveradas del
marqués, adivinando las secretas solidaridades de ésta con un hombre
nacido en su misma clase social. Pero, lo que más indiscutiblemente
acusaba a Pierrepont ante los ojos de las jóvenes amigas, era ese
completo y absoluto alejamiento de aquél hacia ellas, cual si el
marqués hiciera por el hecho una tácita confesión de su indignidad;
jamás aparecía por el taller de Fabrice, con grande aflicción del
pintor, que tan sinceramente estimaba a aquel antiguo compañero del
combate y de la ambulancia.