nuevo--. ¡Bueno!... volviendo a nuestro casamiento, mi querido señor
Fabrice, va usted a casarse con una persona de la que me veo obligada a
hacer las mejores ausencias... Su conducta y comportamiento desde que
está a mi lado han sido positivamente ejemplares, como habrá podido
juzgar por usted mismo... Beatriz posee cualidades mil que yo aprecio
infinito... y, a pesar de eso, si me hubiera usted hecho el honor de
consultarme antes de ofrecerle su mano, quizás me habría visto obligada
en conciencia a quitar a usted su idea de la cabeza.
--¿Puedo saber por qué, señora baronesa?
--¡Dios mío! porque el día que se case usted con ella esas mismas
cualidades, algunas por lo menos, pueden convertirse en defectos... No
soy yo por cierto la que le reprocharé el sentirse orgullosa de su
nacimiento y de poner muy alto la estima de su nombre y de su propia
persona... pero aun a mis ojos, muy indulgentes por cierto en esos
particulares, la señorita de Sardonne exagera sus méritos... Tiene, y
quede esto entre nosotros, más soberbia que Lucifer... Usted mismo lo va
a experimentar si Dios no lo remedia, mucho me lo temo, mi querido
señor... No voy hasta decir que menospreciará a su marido, que a nadie
puede inspirar tal sentimiento, ¡no, señor!... pero una alianza como la
que ella concierta, tan completamente honrosa por otra parte, está en
demasiado abierta contradicción con las tradiciones, con las costumbres
de su familia, y de nuestra sociedad, como para que la señorita de
Sardonne no deje de sufrir, más o menos, en su fuero interno... ¡Ay!
querido señor, sé tan bien como usted que bajo el punto de vista de la
sana razón, todo eso es perfectamente absurdo... pero permítame que le
diga que conozco mejor que usted las ideas que a ese respecto reinan en
nuestro medio social... Muy poco han cambiado, créame usted, esos
sentimientos desde la época de Luis XIV y de Saint-Simon... ¡Perdone
usted! sé lo que va usted a decirme... ¡Va usted a hablarme de la
revolución!... ¡Jesús! ciertamente ha habido la revolución... pero si la
revolución ha podido arrebatarnos nuestros privilegios y aun nuestras
cabezas, no ha podido quitarnos los beneficios de eso que ustedes
llaman, si no estoy equivocada, atavismo... es decir, en viejo francés,
la excelencia de una sangre que se ha destilado y refinado en nuestras
venas de generación en generación por espacio de quinientos o
seiscientos años... Y... esa sangre se revela a pesar nuestro, mi
querido maestro, cuando se la mezcla con otra... más joven... más
pura... ¡Dios mío! no digo lo contrario, pero que, en fin, ni es de la
misma esencia ni del mismo color... Por consecuencia, no es el uso hoy,
pese a la revolución, que una señorita de la nobleza se case con un
industrial... un sabio... un escritor... un artista, sean cualesquiera
sus méritos... Algunas veces, suelen verse señoras tituladas casarse con
poetas o con artistas... pero ésas son princesas extranjeras... En
Francia la cosa no tiene casi precedentes... Y no vaya usted a creer, mi
querido señor Fabrice, que en tales procederes haya nada de depresivo
para aquellos que son objeto de él... a nadie en el mundo le gustan más
que a nosotros los escritores, los poetas y los artistas... Hacemos de
ellos con el mayor gusto el ornamento de nuestras mesas, el interés y el
atractivo de nuestros salones... pero no nos casamos con ellos...
¡Excúseme usted! va usted a decirme que somos menos difíciles en lo que
se refiere a alianzas de nuestros hijos y que los casamos con señoritas
más o menos bien nacidas con tal que sean ricas. A eso le responderé, en
primer lugar, que no es en lo que mejor nos portamos, y, en segundo,
que, según nuestras ideas, el varón ennoblece, principio, fíjese bien,
que reposa sobre una acertada concepción de la naturaleza humana, porque
hay en la mujer una delicadeza de instinto, una flexibilidad, una
facilidad de asimilación, una plasticidad, por decirlo así... si me
expreso mal, mi caro señor, repréndame usted sin embarazo... hay, decía,
cualidades de flexibilidad que la hacen plegarse con prontitud a todas
las condiciones de la vida social... Se podrá hacer una muy pasable
duquesita de la hija de un cualquiera, pero, de ese mismo cualquiera no
se hará nunca nada... Usted comprenderá fácilmente, mi caro maestro, que
la palabra _cualquiera_ significa en mi boca un hombre de dinero, no un
hombre de talento... Estos tienen, por el contrario, algo de femenino en
su naturaleza, que los pone al par casi casi con las mujeres más
delicadas, más impresionables. Porque, no lo olvide, señor Fabrice, y
ahora más que nunca habla a usted su leal amiga, no olvide que en
nuestras largas sucesiones y selecciones de familia, no es únicamente la
sangre la que se refina, como le decía hace un momento... es también la
educación, el gusto, el tacto social... todos los sentidos, en fin,
todas las facultades... De ahí esa superior distinción que le encanta en
la señorita de Sardonne y que será para usted, por cierto, un grande
encanto y un grande peligro... porque una complexión tan perfecta y tan
exquisita, por decirlo así, se siente herida por una nada, se rebela por
sólo un detalle... Créame, señor Fabrice, preste suma atención a estas
nimiedades... Hay matices que parecen insignificantes, matices en los
cuales usted ni siquiera se fija y que pueden parecer verdaderas
monstruosidades a la señorita de Sardonne... Vaya un ejemplo... una
bagatela... Usted me llama, a todo propósito, cuando me habla, _señora
baronesa_... pues bien, esté seguro que esto crispa, los nervios de su
futura esposa... porque es completamente incorrecto emplear esas dos
denominaciones... o _señora_ simplemente, o _baronesa_ a secas...
_señora baronesa_ queda reservado o para el teatro o para la cocina... Y
como ésta, mi buen señor, hay una infinidad de pequeñeces que pueden ser
verdaderos escollos en su hogar de ustedes y acerca de los cuales le
pondría en guardia si no temiera fatigarle.
--Si usted misma no lo está, señora, podría usted continuar--respondió
con frialdad el pintor.
Pero a pesar de esta insinuación, la señora de Montauron no prosiguió,
porque aunque Fabrice había conservado su sangre fría, comprendió la
señora, considerada la palidez mortal que cubría el rostro del artista,
que hubiera sido impertinente por demás avanzar aún en aquella senda, y
la verdad es que más de una vez había tenido que invocar la imagen de
Beatriz para no poner punto final a semejante inoportuno sermón, rayando
con un trazo de pincel el retrato de su insolente modelo. Cuando un poco
más tarde dio cuenta a la señorita de Sardonne de tan penosa entrevista,
parecióle prudente no entrar en detalles y se contentó con decirle
simplemente «que no parecía sino que la baronesa había puesto particular
empeño en mostrarse desagradable en cuanto a la forma; pero en cuanto al
fondo se ha limitado a hacerme comprender que yo era indigno de usted.
Hemos concluído por estar de acuerdo, porque ésa es, en suma, mi
opinión».
Sin embargo, la baronesa consiguió ampliamente obtener el fin que se
propusiera: había hecho como esos insectos cuya picadura imperceptible,
sin ser precisamente mortal al pronto, deja en el organismo una
perturbación tan profunda como quizás incurable.
No fue en verdad, sin algún embarazo y aún con ligera angustia, que
Beatriz fue al día siguiente a casa de la vizcondesa de Aymaret, a quien
deseaba comunicar de viva voz su formal compromiso con Fabrice. Pero la
señora de Aymaret no pareció ni admirada ni enojada, porque desde el día
que vio cómo Beatriz rechazara las proposiciones de Pierrepont, quedó
convencida, por el lenguaje un tanto equívoco y las semi-confidencias de
su amiga, de que ella tenía algún oculto amor, y a fuerza de reflexionar
vino a dar en la flor de que entre todos los huéspedes de los Genets
únicamente Jacques Fabrice, gracias a su talento y a su renombre, podía
justificar la pasión de que Beatriz parecía dominada. Las sospechas de
la vizcondesa adquirían aún mayor cuerpo por esa intimidad que las
lecciones de pintura habían establecido entre el artista y su amiga,
acabando por creer la señora de Aymaret que la joven renunciara al
convento desde el momento que se convenció de que su amor era
correspondido por su parte, y, considerándose la señorita de Sardonne
por demás afortunada en verse relevada de entrar en mayores
explicaciones, dejó que su amiga perseverara en tales conjeturas.
En el curso de su recíproca conversación sugirió la vizcondesa a Beatriz
una idea que ésta no titubeó en aceptar, y que le fue fácil imponer a
Fabrice. Como se había hecho difícil para los futuros esposos la
residencia en los Genets, dada la actitud asumida por la señora de
Montauron, decidieron aquéllos que Beatriz tomaría pretexto de las
atenciones a que la obligaba su próxima instalación para irse a París en
la entrante semana, conviniendo en que residiría hasta la época de sus
próximas nupcias en el convento de Auteuil, donde Marcelita se hallaba
en pensión; y como la baronesa estudiaba por su parte el medio de verse
libre de los gastos y molestias que siempre acarrean unas bodas,
prestóse del mejor grado a los deseos de su ex lectriz.
Pocos días después de los sucesos que hemos relatado, el conde de
Villerieux, tutor de la huérfana, vino a buscarla a los Genets a fin de
acompañarla a París, en cuya ciudad se encontraba ya Fabrice con su
hija; y no necesitaremos decir que la despedida de la señora de
Montauron y Beatriz no fue cosa que llamase la atención por su
cordialidad.
Nada diremos por el pronto del efecto que causaron en el ánimo de
Pierrepont las noticias que de Francia llegaban acerca de los
acontecimientos que venimos narrando. Basta saber que las triviales
cartas cambiadas entre los dos amigos a propósito del ya inmediato
matrimonio, carecieron por completo de interés; la de Jacques fueron
cuatro renglones a modo de simple notificación; la del marqués era, sea
dicho en justicia, aunque breve, amistosa. Decía Pedro a su amigo que,
por mala fortuna, habíase comprometido con su amigo lord S*** para dar
con él una vuelta en su yacht por el Mediterráneo; pero que, sin
embargo, contaba con estar de vuelta en tiempo oportuno para asistir a
la ceremonia nupcial, encargándole al propio tiempo que transmitiera sus
respetuosos parabienes a la señorita de Sardonne. Casi en los mismos
días que esta carta, llegaba de Londres un rico brazalete dirigido a la
hermosa desposada.
IX
GUSTAVO CALVAT
Cuatro meses han transcurrido. Nos encontramos ahora en París, bulevar
Malesherbes, en casa de la madre de Mariana de La Treillade, o, mejor
dicho, de Mariana misma, quien tiene sus amiguitas personales a quienes
recibe con entera independencia para _charlar_, según vocablo de su
predilecta devoción. Y, en efecto, charla en esos propios instantes a
más y mejor en amor y compañía de su inolvidable institutriz miss Eva
Brown, de la gentil millonaria norteamericana miss Ketty Nicholson, de
petrolesco olor, según detenidas observaciones de Pierrepont, sin que
falte en el arcangélico coro aquella por siempre famosísima señorita de
Chalvin, que se encabritaba como un caballito resabiado, según confesión
de su misma interesante mamá, cuando en algo se le contrariaba. Estas
señoritas, que se habían hecho amigas en los Genets, vuelven a
encontrarse en París con recíproco placer de todas. Todas son elegantes,
todas son bonitas, todas son muy blancas, la institutriz de marras
inclusive, que, además de muy blanca, es muy sonrosada, ¡una manzanita!
¡Pero aventaja a todas también ese diablillo de Mariana! ¡Mariana! de
puro rostro oval, mate blancura, grandes ojos en que voltejea la ironía
y pequeños dientes de roedor.
Mariana se encontraba ya en París cuando el matrimonio de Beatriz, e
historiaba a sus adorables amiguitas aquella ceremonia. Efectuóse en la
iglesia de Passy, y Beatriz había querido que fuera muy sencilla a causa
de su luto y de las pasadas desgracias de familia: además, hubo poca
gente a causa de la estación, mediado de octubre, en que todo el mundo
elegante está aún fuera de la gran ciudad. Sin embargo, Mariana había
notado que entre los concurrentes había mucho cursi y conjeturaba
magnánimemente que debían ser parientes del desposado... La señora de
Montauron pretextó una violenta crisis reumática y tuvo a bien quedarse
en su casa... enviando a los novios como regalo una docena de cubiertos
de plata... ¡qué ruindad!... ¡y siendo tan rica!... El marqués de
Pierrepont tampoco estuvo en la fiesta; se limitó a enviar un telegrama
desde Malta, y su ausencia había llamado la atención, puesto que era el
amigo predilecto de Fabrice... pero sin duda había temido que la
desposada diera un espectáculo arrojándose a su cuello delante de la
concurrencia... ¡Era tan tonto ese Pierrepont!... Estaba tan pagado de
su persona y méritos, que se creía, el muy necio, que todas las mujeres
estaban locas por él... A Marianita lo que más le chocaba en el mundo
era un fatuo... Miss Eva y la señorita de Chalvin estaban de acuerdo...
Únicamente miss Nicholson, aunque americana, tímida, _¡rara avis!_, tomó
mansamente la defensa del marqués... Mariana se enfadó... Era Pedro un
hombre que ella no había podido soportar... Además lo aborrecía desde
que con su charla había comprometido tan terriblemente a su prima la de
Aymaret... verdad que a ésta no le importaba; muy al contrario, tenía
como una especie de empeño en hacer ver que era amante de él... ¡Ya se
ve, como es tan guapo!... ¡y tan caballero!... Y si no, aquí entre
nosotras, añadía Marianita, ¿no ha hecho todo lo posible por comprometer
también a la señorita de Sardonne antes de que se casara con el señor
Fabrice que, por cierto, me parece un buen hombre...? ¿Y saben ustedes
que ha montado bien su casa, calle Prony?... Elisa, precisamente la
prima de Aymaret es quien lo ha dirigido todo... Fabrice quería hacer
verdaderas locuras... me ha dicho que ella ha tenido que contenerlo...
Francamente, no es rico... no tiene más que lo que gana con su
trabajo... Verdad es que vende muy caros sus cuadros... ¡Y quisiera yo
saber lo que le ha llevado a la baronesa por su retrato!... ¡También es
cierto que yo en su lugar hubiera saldado la cuenta de lo lindo!...
¡Miren ustedes con una docena de cubiertos!
--¿Y el marqués de Pierrepont está siempre en Malta?--preguntó miss
Nicholson.
--No, ahora creo que está, en Gythere.
--¿En Gythere?
--Sí, al menos yo lo he visto anoche en el teatro con una _ella_ que
tenía el tipo de aquel país.
--Pero, ¿es un calavera?--interrogó otra vez miss Nicholson poniéndose
colorada.
--No... está de mal humor... ¡aburrido!--respondió Mariana.
Los informes de la señorita de La Treillade sobre la boda de Fabrice,
aunque tan maliciosos en la forma, eran bastante exactos en cuanto al
fondo, y nos dispensan de entrar en más detalles acerca del particular.
También era exacto que el marqués de Pierrepont estaba de regreso en
Francia hacía algunas semanas, pero no hizo más que pasar a uña de
caballo por París, para presentarse en los Genets a su tía,
impacientísima ya por su larga ausencia. Pocas fechas corrían desde que
la señora de Montauron se había reinstalado en París y en su hotel de la
calle Varennes, ocupando el sobrino su antiguo elegante entresuelo del
bulevar Malesherbes, mansión no lejana del palacete en que respiraba
Mariana de La Treillade.
La primera visita de Pedro fue para la señora de Aymaret, qué también
habitaba por aquellas cercanías, parque Monceau: había prevenido de
antemano a la vizcondesa, quien lo esperaba con cierta desazón, porque
durante la ausencia del marqués, ni éste le había escrito ni ella se
atrevió tampoco a hacerlo, no pudiendo olvidar que ella fue quien lo
alentó en sus desdichados propósitos acerca de la señorita de Sardonne,
que ella había sido su oficiosa mensajera para con aquella joven, que
ella contribuyó en no escasa parte a la humillación que Pedro soportara,
humillación que venía a hacer más punzante el efectuado enlace de
Beatriz con Fabrice; por todas estas razones temió una escena de
despecho, quizás de cólera y reproches, pero, por ventura de la
interesante dama, su temor se hubo de disipar, por cuanto el marqués se
presentó ante ella un poco pálido, es verdad, pero tranquilo, cortés y
aun sonriente. Después de haber respondido casi alegremente a las
preguntas sobre su viaje se dirigió a la vizcondesa:
--Querida amiga mía--le dijo--, aún voy a abusar otra vez de su
amistad... Tengo que pedirle un consejo.
--No sé cómo después de lo pasado, es usted todavía tan magnánimo como
para tomarme por consejera--replicó aquélla con tristeza.
--Siempre tendré un honor en que sea usted mi confidente... no sé qué
línea de conducta debo seguir con Fabrice... No es para usted un secreto
la estrecha amistad que nos unía de años atrás... Carezco de motivos
fundados para romper mis relaciones con él... pero antes de ir a verlo
quisiera cerciorarme de si mi presencia en su casa no sería un mal rato
para él, para su mujer y para mí... En una palabra, ¿supone usted que la
señorita de Sardonne, mejor dicho, la señora Fabrice... haya puesto en
antecedentes a su marido acerca de los sentimientos que su mujer me
inspiró en el pasado, y de las pretensiones que a la mano de aquélla
abrigué?... Usted comprende que si es así...
--Excúseme usted si le interrumpo--exclamó la vizcondesa--, pero puedo
dar a usted garantías a este respecto... Ayer mismo he visto a Beatriz,
y como la conversación recayese sobre su regreso de usted, me dijo
aquélla que, después de haber pensado mucho, había resuelto no hacer
jamás aquella confidencia a su marido, porque consideraba que eso sería,
de una parte, turbar gratuitamente su reposo, y, por la otra, faltar a
la delicadeza por lo que a usted se refiere.
--Entonces, ¿cree usted que puedo presentarme en casa de ellos sin
inconvenientes?
--Sin duda, y aun creo que los inconvenientes estarían en no hacerlo
así, porque Fabrice no se podría explicar su abstención, buscaría la
causa y caería en sospechas del cuál fuese ella, lo que para nadie sería
una ventaja. Le aconsejo, pues, que poco a poco corte usted relaciones
que por fuerza no le han de ser gratas, pero sin romperlas bruscamente.
--Tiene usted razón... Iré... Es más, voy a ir en saliendo de aquí...
¿cree usted que los encontraré en casa?... ¿La señora de Fabrice ha
fijado un día de recibo?
--Sí, los lunes... hoy es martes... pero tiene usted seguridad de
encontrar siempre a Fabrice en su taller... y probablemente también a su
mujer, porque me parece que aquél está haciendo su retrato.
--¡Ah! ¡eso me interesará!
Habló Pedro en seguida de bailes, de teatros, y a poco se despidió de la
señora de Aymaret. Al darle la mano le dijo ésta conmovida:
--¡Muy contenta de verle tan prudente!
--¡Señora, los viajes son un gran calmante!--contestó riendo, y partió.
Al cumplimentarlo la vizcondesa por su prudencia esperó provocar una
expansión confidencial que mucho ansiaba, porque después de haber temido
por parte de este enamorado con tanta crueldad desahuciado violentos
transportes de enojos, creyó descubrir en sus claras intuiciones de
mujer que, bajo aquella tranquilidad seca y fría, se ocultaba algo
terriblemente alarmante, porque si esta indiferencia de Pierrepont era
sincera, acusaba una ligera y casi despreciativa inconstancia que el
bello sexo no admite en estos asuntos de corazón; pero con el íntimo
conocimiento que del carácter del marqués poseía, temía más bien que
esas apariencias glaciales encubriesen una de esas heridas tanto más
terribles cuanto que no están sino cerradas en falso.
Diez minutos después Pedro entraba en casa de Fabrice; por la indicación
de un criado subió directamente al taller del pintor con la antigua
confianza de los pasados tiempos: llamó ligeramente, y alzando una
cortina encontróse cara a cara con Beatriz, cuyos labios se
entreabrieron para lanzar un grito apenas contenido merced a un duro
esfuerzo; estaba sentada a pocos pasos del caballete de Fabrice, con un
libro en una mano y acariciaba con la otra la suelta cabellera de
Marcela, arrodillada a sus pies. En medio de aquella grande estancia
sobriamente decorada tenía lugar una de esas escenas íntimas que
admiramos en los viejos cuadros de los maestros flamencos donde las
nobles alegrías del trabajo parecen aliarse con las más dulces ideas de
dicha y de paz.
Jacques prorrumpió en una exclamación de alegría, corriendo hacia Pedro,
a quien la cordial acogida del pintor certificó en seguida de la
discreción de Beatriz. Gracias a la narrada circunstancia pudo el
marqués cumplimentar con más libre espíritu a los recién casados,
haciéndoles mil elogios de su instalación y excusándose de no haber
podido asistir a sus bodas, retenido en Malta por una grave
indisposición de su amigo lord S***. La mano de Beatriz posada sobre la
cabeza de Marcela abríase y cerrábase convulsivamente, haciendo
centellear al vario movimiento las piedras de sus sortijas, y éste fue
el único signo de emoción que diera la hermosa desposada. Dio ésta las
gracias a Pedro por el brazalete enviado de Londres, prenda que
encontraba del mejor gusto, informándose después del sincero interés ¡la
noble criatura! de la salud de la señora de Montauron y respondiéndole
su sobrino que continuaba tan lozana como en sus mejores tiempos. Parece
ocioso añadir que nadie creyó esto, ni aun el que lo afirmaba; pero,
como a todos les tenía sin cuidado la baronesa, no se insistió sobre ese
punto, y así, el marqués, después de prodigar sus alabanzas al esbozado
retrato, que en efecto prometía ser una obra maestra, se despidió de
los recién casados.
Y se retiró llevando impreso a fuego en su imaginación el cuadro de este
interior honrado y venturoso, que es la idea perdurable de los hastiados
vividores de su edad, hogar que él mismo había soñado con tan sincero
ardor.
¡Ay! ¡qué engañosas son con frecuencia esas escenas de aparente dicha!
¡Cuántas veces al penetrar en la intimidad de un salón de familia,
cuántas veces al pasar delante de la verja de alguna riente quinta,
bañada por el sol, rebosando de flores, alegrada por la argentina risa
de los niños, hemos dicho: ¡he aquí la dicha!... ¡Y cuántas veces nos
hemos engañado!
Tal cual la vio, oyó y admiró Fabrice por la primera vez en el blanco
salón de la baronesa, con su belleza de Musa y su voz grave y melodiosa,
tal está Beatriz delante de él en estos momentos... Y Beatriz es su
mujer: tiene allí, además, bajo su vista, cerca del corazón, su hija y
su arte, es decir, todo cuanto ama en el mundo... y no es dichoso... Las
venenosas insinuaciones de la señora de Montauron voltejean traidoras,
implacables por su cabeza. Le parece advertir en los procederes de
Beatriz hacia él algo así como una especie de tristeza resignada, una
carencia de amante abandonado, cierta frialdad un tanto desdeñosa que
parecen justificar las pérfidas profecías de la baronesa. Aunque aquella
hermosa estatua le pertenezca, siente que no es suya, que hay en ella
algo que se rebela, un fondo de ternura apasionada que no se entrega,
que se guarda como en reserva. Y como le es imposible sospechar siquiera
que en el corazón de su mujer tiene un rival, se culpa a sí mismo, y un
poco también a lo que le rodea. Experimenta una inquietud indefinible,
se vigila con penosa desconfianza a sí mismo; teme que haya en su
lenguaje, en sus maneras, en sus hábitos personales algunas torpezas
involuntarias que hieran los instintos delicados, los refinados gustos,
la superior cultura de su aristocrática consorte, y al mismo tiempo
tiembla por el vejamen que para ella puede ser el contacto con ciertas
relaciones un poco vulgares que el oficio y el compañerismo imponen al
artista.