Pedro, después de haber meditado sobre ese capítulo, acabó por

explicarse tal reserva merced a una razón que parecía verosímil: sin

duda hubo al principio de parte de Pierrepont, dados sus antecedentes y

opiniones, disgusto y extrañeza al considerar cómo un nombre de los

humildes orígenes de Jacques se atrevía a poner sus ojos en una joven de

elevada cuna, que era al mismo tiempo casi una parienta del marqués,

porque ya en más de una ocasión, aun en medio de su franca amistad,

había advertido Fabrice cómo tras del amable dilettantismo de Pedro

asomaba en ocasiones una punta de protección aristocrática, cual si su

amigo pretendiese arrogarse con respecto a él el papel de Mecenas. El

artista sonreía, como un sabio y un justo que era, absolviendo esas

debilidades radicadas en la levadura humana, pequeñeces al fin que

excusaba de buena voluntad por cuanto conocía cuan grande y noble fuese,

a pesar de ellas, el alma de su amigo.

En la tarde misma de aquel memorable día de la entrevista, escribió

Fabrice a la señora de Montauron dándole gracias por sus atenciones, y

al día siguiente llegaba a los Genets acompañado de su hija Marcelita.

VIII

MARCELA

Marcela, la hija del pintor, era por estos tiempos una linda niña de

cinco años, que tenía la misma frente serena y seria de su padre,

cautivando, además, por el gentil donaire de su graciosa personita. La

señora de Montauron declaró ex cáthedra que tenía aire de española.

--Y no es extraño--añadía la señora--, porque usted también, Fabrice,

tiene tipo español... ¿Está usted seguro de no serlo?... Recuerdo haber

visto en San Sebastián, hace dos o tres años, un torero que tenía con

usted extraordinario parecido.

--Eso es muy lisonjero para mí, señora, pero crea usted firmemente que

mi único parentesco con aquel diestro, es la común descendencia de Adán.

La sociedad de invitados de los Genets se había, renovado en parte

durante la ausencia del pintor, pero el personal femenino, aunque un

poco más frío por la ausencia de Pierrepont, era siempre numeroso y

brillante.

Las mujeres en general, en su necesidad de conceder tiernas

demostraciones, aprovechan presto la ocasión de otorgarlas a algo o a

alguien; así, pues, Marcela no tardó en atraer sobre su monísima figura

las cariñosas efusiones de que tan pródigo es el sexo bello; únicamente

entre los habitantes del castillo, la señorita de Sardonne mostró hacia

la criatura lejanía e indiferencia, dirigiéndole como al paso breves

palabras, en tono brusco, distraído, casi enojado, sin que tuviera con

el padre durante las reanudadas lecciones de acuarela ni una frase

cariñosa para la niña: el mismo angelito sentía esa especie de

menosprecio, pareciendo tener miedo a la bella desdeñosa. Jacques

ignoraba en absoluto la tremenda prueba por que acababa de pasar la de

Sardonne, prueba cuyas amarguras desgarraban todavía su alma con toda la

crueldad de una pesadilla. Alarmado y herido el pintor en su ternura

paternal, acusó a la huérfana de insensibilidad, de vano orgullo, de

sequedad de alma, preguntándose si sus mismos sentimientos serían jamás

comprendidos por aquel corazón de acero, diciéndose también que, de

continuar persiguiendo su ensueño amoroso, comprometía la dicha de su

hija, ¡el adorado encanto!

En estas incertidumbres transcurrió para él la primera semana después de

su vuelta a los Genets.

Cierta hermosa mañana del fin de septiembre hallábase el pintor sentado

en un banco del parque, aguardando a Beatriz, que aquel día tardaba un

poco en venir a dar su lección; Marcela corría y jugaba delante de él,

y a cada instante interrumpía su juego, llegándose a besar a su padre,

porque este querubín guardaba para Fabrice ternuras de mujer enamorada.

Ella le hacía el nudo de la corbata, ella sacudía el polvo de su traje,

ella le echaba al cuello un pañuelo de seda para preservarlo de la

húmeda brisa. Descubrió la niña, en medio de su incesante ir y venir,

algunas tempranas violetas ocultas entre la yerba, y haciendo un ramito

las colocó en el vestido del artista; después sentóse, y abrazando con

mimo a su padre:

--¿Te encuentras bien, papá?--le preguntaba--: yo me encuentro muy

bien... ¿Verdad que es bonito el campo?

Esta escena íntima tenía desde hacía algunos minutos un mudo testigo; la

señorita de Sardonne había salido del castillo llevando en la mano su

caja de colores, y sin ser advertida habíase aproximado al tierno grupo;

paróse un momento, avanzó de nuevo, y con aquella voz cadenciosa y grave

que estremecía al pintor hasta el fondo del alma:

--¿Se quieren ustedes mucho?--preguntó.

--Somos todo el uno para el otro--replicó Fabrice poniéndose de pie.

Clavó sobre él una mirada inquisitiva, y volviéndose a la niña:

--¿Quieres mucho a tu papá?--le dijo.

La niña, cortada por la presencia de su enemiga, respondió con un

sencillo gesto poniéndose la mano sobre el corazón.

--¡Monísima!... dame un beso... ¿Quieres?

Admirada la niña, acercóse lentamente; entonces Beatriz la tomó en

brazos, la puso de pie sobre el banco y la abrazó contra su pecho

cubriéndola de besos.

Estas caricias apasionadas por parte de una persona tan avara de

expansiones conmovió a Fabrice hasta lo íntimo del corazón, como si esos

cariños hubiesen sido concedidos a él mismo, y todos sus temores, todas

sus ansiedades se desvanecieron al soplo de esos besos. Adivinó todo el

calor de alma que la altiva joven disimulaba por una especie de pudor

bajo sus heladas apariencias, y su pasión, un momento en derrota, lo

ganó de nuevo por entero.

Marcela volvió al castillo y Beatriz se puso a la obra bajo la vista del

maestro.

Acababa de dibujar una especie de chalet, cubierto por una enredadera

que servía de habitaciones al jardinero. Fabrice examinó el diseño, le

hizo una ligera corrección y, devolviéndoselo:

--¡Qué amable ha estado usted con mi hija!--le dijo.

--¡Admira a usted eso!

--No, seguramente... pero...

--Sí, le admira... lo he leído en sus ojos... Sé muy bien que hasta

ahora no había mimado a su hija de usted... Excúseme usted... soy

algunas veces tan distraída... suelo estar tan preocupada... Me decía

usted, señor Fabrice, que eran ustedes todo el uno para el otro... ¿Hace

mucho que esa pobre niña perdió a su madre?

--Poco más de cinco años.

--¿Se casó usted muy joven?

--Sí, muy joven.

--¿Y ese angelito no tiene más parientes que usted?

--Tiene un tío... hermano de su madre.

--Es religioso, ¿no es verdad? ¿En los Oiseaux, me parece?

--No, señorita, en la Asunción d'Auteuil.

--¡Ah! sí, conozco... allí se está muy bien... es un paraíso... Pero,

¡Dios mío! Señor Fabrice, qué mal está mi enredadera... se diría de

estuco... no tiene aire... ¡Decididamente, esto no marcha!... Pierdo la

fe, señor Fabrice.

--No tiene usted razón, señorita... aseguro a usted que ha hecho serios

progresos.

--Sí, pero nunca seré pintora... no tengo talento... ¿no es verdad?

--Perdón--respondió el pintor con su habitual sinceridad un poco ruda--.

Tiene usted un muy cumplido talento de aficionada.

--Sí, pero no es un talento que en rigor pudiera proporcionarme recursos

para vivir.

--Podrá usted conseguirlo... pero para eso habrá que conceder más tiempo

al estudio.

--¡Más tiempo!--murmuró Beatriz.

Y precisamente al decir eso dio dos golpes la campana del castillo.

--¡Me llaman!--exclamó aquélla, guardando con prisa su dibujo en la

caja--. ¡Más tiempo!... ¡Ya ve usted si es fácil!... ¡Ya ve usted cómo

puedo disponer de mis horas!

--¡Su vida de usted no es por cierto dichosa!--añadió Fabrice echando a

la huérfana una mirada de tierna compasión.

--Señor Fabrice--le replicó aquélla bajando la voz y con una energía

extraordinaria--, no importaría nada ser sólo desgraciada... Lo que es

terrible es sentir cómo va una volviéndose perversa.

Y se dirigió casi corriendo hacia el castillo.

Fabrice no tardó en seguirla; una vez en sus habitaciones paseóse largo

tiempo de arriba abajo, torturado por supremas incertidumbres; después

se sentó delante de una mesa, tomó una pluma y escribió la siguiente

carta:

«Señorita:

»Me permito decir a usted por escrito lo que me ha faltado valor

para expresarle de palabra. Mi carta será corta. Respeto a usted

demasiado para dirigirme a usted con frases de una admiración y de

una galantería triviales. El único homenaje que me atrevo a

rendirle, es poner mi destino en sus manos. No puede en adelante

ser dichoso o desgraciado mi porvenir sino en virtud de lo que

usted se digne resolver. ¿Bastará con que le diga que no hay uno

solo de sus méritos, uno solo de sus atractivos, uno solo de sus

sufrimientos de que no me sienta profundamente, perdidamente

penetrado?

»Estimo a usted tanto, señorita, que me parece cometer una

profanación al osar amarla. Pero, en fin, humildemente le ofrezco

lo poco que yo soy. ¿Quiere usted ser la madre de mi hija?... ¿Nos

rechaza a ella y a mí?

»De usted respetuosísimo servidor siempre y en todo caso,--_Jacques

Fabrice_.»

Como el artista, después de haber cerrado la carta reflexionase acerca

del medio más pronto y seguro para hacerla llegar a su destino, vio

desde la ventana de su salón, que precisamente atravesaba Beatriz en

aquellos momentos el patio de honor del castillo. Este patio, muy

grande, se hallaba plantado en parte de césped y de árboles. Hermosos

castaños formaban en un ángulo una especie de bosquecillo provisto de

rústicas sillas. A ese bosquecillo solía venir Beatriz algunos mediodías

a leer a sus anchas, cuando la baronesa la dejaba respirar. El pintor

llamó a su hija que ocupaba una habitación contigua a la suya.

--¡Ven acá, alma mía!--le dijo--. Mira, la señorita Beatriz está allí

sentada debajo de aquel árbol, junto a la capilla... Anda y entrégale

esta carta de mi parte... ¡Anda, hija mía!

Un momento más tarde Fabrice seguía angustiosamente con la vista la

marcha de la niña a través del patio. Al fin desapareció bajo la sombra

espesa de los castaños. Interminables minutos transcurrieron; después

Marcela salió del círculo de sombra y volvió hacia el castillo a cortos

pasos. Fabrice creyó ver que la criatura tornaba con la carta en la

mano; pasóse la suya sobre la frente helada, diciendo:

--¡Dios mío!

Y esperó inmóvil. Marcela entró.

--¡Toma, papá!--le dijo.

Y le devolvió el pliego que tenía en la mano.

Era, en efecto, el sobre de su carta, pero el sobre solo, abierto y

medio desgarrado. En uno de sus ángulos estaba escrita con lápiz esta

única palabra: «Mañana.»

Hubo una pausa.

--¿No te ha dicho nada ella?--le preguntó Jacques a la niña.

--Nada.

--¿Te ha dado un beso?

--No.

Todos los que aman, o los que amaron, se imaginarán fácilmente las

imaginaciones, la fiebre, los súbitos transportes de esperanza, los

repentinos golpes de desaliento que atenazaron el alma de Jacques

Fabrice en las eternas horas que le separaban del mañana. Aquella noche

vio como de ordinario a Beatriz en el salón; pero no pudo sorprender ni

en su fría actitud ni en sus ojos impasibles de esfinge el menor signo

que pudiera ayudarle a descifrar el enigma que encerraba esa palabra:

«Mañana.»

¿Le escribiría ella? ¿le respondería de viva voz cuando viniese, según

costumbre, a tomar su lección de pintura?...

Al día siguiente, mucho antes de la hora habitual, Jacques se hallaba en

el sitio de la cita, ocupando el banco que había escuchado la

conversación de la víspera. Beatriz llegó, respondió a su saludo con un

ligero movimiento de cabeza, sentóse y púsose a preparar sus colores sin

pronunciar una sola palabra; después, haciéndole seña de que se sentara:

--Señor Fabrice--le dijo con voz contenida, dulce y triste--; señor

Fabrice, le estoy reconocida... muy reconocida... pero no debo ni

quiero engañarle... puedo acordarle mi mano... pero temo que mi corazón

desgarrado, marchito, ulcerado por la desgracia, no pueda devolverle

todo lo que el de usted le da... Temo que los sinceros sentimientos de

estimación y simpatía que experimento hacia usted, no respondan sino

imperfectamente a los que tiene a bien consagrarme... Temo también que

este paso que da, no sea para usted una desgracia.

--Señorita, nunca pude esperar encontrar en usted desde el primer

momento la ternura infinita que usted me ha inspirado... No puedo

confiar sino al tiempo, lo sé, a mis cuidados afectuosos, a mi adhesión

apasionada, a su dicha, que la amistad se torne en afecto.

--Señor Fabrice, sólo debemos contar con el presente y debo decir la

verdad... Cuanto al porvenir, todo lo que puedo asegurarle es que pondré

de mi parte lo posible para ser una buena y honrada esposa, una madre

cariñosa de su hija.

Jacques, los ojos húmedos por la emoción, tomó la blanca mano que

Beatriz le tendía e intentó llevarla a sus labios, pero ella la retiró

suavemente:

--¡Cuidado!...--dijo--; si cree que debe darme las gracias, démelas

usted más tarde... Se nos vigila, muy de cerca cuando estamos en este

sitio... y le suplico que no traicione nuestro secreto hasta tanto que

haya puesto en antecedentes a... mi bienhechora--dijo la señorita de

Sardonne con una sonrisa de extraña amargura al pronunciar esta última

palabra.

--Pero, señorita--dijo el pintor--, ¿no es a mí a quien toca hablar

sobre este asunto, con la que usted llama su bienhechora?

--Seguramente, eso será conveniente y aun necesario, pero me parece que

debo prevenirla de antemano. Tengo mis razones.

--¡Dios mío! señorita, sabemos que vamos a encontrar de su lado una

actitud un poco hostil... y, en ese caso, su entrevista va a causarle un

verdadero disgusto... Permítame que se lo evite... o, al menos--añadió

sonriendo--, que sufra yo las primeras descargas... Respeto mucho a la

señora de Montauron, pero no le tengo miedo.

--Ni yo tampoco--afirmó Beatriz--. Si usted me ha visto sufrir con

paciencia las humillaciones de una verdadera domesticidad, cualquiera

que fuesen los motivos de mi resignación, esté usted seguro de que la

bajeza no entraba para nada en ella... Muy mal me conoce usted, señor

Fabrice, si cree...

La joven se interrumpió bruscamente; acababa la campana del castillo de

dar los dos golpes indicadores de que la lectriz debía volver al lado de

la baronesa.

--¡Voy!--dijo levantándose, y un centelleo de fiera brotó de sus

pupilas.

Tendió de nuevo la mano a Fabrice, y se alejó.

El día en que la señora de Montauron impuso a Beatriz el sacrificio

definitivo de su amor hacia Pierrepont, destruyó por el hecho el motivo

único que tenía la huérfana para tolerar la mísera existencia que

arrastraba al lado de la baronesa, y desde ese momento el disculpable

sentimiento de sorda irritación que la joven nutría hacia su dura

protectora habíase cambiado, en esta alma contenida pero ardientemente

apasionada, en verdadero horror. La vista misma de la baronesa había

llegado a hacérsele insoportable; su resolución de abandonarla estaba

definitivamente tomada, y no aguardaba sino el momento de ponerla por

obra; su primera idea fue, como hemos visto, llevar a cabo una especie

de suicidio sepultándose en las austeridades de una de las más severas

órdenes religiosas, y aun volvió, a hablar de nuevo a su amiga la señora

de Aymaret sobre su próxima entrada en el Carmelo, esforzándose

realmente en cifrar en el Cielo un amor para el que ya no quedaba

esperanza alguna en la tierra; pero es menos difícil hacer un sacrificio

que perseverar en él. Así, pues, la pobre joven encontraba en su natural

apego al mundo, en su enérgica y floreciente salud, resistencias que le

hacían muy dolorosa esa renuncia a todo... Y, sin embargo, ¿qué hacer?

¿adónde ir?

La carta con la declaración de Fabrice vino a sorprenderla en medio de

estas indecisiones crueles. Muy admirada, sin embargo, y aun enojada por

el paso que aquél había dado, quiso no obstante dar algunas horas a la

reflexión; más de una secreta repugnancia tuvo que vencer, pero, en fin,

en la extremidad a que se veía reducida, ¿cómo no aceptar ese refugio,

después de todo honroso, que le abría una mano afectuosa y fiel? Para

un náufrago de la existencia como lo era ella, la solución que se le

presentaba era, si no la dicha, al menos la vida, y, sobre todo, el

término cierto, seguro, de su pesada esclavitud.

Además, no ignoraba ella que la noticia de su matrimonio y consiguiente

salida de la casa, era para la baronesa un trance horriblemente

desagradable, y el solo placer de darle ese justificado mal rato venía a

satisfacer la pasión más violenta que existe tal vez en la tierra; el

odio de mujer contra mujer.

La señora de Montauron acababa de dormir pacíficamente su siesta en su

gabinete contiguo al salón, y como digería con dificultad, su sueño era

premioso, por cuya razón despertaba siempre de terrible mal humor. Así,

pues, apenas vio entrar a Beatriz:

--¡Me parece, amiguita--le dijo--, que prolongas mucho tus lecciones con

el señor Fabrice!... He tenido tiempo de leer casi la mitad de mi

diario... me están llorando los ojos... ¡Vaya! ¡toma! estaba en la

gacetilla... pero no, prefiero el folletín... veamos qué sucede al cabo

a esa divertida duquesa... a quien el autor hace hablar como a una

lavandera... ¡Bueno! ¡Vayamos, lee! ¡Principia!

--Perdón, señora--replicó la joven con extremada cortesía--; ¿podría

decir a usted antes cuatro palabras?

La baronesa la vio vagamente inquieta.

--¿Qué deseas?--le replicó con acritud.

--Señora, ¿me permite usted que le recuerde la conversación que tuvimos

en secreto en su habitación de usted hace quince días? Usted tuvo a bien

decirme que si alguna vez cualquier caballero, un hombre de corazón, me

pidiese en matrimonio, no solamente no tendría que temer ninguna

dificultad por parte de usted, sino que hasta podía contar con su más

sincero concurso... Tales palabras, señora, son demasiado preciosas para

que yo haya podido olvidarlas... ¿Tiene usted, tal vez, señora, la

bondad de recordarlas?

A pesar de no ser la baronesa persona que con facilidad se

desconcertase, esta vez quedó descorazonada al oír semejante exordio, y

fue casi balbuceando que respondió a Beatriz:

--Pero, ¡es posible!... Sí, pude decir algo de lo que me indicas... pero

con ciertas reservas...

--Es cierto, señora, estableció usted ciertas reservas. Puso usted a su

bondadoso concurso dos condiciones: la primera fue que su sobrino de

usted sería excluido del número de aquellos entre los cuales podía yo

escoger marido... la he respetado; fue la segunda que no me decidiría en

favor de nadie sin prevenir antes a usted... es lo que ahora efectúo.

--¡Bien! escucho.

--Señora--prosiguió la señorita de Sardonne con el mismo tono de

correcta urbanidad--; la circunstancia que usted tuvo a bien prever y

desear con respecto a mí, se presenta hoy.

--¡Ah!

--Y vengo a rogarle que acoja con benevolencia la súplica que... para

honor mío, no tardará en presentarle el señor Jacques Fabrice.

--¿Te pide en matrimonio Fabrice?

--Sí, señora.

--Me parece que debiera haber empezado por dirigirse a mí... Eso es la

educación rudimentaria.

--Así lo hubiera hecho, señora, pero ha juzgado inútil proporcionar a

usted esa molestia sin conocer antes mis sentimientos personales...;

que, después de todo, era lo que más le importaba.

--¿Y te satisface ese casamiento?

--Sí, señora; el señor Fabrice es una honrada persona y un hombre de

talento cuyo nombre me sentiré orgullosa de llevar.

--Supongo que no ignoras a quién sucedes como esposa... su primera mujer

fue una lavandera.

--Perdón, señora, era florista.

--¡Es lo mismo!... ¡en bonita sociedad te vas a meter!

--Me encontraré contenta en ella si soy tratada con consideraciones.

--¿De modo que me dejas plantada, así, sin más ni más, olvidando todo lo

que he hecho por ti, desde el momento que te recogí como si fueses mi

hija?

--Esté usted segura, señora, de que no olvido un momento ninguna de las

singulares bondades que a usted debo desde el momento que tuvo a bien

tomarme a su servicio.

Para que nada faltase a la baronesa, tenía el don de hacerse cargo

rápidamente de los menores matices de lenguaje; de ahí que no le pasaran

por alto ni una sola de las impertinencias corteses ni de las vengadoras

ironías de que la venía haciendo blanco su lectriz. Sucedió en

consecuencia, que al oír aquella última y sangrienta réplica, la de

Montauron se levantó vivamente de su asiento, y si hubiese podido

disponer de los rayos celestes, habría sido muy verosímil que la

señorita de Sardonne no hubiese podido repetir el cuento. A falta de

otro expediente, verdad es que podía despedirla de su casa cubierta de

ignominia, y lo pensó, pero la reflexión no tardó en mostrarle los mil

peligros que traería un escándalo. Las malas lenguas la acusarían de

oponerse al puro egoísmo de un casamiento, por otra parte muy razonable

para la huérfana, que era al mismo tiempo su protegida; de manera que la

baronesa resolvió callarse y tener paciencia; puesto que de cualquier

modo que fuese, la lectriz escapaba a sus garras, valía más, pues, por

sensible que le fuese perderla, tomar su partido y darse siquiera el

mérito, cubriendo las apariencias, de haber sido generosa hasta el

fin... ¡Bueno! después de todo, ese estúpido matrimonio tenía su lado

conveniente, puesto que libraba a la señora de Montauron _per omnia

sæcecula_ del terror de ver a su sobrino casado con esa muchacha en la

ruina.

En virtud de estas diversas consideraciones, la belicosa conferencia

entre la baronesa y la lectriz iba a tomar un sesgo bastante

imprevisto, aunque perfectamente femenino. La señora de Montauron, que

había dado muy agitada varios paseos por el gabinete aspirando su pomito

de sales, posó la mano sobre el hombro de Beatriz, diciéndole:

--Querida niña, supongo que no te habrá sorprendido que mi primer ímpetu

al saber que me dejas haya sido de mal humor... Porque yo siento mucho

tu ida, aunque a ti mi contrariedad te tenga sin cuidado... ¡Vamos, hija

mía, dame un beso!

La señorita de Sardonne pasó por este sacrificio, y al abrazarla, la

baronesa, cuyo sistema nervioso venía estando en insoportable tensión,

rompió en llanto; fue para ella un alivio.

--¿Sabes--preguntó a Beatriz a través de sus sollozos--cuánto gana por

año?

--No le he preguntado, señora.

--Estos pintores, cuando llegan a adquirir fama, ganan lo que quieren...

Serás rica, hija mía... ¡Esa es la verdad!

--¿Puedo decir al señor Fabrice que tiene usted a bien recibirlo?

--Sin duda.... a mi hora acostumbrada... pero es preciso que antes de

casarse termine mi retrato... Dile que venga dentro de media hora.

Beatriz le presentó de nuevo sus mejillas y se retiró. Pronto encontró a

Fabrice en el parque, haciéndole un breve resumen de su entrevista con

la baronesa.

--Ya ve usted cómo la cosa ha pasado sin mayores inconvenientes y que la

señora no me ha maltratado mucho.

--Es que sabía que estaba usted sólidamente apoyada por

retaguardia--respondió el pintor riéndose--. Yo estoy obligado a

guardarle más consideraciones, eso lo sabe ella muy bien, y temo que la

tempestad que no ha hecho más que asomar para usted, estalle sobre mí.

--Debe, a no dudarlo, aguardar algunas impertinencias... pero, si en

algo me estima usted, súfralas con resignación, a fin de no echar a

perder las cosas, que no van saliendo del todo mal.

--Se lo prometo a usted, y aun desearía que la prueba fuese dura, puesto

que por usted voy a soportarla.

--Muchas gracias... pero usted comprenderá que deseo, a ser posible,

salir de esta casa sin escándalo.

Prolongóse aún un poco de tiempo la conversación entre ellos, y mientras

paseaban por la avenida central del parque, Beatriz daba al artista

algunos antecedentes sobre la persona de su tutor, a quien se proponía

escribir en seguida y cuyo consentimiento no era dudoso; y habiendo

llegado en esto la hora de sesión, para el retrato de la señora, Fabrice

volvió al castillo, encontrándose momentos después cara a cara con

aquélla.

La señora de Montauron ocupaba ya su sitial en el centro de la sala.

--Señora baronesa--comenzó el pintor--, la señorita Beatriz me ha dicho

que tenía usted a bien aprobar la unión que tengo la audacia extremada

de ambicionar... Mil gracias le doy a usted por mi parte, señora, con

tanto mayor motivo cuanto que usted se priva en mi obsequio de una

compañía, de una intimidad de quien nadie mejor que yo conoce el precio.

--¡Dios mío! ¿Qué quiere usted, señor Fabrice? Lo que hace la dicha de

los unos constituye la desgracia de los otros... ¡Esa es la vida!...

Siéntese usted. Hablaremos del particular mientras usted trabaja, puesto

que eso no le molesta.

Fabrice se inclinó, instaló el caballete, tomó la paleta y se puso a

pintar.

--Creo que necesitaremos dos sesiones todavía.

Honor de artista · 第 5 / 12 段