pensamiento de su pensamiento, la vida de su vida, había contra toda
vislumbre de esperanza pedido al fin su mano, esa amante mano a quien
tardaba posarse en la de él; y ella veíase forzada a rehusársela so pena
de faltar a deberes sagrados de conciencia y de honor, a deberes
sagrados no sólo ante ella misma sino también ante su propio amado. Pues
qué, ¿no se le había advertido que al desposarlo causaba su ruina? Y ni
aun decirle podía en qué fundaba su negativa, dándose a sí misma,
proporcionando a él ese postrer consuelo; no podía, sin hacer traición a
su palabra leal, sin arrastrarlo a fuer de caballero, a empeñar una
querella de familia cuyos resultados serían funestos para su propio
elegido.
En su desamparo, ni suficiente le pareció siquiera su habitual plegaria
para pedirle fuerzas a Aquel que las otorga, y al romper el día salió
del castillo atravesando las húmedas praderas, en busca de la iglesia,
allá, en el límite del aún dormido bosque: momentos después habría
podido vérsela en el templo rogando desolada con fervor de mártir que
se apresta al supremo sacrificio.
Al volver, como siguiese la orilla del riachuelo, arrodillóse en sus
márgenes, empapó en el agua el pañuelo y humedeció sus ojos abrasados
por lágrimas de fuego: dos horas más tarde la señora de Aymaret entraba
radiante de alegría en las habitaciones de la huérfana. Comenzaron por
besarse según costumbre, después de lo cual, anticipándose Beatriz a la
vizcondesa, le habló en estas palabras:
--¡Es singular! Cuando anoche recibí tu billete iba yo a escribirte
rogándote que vinieras hoy a verme... tengo que pedirte un favor...
--¿Un favor?--repitió la señora de Aymaret sentándose a su lado.
--Sí... tú conoces personalmente al cura de San ***--y designóle una de
las más aristocráticas parroquias de París.
--¿El padre D***? Seguramente, es mi confesor.
--Si no me engaño, ¿es superior de las Carmelitas de la calle d'Enfer?
--Sí.
--Te suplico que le escribas dos renglones recomendándome a su
amabilidad: deseo ponerme al habla con él.
Alteróse el rostro de la vizcondesa, que interrogó a Beatriz con mirada
inquieta.
--Sí, pero me parece que ni pensarás siquiera...--díjole con emoción a
la huérfana su seductora amiga.
--¿En entrar en el Carmelo?--repuso aquélla--. ¿Y por qué no?... Hace
tiempo que lo vengo pensando... mucho tiempo... ¿Qué mejor puedo hacer
sino abandonar este mundo, para mí tan duro?... Perdóname, amada Elisa,
si antes no te he hablado de mis proyectos... pero, en asunto tan grave
como éste, no hay mejor consejero que uno mismo... En materias de valor
y de vocación, cuando se consulta a un tercero es que se carece del uno
y de la otra...
--¡Pero, por Dios, hija mía!... Tu vocación no la han hecho sino el
desaliento y la desesperación... Arrastras aquí, al lado de tu falsa
bienhechora, una existencia odiosa, sin esperanza probable de mejora...
pero, ¿y si yo te trajera no sólo esa esperanza sino la certeza de un
porvenir más dulce, más digno... un porvenir dichoso, en fin...? ¡Vamos!
óyeme, escúchame... ya te he dicho que estoy encargada de una misiva
para ti... ¿Quieres hacerme el favor de escucharme, repito?
--Bueno... habla, mas sea lo que sea aquello que vas a decirme, no
alteraré en un punto mi resolución...
--Entonces, te encuentras decidida a causar la desdicha de un dignísimo
caballero... Me refiero al marqués de Pierrepont, quien denodadamente
pide tu mano.
Beatriz clavó en los ojos de su amiga una mirada fija, extraña, sombría,
mezcla de sorpresa y desvarío.
--¡Dios mío!--balbució en sorda voz.
--Y bien, amada mía--prosiguió la señora de Aymaret estrechando las
manos de la de Sardonne--; ¿no es eso mejor que el convento?
--Me hallo, como bien lo ves, totalmente turbada con lo que acabas de
decirme... pero no te engañas acerca de la causa de mi emoción...
Experimento sorpresa... gratitud... Siento muchísimo responder con una
negativa a la generosa demanda del señor de Pierrepont... al honor que
me dispensa... pero, como te he dicho, mis ideas van por otro camino...
otros son mis sentimientos, y no pienso alterarlos.
--Había creído comprender, Beatriz, que tu decisión no era irrevocable.
--Cierto... debo reflexionar todavía.
--Entonces, ¿me autorizas para que responda al marqués que pensarás?...
¿que no debe perder esperanzas?
--Si le dijeses eso le engañarías.
--¡Cómo! ¿aun cuando no entraras en el convento rehusarías su mano?
¡Ah!--exclamó la vizcondesa--, ¡aquí hay gato encerrado!... ¡tú amas a
otro! ¡Tú amas a otro!--repitió la señora de Aymaret sin sospechar qué
torturas imponía a su amiga.
--Tal vez--murmuró Beatriz.
--¿No hay esperanzas, pues?
Beatriz respondió melancólicamente por un negativo signo de cabeza.
--¿No puedo saber quién es?
--¡Elisa, no insistas, te ruego!
--¡Bueno! ¡está bien!--replicó aquélla con vivacidad--, ¡antes eras más
franca conmigo!... ¡adiós, hija!
Y se dirigió rápidamente a la puerta.
--¿No me das un beso?...--le preguntó la pobre Beatriz.
--¡Siempre! ¡no uno, mil!--replicó tiernamente la vizcondesa saltando al
cuello de su amiga.
Besáronse largo tiempo deshechas en lágrimas, y, en medio de su efusión,
cambiáronse todavía algunas palabras, recomendando Beatriz a Elisa que,
por razones que brevemente le explicó, nada dijese a nadie, el marqués
exceptuado, acerca de su proyectada entrada en religión.
La señora de Aymaret abandonó el castillo y tomó el camino de las Loges,
fraguando en su cabeza el mejor plan para atenuar en lo posible el rudo
golpe que aguardaba a Pedro, resolviendo al cabo en sus adentros,
insistir sobre la entrada de su amiga en el Carmelo y dejar en la sombra
esos misteriosos amores cuya semi-confidencia había logrado arrancar a
Beatriz. No tardó la vizcondesa en divisar al marqués, quien lentamente
se paseaba en la convenida alameda, y como aquél reconociese a su vez a
la de Aymaret, se aproximó en seguida, no sin que la consternada
fisonomía de la joven dama hubiérale ya tácitamente revelado cuál fuese
su definitiva sentencia.
--¡Que no!--se anticipó a decir a su confidente. Esta le apretó con
fuerza la mano poniéndose a caminar al lado de Pedro, mientras le decía
agitada febrilmente:
--Nada de depresivo para usted... nada que pueda herir su dignidad...
¡Al contrario!... Se ha sentido conmovida hasta el llanto de lo que
ella llama su generosidad de usted... Pero el caso es que ha tomado una
gran resolución... Se va al convento... Entra carmelita... Sí, señor,
carmelita... Mi sorpresa es tan grande como la de usted... porque yo
sabía que era piadosa, creyente, pero no beata... Necesariamente la
lleva a dar este paso esa vida miserable que arrastra al lado de su
horrible tía de usted... dispénseme usted la palabra... Le he prometido
guardar el secreto para con todo el mundo, excepción hecha de usted...
Porque su tía de usted se pondría furiosa de perderla y Beatriz no la
prevendrá hasta el último momento por miedo de que le juegue una mala
pasada... Y ahora, amigo mío, si quiere usted tomar mi consejo...
Pero, al decir esto, se interrumpió a sí misma al notar la profunda
palidez del marqués: paróse, pues, y tocándole en la espalda con su
pequeña enguantada mano, díjole:
--¡Realmente lo siente usted mucho, amigo mío!
--¡Siento que mi existencia se desploma!--replicó Pedro, sonriendo con
tristeza--. Escúcheme... crea usted que nunca olvidaré cuánto le debo...
Pero, ¿está segura de que se va al convento?
--Me ha encargado ponerla en relaciones con el cura de San ***, que es,
al mismo tiempo, superior del Carmelo.
--¿Está usted segura de que eso no es un pretexto? ¿Amará a otro?
--¿A quién?... eso es muy improbable.
--Pues entonces, ya es algo--añadió Pierrepont--, que su alma se
encuentre libre.
--¡Sin duda alguna, amigo mío!--corroboró la de Aymaret--, y ahora, me
parece que debería usted alejarse de ella un poco de tiempo.
--Es lo que pienso hacer.
--¡Sin embargo, hay un inconveniente! ¿Cómo va usted a explicar su
partida a su tía en medio de este período de fiestas en su casa?
--Justamente la casualidad me proporciona una excusa, que me parece
aceptará aquélla. Ayer, sin ir más lejos, he recibido carta de un amigo
de Inglaterra, lord S... invitándome a ir a pasar con él dos o tres
semanas en Batsford-Park. El convite tiene un carácter especial; se
trata de una reunión de caza a que debe asistir un personaje de sangre
real que se ha dignado designarme entre las personas que desearía lo
acompañaran; me propongo, pues, partir mañana.
--¡Es lo mejor!--asintió, la señora de Aymaret.
Entretanto había llegado a la vista de las Loges; el marqués paróse un
momento, y tocando la mano a la vizcondesa, le dijo con acento
conmovido:
--No sé si tendré tiempo de ver a usted antes de mi partida... hasta la
vista, pues... ¡mil y mil veces gracias!
--¡Dios mío! ¿gracias de qué?
--De su leal amistad... hasta la vuelta...
--¡Hasta la vuelta!
Y se alejó en dirección a las Loges, mientras que Pierrepont volvía al
castillo.
So pretexto de una violenta jaqueca abstúvose aquella mañana la señorita
de Sardonne de presentarse en el almuerzo, pero su ausencia no escapó a
la suspicaz atención de la baronesa, como tampoco se le había ocultado
la sombría preocupación de su sobrino. Conocía también ya que la señora
de Aymaret tuvo aquella mañana y en hora inusitada cierta misteriosa
entrevista con Beatriz; así, pues, relacionando estos tres incidentes y
atando cabos, vino a caer en la cuenta de lo que pasaba, creyendo
comprender que una parte de sus sospechas habíanse realizado, aunque sin
poder discernir con claridad cuál había sido el resultado; era de entera
evidencia para la señora de Montauron que su sobrino había dado un paso
decisivo cerca de Beatriz... Pero, ¿con qué éxito?; lo ignoraba, y el
averiguarlo era indispensable, por cuanto si el anonadamiento visible de
su sobrino podía significar que había sufrido una negativa, pudiera
argüir también que, hallándose al cabo por obra de Beatriz de la
oposición y amenazas de su tía, meditaba el marqués sobre esos textos.
De un lado la certidumbre, del otro el temor de una escena enojosa,
mantuvieron un día a la señora de Montauron en terrible agitación de
espíritu; así que cuando en la velada comunicóle Pedro la carta de lord
S... anunciándole que bajo la reserva de su aprobación contaba partir al
día siguiente, la primera impresión de la baronesa fue la de un grande
alivio, porque de cualquier lado que el asunto se mirase, esa
precipitada fuga no significaba en puridad otra cosa sino la
desesperación de un enamorado en derrota... Beatriz había sin duda
alguna cumplido su palabra, y de ese cuadrante toda tempestad resultaba
conjurada. En otras circunstancias, la señora de Montauron habría
sujetado a muy severo examen el vínculo obligatorio de la invitación
británica, pero, si en las actuales coyunturas la súbita ausencia de su
sobrino desconcertaba algunos de sus planes contrariándola en ciertos
respectos, veíase en cambio libre de obsesión tan pesada, que ante esa
idea otorgó su permiso con relativa buena voluntad.
Por consecuencia, al día siguiente, bien de mañana, el marqués de
Pierrepont tomaba el tren, acompañado de las caricias de su tía y de las
maldiciones de aquellas señoritas.
VII
RIVALES
Cuando Pierrepont abandonó el castillo de los Genets en las
circunstancias que acabamos de describir, hacía ya más de doce días que
Fabrice también se hallaba de vuelta en París, súbitamente llamado por
una indisposición de su hija Marcela, indisposición que dio cierto
cuidado a las Hermanas de Auteuil, en cuyo instituto educábase la niña.
La baronesa había visto con muy malos ojos la partida del pintor, por
cuanto así se aplazaba indefinidamente la terminación de su retrato, de
que ella, a justo título, se sentía no sólo cumplidamente satisfecha,
sino hasta orgullosa, porque en él se veía, cual si se mirara en su
espejo, con un no sabía qué de algo más que ese pícaro espejo le
rehusaba obstinadamente, habiendo tenido el artista la galante
condescendencia de otorgárselo.
Al día siguiente de su llegada a París escribió Fabrice a la baronesa
que había encontrado a la niña restablecida, mas que le era forzoso
prolongar la ausencia en dos o tres semanas, a fin de dar a la
convaleciente, antes de volverla a la pensión, las distracciones que
reclamaba su estado. Testigo Pierrepont del vivo descontento que causaba
a su tía paréntesis tal, le sugirió la idea de apresurar la vuelta del
pintor a los Genets haciéndolo acompañar de la enfermita, quien con los
puros aires del campo lograría más pronto restablecimiento. Aunque
gruñendo un poco, concluyó la señora de Montauron por dar el
beneplácito, y como Pedro tuviera que pasar por París para ir a
embarcarse en Boulogne, fue el encargado de trasmitir la invitación a
Fabrice.
Cuando el marqués anunció a este amigo su viaje a Inglaterra, donde
debía permanecer varias semanas, no pudo el artista dominar su extremada
sorpresa.
--Pero, ¿y tus proyectos de matrimonio?--le preguntó.
--Mis proyectos de matrimonio, querido Jacques, han ido a juntarse con
las nieves de antaño... El casamiento visto a la distancia se me había
presentado como a otros hombres de mi edad bajo aspectos muy
halagüeños... Pero, a medida que me aproximaba, fue tomando tales formas
de esfinge y de quimera, que he acabado por desalentarme... Cuando he
encarado de frente los inconvenientes, me he convencido de que no puedo
vencerlos con mis medios... Rehuso, pues, y recobro mi libertad.
--Y tu tía, ¿qué dice?
--Mi tía... tiene paciencia... pero a ti te reclama a voz en grito, y
para anticiparse a cualquier objeción te ruega que vayas con Marcelita,
que hará allí buena provisión de salud corriendo en los bosques.
Aunque demostrando su agradecimiento, manifestó Fabrice dudas y empacho
en admitir las ofertas de la baronesa. Pedro insistió: se pondría a la
niña una doncella, con el exclusivo objeto de que la cuidase; el médico
iría a verla diariamente... En fin, el artista, pareciendo tomar con
esfuerzo una resolución ingrata, preguntó a Pedro si podía concederle
media hora de atención para escucharlo.
--¡Media hora!... y una... cuantas quieras.
--Siéntate, entonces--le dijo Fabrice mostrándole un ancho diván que
ocupaba uno de los ángulos del taller. Sentóse Jacques junto al marqués
y comenzó así su diálogo, con voz turbada:
--Voy a ser sin duda indiscreto... Pero, ¿debo entender que, según me
has dicho, abandonas los Genets libre de todo compromiso y aun toda idea
que se refiera a matrimonio? ¿He comprendido bien?... ¿Es así?
--Has comprendido bien... así es.
--¡Pues bien!... me sorprendes... yo hubiera jurado que amabas a la
señorita de Sardonne, y aun que pensabas casarte con ella.
--¡Singular idea!...--dijo fríamente Pierrepont--. No, te equivocas;
conozco a la señorita de Sardonne desde su niñez y le tengo cierto
afecto... Eso es todo... Sabes, además, que mi fortuna es escasa y que
ella nada tiene... un matrimonio entre los dos sería una locura.
--Puesto que ahí están las cosas, voy a hacerte una franca confidencia.
En la misma carta que se me participó que mi hija estaba indispuesta, se
me decía también que ya se hallaba restablecida, y no hubiera regresado
a París si no hubiese creído que debía aprovechar la ocasión para poner
a mis relaciones de amistad con Beatriz un punto final. Quería romper,
si ya era tiempo, la fascinación que sobre mí ejercía, considerándola no
sólo peligrosa para mi reposo, sino, lo que es más, desleal hacia ti.
--Esos escrúpulos son dignos de tu caballerosidad, maestro queridísimo,
pero son infundados... y si abrigas, como me parece comprenderlo,
proyectos acerca, de la señorita de Sardonne, no tienes que temer, te lo
repito, ninguna rivalidad por mi parte.
--Me dispensarás que te diga, caro marqués, que tus explicaciones no me
satisfacen... La señorita de Sardonne es casi de tu familia, y nuestras
conexiones de amistad son tales que no podrían abandonarme a mis
proyectos acerca de aquella joven sin obtener de antemano tu aprobación.
Pierrepont se inclinó con gravedad, y prosiguió Fabrice:
--Pero antes de darlo es preciso que conozcas mis sentimientos...
Fórmanlos elementos bastante heterogéneos... unos un tanto honrosos...
otros que lo son menos... Juzga con tu propio criterio... Puedo jurarte
que en mis relaciones cotidianas con Beatriz, ya en el salón de tu tía,
ya durante nuestras diarias lecciones de acuarela, me sentía a cada,
instante más influído por la simpatía, la estimación y el respeto que
aquélla me inspiraba; así como por su conducta y dignidad en soportar
sus sufrimientos, porque es imposible hacer cara a la desventura con más
altiva resignación; es imposible mantener con mayor decencia ni mayor
decoro una situación tan ambigua, delicada y peligrosa... Podría también
jurarte sin remordimientos que la idea de rescatar a aquella noble
criatura de la especie de abismo a que el infortunio la ha arrojado, ha
tenido en mis determinaciones parte muy principal, porque hay en esa
idea atractivos infinitos... Pero, en fin, ante todo y desde el primer
momento ha sido su hermosura la que me ha conquistado. Acabas de decirme
que conoces a la señorita de Sardonne desde su infancia, y sin duda por
eso, por el hastío que engendra el hábito, no te das cuenta de cuan
grande es su belleza... ¡Oh! ¡es fascinadora!... Tiene el puro, serio, y
un tanto trágico, encanto de Urania... y de Musa también; es su voz,
armoniosa y grave; encanta oírla leer; durante nuestras sesiones para
pintar el retrato de la baronesa, mil veces me ha asaltado la loca idea
de traerla a mi casa para hacerla el hada de este taller en que nos
encontramos... que por la magia de su presencia resplandecería cual otro
paraíso... Si hubiese conocido a la señorita de Sardonne en la alta
posición social en que nació, todo eso no habría pasado de un ensueño
pasajero de artista... uno de esos ensueños que con tanta frecuencia nos
asaltan... porque nosotros somos generalmente muy aristócratas en
nuestros amores... La mitad de nuestra vida la pasamos por ministerio
de la imaginación en muy altas esferas, en muy escogida compañía...
Vemos con harta frecuencia a las grandes damas en medio de los
esplendores de sus palacios, y entrevemos a las diosas tronando sobre
sus solios de nubes... Y aun es una de nuestras grandes decepciones, de
nuestros grandes dolores caer de pronto desde esas doradas alturas
encima de las ronzas de la tierra... Ahí tienes por qué, precisamente en
estas cuestiones de matrimonio, son tan graves nuestros errores y tan
profundos nuestros desencantos... ¡Ay! ¿quién lo sabe mejor que yo?...
Pues bien, te decía que si hubiese encontrado a la señorita de Sardonne
en todo el brillo de su nacimiento y de su fortuna, conozco demasiado
las leyes y las costumbres sociales como para que ni un momento se me
hubiera ocurrido aspirar a su mano... Pero, en fin, la veía desgraciada
y pobre... y al menos, si no en otro, en el camino de la riqueza me
encuentro ya... Aquellas circunstancias venían a acortar la distancia
entre nosotros... Podía al menos ofrecerla una posición independiente...
dar a su hermosura un marco digno de ella... y poco a poco me dejaba
ganar por una tentación tan poderosa, precisamente cuando me pareció
observar que tu amistad hacia la señorita de Sardonne tomaba el carácter
de más serios sentimientos... Desde ese momento mi línea de conducta
estaba trazada... ponerme en fuga...
--Carísimo maestro--interrumpió Pierrepont--, eres un niño grande...
Todo eso me lo debiste contar... allá... en los... Genets... así te
habrías evitado un viaje de ida y vuelta.
--Si diera rienda suelta a mi deseo--replicó el pintor--, ¿podría
contar, querido marqués, con tu simpatía y tus buenos consejos?
--Simpatía desde luego... Cuanto a consejos, son siempre muy delicados
en estas materias... Yo no quisiera verte dar un paso en falso... Ante
todo es necesario saber si la señorita de Sardonne participa de tus
ideas.
--Las ignora absolutamente--repuso el pintor.
--¿Estás seguro? ¿En vuestras largas conversaciones durante la lección
de pintura no se te ha escapado nunca alguna palabra que la haya puesto
en sospecha?
--Nunca. Era vuestro huésped.
--Eres un caballero. En adelante, por lo que a mí se refiere, quedas en
completa libertad de hacer lo que te plazca. No debo ni puedo oponerme a
que la señorita de Sardonne sea dichosa contigo si ella así lo estima.
--Pero, tú que la conoces de hace tanto tiempo, ¿crees que acogerá mi
demanda, si me atrevo al fin a presentársela?
--En cuanto a eso, no sé qué decirte... ¡Es un carácter tan
misterioso!... Dicen que en su tiempo tuvo idea de entrar en el
convento... Pero eso tal vez fuera a falta de cosa mejor.
--¿Y tú tía?
--Mi tía se encuentra muy bien con su lectriz... Así es que por su parte
no debes aguardar muchos entusiasmos... pero no tiene ninguna autoridad
legal sobre Beatriz, quien depende en ese punto únicamente de su tutor,
cierto antiguo amigo de su padre, amigo por añadidura muy indiferente...
De modo que concluirá por decir amén a lo que a ella se le antoje.
Hubo un corto silencio.
--¿Crees--preguntó Jacques--que Beatriz querrá a mi hija, que se portará
bien con ella?
--¿Por qué suponer lo contrario?
--¡Es verdad!... ¿De manera que tu tía me permite que lleve la niña a
los Genets?
--No sólo lo permite, lo desea.
De nuevo quedaron en silencio.
--Y bien, querido maestro, ¿es cuanto deseas que yo te diga?
--Eso es todo... Te estoy sumamente agradecido... ¿Quieres darme tu
dirección en Inglaterra?
Pierrepont se levantó, y escribiendo dos líneas en una de sus tarjetas,
la entregó a Fabrice.
--¡Ahí tienes! Batsford-Park, Moreton in Marsh, Woorcester... ¡Adiós!
¡Hasta la vista!
--¿Te vas esta tarde?
--Esta tarde... sí... ¡Ea, hasta la vista!
Diéronse la mano y se separaron.
Únicamente por un esfuerzo de voluntad y altivez pudo el marqués seguir
hasta el fin la narrada conversación que fue para él interminable
suplicio, y tanto, que más de una vez tuvo que hacer un llamamiento a su
razón para no acusar a Fabrice de verdugo, despiadado e irónico... En
vano le había afirmado el artista con palmaria sinceridad que Beatriz
ignoraba su pasión; ¿qué sabía el pintor? Las mujeres tienen en esos
asuntos un don de doble vista sorprendente, y sobre todo con los pobres
de espíritu a la manera de Jacques Fabrice; tal vez la causa verdadera
de la negativa que Pierrepont había sufrido estribaba en ese amor que
ella vislumbraba y que se sentía inclinada a compartir desde el momento
que se le confesase.
Dada la reputación que Jacques disfrutaba, era notorio que la puerta de
las grandes riquezas quedaba abierta para él, y, en ese caso, podía
contar con una pingüe renta para lo sucesivo: quizás era ése el mayor
atractivo para una muchacha criada en el lujo y ahora sumida en enojosas
privaciones a que le tardaba poner fin.
En suma, aun haciendo lo posible para persuadirse de que sus temores
eran quiméricos y de que su rival encontraría a Beatriz tan inflexible
como se le presentara Pedro a él mismo, no podía éste defenderse contra
las angustias punzantes ni las locas injusticias de los celos.
Casi se sentía inclinado a reprochar el leal comportamiento de Fabrice
ante cuya lealtad veíase obligado a inclinarse, cuando él se hubiera
creído dichoso en poderle arrojar al rostro cualquier sangriento
ultraje.
Era, pues, ¡ay!, con sentimientos vecinos al odio que se alejaba del
amigo de su juventud.
Este, por su lado, guardaba de la conferencia una impresión equívoca y
penosa, porque el lenguaje cortés y la casi impasible fisonomía del
marqués no habían sido parte a disimularle la especie de embarazo y de
frialdad con que aquél acogió su confidencia.