La señora de Montauron, que estaba siempre en acecho, ojo avizor y oreja

al viento, cayó en la eterna trampa de las apariencias, interpretándolas

a la medida de sus deseos. Resolvió en vista, coger al vuelo eso que

ella denominaba, el momento psicológico, y firme en sus propósitos hizo

cierta mañana comparecer al marqués en la hora habitual de sus

audiencias secretas. Al inexorable mandato acudió inquieto y receloso

Pierrepont, porque bien, le decía su claro instinto que su tía iba a

ponerlo, sin escape alguno, entre la espada y la pared.

--¡Amigo mío!--rompió la baronesa con aire de triunfo--, me parece de

más preguntarte si te has decidido. Tus procederes con la señorita de La

Treillade son, por dicha mía, bastante significativos; así, pues, recibe

mi enhorabuena.

--Tía, ¡cuantísimo siento tener que desengañar a usted! Cierto es que la

señorita de La Treillade me interesa... porque, a pesar de su extremada

juventud, es una excelente actriz... pero, con franqueza, nunca me

casaré con ella.

--¡Cómo! ¿qué quiere decir eso?--preguntó la baronesa roja de cólera.

--Escúcheme usted, tía.

Y Pedro le contó sin omitir punto ni coma la conversación que cierta

mañana sorprendiera desde las ventanas de Fabrice, entre la señorita de

La Treillade y su institutriz.

--Si antes no le había contado esto--añadió--, ha sido porque me costaba

trabajo causar a usted semejante desilusión.

Desconcertada un instante bajo el golpe de tal desencanto, la baronesa

recobró pronto su sangre fría y con agrio tono repuso a su sobrino:

--Después de todo, yo no veo en eso más que niñerías... baladronadas de

muchacha que juega a la señora... apostaría que a pesar de eso no dejará

de ser con el tiempo una honrada y amable esposa.

--¡Es posible! pero no quiero exponerme a la prueba--objetó Pedro.

--¡Nadie te fuerza, hijo mío! pero si pretendes casarte con una niña

criada en una cueva, con una niña que nada haya visto ni oído y que

lleve a la cámara nupcial el candor de la cuna, eres más inocente de lo

que yo conjeturaba.

--Tía, no creo realmente manifestar ridículas exigencias, pidiendo a mi

futura mujer principios más sólidos que los de la señorita de la

Treillade, para quien los niños son polichinelas molestos, verdugos de

la belleza... y en cuanto a las escandalosas historias, a las pocas

decentes bromas, a los eróticos equívocos con que aquella señorita

esmalta sus conversaciones con sus amigas, sé de sobra que por desdicha,

es hoy moneda corriente entre señoras de alta sociedad, y aun, lo que es

peor... entre solteras... Pero, si me caso, es precisamente para no oír

en mi casa lo que escucho en la de cualquier cortesana... Todo lo

contrario, deseo para siempre olvidar ese tono, ese lenguaje de que me

siento harto hasta el fastidio... ¡Quiero respirar un poco de aire puro

en mi hogar!

--Amado mío--replicó con cierta dulzura la baronesa, en quien el firme y

serio acento de Pierrepont causó efecto--, esos sentimientos te hacen

honor ciertamente... si tantas prevenciones guardas contra las jóvenes

del día, bien puedes ir pensando en renunciar al matrimonio... porque,

dime, ¿en qué parte del mundo vas a encontrar una señorita que no sea un

puro misterio?

--¡Tía, francamente! antes de correr el riesgo de casarme con un

misterio como la señorita de La Treillade, preferiría mil veces meterme

en la Trapa... pero, en fin, si es imposible, como el otro día me decía

usted, tomar las mujeres a prueba, no creo que lo sea encontrar alguna

que ofrezca ciertas garantías... alguna que especiales circunstancias...

una educación particular... aquélla, por ejemplo, que se adquiere en la

desgracia... hayan puesto de relieve sus méritos... y cuyo pasado

constituya una seguridad para el futuro.

La vieja dama echó furtivamente torcida y equívoca mirada a su sobrino,

y frunciendo sus pálidos labios objetóle con agridulce tono:

--¡Sí, sin duda! puede encontrarse la joya que deseas... pero debo antes

observar que las niñas criadas en la escuela de la adversidad,

generalmente no tienen un cuarto.

--¡Tía, el dote para mí es cuestión secundaria!

--¡Claro está!... ¡Eres tan rico!... ¡tienes gustos tan sencillos!...

verdad es que, según toda probabilidad, serás mi heredero... pero me

permitirás te recuerde que tendrás que esperar mucho tiempo... Mi padre

murió de ochenta y cinco años, de lo que puede deducirse que yo tengo

aún treinta por delante... y no te ocultaré que mi intención es ésa...

--¡Tía!--exclamó Pierrepont con acento de sentido reproche.

--¡Bien!, te ofendo... tienes razón... estas decepciones me ponen de mal

humor... ya hablaremos de nuevo... ¡ahora vete!

Y Pierrepont se retiró, besando antes a la baronesa en las dos manos.

Una vez sola, levantóse aquélla bruscamente de su sillón y dio algunos

pasos por su gabinete, aspirando con descomunal ira el frasco de

inglesas sales, mientras que se entregaba para su corpino a este

aproximado monólogo:

--¡No hay duda! Piensa en ella... ¡Como que ya yo lo había

barruntado!... ¡Claro, sus atenciones para con ella!... ¡Su distraída

indiferencia hacia las demás!... ¡Sus perpetuos aplazamientos!... ¡Nunca

lo hubiera creído capaz de semejante locura!... ¡Qué absurdo!... ¡Qué

absurdo tan culpable!... ¡Primero, quitarme a esa muchacha que ha

llegado a serme indispensable!... Después, imponerme la carga de

mantenerlos, porque los desafío a que vivan si yo no los ayudo... ¡Están

frescos!... Pero, ¿se entienden?... ¿Se han puesto de acuerdo?... ¿Es

tiempo todavía de parar el golpe?... ¡Eso es lo que ante todo necesito

averiguar!

Llamó, presentándose una doncella.

--A la señorita Beatriz, que venga.

Aproximóse la baronesa a su tocador, humedeció su frente y mejillas, por

la emoción enrojecidas, y volvió a sentarse, con una falsa sonrisa en

los labios, cuando Beatriz entró.

--Señora...

--¡Escúchame, hija mía!... Esta pasada noche reflexionaba... pensaba en

ti... pensaba que yo era para ti todo lo que debo ser... todo lo que

quiero ser... Soy una anciana enferma... Esa es mi excusa... Tus

cuidados, tus buenos oficios me son preciosos, no lo oculto... sería

para mí contrariedad muy grande verme privada de ellos.

--Pero, señora, yo absolutamente pienso...

--Sé lo que vas a decir... no piensas abandonarme, y eso me encanta...

Sin embargo, si defecto hay en el mundo que me sea antipático y del cual

trate de preservarme con el mayor cuidado, es el egoísmo... y la noche

pasada me preguntaba a mí propia si el valor extremo que concedo a tu

compañía no argüía un poco de aquella pasión con respecto a ti... Así,

pues, hija mía, me ha parecido conveniente decirte que de ninguna manera

pretendo confiscar tu vida en mi provecho... Eres bonita, hija mía, y a

pesar de la adversidad que con tanta injusticia te ha herido, no es

imposible, ni mucho menos, que algún pretendiente aspire uno u otro día

a tu mano...

--Señora, aseguro a usted...

--¿Que esta circunstancia no se ha presentado todavía, vas a decirme?...

¡Sea! pero puede ofrecerse de un momento a otro... Aquí, como en París,

recibo mucha gente, y nada tendría de particular, que el día menos

pensado saliese al paso un hombre de gusto y de corazón... (espéralo

sentada, se dijo para sí la baronesa). En fin, lo que en resumen quiero

decirte es que, si el caso llega, no obstante el sacrificio que tu

ausencia fuese para mí, ten la seguridad de que yo nunca sería un

obstáculo... Muy al contrario, en mí hallarás el más decidido apoyo...

Permitiéndome poner una sola condición, que te parecerá, creo, muy

natural... Y es que me prometas no comprometerte a nada sin prevenirme

de antemano.

--Señora, ése es mi deber, y puede usted estar segura de que jamás

faltaré a él.

--¡Bueno, hija mía! permíteme un beso.

Beatriz se levantó y le presentó la frente.

--¡Ah!--prosiguió la baronesa haciendo seña a la huérfana de que se

sentara de nuevo, y cual si de pronto hubiera venido a su memoria un

detalle olvidado por azar...--Aun tengo que decirte algo... por más que

la precaución sea inútil... Al dejarte entera libertad en la elección

del hombre que escojas para marido, queda dicho, sin embargo, que hago

una excepción: mi sobrino Pedro.

Al oír estas palabras, tan rápida y profunda fue la turbación de la

lectriz, que pareció imposible a la baronesa hacerse la inadvertida.

--¡Oh! ¡compréndeme, hija! ¡No des mal sentido a mis palabras! No hay en

ellas nada de depresivo para ti... Por otra parte, nada tampoco tengo

que decir de tu comportamiento personal... Es irreprochable... Y no

ignoro que eres, por tu nacimiento y tus particulares prendas, digna de

mi sobrino... Y aun ve si soy sincera: añado que, a mi entender, Pedro,

al menos hasta ahora, no piensa en ti más de lo que tú piensas en él...

Pero, al cabo, es deber de una madre... ¿no soy yo como una madre para

ti?... es deber de una madre prever aun lo imposible cuando entra en

juego el interés y la dicha de sus hijos... ¡Sé bastante generosa para

escucharme hasta el fin!... Pues bien, si alguna vez pudiese entrar en

la cabeza de mi sobrino y ceder a la tentación del atractivo que el

fruto prohibido tiene para los vividores hastiados como él, me creeré en

la imperiosa obligación de oponerme, por todos los medios posibles a la

realización de su capricho... Voy, hija mía, a ponerte al corriente de

nuestros secretillos de familia. ¡Tan grande es la confianza que me

inspiras!... Mi sobrino Pedro no tiene sino... una insignificante

fortuna, que basta apenas, aun sumadas las larguezas que yo agrego, que

basta apenas, decía, a persona de su nombre y aficiones, para llevar

pasablemente y con cierto decoro su vida no ejemplar de soltero... Supón

que en una hora de locura se case con una muchacha sin dote... es la

estrechez... la miseria... y, lo que es peor, a la larga un detestable

hogar... porque mi sobrino, ya su capricho satisfecho, concluiría por

tomar aborrecimiento a la mujer que lo habría reducido a una premiosa

existencia... Verdad que hasta ahora es el heredero de mi fortuna, mas

en primer lugar no he muerto... y puedo vivir todavía muy bien una

treintena de años. (¡Tal era su ardiente deseo!) Y, en segundo, si Pedro

se casa contra mi voluntad, no solamente tendría que dejar de contar

conmigo en vida, sino lo que es más, declaro inapelablemente que lo

desheredaría, sin titubear un solo minuto... ¡Por cierto que anda por

ahí un sobrino de mi marido que, si tal sucediera, se daría con una

piedra en los dientes!... Ahora, hija mía, que te he abierto mi corazón,

como sentía necesidad de hacerlo, sólo me queda dirigirte una súplica...

Ya te he dicho cuan satisfecha estoy de tus atenciones y de tus

cuidados... ¿Tendré la satisfacción de saber que por tu parte concedes

alguna estima a lo poco que en tu obsequio he hecho hasta ahora?

--Señora, no lo dude usted un momento.

--Pues bien, hija mía, se te ofrece la ocasión--dijo la anciana dama con

solemne acento--de mostrarme tu gratitud; empéñame tu palabra de

señorita, y de señorita de noble clase, de que lo que te acabo de

manifestar será para siempre un secreto a guardar entre las dos.

--Empeño a usted mi palabra.

--¡Eres un tesoro, hija mía!... dame un beso... ¿quieres decir abajo que

no me aguarden para almorzar?... No me encuentro bien... Cuando me dejo

dominar por mi desdichada sensibilidad, me pongo mala, de seguro... Di a

Juan que me suba aquí alguna cosa ligera... Lo dejo a tú elección... Ya

conoces mis gustos, hija mía.

--Muy bien, señora.

Y Beatriz abandonó el gabinete..

Si algo de práctico hubo, como no puede negarse, en la larga homilía de

la baronesa, será preciso excusar a la señorita de Sardonne de que

verdades tales y tales advertencias no fuesen de su agrado. Lo que sobre

todo le había causado disgusto profundísimo, fue la falsa bondad, la

cazurra malicia, la perfecta y cruel diplomacia con que esta vieja hada

de la falacia la había envuelto y torturado, a fin de arrancarle como

final objetivo el más doloroso de los sacrificios, sacrificio mayor

todavía ahora por cuanto no escapaba a la penetrante mirada de la

huérfana cómo el marqués, al mismo tiempo que no concedía a sus rivales

otra cosa que las muestras de una fría urbanidad, reservaba para ella

atenciones tan expresivas que rayaban casi en la ternura. La misma

inquieta hipocresía de que la baronesa acababa de darle transparente

testimonio, decía claro a Beatriz cuánto sospechaba la vieja dama acerca

de las intenciones de su sobrino y cuánta rosada esperanza podía ella

abrigar en su pecho... Y, sin embargo, ahora más que nunca se encontraba

amarrada a su adverso destino, ya que no sólo había empeñado su leal

palabra a la de Montauron, sí que también teñía Beatriz en sus amantes

manos la suerte o la total ruina del hombre de sus predilecciones,

porque conocía demasiado la huérfana a la baronesa para poner un solo

instante en duda que, si Pedro se casaba contra la voluntad de su

orgullosa tía, no dejaría ésta por motivo alguno de poner en práctica

sus fulminantes amenazas; así, pues, veíase la joven sin ventura

reducida a temer lo que anhelado había más en la vida, y ante el temor

de verse expuesta, a prueba superior a sus fuerzas, rogaba al Cielo que

su elegido jamás llegase a amarla.

Pero ya lo era... No había sido sin reñir violentos interiores combates

que el marqués se hubiese abandonado a la pasión secreta que la señorita

de Sardonne le inspirara; desde el primer día, deslumbrado por su

resplandeciente hermosura, interesado por un inmerecido infortunio,

púsose con prudencia en guardia contra un sentimiento cuyos peligros

preveía; pero su indispensable asiduidad hacia su tía, poniendo casi

diariamente a Beatriz ante su vista, habían concluído por derrotar tan

sesudos propósitos. Su afición fue agrandándose al compás del tiempo, y

con el transcurrir de los días llegó lentamente a ese fatal estado en

que alma, corazón y sentidos llegan a absorberse en la incontrastable

atracción hacia una mujer, ella sola, ella única, ella... A fuerza de

verídicos, cúmplenos confesar que el ensueño que al marqués inspiraran

los sombríos y profundos encantos de la hermosa lectriz, no tomó desde

luego la forma de un meditado matrimonio; Pierrepont se hallaba muy

lejos de ser un malvado, pero había vivido demasiado en el mundo y

precisamente en ese mundo en que los crímenes de amor encuentran siempre

complacientes jueces; además, la pasión tiene avasalladoras exigencias,

y cuando la mujer entra en juego no hay nunca perfectos caballeros,

presintiendo que sería de todo punto imposible obtener de la baronesa un

consentimiento trastornador de todos sus planes, un momento se agitó en

el alma de Pedro la idea de la seducción, pero ese fondo de honor y

rectitud que formaban su carácter íntimo acabó por hablar, imponiéndose,

y el amor quedó subsistiendo tan ardiente y más puro. La ejemplar

conducta de Beatriz en la situación penosa y delicada que la desventura

le había aparejado, tocaron el corazón del marqués en su más noble

sitio, porque esta joven probada y purificada por la adversa suerte,

esta joven seria, bella, casta, realizaba el ideal que él se había

forjado de la mujer para llenar su hogar, para ser honor y encanto de su

privado techo.

Su prolongada residencia en los Genets, aproximándolo aún más a la

señorita de Sardonne gracias a cotidianas relaciones, fue exaltando su

pasión de día en día, hasta ese punto en que ella puede ser rebelde y

sorda a los argumentos de la razón, a los dictados del propio interés.

El de Pierrepont, en el asunto de su matrimonio, era por manera tan

clara y evidente obedecer a su tía ciñéndose, a sus inspiraciones, que

desconocerlo así habría sido demencia consumada, y como a aquél no se

obscurecía esta circunstancia, la lucha que venía sosteniendo entre su

pasión y su razón tomaba por estos días el más punzante y lúgubre

aspecto. Decíale su buen sentido que, a ceder a sus íntimos

sentimientos, concertaba un matrimonio de amor, corría el casi seguro

riesgo de perder con las buenas gracias de su tía la fundada esperanza

de su rica sucesión, y, en consecuencia, podría caer en estado de muy

precaria fortuna, mensajera de duros sacrificios; no era un niño; sabía

lo que cuesta el vivir; conocía de memoria cuán caras son las

distracciones en la alta sociedad parisiense; caballos, teatros, lujo;

sería necesario, pues, renunciar a todo eso, y lo que es peor aún,

imponer a aquella que iba a ser su mujer privaciones idénticas.

¿Se amarían bastante en el futuro para que sus recíprocas ternuras

viniesen a compensar todo lo que faltarles pudiera en presente y

porvenir? Horas había en que así lo pensaba en la amante efusión de su

alma, otras corrían en que la idea de sus gustos contrariados, de su

porvenir sin esperanzas, de su mujer en la estrechez, lo clavaban

desalentado en el umbral de sus resoluciones...

Tres días después de la entrevista que celebrara con su tía y en la cual

entrevista había a medias librado a aquélla su secreto, tal vez por

inadvertencia, quizás con intención, presentóse Pedro a mediodía en

casa, de la vizcondesa de Aymaret. Encontró a esta señora leyendo en el

terrado que se prolongaba entre la puerta de su salón, mientras que sus

dos hijos de blondas cabelleras jugaban a sus pies.

--¡Dios mío! ¿qué sucede?--decía la vizcondesa a Pierrepont que la

saludaba--; ¿qué hay?... ¡Qué pálido está usted!... ¿Está usted malo?

--¡Absolutamente!--replicó Pedro sonriendo--. Solamente vengo a pedir a

usted un favor un tanto enojoso... ¿Podría hablar a usted un momento a

solas?

La vizcondesa echóle sorprendida y curiosa mirada.

--¡Entremos!--replicóle después.

--¿Puedo cerrar las puertas?--preguntó el marqués.

--¡Ciertamente!

Pierrepont cerró las ventanas sentándose a algunos pasos de la

vizcondesa.

--Cuando decía a usted el otro día durante nuestra navegación que

desearía tomar mujer por elección de usted, declinó usted esa

responsabilidad, pero al mismo tiempo creí comprender que un nombre

estaba a punto de caer de sus labios...

--¡Es posible!

--¡Dígamelo!

--¡Nunca!

--¿Ni aun cuando yo rogara que tuviese usted a bien ofrecer mi mano a su

amiga Beatriz?

--¿De veras?--murmuró la vizcondesa.

--No me permitiría jamás, vizcondesa, la broma más leve en asunto tan

serio.

Un relámpago de intensa alegría iluminó de pronto el gracioso rostro de

la señora de Aymaret, y lanzando un grito de contento, tomó vivamente

las manos de Pedro, diciendo a éste:

--¡Ah! es usted un perfecto caballero.

--¿Quedamos, pues, en que se encarga usted de mi embajada?

--¡Ya lo creo!--replicó la encantadora vizcondesa saltando de gozo.

--Pero, puesto que es usted un poco confidente de la señorita de

Sardonne, ¿no puede usted calcular cómo acogerá la misiva?

--Debo decirle con franqueza que no conozco absolutamente sus íntimos

secretos... si los tiene... Pero, en fin, según lo que yo me imagino,

quedaría más que sorprendida si su demanda de usted no fuera bien

acogida.

--Usted sabe muy bien que no soy rico--añadió Pedro con cierta timidez.

--Para ella lo es usted... ¡pobre Beatriz!... y además...

Aquí interrumpióse de súbito y preguntó a Pierrepont:

--¿Qué dice de esto su tía de usted?

--No dice nada, porque nada sabe.

La señora de Aymaret se incorporó bruscamente en su silla.

--Pero, querido amigo, eso es muy grave... puede usted encontrar en su

oposición un obstáculo invencible.

--Puede proporcionarme la oposición de mi tía una grave contrariedad,

mas suscitarme un obstáculo invencible, no, porque desde el momento que

he dado cerca de usted este paso es que estoy decidido a todo.

--Amigo mío, bien sabe usted que su matrimonio con Beatriz ha sido

siempre mi más cara ilusión... pero soy demasiado amiga de usted para no

preguntarle si ha reflexionado usted maduramente sobre las posibles

consecuencias que para usted pueda tener su resolución.

--Todo lo he previsto, mi buena amiga... Es evidente que mi tía, que

abriga sobre mí otros proyectos, se mostrará al principio muy

irritada... Sin embargo, me parece que el cariño que me tiene no es

grande, en tanto que es muchísimo su apego al nombre de familia, de que

yo soy el único representante... Fundándome en esto, no desespero de

traer a mi tía a la razón a fuerza de cariño y de buenos procederes...

aunque no se me oculta que corro el riesgo de enajenarme su voluntad en

el presente y quizás en el futuro... Faltaría a la verdad si no le

confesase a usted que me sería doloroso renunciar a las esperanzas de

mejor posición que por ese lado abrigo... pero aún es para mí más

ingrato abandonar este proyecto de casamiento con su amiga de usted, en

que fundo mi dicha... Todo lo que deseo es que la señorita de Sardonne

acepte mis proposiciones dignándose concederme su mano, sin que entre en

sus designios ser mañana la poseedora de una fortuna que puede muy bien

escapársenos... ¿Puedo contar absolutamente con usted a fin de que le

indique cuál puede ser nuestro porvenir si mi tía me deshereda?

--Ciertamente puede usted.

--Usted sabe mi fortuna personal... Usted sabe que es muy modesta...

pues bien, que la señorita de Sardonne no lo ignore.

--Creo que Beatriz se preocupará bastante menos que usted de esos

detalles... Tiene naturalmente gustos elegantes y distinguidos, porque

es una gran señora... pero suelen ser las grandes señoras las que mejor

saben llevar, si el caso se presenta, una vida modesta y sencilla...

Sin embargo, déjeme usted reflexionar un poco.

Apoyó el brazo sobre el velador, dejando caer en la mano su adorable

cabeza, y después de meditar un momento preguntó a Pedro, cubiertas de

rubor las mejillas, si le causaría invencible sonrojo aceptar una no

abrumadora ocupación que pudiera añadir a sus medios serios recursos.

Aseguróle la vizcondesa que ella tenía amigos y parientes en importantes

empresas financieras, y que no le sería difícil encontrar para él uno de

esos empleos en que se pide más la respetabilidad que los conocimientos

especiales. El marqués le dio las gracias, no sin enrojecer a su vez un

poco, mostrándose cordialmente dispuesto a aprovechar sus buenos

oficios.

--¿Y cuándo quiere usted que hable a Beatriz?

--Vizcondesa, lo más pronto posible, le suplico... le aseguro que hasta

que conozca su respuesta estaré en angustias de muerte... Usted ve que a

esta carta juego mi porvenir... es para mí un momento solemne... y, a

pesar de sus seguridades de usted... qué sé yo... no tengo gran

confianza... ¡tengo miedo!

--¡Hola, amiguito!--arguyó la de Aymaret riendo--. ¡Bueno, voy a darle

una cita para mañana!

Acercóse a su escritorio y escribió este corto billete:

«Querida, quisiera verte un instante a solas, tengo algo que decirte.

Mañana a las 10 estaré en tu casa. Mil besos.--_Elisa._»

Entregó la esquela a Pierrepont, conviniendo con él en que al día

siguiente se verían en una de las avenidas de los Grenets después de la

entrevista con Beatriz.

Apenas de vuelta en el castillo, entregó Pedro a la huérfana, que se

preparaba para la comida, la misiva de la señora de Aymaret; leyóla

aquélla de prisa y no vio al pronto en su contenido nada de

extraordinario, nada que pudiera distinguirla de esa correspondencia

trivial que casi diariamente cruzaba con su amiga. Fue sólo aquella

noche cuando Pedro le preguntó si había leído el billete que de Elisa él

le trajera, que Beatriz advirtió la turbación y el desconcertado

continente del marqués.

--¿Ha ido usted hoy a casa de la señora de Aymaret?--le preguntó la

señorita de Sardonne.

--Sí... y aun hemos tenido una conversación muy larga... y muy

interesante.

--¡Ah!--exclamó aquélla--, ¿y sobre qué?

--Acerca de usted misma.

Beatriz no respondió nada y se alejó dulcemente: se sentía en trance de

muerte: había entrevisto de un golpe la verdad, y parecíale que el cielo

se rasgaba para fulminarla con sus rayos.

El deber más penoso que la señorita de Sardonne debía llenar en servicio

de la baronesa, era leerle a ésta por la noche, y a veces hasta muy

tarde, en tanto la anciana dama no lograba dormirse; en seguida Beatriz

se retiraba a sus habitaciones procurando a su vez conciliar el sueño,

si lo conseguía la pobre enamorada: aquella noche no alcanzó ganarlo,

que pasó sus mortales horas en mil veces leer y en comentar mil veces el

billete de su fiel amiga; transcurrieron para ella lentos los instantes

en cien veces decirse a sí misma que el momento de la terrible prueba no

se hallaba remoto y que la conminatoria arenga de la señora de Montauron

no fue más que el preludio de infernales torturas.

Honor de artista · 第 3 / 12 段