cierto?
--¿Qué mujer es dichosa con su marido, mi buena Eva? Y si no, vea qué
bien se entienden los Laubécourt, que son nuestros compañeros de
temporada.
--Es verdad, he notado que tienen siempre los dos caras de entierro...
¡mire usted que algunas mañanas en el almuerzo!
--¡Algunas mañanas! ¡Y peor algunas noches!
--¿Cómo así?--preguntó Eva.
--Pero, querida, mía, ¿no sabe usted las causas de sus desavenencias?...
El señor de Laubécourt tiene pasión por los niños, en tanto que a la
señora la horrorizan... y tiene razón, a mi entender.
--¡Oh! ¿por qué, amada mía?
--Primero, porque nada hay más incómodo ni más enojoso que esos muñecos
para una mujer que ama la sociedad... segundo, porque cuando se es
bonita desea conservarse el mayor tiempo posible... y los niños, es
sabido, son los verdugos de la belleza.
--No comprendo, Mariana, ¡a mí me parece...!
Aquí Mariana bajó la voz para responder, y pareció como que explicaba
algún trascendental misterio a su amiga, quien enrojeció ligeramente.
--Ahora me explico--manifestó ésta con aire pensativo--por qué el señor
de Laubécourt tiene un aspecto de tanta tristeza.
--¡Si no fuera más que tristeza!... pero es que casi todas las noches,
en su cuarto, pasa con su mujer escenas terribles.
--¡Ya lo creo! ¡hay de qué! ¿Y qué es lo que aquélla le responde?
--Le responde... le responde... ¡chito!--concluyó Marianita.
Al decir esto las dos rompieron en una carcajada, y como la campana
anunciara el almuerzo, se alejaron en dirección al comedor.
Aún no se habían perdido de vista, cuando Fabrice, que durante el
sorprendido curioso diálogo cambiara con Pierrepont frecuentes y
edificantes miradas, le preguntó a éste con la calma que le era
habitual.
--¿Quién es esta expeditiva señora, esta preciosa Mariana?
--Mi buen Fabrice--dijóle el marqués--, no es una señora, es una
señorita.
--¡Diablo!--replicó vivamente el pintor--. ¿Y la otra... Eva?
--Es su institutriz.
--¡¡Dia...blo!!--acentuó Fabrice con energía.
Y volvió tranquilamente a preparar su paleta.
--Como hoy mismo voy a presentarte a esas inocentes, sería inútil
ocultarte que tan aventajada criatura es la señorita de la Treillade, y
no parece de más advertirte que esta mañana precisamente, me la
recomendaba, mí tía cual un modelo de todas las virtudes... Verdad es
que añadía que era muy instruída... en lo que, como has visto, no se
equivocaba... Cuando pienso que tal vez me hubiera decidido por ella,
siento escalofríos... Ahora comprenderás por qué razón he prescindido de
todos los principios de la delicadeza ante la idea de darme exacta
cuenta sobre los principios de esa señorita... Diríase que la suerte me
ha presentado la ocasión de juzgarla... Te aseguro que no me arrepiento
de mi falta... ¡Vamos a almorzar!
V
LA VIZCONDESA DE AYMARET
El primer impulso de Pierrepont fue ir a contar en caliente a la
baronesa la instructiva conversación que acababa de sorprender, entre la
que aquélla llamaba su joya predilecta y la digna institutriz de tal
encanto; pero, después de haber reflexionado un poco, prefirió aplazar
la modificación, reservándola como un argumento dilatorio para el día en
que la señora de Montauron lo empujase de nuevo a resolverse en
definitiva. Atormentado por dudas de que el lector conocerá pronto la
causa real, si ya no es que la haya adivinado, el joven marqués, en sus
indecisiones, deseaba ante todo ganar tiempo. Continuó, pues, durante
aquel día y los sucesivos, tomando parte activa en las distracciones de
la bulliciosa colonia que habitaba los Genets, haciendo creer a su tía
que se ocupaba a través de juegos y de risas, en profundos estudios y
maduras observaciones acerca del carácter de aquellas señoritas,
quienes, en realidad, lo tenían sin cuidado.
Entretanto, el retrato de la señora de Montauron adelantaba poco a
poco. Las sesiones artísticas se tenían en el salón blanco, y después de
la interesada y del pintor, únicamente Beatriz asistía a ellas; pero
autorizado por su competencia en materias artísticas, solía el marqués
introducirse tal cual vez en el santuario, aparentando seguir con el más
vivo interés el trabajo del pintor, quien pudo advertir con ese motivo
las respetuosas atenciones que Pedro demostraba siempre a la lectriz de
su tía. Era el único de entre los huéspedes del castillo que la tratase
de igual a igual; todos los demás, con especial las señoras, tomaban
ejemplo de la baronesa, para afectar con la pobre Beatriz aires de fina
superioridad o de desdeñosa protección. Fabrice notó que aquella parte
más penosa en las funciones de la lectriz las prevenía Pierrepont con el
mayor cuidado; él era quien se levantaba para acercar el taburete,
colocar un cojín, abrir una ventana, llamar un criado, desviviéndose, en
fin, por satisfacer los caprichos sin número de una anciana señora
enfermiza, nerviosa, y de un tan imperioso, cuanto superlativo egoísmo.
Pero la baronesa parecía preferir con mucho los servicios de la señorita
de Sardonne a los de su sobrino.
--Muy bien, Pedro... mucho te lo agradezco... y Beatriz también,
supongo... aunque te diré con franqueza que los hombres tienen la mano
demasiado pesada para estos delicados menesteres... no hay como Beatriz
para arreglarme los cojines sin molestarme... ¿No es verdad, señor
Fabrice?... Además, hijo mío, no quiero monopolizarte... tú eres aquí
un poco dueño de casa... y te debes a mis huéspedes, que son también los
tuyos... Anda, pues, con ellos... anda... ¡dame gusto!... anda.
De todas las amigas de infancia de Beatriz, una sola, mayor que ésta en
dos o tres años, le había quedado obstinada y tiernamente fiel. Esa
amiga era la vizcondesa de Aymaret, prima de la señorita de La
Treillade, cuya linda calumniadora había perfidamente asociado el nombre
de aquélla con el del marqués de Pierrepont, en su crónica escandalosa.
La señora de Aymaret habitaba el verano la pequeña posesión de las
Loges, situada a dos kilómetros, poco más o menos, de los Genets. En el
campo como en París, dejaba raras veces pasar una semana sin ir a ver a
Beatriz, arrostrando denodadamente para llenar tan sagrado deber de
amistad, las temibles iras de la señora de Montauron, quien temía,
juzgando por varias apariencias, que la amable persona no viniese a ser
un obstáculo para el deseado casamiento de su sobrino.
Pierrepont, que tal vez sin motivo no tenía muy alta opinión de las
femeninas virtudes, alababa con calor las de la señora de Aymaret, de lo
que la baronesa venía a deducir, con mundana lógica, que era su amante.
Sea como quiera, es lo cierto, que la vizcondesa de Aymaret constituía
para la señorita de Sardonne, tan sola, tan abandonada, un consuelo y
una confidente de impagable precio: sólo delante de ella abandonaba
alguna vez Beatriz su máscara impasible dejando correr sus lágrimas...
Y, sin embargo, aun para ella guardaba su corazón un secreto. Cierto
día, habiéndola encontrado la vizcondesa en su alcoba deshecha en llanto
a consecuencia de una de esas humillantes escenas que la señora de
Montauron no le evitaba, rogóle vivamente su amiga que abandonase el
servicio de la vieja dama, aceptando un asilo en su propia casa. Beatriz
titubeó al pronto, pero después de un momento de reflexión respondióle
abrazándola:
--¡Qué buena eres!... ¡Cuánto te lo agradezco!... pero excúsame... soy
todavía, a pesar de todo, demasiado altiva, para aceptar casa y mesa por
pura caridad... Aquí al menos sirvo para algo... tengo deberes... presto
algunos servicios, gano mi pan... en tu casa no sería otra cosa, al fin,
que una parásita.
Como su amiga procurase afectuosamente vencer sus escrúpulos, Beatriz le
replicó sonriendo tristemente...
--¡Y además, tu marido me haría la corte!
La señora de Aymaret, que conocía bien a su consorte y que lo sabía
capaz de violar sin escrúpulo alguno las santas leyes de la
hospitalidad, inclinó con dolor la cabeza y no insistió.
El vizconde de Aymaret hubiera deseado, como otros tantos en el mundo,
haber sido un hombre honrado, sobrio, arreglado de conducta y enemigo de
la sota de copas, y si le gustaban las mujeres, el juego y el vino
hasta, el escándalo y la degradación, era... que no podía remediarlo.
Los psicólogos lo mirarían quizás como una víctima del determinismo,
pero para el común de mártires era sencillamente un tunante.
Tenía agradable aspecto, y no le faltaba inteligencia; mucho lo había
amado su mujer, pero él hubo de observar tal comportamiento con ella que
la vizcondesa concluyó por profesarle el más completo desprecio. Sentía
hacia su marido, sin embargo, una especie de lástima, y aun se prestaba
a la singular manía en que últimamente aquél había dado revelando a su
propia mujer, sus pérdidas al juego, sus desventuras amorosas, su
naufragio moral, y cómo le eran indispensables las mujeres para
consolarse de las traiciones del juego, y el vino para olvidar las
femeninas veleidades. Se dirá que en escucharlo probaba su mujer
paciencia de santa, pero hay de entre aquéllas algunas que merecen ser
canonizadas.
La señora de Aymaret tenía dos hijos de este indigno marido, dos hijos
que fueron su consuelo y en los cuales cifraba todas sus afecciones. Era
una de esas raras mujeres que el marqués de Pierrepont hubiese
seriamente amado; la habría amado por sus suaves encantos, por un no sé
qué de luminoso que orlaba su blonda cabeza, por la gracia de su
aristocrático marchar, por la tierna claridad de sus tiernos ojos, que
como los de Enriqueta de Inglaterra, parecían estar siempre pidiendo
besos. Y todavía aún la hubiera amado porque era honrada, por ese
atractivo inexplicable que para todo humano inmortal tiene el prohibido
fruto; la habría también amado por un impulso de generosa simpatía,
porque mejor que a nadie eran notorias a Pedro las íntimas tristezas de
la vizcondesa. Miembro del mismo club que de Aymaret, había visto más de
una vez a su consorte, en los comienzos de su matrimonio, venir a
buscarlo en la mañana enrojecidos los ojos por las lágrimas y el
insomnio.
En resumen, procuró al principio el vizconde consolarla, sin alcanzar su
objeto; muy admirado de su previsto fracaso, acabó por aceptar
francamente su situación, ese hombre de mundo, contentándose con esa
especie de reservada amistad que le ofrecía su adorable cónyuge. Desde
ese día, continuaron tratándose bajo el pie del confiado compañerismo,
fácil, y no exento de cierta ironía.
La señora de Aymaret, que era grande entusiasta por las artes, sentía
viva admiración por los talentos de Jacques Fabrice. Poseía la
vizcondesa algunas acuarelas que databan de los primeros tiempos del
pintor, verdadero tesoro de cuya propiedad considerábase orgullosa. La
llegada del artista a los Genets despertó en ella ardiente curiosidad, y
le gustó el hombre por su modesto continente y su grave melancolía.
Constantemente preocupada de la situación penosa y precaria de su amiga
Beatriz, recordaba ella que antes de los desastres de la familia de
Sardonne, había demostrado aquella joven serias aficiones por la pintura
a la acuarela, y la señora de Aymaret se dijo que Fabrice podría darle
algunas lecciones durante su residencia en los Genets, alentando al
mismo tiempo sus naturales disposiciones y dando así vida a sólidas
aptitudes que podrían asegurar tal vez a la huérfana una existencia
independiente en lo futuro. Beatriz, a pesar de su amargo desapego a
todo, aceptó la idea con algún interés.
--Pero--objetó a su amiga--, ¿cómo pedir semejante favor a ese
caballero?... Yo nunca me atreveré.
--Podrías--replicóle la vizcondesa--rogar al señor de Pierrepont que se
encargara de hablarle.
--No--dijo Beatriz--; el señor de Pierrepont podría disgustar a su tía
dando ese paso.
--No me parece que la epidermis del marqués sea tan delicada por lo que
se refiere a manías de la baronesa... Por otra parte, nada nos obliga a
desenvolver a Pedro nuestro plan de operaciones... Es natural que tú
procures perfeccionar tus conocimientos cuando la ocasión se te
presente... ¿Quieres que yo le hable al marqués?
--Me harías un gran favor.
El mismo día que ocurrió esta conversación, la banda de invitados fue a
visitar cierta estación termal próxima a los Genets. Pierrepont se había
quedado en el castillo pretextando una ocupación cualquiera, y como la
señora de Aymaret saliese del parque para volver a los Loges,
atravesando el vecino bosque, advirtió que Pedro se hallaba desatando
una canoa junto al estanque que alimentaba el riachuelo del parque.
--¿Cómo vamos?--díjole la vizcondesa, haciéndole con su sombrilla señas
de que se acercase--. Tengo que hablar a usted.
--Escuchar es obedecer--respondió Pedro alegremente.
--Pues bien: usted sabe o no sabe que Beatriz trataba muy lindamente la
acuarela antes de sus desgracias... Ella desea volver a las andadas y
tomar algunas lecciones del señor Fabrice durante su residencia aquí...
¿Se puede contar con los buenos oficios de usted?
Pierrepont reflexionó algunos segundos.
--Con mis buenos oficios no puede contarse en este caso, vizcondesa; con
los de usted, sí... Dicho se está que estoy enteramente a la disposición
de usted y de la señorita de Sardonne... pero siendo Fabrice invitado
mío, estoy seguro que usted se abstendría de pedirle cosa que podía
tener los visos todos de una semi-imposición... mientras que si usted
misma le presentase el memorial, ya eso tiene otra forma... Mire
usted... precisamente iba a embarcarme para ir a buscarlo... Está
sacando un croquis al pie de la cascada, allá abajo... ¿Quiere usted
venir conmigo?
--¿Embarcada?--preguntó la señora de Aymaret.
--¡Embarcada! ¿Por qué no?... es a cinco minutos de aquí... Si es el
_tête-à-tête_ lo que asusta a usted, no será largo... Otros hemos visto
peores, créalo usted... Por otra parte, así queda usted a dos pasos de
su casa... Vamos, querida vizcondesa, confianza... confianza.
--¡Vamos, pues!
Y apoyándose en el brazo de Pierrepont, saltó con ligereza a la canoa.
Pedro tomó los remos, puso aquélla en movimiento y, abandonándola al
hilo de la corriente, se dejó ir suavemente.
Y por cierto que era encantador este riachuelo oculto bajo el follaje de
los sauces y de los fresnos que festoneaban sus orillas. Únicamente
habíase practicado acá y allá algún ligero claro para comodidad de los
aficionados a la pesca. Además, se deslizaba en silencio bajo arcos de
verdura apenas interrumpidos lo bastante para que el sol dejara pasar
tal cual dorado, tembloroso rayo.
Después de un momento de silencio, Pierrepont interpeló bruscamente a su
compañera en ese tono, medio serio, medio irónico, que era de uso entre
ellos.
--¡Señora de Aymaret!
--¡Mi querido amigo!
--¿Sabe usted que quieren casarme?
--¡Es natural!
--¡Pues bien... decididamente, huyo el cuerpo a ese santo lazo... estoy
desalentado!
--¿Por qué?
--¡Porque cuanto más observo, más me convenzo de que ya no hay niñas
honradas, y, por consecuencia, no puede haber tampoco fieles esposas!
--¿Qué ha dicho usted?
--Digo, que ya no hay mujeres honradas... al menos en nuestra clase...
es una especie desaparecida.
--¡Perdone usted!--repuso la señora de Aymaret--. ¿A mí se atreve usted
a decirme eso?
--Bien sabe usted que a usted la exceptúo... Usted ha nacido virtuosa,
es su complexión de usted, pero... es una complexión rara.
--¡Ah! perfectamente--replicó la vizcondesa--, así nos juzgan ustedes...
¡no hay mujeres honradas!... y si se encuentra una de la que por
casualidad no dudan ustedes... entonces es que ha nacido así como
hubiera podido nacer tuerta... no hay mérito porque no ha habido ni
tentación, ni lucha, ni nada... ¡Ay, Dios mío! ¡qué duro de oír es eso,
y cuán ligeras, injustas y crueles son esas apreciaciones!
--¡Querida vizcondesa!--murmuró Pierrepont, conmovido por el sincero
acento de aquélla.
La señora de Aymaret prosiguió diciendo en contenida, aunque vibrante
voz:
--No puede llamarse una traición que yo hable de los detalles de mi vida
íntima... todo el mundo los conoce, y usted mejor que nadie... Y usted
sabe que si jamás una mujer tuviera disculpa en conducirse mal... esa
mujer sería yo... pero no, tengo hijos... dos hijos, y quiero que mañana
se diga... «Si el padre era un pobre hombre... un desgraciado loco... la
madre fue una mujer honrada... una digna persona...» ¿Y usted cree que
resignarme a esto me ha sido fácil... no es verdad?... Me ha sido fácil
porque es mi temperamento... porque he nacido así... sin pasiones y sin
debilidades... ¡Ay, Dios mío, Dios mío, y lo cree usted!... ¡lo cree
usted! ¡usted!...
--¡Señora!--balbuceó el marqués con emoción y dificultad--; sería en mí
una necedad insigne pensar siquiera... por más que halagase mi amor
propio... Sin duda he comprendido a usted mal...
--¡No!--continuó la vizcondesa con mayor vivacidad aún--. Me ha
entendido usted muy bien... de usted se trata... Usted me ha hecho la
corte... No sé si usted me amaba entonces... en cuanto a mí, lo amaba a
usted... y... lo amo todavía... lo confieso a usted atrevidamente... y
lo confieso a usted porque mi franqueza no tendrá consecuencias...
Honrada soy y honrada seré, por mis hijos... Así, pues, crea usted...
crea usted... que nunca seré su amante... pero nunca tendrá usted una
amiga mejor que yo... De eso puede estar seguro.
Y apartó su mirada del rostro de Pedro, enjugándose una furtiva lágrima.
--¡Déme su mano, señora!--díjole el marqués.
La vizcondesa accedió a su ruego, y él entonces, sin añadir una palabra,
besó delicadamente la mano de aquélla.
Siguióse en seguida un largo silencio, apenas turbado por el leve
murmullo del agua: Pierrepont lo rompió primero, procurando volver a la
ligera tonalidad acostumbrada entre los dos.
--En realidad, usted tiene un poco la culpa en las contrariedades que me
está haciendo soportar este matrimonio... porque si no hubiera conocido
a usted sería menos difícil.
La señora de Aymaret movió graciosamente la cabeza sin responder.
--Me gustaría--añadió el marqués con seriedad--, recibir una esposa de
su mano.
--Es muy delicado eso... Jamás me atreveré a arrostrar semejante
responsabilidad... nunca osaría designarle una persona... aun cuando su
nombre estuviera para caerse de mis labios.
--¿Qué quiere usted decir con eso?
--Nada.
--¿Piensa usted en alguien?
--En nadie.
--¡No es usted sincera en este punto!
--¡No! pero doblemos la hoja, hablemos de otra cosa, se lo ruego... ¿Es
complaciente su amigo Fabrice?... ¿Sería amable conmigo si tuviese
necesidad de pedirle algún favor? ¿Qué cree usted?
--Estoy seguro de que sí... Pero es necesario que bajemos aquí; de otro
modo la corriente nos arrastraría por encima de la esclusa.
En efecto, el riachuelo caía en el Orne a poca distancia, franqueando un
pequeño dique. El salto de agua se dividía en dos brazos, de los cuales
uno daba movimiento a un molino instalado en la orilla. He ahí el motivo
de paisaje que Fabrice bosquejaba cuando la señora de Aymaret y
Pierrepont se le juntaron.
Después de los cumplimientos de usanza, la señora de Aymaret,
ruborizada--por nada se ruborizaba esta mujer adorable--, habló al
pintor de su pretensión, que el artista acogió con la mejor voluntad.
--Será para mí un placer--dijo a la vizcondesa--, dar consejos a la
señorita de Sardonne, aunque ella haya abandonado un poco el estudio de
la acuarela... ¿La señorita de Sardonne copiaba ya la naturaleza o
únicamente la muestra?
La señora de Aymaret, siempre ruborizada, no pudo asegurarle nada sobre
aquel particular.
--¿Y qué hora preferiría la señorita de Sardonne para sus lecciones?
La señora de Aymaret interrogó a Pierrepont con una mirada.
--Creo--respondió el marqués--, que la señorita Beatriz no tiene durante
el día más que, una hora libre... es aquella en que mi tía duerme la
siesta después del almuerzo.
--Perfectamente; entonces ésos son nuestros momentos.
La propiedad de la vizcondesa hallábase frente del molino: los dos
amigos la acompañaron hasta la portada y volvieron a los Genets haciendo
comentarios sobre los atractivos de aquella encantadora criatura; mas de
Beatriz no hablaron ni una sola palabra.
VI
EL SECRETO DE PEDRO
Fabrice presentó aquella noche misma sus servicios a la señorita de
Sardonne, quien pagó su atención con una de aquellas hermosas sonrisas
que tan de tarde en tarde iluminaban con dulzura tanta sus trigueñas
mejillas. Deseó el pintor ver algunos de los bosquejos por Beatriz
comenzados, mostrándoselos ésta con cierto aire de confusión; eran
copias directas de la naturaleza misma que el artista no halló
desacertadas. Convinieron, pues, en que a contar del día siguiente al de
la entrevista empezarían de nuevo, y durante la siesta de la baronesa,
los interrumpidos estudios sobre la acuarela, bajo la dirección de
Fabrice.
Imposible era poner en práctica proyectos tales sin contar de antemano
con el no fácil beneplácito de la señora de Montauron, encargándose el
marqués de empresa tan de por sí escabrosa, y éralo ella tanto, que tía
y sobrino estuvieron a punto de reñir con este motivo ligera escaramuza.
La baronesa creía que bajo las inesperadas artísticas aficiones de su
lectriz emboscábase una intentona de emancipadora rebelión, y ya que no
pudiese oponer un formal veto sin manifestar al desnudo su celoso
despotismo, desahogó su mal humor presentando un diluvio de objeciones.
--¡Es gracioso que esa señorita se permita disponer de su tiempo sin mi
permiso!--dijo a su sobrino.
--Perdone usted, tía, no dispone sino de aquel que buenamente le deja
usted libre.
--¡Es que puede hacerme falta a cada momento!
--¡Vamos, tía! ¿para qué puede usted necesitarla mientras se halla usted
durmiendo?
--¡Sí, pero me parece absurdo que yo la tenga toda la vida a mi lado
para proporcionarme el placer de verla embadurnar papel de marquilla!
--¡La pobre no tiene tantas distracciones que digamos, mi buena tía... y
ésta es tan inocente!
--¡Sí, inocente!... ¡por supuesto!... ¡qué tontísimo eres!... yo estoy
segura de que Fabrice gusta a... a su señoría... No puede negarse, la
verdad que es hermoso, con la más peligrosa de las hermosuras... la
hermosura tenebrosa de los hombres de inteligencia... y luego, eso, el
prestigio del talento... ¿Crees tú que esos cotidianos _tête-à-tête_
entre maestro y discípula no han de traer sus consecuencias?
--Sí, tía, lo creo... sobre todo cuando el alumno es la señorita de
Sardonne.
--¡Muy bien! ¡Me gusta! ya verás cómo esas dichosas lecciones nos van a
proporcionar un disgusto.
Así, después de haber dado rienda suelta a su enfado, se resignó la
anciana dama a que Beatriz tomase lecciones de acuarela: por ende todos
los días, entre una y dos de la tarde, instalábase la huérfana en una
silla al lado de Fabrice para dibujar a la vista de éste, ya un paisaje,
ya un motivo de arquitectura, si bien por atendibles razones de
decencia, nunca se apartaron de debajo de las ventanas del castillo,
donde, por otra parte, encontraban suficiente tema de estudio, ora aquel
señorial edificio, ora en las rientes circunvecinas campiñas.
Entretanto había llegado la apertura de la caza, y esta novedad trajo a
los huéspedes de los Genets otro elemento de animación y de placeres.
Las señoritas de la colonia se ensayaban en este género de sport, con
gran desesperación y terror grande de los cazadores serios. Pierrepont
era, según inapelable sentencia de su tía, el encargado de iniciar y
moderar los venatorios ímpetus de aquellas jóvenes Dianas, dándole en
sus funciones no escaso trabajo Mariana de La Treillade, quien, para la
caza, como para otras muchas cosas, mostraba singularísimas
disposiciones. Debemos confesar, a fuer de sinceros, que el marqués se
ocupaba con predilección marcada de aquella señorita desde que
descubriera cómo aquellos grandes y cándidos ojos encubrían tesoros de
precoz perversidad, porque la verdad es que esta mezcla picante divertía
su incurable dilettantismo.