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BIBLIOTECA de LA NACIÓN
OCTAVIO FEUILLET
HONOR DE ARTISTA
BUENOS AIRES
1919
Derechos reservados.
Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
* * * * *
ÍNDICE
I.--Pedro de Pierrepont
II.--Fabrice
III.--Beatriz
IV.--Aquellas señoritas
V.--La vizcondesa de Aymaret
VI.--El secreto de Pedro
VII.--Rivales
VIII.--Marcela
IX.--Gustavo Calvat
X.--Confidencias
XI.--«Fin de siglo»
XII.--Del palco del Teatro Francés
XIII.--Pasión
XIV.--La apuesta
XV.--Honor de artista
* * * * *
I
PEDRO DE PIERREPONT
Uno de los más nobles nombres de la vieja Francia, el de los Odón de
Pierrepont, era llevado, y bien llevado, hacia 1875, por el marqués
Pedro Armando, quien frisaba entonces en los treinta años, y venía a ser
el último descendiente masculino de tan ilustre familia. Era el marqués
uno de esos hombres que, por su bello y serio rostro, su gracia viril,
su elegancia correcta y sencilla, hacía espontáneamente brotar de los
labios esta frase de trivial admiración: tiene porte de príncipe.
Y en efecto, difícil hubiera sido figurárselo detrás de un mostrador,
midiendo seda en un almacén o desempeñando otra profesión cualquiera que
no fuese la de diplomático o la de soldado, que son, al fin, oficios de
magnate. Por otra parte, habíase podido apreciar de qué fuera capaz el
marqués de Pierrepont, vistiendo el uniforme militar, por cuanto en la
guerra del 70 dio pruebas del más cumplido valor, volviendo
pacíficamente, una vez terminada aquélla, a emprender su vida habitual
de parisiense y de dilettante a que lo impulsaban tendencias, gustos,
falta de ambición, y un poco también el deseo de complacer a cierta
anciana tía, que no se contaba seguramente entre las fervientes
admiradoras de la república.
Era esta tía la baronesa de Montauron, por su familia Odón de
Pierrepont; cifraba en su apellido el más grande orgullo y era viuda y
sin hijos, circunstancia que no la entristecía, puesto que, merced a
ella, proponíase disponer a su muerte en favor de su sobrino, de los
cuantiosos bienes que heredara de su difunto marido, dando por esta
combinación nuevo brillo a los un tanto deslustrados blasones de su
casa, porque sin que pudiera estrictamente decirse que los Pierrepont se
hallasen arruinados, encontrábanse, de dos generaciones atrás, en menos
que mediano estado de fortuna, sobre toda si se considera cuán grandes
son las exigencias de la vida al uso de los tiempos que alcanzamos.
Una renta de escasas treinta mil libras fue todo lo que de la sucesión
paterna pudo sacar el joven marqués, y si esta suma era suficiente para
asegurar su independencia, no era bastante ni aun adicionada con el
ligero suplemento que a título de aguinaldos dábale anualmente su tía,
para llenar las necesidades de posición a que se veía obligado un hombre
de su clase, representante de toda una estirpe de grandes señores.
Ciertamente que la señora de Montauron, que tenía por su parte una
entrada anual de muy cerca de cuatrocientos mil francos, habría podido
muy bien no aguardar la hora de la muerte para dorar un poco el escudo
heráldico de su sobrino, pero la dominaba una pasión todavía más
decisiva que el orgullo de raza, y esa pasión era el egoísmo. Verdad es
que la vida un tanto estrecha que las circunstancias obligaban a llevar
a aquél, mortificaba grandemente la altivez de la vieja baronesa, pero,
así y todo, no se resolvía a tomar sobre sí la obligación de mejorarla
en algo mediante cualquier leve sacrificio impuesto a sus comodidades
personales. Tenía esta señora, en la época de nuestro relato, cincuenta
años, y según cálculos que hiciera sobre ciertas estadísticas de
mortalidad, tenida en cuenta la longevidad de sus ascendientes, había
venido a sacar en limpio que su existencia podría aún prolongarse cosa
de treinta años, por término medio. La humillación de ver al último
varón de su raza reducido a estado relativamente precario por tan largo
espacio de tiempo, era para ella prueba penosísima, pero la sola idea de
verse obligada a vender su casa de la calle Varennes o sus bosques de
los Genets, presentábase a su imaginación cual rasgo de rematada locura,
y, en su afán de conciliar sentimientos tan contradictorios, dio en la
idea de mejorar la suerte del marqués por el único expediente posible,
que era casarlo con una rica heredera.
Tal era el fin que perseguía con vehemente anhelo la señora de Montauron
en los momentos en que principia esta verídica historia. Serias
preocupaciones atormentaban a la baronesa acerca de que su hermoso
sobrino, como ella lo llamaba, quien, por otra parte, era muy buscado en
sociedad, sobre todo por las damas, se prestase fácilmente a abandonar
su vida independiente y galante para doblar el cuello a la, marital
coyunda, si bien debe observarse, como es bastante frecuente, que suelen
ser aquellos hombres más llamados por sus atractivos personales a más
rápidas conquistas de femeninos corazones, precisamente los que menos
importancia dan a su envidiable fortuna: indiferentes hacia triunfos
para ellos fáciles, carecen en general de esa fatuidad, de eso que
pudiéramos llamar furor galante, característico en aquellos otros de sus
congéneres cuyas victorias sobre el bello sexo débenlas únicamente a la
constante lucha contra un modo de ser moral y físico en que no abundan
como don natural los atractivos. Mucho se hablaba de los éxitos
obtenidos en esas lides por el marqués de Pierrepont, si bien él,
conduciéndose con caballeresca discreción, jamás confesó ninguno, por
más que en lo que se decía mucho debía haber de verídico y auténtico; en
resumen, no era un libertino, y aun puede asegurarse que había en él un
fondo de seria dignidad que comenzaba a alarmarse de esos devaneos a
que tarde o temprano lleva fatalmente la soltería.
Y como prueba de lo que venimos diciendo, manifestaremos que departiendo
acerca de estos escabrosos particulares con el pintor Jacques Fabrice, a
cuya casa solía ir por las tardes con el fin de tomar una taza de te y
fumar un cigarrillo, se expresaba en estos términos el señor de
Pierrepont, dirigiéndose a su amigo:
--¿Sabes lo que me pasa? Hoy cumplo treinta y un años.
--Hermosa edad--replicó el pintor, que dibujaba al amparo de la amplia
pantalla de su lámpara.
--Es, en efecto, una hermosa edad--continuó el señor de Pierrepont--; es
la edad en que el hombre se halla en la plenitud de sus facultades, pero
es al mismo tiempo una hora crítica, una hora decisiva en la vida y
sobre todo en la vida de un ocioso, de un simple dilettante como yo. Me
encuentro en esa fatídica línea que separa la juventud de la edad
madura... Si resbalo, en ese período de la existencia, llevando a él las
pasiones y los hábitos de los pasados días, no puedo hacerme ilusiones
sobre el porvenir que me espera... Me parece que tengo algunas nociones
siquiera de honor y de buen gusto... además, profeso instintivo horror a
todo lo que es falso y bajo... y, sin embargo, si me abandono al ciego
destino en estos momentos de crisis, vislumbro un futuro que hiere todas
mis singulares aprensiones... Entreveo en el horizonte amores de
decadencia, una juventud artificial obstinándose en combatir en vano
contra las advertencias y las humillaciones de la edad... secretas
operaciones de tocador tan vergonzosas como inútiles... alguna vieja
amante legítima in extremis... y otras mil cosas del mismo género, a las
cuales, es cierto, amigo mío, que en nada me cedían cuanto a delicadeza,
han concluído por resignarse mansamente... Pues bien, mi buen Fabrice,
cuanto más reflexiono acerca del medio de escapar a este triste futuro,
tanto más me convenzo de que no hay otro medio sino seguir la trillada
senda de nuestros antecesores.
--¡Ah! ¡Ah!--dijo Fabrice.
--¡Naturalmente!--exclamó Pedro--; el matrimonio, sin duda que el
matrimonio tiene sus inconvenientes, sus tristezas, sus peligros, pero,
así y todo, es el mejor abrigo en que un hombre puede pasar tranquilo la
vejez y aguardar la muerte sin deshonrar sus canas.
El pintor dio un hondo suspiro sin responder a Pedro.
--Dispénsame--le dijo su amigo--. Este asunto te enoja con razón. No
debiera haberlo olvidado.
--Mi experiencia personal es muy triste a este respecto; tú lo sabrás,
Pedro--contestó el pintor--; pero, después de todo, eso no quiere decir
nada... Hice un matrimonio de loco... en fin, no me arrepiento, porque,
al cabo, tengo a mi hija.
--Precisamente--añadió Pierrepont--, tienes una hija... yo también puedo
tener otra, tal vez un hijo, y ésos son afectos, distracciones que
hacen olvidar a un hombre el eterno femenino: digo más: pueden revestir
de cierto prestigio la edad madura de la vida... Es hermoso ver a un
padre todavía joven llevando a sus hijos de la mano a paseo... ¡Bueno!
qué quieres, vas a admirar mi candor... pero... pero siento como un vago
deseo de amar siquiera una vez en la vida a una mujer honrada.
Los ojos del pintor se apartaron un momento del dibujo para fijarse con
aire de extrañada simpatía en el bello rostro de su amigo.
--¡Vamos! ¡Ya! quieres ensayar un segundo estilo... quieres saber si en
materia de amor, hay algo más superior, algo que aventaje a eso que en
lenguaje de mostrador se llama bisutería. Y bien, ¿qué te falta para
realizar tan poético ensueño?
--Una mujer.
--Exactamente. Pero me parece que con tu nombre, tu porvenir... tus
atractivos personales, si me permites que así me exprese, no te será
difícil encontrarla con sólo quererlo.
--No sólo con quererlo yo; es preciso que también lo quiera mi tía.
--¿No me has dicho que tu tía deseaba casarte lo más pronto posible?
--Di mejor lo más ricamente posible--replicó el marqués acentuando
amargamente la frase--: mi tía sostiene que, siendo el matrimonio una
pura lotería, de lo que solamente debe uno preocuparse es del dote,
abandonando lo demás al azar... Te aseguro que yo no opino del mismo
modo... Compréndeme bien: no me encuentro en situación de mirar con
desdén los títulos de renta al tres por ciento... pero, sin embargo,
desearía, que al mismo tiempo me ofreciera mi prometida ciertas
garantías de honor y de dicha... y todavía añado, garantías
excepcionales... Ya tú sabes la educación que hoy reciben las niñas...
eso aterra. Y ahí tienes por qué mi matrimonio, aun deseándolo tanto mi
tía y yo, no acaba de salir de los limbos de la hipótesis... A propósito
de mi tía: ¿vas a venir a los Genets? Mi tía me dice en su última carta
que cuándo puede contar contigo.
--A partir del 15 de agosto estoy libre y a sus órdenes.
--¡Magnífico! No la conoces, ¿es verdad?
--No, hijo, ni aun de retrato.
--Bien, ya te he dicho que como retrato, sería... ¿cómo te diría yo?...
sería... un poco ingrata.
--Ya trataré de conquistarla.
--Tendrás méritos si lo consigues.
--Hasta la vista, pues.
--Hasta la vista, adiós.
II
FABRICE
¿Hay en el arte especial del pintor, en esa vida solitaria,
semiclaustral que su profesión le impone, en esa afanosa carrera en pos
de un tipo de absoluta belleza, jamás alcanzado, alguna secreta virtud
que eleve su espíritu, que depure su moral personalidad? No lo sé, mas
no me engañaría si asegurase que suelen encontrarse en los talleres del
pintor, con más frecuencia que en cualquier otro sitio, esas almas
candorosas y graves, esos corazones sencillos, rectos y altivos que tan
alto hablan en honor de la humana especie; y sin que pretenda dar a mi
observación la fuerza de una verdad axiomática, que sería irracional e
injusta, puedo decir en conciencia, que pocos caracteres podrían
compararse en nobleza con los de algunos artistas a quienes muy de cerca
he conocido.
Los orígenes de Jacques Fabrice eran humildísimos.
Desempeñaba su padre modesto empleo en una de las alcaldías de París, y,
aunque murió joven, vivió, sin embargo, lo bastante para contrariar por
todos los medios la precoz disposición que para las artes del dibujo
mostrara el niño. Ocupábase la madre en la, confección de flores
artificiales, y dotada de más delicado instinto, simpatizaba
secretamente con los gustos de su hijo. Una vez viuda, consiguió en
breve hallar el camino de procurar a éste la indispensable enseñanza
artística, alentándolo al propio tiempo en su noble vocación; y contaba
el muchacho apenas quince años, cuando ya podía ayudar a la madre en
los breves gastos de su pobre hogar, pintando para el caso muestras de
tienda, en los estrechos intervalos que le dejaba el aprendizaje. Dícese
que fue viéndole trabajar en la fachada de cierta miserable taberna de
Meudon, donde uno de los príncipes de la pintura contemporánea echó de
ver sus méritos, y tal afecto le cobró a poco, que no sólo lo recibió en
su taller, sino lo que es más, dos años después llevólo consigo a
Italia. Tuvo la madre de nuestro Fabrice la dicha inefable de presenciar
los triunfos primeros de su hijo, quien le debía en parte no sólo la
naciente nombradía, si que también esa atractiva mezcla de suavidad y de
energía que es la natural y conmovedora consecuencia de ese doble papel
de protegidos y de protectores que nos hacen, tantas veces jugar los
acontecimientos.
No fue, sin embargo, hasta después del admirable cuadro que en el salón
de 1875 expuso Jacques Fabrice, que su reputación quedó sentada cual
hecho indiscutible; hasta entonces la fama de su competencia no había
traslucido fuera de un limitado círculo de amigos y de admiradores,
porque su trabajo, lento y concienzudo hasta la nimiedad, su gusto
difícil, su horror a lo vulgar, en una palabra, su probidad artística,
fueron causas que retardaron esa revelación brillante de su luminoso
talento.
Por otra parte, había tenido que luchar en los comienzos de su carrera
con abrumadores pesares. Una ligereza de juventud lo impulsó en sus
veintidós años a contraer matrimonio con la hermana de uno de sus
compañeros de taller: era ésta una muchacha bonitilla que parecía
arrancada de un cuadro de Creuze, y como la madre de nuestro pintor,
obrera en flores. Fabrice la veía trabajar asiduamente en su ventana, y
parecíale al incauto artista que ella fuese la imagen misma de la dicha
y de las domésticas virtudes, y forjóse un idilio, barajando en el
desvarío de su inexperiencia la alianza de la casta pobreza con la
naciente fortuna. Casóse, pues, con ella, y todos los tormentos que una
inteligencia predestinada, todas las amarguras que un alma delicada
puede sufrir al contacto permanente de la vulgaridad de espíritu y de la
bajeza de carácter, todo eso lo sufrió Fabrice al lado de esa preciosa
criatura. Incapaz de comprender siquiera las altas condiciones del
artista, le reprochaba sin cesar con gritos de furia, la lentitud de sus
estudios, la serena conciencia que ponía en su trabajo, impulsándolo a
la premura productiva de la ruin producción comercial, y aun se dio caso
de llevar ella misma ávidos mercaderes al taller de su propio marido,
ausente éste, vendiéndoles a vil precio no acabados cuadros, con gran
desesperación del artista sin ventura. No tuvo, por último, más que un
mérito: murió al cabo de siete u ocho años, dejando a Fabrice una niña
que por dicha no se parecía a su madre.
El joven marqués de Pierrepont, cuyo diletantismo ocupábase casi con
idéntico entusiasmo en las cosas del sport como en las del arte, y que
era un juez eximio en ambas materias, fue uno de los primeros en
vislumbrar el gran porvenir que la fortuna reservaba a Jacques Fabrice.
Se habían conocido durante los aciagos días del sitio de París, eran
camaradas en la misma compañía de uno de los regimientos de marcha y
habían sido también compañeros de ambulancia, los dos heridos en la
batalla de Châtillon. Como resultado de estas relaciones, empezó el
marqués a frecuentar el taller de su nuevo amigo, haciéndose desde este
momento el apologista de su talento en la buena sociedad, talento
todavía o ignorado, o discutido. Así, con el transcurso del tiempo,
habíase venido a formar entre ellos una amistad tan estrecha y confiada,
cual puede ella serlo tratándose de dos hombres por naturaleza altivos y
reservados.
Pedro de Pierrepont procuró varias veces, aunque sin éxito, convencer a
su tía de que se dejase retratar por su amigo, garantizándole su
competencia e indiscutibles méritos, insinuándole que sería honroso para
ella, y al mismo tiempo económico, ser una de las primeras en dar
relieve a un artista llamado a alcanzar ruidosa reputación.
--Mira--le contestaba la tía--, me parece mejor aguardar a que esa
celebridad se haya hecho por ministerio del prójimo; a mí no me gusta
servir de muestra.
Pero los triunfos que en el salón de 1875 obtuvieron los cuadros de
Fabrice decidieron a la desconfiada baronesa, dignándose por fin otorgar
su protección a un hombre que precisamente ya en aquellos momentos para
nada la necesitaba; pero el hecho fue que al cabo se resolvió, y después
de ardua y detenida conferencia con Pierrepont, tuvo a bien invitar al
pintor a que fuera a pasar algunas semanas en los Genets, donde ella
podría entregarse a las molestias consiguientes a tal operación, con más
comodidad y espacio que en París.
Por consecuencia de tan alta merced, Fabrice debía, según ya dijimos,
trasladarse a la susodicha posesión, en el departamento de Orne, para
reunirse allí con el marqués, una vez vuelto éste de las carreras de
Deauville.
III
BEATRIZ
La baronesa de Montauron, en cuya casa vamos a penetrar, siguiendo los
pasos de su sobrino el marqués de Pierrepont, era una mujer de mucho
talento y gracia suma, pero sin corazón: había hallado, sin embargo,
modo de crearse sólida reputación de alma generosa, recogiendo cierta
joven huérfana, lejana pariente de su marido, la cual huérfana le servía
de lectriz, de enfermera y aun un poco de doncella.
Beatriz de Sardonne, era hija del conde de su apellido a quien las
carreras de caballos principiaron a arruinar, rematándolo la Bolsa;
murió, pues, dejando a su hija con mil francos de renta, y dicho se está
que mil francos de renta son la miseria o el convento. La señora de
Montauron, que envejecía en tiempo y declinaba en salud, hacía fecha que
pensaba en procurarse una señorita de compañía que aliviase el peso de
su soledad y la carga de sus enfermedades. Deseaba, naturalmente, que
dicha señorita fuese distinguida, y esto por decoro de su casa y
nombre: quería también que la candidata tuviera buen carácter
(circunstancia más que esencial, indispensable, créanos el lector, para
estar a su lado). Exigía que fuera hermosa, a fin de que su presencia
viniese a ser como un cebo para el sexo fuerte, de cuyos atractivos
había sido siempre la baronesa devota fervientísima. La señorita de
Sardonne parecía responder a la perfección a tan varias exigencias,
puesto que era de ilustre cuna, perfecta distinción y soberana belleza,
y aun hay quien dice que demasiado soberana en sentir de la baronesa,
pero era necesario ser indulgente en algo, dado que las señoritas de
compañía no pueden mandarse hacer, como los sombreros. Era la señorita
de Sardonne de bastante estatura, pero lo que sobre todo la hacía
admirar era su magnífico aire: una reina. Ojos de obscuro purísimo azul,
tez ligeramente morena, y al sonreír dos hoyuelos se abrían en sus
mejillas. ¡Detalle por cierto encantador! Su traje tenía que ser por
fuerza muy sencillo; casi siempre un vestido negro sin adornos; algunas
veces lo cambiaba por otro tornasolado que modelaba finamente su
soberbio busto de diosa, realzando cada uno de sus movimientos a un
metálico rielar. Circunspecta por carácter y posición, no hablaba nunca
más que para responder con breve urbanidad a las preguntas que se le
dirigían, y obedecía, si no con paciencia, al menos con calma
imperturbable las con frecuencia mortificantes órdenes y tiránicos
caprichos de la baronesa: un imperceptible vertical pliegue entre los
dos arcos de sus cejas, que se acentuaba algunas veces bruscamente,
podía sólo dar testimonio de la secreta repugnancia que le causaba su
casi servil situación.
Esta resplandeciente beldad llena de encanto y de misterio, tenía, cual
fácilmente puede concebirse, numerosísimos y a veces no muy delicados
apreciadores entre los jóvenes y viejos amigos de la casa, pero la grave
decencia, la fría reserva de la señorita de Sardonne derrotaban presto
tan sospechosos homenajes. Tal vez en la ingenuidad de su alma, en la
tranquila conciencia de su belleza, pudo quizás ella creer que algunas
de estas adoraciones eran dictadas por leales sentimientos, por
confesables intenciones, mas con su rápida y fina penetración de mujer,
no tardó en comprender que todos estos postulantes que sin respiro la
asediaban, aspiraban a todo, menos a su mano, y esta convicción
diariamente ratificada concluyó por añadir a la honda melancolía que
minaba el corazón de la huérfana, la sensación cruel del más acerbo
desprecio. Y además, aun cuando ella no hubiese tenido tan alto y
merecido concepto de sí propia, aun cuando ella no hubiese sido la hija
del conde de Sardonne, contra las asechanzas más o menos tácitas de que
pudieran hacerla blanco, tenía nuestra interesante huérfana broquel más
templado que el desprecio, escudo más noble todavía que el honor mismo,
porque la señorita de Sardonne había ya hecho a alguien merced de su
alma.
Es muy raro, en efecto, que una joven no haya escogido, aun desde la
infancia, allá en el secreto de su pensamiento, al hombre a que daría su
mano, si bien es cierto que sus secretos votos rara vez se realizarán al
compás de su voluntad. Encuentra ella siempre entre las personas que
frecuenta, una determinada, respondiendo perfectamente al ideal que la
mujer se forja del marido, es decir, del novio, porque en esta dichosa
edad las dos palabras son sinónimas. Apenas contaba doce años Beatriz de
Sardonne, cuando ya paró mientes en la acogida excepcionalmente
favorable que en su familia y sociedad se hiciera a cierto joven vecino
del campo que pasaba en París los inviernos. Era evidente para la niña
que sus tías, sus primas, su mamá misma se conmovían más que de
ordinario cuando el susodicho anunciaba una de sus visitas, hasta el
punto que la conversación, con frecuencia lánguida aun entre mujeres en
el campo, animábase de súbito.
No podía dudarse que la próxima llegada del esperado huésped despertaba
en aquellos femeniles corazones grata emoción, y hasta se corría a las
ventanas para espiar su venida: en fin, cuando Pedro de Pierrepont
aparecía con su aire de príncipe, haciendo caracolear su caballo en
torno del césped del jardín, las señoras acudían radiantes al patio,
mientras que la señorita de Sardonne, observando las cosas a través del
follaje, sentía que su joven corazón se agitaba en su pecho con
palpitaciones a su edad proporcionadas.
Las impresiones de la niña, creciendo con ella, fueron tomando de año
en año más profundo y reflexivo carácter. El marqués de Pierrepont era
universalmente considerado como el prototipo del caballero, del hombre
seductor, pero para Beatriz fue más todavía, porque su educación, sus
gustos, sus preocupaciones mismas, la predisponían más que a persona
alguna a admirar aquella graciosa figura del gentilhombre, aquel ser,
por decirlo así, de lujo, que parecía moldeado en diferente arcilla que
los hombres humanos y creado únicamente para nobles ocupaciones y
elegantes quehaceres: guerra, caza, letras, amor.
Los sentimientos de la señorita de Sardonne por Pedro de Pierrepont
habíanse ido desenvolviendo poco a poco hasta llegar a la adoración,
adoración que la niña guardaba cual en un santuario, en el más oculto
rincón de su casto pecho, sin que Pedro lo sospechara siquiera, pues
tenía por las jóvenes de la edad de Beatriz el desprecio propio en un
hombre de su temple y años.
Próximamente diez y siete tenía la señorita de Sardonne cuando viéndose
sus padres al borde del abismo, donde los restos de su fortuna iban a
perderse, retiráronse bruscamente del mundo, no conservando relaciones
sino con dos o tres muy íntimos amigos. El marqués de Pierrepont,
después de dos o tres infructuosas tentativas para forzar la consigna,
había creído delicado no insistir, así, pues, perdió de vista a esta
familia, sabiendo luego su total naufragio y la muerte del conde y la
condesa. En consecuencia, no volvió a ver a Beatriz hasta el momento de
su entrada en casa de la señora de Montauron bajo los tristes auspicios
de prima en la miseria, de señorita de compañía; de comodín, en fin. Muy
lejos estaba ciertamente de sospechar el marqués que a él se debiera en
gran parte, quizás en todo, que la señorita Sardonne hubiera preferido
al convento la casa de la baronesa, pero era de un natural demasiado
generoso para no sentirse conmovido ante tal infortunio, aun cuando él
no se hubiera presentado de por sí bajo formas tan dramáticas y
atractivas.
Observábase que ponía particular empeño en realzar a fuerza de
respetuosas consideraciones la humillante situación de la huérfana; pero
al mismo tiempo parecía como que evitaba toda clase de intimidad con
ella, y lo que es más, manifestábale habitualmente una reserva vecina a
la frialdad, cual si desconfiara ora de ella, ora de sí propio.
Tales eran las recíprocas relaciones de estas dos personalidades en los
días en que Pierrepont llegó a la posesión de los Genets, precediendo en
algunos a su amigo Jacques Fabrice.
Los Genets era una antigua propiedad de aquella familia que había sido
en parte destruída y en parte vendida, durante el período
revolucionario, y sólo al cabo de cincuenta años decidióse el barón de
Montauron, a instancias de su mujer, de quien aquél era el más seguro y
el más humilde servidor, a rescatar en gran precio las tierras,
restaurando al mismo tiempo el arruinado edificio, del cual no quedaba,
otra cosa más que una hermosa y almenada torre sacrílegamente
encuadrada entre dos construcciones modernas. El conjunto, a pesar de su
irregularidad arquitectónica, no dejaba de ser imponente, y grandes
avenidas de hayas, un parque y bosques cruzados por un afluente del
Orne, acababan de dar a esta habitación eso que es de uso llamar
señorial apariencia.
La señora de Montauron, que profesaba a la soledad cordialísimo
aborrecimiento, concedía a sus amigos la más amplia hospitalidad en su
campestre mansión, aunque, habiendo resuelto que aquel año de 1875
marcaría el fin del celibato de su sobrino, extendió aún más sus
invitaciones en esta jornada, poniendo en la confección de las listas de
convite los más diplomáticos cuidados. Admitió así, con mayor
indulgencia de la acostumbrada, buen número de herederas pertenecientes
a la alta banca francesa y cosmopolita, contando astutamente con que las
intimidades de la vida de campo ofrecerían la deseada ocasión y harían
madurar el perseguido proyecto, descartando con maquiavélica experiencia
a las casadas jóvenes y bonitas, quienes podrían distraer la atención
del neófito, en secundarias bagatelas.
Encontró, pues, el marqués en los Genets hasta media docena de lindas y
candorosas señoritas, quienes, a pesar de su probada inocencia, parecían
darse cuenta bastante exacta de la situación; por lo menos así se
hubiese creído considerados sus respectivos comportamientos, pudiendo
presumirse que estaban en el secreto y aun en la complicidad de la
baronesa, visto cuanto cada una de ellas, según sus personales
intuiciones y peculiar estilo, ponía de su parte, a fin de hacer
triunfar su candidatura. Nada más natural.
El catecúmeno que se trataba de atraer a la buena senda era no sólo un
hombre de raras seducciones personales, sino, lo que es más, el presunto
heredero de una gran fortuna, que, por si algo faltaba, disponía también
de una corona de marquesa, y no hay que decir, considerados estos graves
antecedentes, si sería formidable el despliegue de trajes, gracia,
candor, aturdimiento o afectada indiferencia a que se entregaron
aquellas adorables señoritas.
No era, pues, en verdad aburrida la existencia en los Genets, porque
familias de las invitadas, hermanos y amigos componían una divertida y
animada colonia, pronta siempre a distraerse con los ejercicios de
práctica en el campo, menudeando los paseos en coche, las partidas de
pescas, los _lawn-tennis_ por la mañana, pasándose las noches en
inocentes juegos alternados con tal cual rigodón. La baronesa, a quien
el silencio era odioso porque le hacía pensar en la muerte, gustaba de
todo ese movimiento, si bien mezclándose poco directamente a él por
cuanto el reuma no le dejaba casi momento de reposo; pero ya desde su
sillón de donde daba órdenes como desde un trono, ya sentada a la sombra
de los copudos árboles del parque, complacíase en ver agitarse aquella
brillante juventud, que la formaba una pequeña corte, deleitándose en
ver desfilar aquellos breacks, aquellos mails llenos de exquisitas
elegancias, rebosando refinadas alegrías.
Espectáculo tal no parecía seguramente tan grato a la señorita de
Sardonne, porque, descontadas las raras ocasiones en que la señora de
Montauron se decidía a subir en carruaje, en cuyo caso llevaba consigo a
su lectriz, la tenía sin misericordia encerrada en casa, bajo el
pretexto de decencia social. La pobre Beatriz quedaba así fuera de
aquella vida de placer y de lujo, en medio de la cual presentía, por
otra parte, que su sencillo traje y modesto continente habría sido
motivo de sonrojo. Educada ella misma en los esplendores de la vida
mundana, tenía, como la mayor parte de las jóvenes de su clase,
irresistibles aficiones a la elegante vida del sport. Era, en suma, más
un corazón noble que un alma superior; altanera pero no reflexiva, tras
los encantos de su hermoso sonreír, ocultábanse a veces amargos
sufrimientos, y cuando seguía con la vista aquellos caballeros y
aquellas amazonas que se perdían bajo los añosos árboles de las anchas
avenidas, si su frente permanecía serena y pura, partíase su pecho al
duro golpe del dolor.
La llegada de Pierrepont al castillo le aparejó aún más crueles
suplicios, que por cierto no fue ella la última en prever, puesto, que
la baronesa tenía muy poderosas razones para poner al cabo a la huérfana
sobre las pretensiones y proyectos conyugales que acerca de su sobrino
abrigara. Debemos decir en justicia que nunca Beatriz, una vez
consumada la ruina de su familia, había alimentado esperanza alguna de
ver un día compartidos sus sentimientos con el marqués, y sancionados
por el matrimonio, advirtiéndole su razón distintamente cómo Pierrepont
estaba para siempre perdido para ella y que sólo a milagro pudiera deber
el verlo su marido; pero en fin, en tanto que Pedro continuase soltero
podía tal vez el Cielo operar el prodigio... y este blando ensueño le
daba la vida... más ahora... ¡Oh, ahora!... La dulce quimera habíase
para siempre desvanecido.
Beatriz sentía cual cosa evidente que el temeroso suceso estaba a punto
de realizarse: todo lo presagiaba: la baronesa, como ella misma decía a
su lectriz, jugaba esta vez su última carta, y el joven marqués se
prestaba al juego con toda buena voluntad, que el final resultado no
podía ser dudoso.
Es difícil figurarse ni más acerbo ni más glacial tormento que aquel que
hacía días venía sin piedad torturando el alma de la señorita de
Sardonne; brillantes rivales se disputaban la mano del hombre de su
amor, y ella veíase forzada a presenciar ese torneo en sonriente
expectativa.
IV
AQUELLAS SEÑORITAS
Pierrepont había llegado a los Genets un lunes. Hacia el mediodía del
domingo siguiente, abandonó a los huéspedes de su tía, quienes tenían
concertada una partida de pesca, para después del almuerzo, y se fue a
la estación inmediatamente con el fin de esperar a su amigo y
presentarlo a la baronesa. Encontraron a la señora de Montauron haciendo
una labor cualquiera en una inmensa sala tapizada de blanco y en cuyas
paredes campeaban antiguos retratos de familia: Beatriz, entretanto,
leía un diario.
No tuvo el pintor necesidad de reflexionar mucho para decirse a sí
propio que, si la elección le hubiese sido permitida, no habría sido
seguramente la señora de Montauron la retratada. Sin embargo, no había
que hacerse grandes ilusiones acerca de la acogida de la lectriz, quien
sin levantarse le echó una hostil mirada y continuó en voz baja la
lectura de su periódico, mientras que Fabrice cambiaba algunas frases
con la señora de la casa.
--Tanto gusto de contarlo a usted en el número de mis amigos--dijo
aquélla con su más amable sonrisa--, y muy orgullosa de que mi retrato
sea hecho por mano tan experta... y por cierto que no es un estímulo
retratar a una mujer de mis años.
--¡Señora!
--Pero, según tengo entendido, también es usted paisajista... Hay en los
alrededores puntos de vista deliciosos... Ese será su desquite y su
consuelo de usted.
--Señora baronesa, crea usted firmemente que no tengo necesidad ni del
uno ni del otro.
--¿Permite usted que los modelos hablen durante la sesión? ¿No incomoda
a usted eso?
--Todo lo contrario, señora; así se me ofrecerá la ocasión de darme más
exacta cuenta de la fisonomía.
--¡Tanto mejor!... soy por naturaleza muy habladora... ¿no es verdad,
Beatriz?
--Yo no me quejo, señora--dijo Beatriz sonriendo débilmente.
--¿Ve usted, señor? no se queja pero asiente.
El piafar de los caballos acompañado de un tumulto de risas y de voces
anunció que la cabalgata estaba de vuelta. Tres o cuatro hermosas
jóvenes se apearon, sosteniendo con sus manos las colas de sus vestidos,
que por aquellos tiempos se tenía el buen gusto de llevar más largos que
ahora, y presentaron sus frentes a los besos de la baronesa, mientras
que otras en cortos y ligeros trajes de mañana se precipitaron detrás de
las primeras, agitando con triunfal aire diminutas redes que
esparcieron por el salón acre olor a pescado y a fango.
--¡Jesús, hijas!... ¡Qué perfume!... ¡Qué horror!--exclamó la
baronesa--. Beatriz, en seguida mi tarro de sales; luego, que estas
señoritas te den sus redes y llévalas a la cocina.
--Perdone usted, tía--dijo el marqués de Pierrepont, tomando vivamente
aquellos artefactos--; las voy a llevar yo.
Fabrice, grande observador, por instinto y profesión, advirtió al
momento que la lectriz palideció ligeramente y que por contrario efecto
se encendieron las mejillas de la baronesa.
Llevadas por Pedro las redes a la cocina, acompañó después a Fabrice a
sus habitaciones, pero antes de quedarse éste en ellas díjole al
marqués:
--Dime, Pedro, ¿quién es esa señorita que leía el diario a tu tía?
--Una parienta, la señorita de Sardonne. Una pobre huérfana que mi tía
ha recogido.
--Nunca me habías hablado de ella.
--No... phs... es posible... No ha habido ocasión... ¿Te parece bonita?
--Interesante.
--Sí... ¿no es verdad?... pobrecilla... He aquí tu instalación, he aquí
tu celda, amigo Fabrice.
Y diciendo esto lo introducía en un pequeño departamento compuesto de
saloncito y dormitorio, cuya comodidad y buen gusto ponderó mucho
Fabrice, dejando en seguida a éste que se vistiera para comer.
Durante la velada, el pintor, a quien Beatriz cada momento más enamoraba
a causa de su melancólica hermosura, de sus actitudes de reina en
cautiverio, ensayó de interrogar de nuevo a Pierrepont sobre los
antecedentes, la situación y el carácter de tan misteriosa y atractiva
persona, pero no insistió como advirtiera en las breves respuestas de
Pedro que este punto de conversación era para el marqués, si no
desagradable, al menos decididamente tedioso.
--No te ocupes de la lectriz de mi tía--decía riéndose a Fabrice--. Sé
amable conmigo y atiende a esas señoritas... Ven, te voy a presentar,
estúdialas con detenimiento y dame luego cuenta de tus impresiones...
Desde todo punto de vista mi confianza en tu buen gusto y en tu
penetración es absoluta... Así me ayudarás en esa elección terrible a
que por fuerza tengo que decidirme para no enajenarme la buena voluntad
de mi tía... Ya ves que ha llamado a concurso de toda la Europa y ambas
Américas... Es necesario, pues, que no trabaje para el obispo...
Procura, mi buen Fabrice, leer en lo ojos y en los corazones de esas
jóvenes esfinges... Si un pintor no es gran fisonomista, ¡qué diablo!
¿quién puede serlo?
--Querido Pedro--respondió Fabrice--, no podías haber hecho peor
elección. Ignoro si mis compañeros de profesión se me parecen a este
respecto... En cuanto a mí, soy un fisonomista detestable y estoy
firmemente persuadido de que mis diagnósticos psicológicos resultan
siempre falsos... Te juro que nunca puedo penetrar a fondo en el alma
de las personas cuyos retratos hago... les presto, verosímilmente,
multitud de pensamientos y pasiones; de virtudes y vicios a que ellos
son de todo punto ajenos. Fíjate, para comprender esto que te digo, en
lo que pasa en nuestros talleres: cantantes de café-concierto nos
proporcionan cabezas de vírgenes... muchachuelas incapaces de coordinar
dos ideas vienen a resultar el tipo de una de las musas... viejos
pillastres de la más baja ralea conviértense en santos y en apóstoles...
Y es que todas estas fisonomías son para nosotros meramente subjetivas.
No vemos en ellas más que lo que nosotros les ponemos de nuestra
cosecha; no sirven para otra cosa sino para fijar un poco la fugitiva,
la indecisa idea... Desengáñate, tanto los artistas como los poetas, son
los más cándidos de entre los hombres y los peores jueces que pueden
encontrarse para establecer correlación entre lo físico y lo moral,
porque no pintan lo que realmente ven, sino lo que creen ver a través
del prisma de su imaginación... No pintan lo natural, sino según el
natural, lo que no es lo mismo.
--Pero, entonces, ¿cómo hay parecido?--pregunto Pierrepont.
--Ahí tienes lo curioso; hay parecido y más que parecido, porque
reproduciendo fielmente las líneas de una cara, por ejemplo,
transfiguran su expresión... Porque, mira, no hay un rostro humano que
no tenga su nota poética, su faceta luminosa: la cuestión es dar con
ella, encontrarla... pero no busques esa nota, esa faceta en el alma
del modelo... allí no existe... donde está es en el ojo del pintor, del
propio modo que por lo general todas las gracias de una amante están
menos en ella que en la vista de su enamorado. Así, pues, Pedro, no
cuentes con mis luces para guiarte en tus delicadas maniobras... temería
extraviarte... Pero esto no quiere decir que no me presentes a esas
señoritas, aunque te aseguro, aquí entre nosotros, que me dan miedo...
Solamente lo que sí te suplicaría es que lo dejases para mañana... esta
noche me siento... así... pesado... Me parece que los excelentes vinos
de tu tía se me han ido un poco a la cabeza, lo que explica la
conferencia de estética que con tanta crueldad te he disparado, crueldad
que, por otra parte, tú sabes que no es en mí consuetudinaria... Tú
sabes también que detesto charlar sobre mi arte, y no ignoras cuál es la
divisa que yo desearía ver escrita en la puerta de todos los talleres:
«Trabaja y calla».
Estas palabras dichas, retiróse discretamente Fabrice en el momento que
comenzó a bailarse. Su creciente reputación le había abierto de par en
par las puertas de los salones y de la alta sociedad parisiense; pero,
como la mayor parte de aquellos que nacieron fuera de ese medio y a él
llegaron tarde, sentía siempre en el mundo cierta cortedad, cierta
inquietud que lo desconcertaba, disgustándolo.
Al día siguiente, bastante temprano, la señora de Montauron mandó llamar
a su sobrino, y cuando éste se presentó a la baronesa, acababa la
anciana señora de tomar el desayuno.
--¿No mal de salud, tía, me parece?
--No, te he hecho venir tan temprano porque durante el día no estamos
nunca solos y quiero hablarte... Siéntate... Principiaré por decirte que
no estoy descontenta de tu grande hombre... el pintor... un poco corto,
un poco tímido... ¡pero en estos hombres de talento hay siempre un
encanto!... Y ahora hablemos de cosas serias... ¿Qué... piensas de
matrimonio?... Vamos, ¿qué te han parecido mis niñas?
--Tía, todavía estoy en el período de... de observación... Esta pléyade
de sílfides me causa un cierto embeleso... Usted comprende que es
natural.
--Sí, es natural... Yo no te pido que te decidas inmediatamente... pero,
en fin, hace ocho días que vives en la intimidad de ellas... ya habrás
sentido alguna impresión... principiará a manifestarse alguna
preferencia...
--Tía, francamente, ocho días es poco tiempo para conocerlas a fondo.
--Dime, ¿y cuánto necesitas, según tú, para adquirir ese conocimiento?
--¡Phs!... no sé... algunas semanas, me parece.
--¡Algunas semanas!--exclamó la baronesa,--. ¡Pobre sobrino mío!... Al
paso que vamos necesitarás un siglo, y no por eso estarás más
adelantado... Una joven, hijo mío, es lo más impenetrable que hay en el
mundo... sólo Dios puede saber lo que será una vez casada... ¡Y aun
así!
--Sin embargo... tía.
--Sí, ya sé lo que vas a decir... y de antemano te prevengo que en esta
materia no hay más que tres cosas acerca de las cuales pueda tenerse una
aproximada certidumbre... a saber: familia, dote y figura... En cuanto a
lo demás, es necesario entregarse piadosamente a la Providencia... si
tienes en cuenta que no está todavía en uso de tomar las mujeres a
prueba como los caballos... por más que se anuncia una ley estableciendo
el divorcio absoluto... lo que será principiar a andar aquella senda...
Pero, vamos, para salir de generalidades, a mí me parece que si yo
hubiera sido hombre habría amado locamente a la señorita de Alvarez...
¿No te dice nada la señorita de Alvarez?
--Me dice demasiado, tía... Tiene una pupila demasiado incandescente
para mis gustos... dicho sea con el respeto debido... Venus Ciprea...
etc., etc.
--¡Bah! ¿Qué sabes tú? Nada hay más engañoso que esos ojos... debías
tener experiencia a tu edad... Generalmente, los azules son los
peores... Y esa adorable americanita, miss Nicholson... un querubín con
tres millones de dote... y esperanzas.
--Es hermosa, tía... Solamente que anda como un hombre... y después, ¿no
le parece a usted que tanto ella como su papá, tienen así como un vago
olor a petróleo?
--¡Qué tontería! En fin, tomemos nota de ella, de esta encantadora miss
Nicholson... ¿Y la deliciosa rubia, la señorita Lahaye?
--Muy bien también, tía... pero su padre vende vino... ¡eso es grave!...
--¡Sí, pero vende mucho! ¿Y qué me dices de la señorita de Aurigney?
¡qué radiante hermosura! ¡y tan distinguida!
--Muy distinguida, sin duda... ¡pero tan glacial!
--¡Magnífico! ¡ahora salimos con lo glacial! Hace un momento era Venus
quien te asustaba... ahora es lo contrario... ahora es el hielo...
¡pero, entonces, hijo mío, tienes miedo de todo!... ¿qué significa esto,
caballerito?
--Confesad, mi querida tía, que la señorita de Aurigney parece un
sorbete.
--¡Tú sí que pareces un sorbete! Acabaré por creer que tus dificultades
reconocen por causa una resolución tomada de antemano.
--Pero, mi buena tía, usted me pide que le manifieste mis impresiones, y
así lo hago lealmente.
--Sí, pero es que encuentras objeciones a todo, y objeciones casi
siempre pueriles.
--Es únicamente para hacer reír a usted... tía...
--¡Mira que la cosa no me causa risa!... vamos, y la señorita de
Chalvin... un poco aturdida quizás... ¡pero tan elegante, tan
encantadora!
--Y sobre todo tan bien educada, tía... ayer decía su madre refiriéndose
a ella: Mi hija tiene un excelente carácter; verdad es que ni su padre
ni yo la contrariamos nunca... es un caballito desbocado... cuando se
abandona la brida nada la contiene.
--Su madre es incapaz... mas como no te vas a casar con ella... En
fin... llegamos a mi predilecta... ¡una perla, hijo mío!... No, lo que
es a ésta no permito que la critiques... ¡La señorita de La Treillade!
--Ciertamente, tía, es sin duda alguna lo mejor de la colección...
--¡Ya lo creo! Rostro de _virgen_... instruída, inteligente, modesta...
no digo ella; su misma institutriz es una persona ejemplar... una
verdadera perfección... Créeme, dedícate a estudiarla... ¡obsérvala,
hijo mío!
--Se lo prometo a usted, tía.
--Bueno, ahora vete, tengo que escribir... mira, dile a Beatriz que
venga.
Pedro se retiró, encargando a una sirvienta que encontró en la escalera
previniese a la señorita Beatriz de que la señora la necesitaba; en
seguida bajó algunos escalones, llamando al departamento de Fabrice. Era
este departamento un piso bajo, o mejor dicho, una especie de entresuelo
cuyas puertas se abrían sobre los antiguos fosos del castillo, ahora
convertidos en jardines. El pintor, que debía empezar a mediodía el
retrato de la baronesa, se ocupaba en preparar su paleta. Después de
haberse cerciorado por sí mismo de que nada faltaba para la comodidad de
su amigo, Pierrepont le daba algunos detalles históricos y arqueológicos
acerca de los Genets, cuando se interrumpió de pronto al oír risas y
femeniles voces bajo las ventanas del departamento; aproximóse
rápidamente a la ventana del saloncito, que ocupaba una de las
torrecillas de los ángulos del castillo, siendo por consecuencia fácil
dominar desde allí con la vista el foso... Las persianas estaban
cerradas para preservarse sin duda contra los rayos del sol de una
ardiente mañana de agosto, pero a través de los listones inferiores,
casi horizontalmente dispuestos, pudo echar Pedro una mirada al
exterior, y volviéndose con viveza a Fabrice, hízole seña de que
guardase silencio, diciéndole al propio tiempo, que sonreía y bajaba la
voz:
--Yo no tengo la costumbre de escuchar entre puertas... ni entre
ventanas... pero, en este caso, la tentación se me presenta
invencible... ya te diré por qué...
--¡Lo que puede el mal ejemplo!--repuso Fabrice acercándose a su vez.
Pudo conocer entonces las dos señoritas cuyas voces llegaban hasta
ellos; estas señoritas habían bajado, a lo que podía creerse, a uno de
los jardinillos de bajo la torre con el fin de evitar el sol, y se
paseaban del brazo protegidas por la fresca sombra de grandes rosales
allí plantados; una de ellas, morena, pálida, con cara de arcángel,
decía a la otra:
--Qué bien se está aquí para charlar, ¿no es verdad, hija?
--Sí--respondió la otra, que era muy encendida de color, aunque de buen
ver y tenía ligero acento inglés--. Se está muy bien... sobre todo,
puede una ponerse a tiempo en guardia contra los indiscretos...
Continúe... ¡me interesa tanto lo que me está contando!
--Pues sí, esta Georgina, de que le hablaba, es muy complaciente con mi
hermano, quien le paga en la misma moneda: como ya, le he dicho,
Georgina Bacot trabaja en las _Folies-Lyriques_, por cuya razón mi
hermano anda mucho entre bastidores, y allí se encuentra a menudo con la
madre de Georgina, que fue también actriz en sus tiempos... y mi hermano
nos contaba el otro día a mamá y a mí que una de estas noches pasadas
había encontrado en la escena, durante un entreacto, a la madre de
Georgina... Estaba mirando por el agujero del telón cuando de pronto se
volvió a aquél y le dijo con voz llorosa... «Hay cosas que halagan a una
mujer... ¿creerá usted, señor, que hay esta noche en la sala cuatro de
mis antiguos amantes... y todos senadores?»
--¡Oh! Mariana--dijo la linda inglesa.
--Pero la historia del peluquero es todavía más divertida--replicó
Mariana.
--¡Oh! cuénteme la historia del peluquero... cuéntemela.
Mariana titubeó un momento.
--No, mi cara Eva--añadió Mariana riendo--: ésta es realmente demasiado
salpimentada.
--¡Se lo ruego, querida mía!
--Pues bien, ese peluquero... pero no... mi buena Eva...
decididamente... es demasiado... no puede pasar... La dejaremos para una
de esas noches en que se nos va un poco la mano en el champagne.
Pasaron cerca de un rosal. Mariana cortó una rosa y se la puso en el
pecho.
--¿Y ese pintor que llegó ayer, qué le parece, Eva?
--Tiene buenos ojos y algo de genial en la fisonomía--respondió la
interpelada.
--Sí, pero sin distinción--arguyó la niña, haciendo desdeñosa mueca--.
El otro... ese sí... el amigo Pedro... ¡ese sí que quisiera yo
encontrármelo una noche en cualquier rincón del bosque!
--El encuentro sería un tanto peligroso--objetó Eva.
--Donde no hay riesgo, no, hay deleite--apoyó Marianita--. Entre
paréntesis, ninguna lástima tengo yo a mi prima la de Aymaret, que le ha
dado su corazón... etc. Digo, así se dice, yo no sé si es verdad... lo
que sí sé es que se ven casi todos los días... con este pretexto... y
con aquél... y con el de más allá.