CAPÍTULO XXXV

Las esperanzas de doña Beatriz venían a ser con tan raros sucesos

como las flores del almendro, que apresurándose a romper su capullo

a las brisas de la primavera y abriendo su seno a los rayos del sol,

desaparecen en una noche al soplo mortífero de la helada. Su alma,

cansada de sufrir, y su salud postrada a los embates del dolor, no

bien sintieron flojas las rigurosas ataduras, cuando se abalanzaron

ardientemente a la fuente del bien y la alegría, para templar

su hidrópica sed, bien ajenas de encontrar el acíbar de nuevas

tribulaciones, donde tan regalada frescura y suavidad se imaginaban.

No era muy del agrado del cuerdo don Alonso aquella imprudente

seguridad en que se adormecía su hija; pero gracias a ella, sus

fuerzas se restauraban tan visiblemente y hasta su memoria parecía

purificarse de los pasados trágicos recuerdos, de tal modo, que no

tenía valor para destruir aquel hermoso sueño que le libraba de su

más terrible recelo.

El anciano médico de Carracedo se manifestaba sumamente satisfecho

del sesgo que la enfermedad iba tomando, y como las noticias que de

Salamanca llegaban sólo traían anuncios de un porvenir próspero, nada

había que detuviese la naturaleza en su benéfico movimiento.

Había entrado de lleno la primavera y su influjo contribuía también

poderosamente al alivio de la enferma, pintando en su imaginación las

risueñas escenas de aquellos contornos y regalando su pecho con su

aromoso ambiente. Aquel cuadro ganaba cada día en belleza y amenidad,

y en él encontraba el alma tierna y apasionada de doña Beatriz un

manantial inagotable de dulcísimas sensaciones.

Una mañana, que unas veces a pie y otras embarcada, había recorrido

con su padre y su doncella gran parte de las orillas del lago, se

recostó, por último, al pie de un castaño para descansar un poco de

su fatiga. Arrullaba tristemente una tórtola en las ramas de aquel

árbol; un leñador, descargando recios golpes con su hacha en el

tronco de un acebuche no muy distante, acompañaba su trabajo con una

tonada muy dulce, y en el medio del lago, menudamente rizado por un

vientecillo ligero, se balanceaba una barquilla con un solo aldeano.

El cielo estaba puro; el sol, recién salido, alumbraba con una luz

purísima el paisaje, y únicamente, en un recodo algo más sombrío

de aquella líquida llanura, una neblina azul y delgada parecía

esconderse de sus rayos.

[Ilustración]

Los tres guardaban silencio como si temiesen interrumpir con sus

palabras la calma de aquel hermoso espectáculo, cuando un resplandor

que venía del lado de Carracedo dió en los ojos de don Alonso, y

fijándolos con más cuidado en aquel paraje, vió un hombre de armas

que al trote largo se encaminaba hacia ellos y cuyo almete y coraza,

herido por el sol, despedía vivos fulgores. Hacía días que no recibía

noticias de Salamanca el noble señor y al punto juzgó que aquel

hombre vendría enviado del abad.

El forastero, que vió la falúa atracada a corta distancia y el traje

y apostura del grupo que estaba al pie del castaño, se encaminó

hacia ellos en derechura, y apeándose ligeramente, presentó a don

Alonso un pliego con las armas de Carracedo. Abriólo rápidamente,

y a los pocos renglones que hubo leído, se le robó el color de

la cara, comenzaron a temblarle las rodillas, y como si fuese a

perder el conocimiento, se apoyó contra el tronco del árbol y dejó

caer el papel de las manos. Doña Beatriz, entonces, veloz como el

pensamiento, se arrojó al suelo, y recogiendo la carta se puso a

leerla con ojos desencajados; pero su padre, que al ver su acción,

pareció recobrarse enteramente, se arrojó a ella para arrancársela de

las manos, diciéndole a gritos:

—¡No lo leas; no lo leas, porque te matará!

Pero ella, desviándose a un lado, sin separar sus ojos del fatal

pliego y cebada en sus renglones, llegó a un punto en que lanzando

un tremendo gemido, cayó sin sentido en brazos de su fiel doncella.

El mensajero acudió al punto a su socorro y los remeros hicieron lo

mismo saltando en tierra; pero ya don Alonso y Martina la habían

reclinado de nuevo al pie del árbol sentándose ésta en el suelo y

teniendo en su regazo la cabeza de su señora. Entonces comenzaron

a rociarle el rostro con agua que traían del lago en un búcaro, y

a administrarle cuantos remedios consentía lo impensado del lance;

pero inútilmente, porque no volvía en sí, ni cesaba una especie de

respiración sonora y anhelosa que parecía hervir en lo más profundo

de su pecho. De cuando en cuando, exhalaba un ¡ay! profundísimo y

llevaba las manos al lado del corazón, como si quisiese apartar un

peso que le abrumaba, mientras un copioso sudor corría de su frente y

humedecía todo su cuerpo.

En semejante estado se pasó un largo rato, hasta que viendo don

Alonso que el accidente ofrecía serio cuidado, determinó ponerla

en la falúa y volver a la quinta inmediatamente. Transportáronla,

pues, entre todos con el mayor cuidado, y bogando aceleradamente,

poco tardaron en desembarcar en el muelle, desde donde con las

mismas precauciones la llevaron a su cama. Afortunadamente estaba

allí a la sazón el anciano físico de Carracedo, que acudió al punto,

y observando con gran cuidado su respiración y pulso, le abrió

sin perder tiempo una vena. Con el remedio comenzó a mitigarse su

tremenda fatiga, y a poco abrió los ojos, aunque sin fijarlos en

objeto alguno determinado, y rodeando su cámara con una mirada

incierta y vagarosa. Por último recobró totalmente sus sentidos,

pero presa todavía de su tremendo ataque, las primeras palabras que

pronunció, fueron:

—¡Aire! ¡aire!; ¡yo me ahogo!

El religioso acudió aceleradamente a las ventanas, y las abrió de par

en par.

—¡Ah!, ¡todavía!, ¡todavía tengo aquí un peso como el de una

montaña!—exclamó pugnando por incorporarse y señalando al lado

izquierdo del pecho.

Entonces Martina, el monje y su padre, la incorporaron en el lecho,

amontonando detrás una porción de almohadas. En esta postura recobró

poco a poco algún sosiego, y el aire templado y apacible que entraba

por las ventanas empezó a serenar su respiración. Entonces fué cuando

el recuerdo de la escena que acababa de pasar se despertó en su

memoria, y clavando en su padre sus ojos, alterados y brillantes con

el fuego de la calentura, le dijo:

—¿Qué se hicieron la carta y el mensajero?... Dadme el papel, que

todavía no le he acabado de leer... ¿dónde le guardáis, que no le veo?

—¡Hija mía! ¡hija mía!—le respondió el anciano—, no me destroces el

corazón. ¿Qué vas a buscar en ese malvado escrito?

—¡La carta! ¡la carta!—repuso ella con ciega y obstinada porfía, y

sin hacer caso de las razones de su padre.

—Dádsela y no la contradigáis—añadió el físico en voz baja—, porque

ya no le podrá hacer más daño del que le ha hecho.

Entregósela entonces don Alonso, y ella, con extraordinaria avidez,

se puso a devorarla. Esta carta, como presumirán nuestros lectores,

no contenía sino lo que ya saben; pero, por una fatal circunstancia,

distaba de la imaginación de doña Beatriz como el cielo de la tierra.

Acabó, por fin, de leerla, y dejando caer entrambas manos sobre el

lecho, como postrada de debilidad, dirigió una larga y melancólica

mirada al paisaje que por las abiertas ventanas se descubría. Un

breve espacio estuvo sumida en esta triste distracción, hasta que al

cabo, lanzando un profundo suspiro, exclamó:

—Y sin embargo, mi ensueño era bien puro y bien hermoso: puro y

hermoso como ese lago en que se mira el cielo como en un espejo, y

como esos bosques y laderas llenas de frescura y de murmullos. No

seré yo quien sobreviva a las pompas de este año. ¡Necia de mí, que

pensaba que la naturaleza se vestía de gala como mi alma de juventud

para recibir a mi esposo, cuando sólo se ataviaba para mi eterna

despedida!

—¡Y necio de mí mil veces!—repuso don Alonso—que te dejé adormecer en

esa vana esperanza que podía desvanecerse con un soplo.

—¿Qué queríais, padre?—repuso ella con dulzura—. Mis ojos se habían

cansado de llorar en la noche de mis pesares, y cuando el cielo me

mostró un vislumbre de felicidad, creía que duraría, porque lo había

comprado a precio de infinitas amarguras. Poco siento la muerte por

mí; pero, ¿quién os consolará a vos, quién le consolará a él, a él,

que me ha amado tanto?

—Doña Beatriz—dijo gravemente el religioso—, no hace mucho tiempo que

la misericordia divina os sacó de las tinieblas mismas de la muerte,

y no sé cómo en vuestra piedad lo echáis en olvido tan pronto y así

desconfiáis de su poder. Por otra parte, yo he leído también lo que

dice mi reverendo prelado y no veo motivo para ese desaliento, cuando

el inquisidor Aymerico ha prometido su ayuda para con el soberano

pontífice a fin de que la consulta se decida favorablemente. Así

debéis esperarlo.

—¡Ah, padre!—contestó ella—, ¿cómo pensáis que en el laberinto de

este inmenso negocio tropiecen en la hoja de papel de que pende mi

sosiego y felicidad? ¿Qué les importa a los potentados de la tierra

la suerte de una joven infeliz que se muere de amor y de pesar?

¿Quién pone los ojos en el nido del ruiseñor cuando el huracán tala y

descuaja los árboles del bosque?

Don Alonso, que se había sentado a los pies de la cama con la cabeza

entre las manos, sumido en una profunda aflicción, se levantó al oir

estas palabras como herido de una idea súbita, y poniéndose delante

de su hija con ademán resuelto, respondió:

—¡Yo, yo que te he perdido, yo te traeré la libertad de don Álvaro y

la ventura de los dos! Yo pasaré a Francia, yo iré al cabo del mundo,

aunque sea a pie y descalzo y con el bordón del peregrino en la mano

y me arrojaré a los pies de Clemente V. Yo le hablaré de la sangre

que ha vertido mi casa por la fe de Cristo y le pediré la vida de mi

hija única. Mañana mismo partiré para Viena.

—¡Vos, señor!—contestó ella como asustada—, ¿y pensáis que yo

consentiré en veros expuesto a las penalidades de un viaje tan

largo y en mirar vuestras canas deslucidas con inútiles ruegos sólo

por esta pasión insensata que ni la oración, ni las lágrimas, ni

la enfermedad han podido arrancar de mi pecho? Y luego, padre mío,

considerad que ya es tarde y que a vuestra vuelta sólo encontraréis

el césped que florezca sobre el cuerpo de vuestra hija. ¡No os

apartéis de mí en ese instante!

—¡Beatriz! ¡Beatriz!—contestó el anciano con un acento terrible—, no

me desesperes, ni me quites las fuerzas que necesito para tu bien y

el mío. Mañana partiré, porque el corazón me dice que el cariño y el

arrepentimiento de tu padre, han de poder más que la fatal estrella

de mi casa.

Doña Beatriz quiso responder; pero Martina, juntando las manos, le

dijo con el mayor encarecimiento:

—Por Dios santo, noble señora, que le dejéis hacer cuanto dice,

porque me parece que es una voz del cielo la que habla por su boca,

y además, con eso le quitaréis un peso que le agobia de encima del

corazón.

—Doña Beatriz—le dijo gravemente el religioso—, en nombre de vuestro

padre, de vuestro linaje y de cuanto podéis amar en el mundo, os

encargo que recojáis todo vuestro antiguo valor y que os soseguéis,

pues semejante agitación puede dañaros infinito.

Y al acabar estas palabras, se salió del aposento llevándose consigo

al señor de Arganza. Separóse de él un instante para disponer una

bebida con que pensaba templar la calentura de la enferma aquella

noche y en seguida volvió al lado del acongojado viejo:

—¿Cuál es vuestro pensamiento?—le preguntó.

—El de emprender la marcha al instante—le respondió don Alonso—;

pero quisiera que vuestro prelado viniese a hacer el oficio de padre

con mi desdichada hija, que va a quedar por algún tiempo en la mayor

orfandad y desamparo. ¿Creéis que su vista no empeore su estado,

trayéndole a la memoria imágenes dolorosas?

—Todo lo contrario—respondió el monje—; antes es preciso amortiguar

el crudo golpe que ha recibido hoy, borrándolo en lo posible de su

imaginación. Así que, no sólo debe venir el abad, sino don Álvaro

también, y muy en breve, porque tal vez su presencia valga harto más

que todos mis remedios.

—Sí, sí, sin perder tiempo—respondió don Alonso llamando con una

especie de silbato de plata.

Al punto se presentó el cazador Nuño.

—¿Se ha ido ya el mensajero de Bembibre?—le preguntó su amo.

—No, señor—respondió el viejo con aire de taco—; sin duda aguardará

por las albricias de las buenas nuevas que ha traído.

—No importa—respondió don Alonso—, tráele inmediatamente a mi

presencia.

El criado salió murmurando entre dientes y su señor, sentándose

aceleradamente a un bufete, escribió una carta muy encarecida al

abad, encargándole la pronta venida en compañía de don Álvaro.

Justamente acababa de cerrarla, cuando se presentó el mensajero.

—Malas nuevas has traído, amigo—le dijo el señor de Arganza.

—¡Ah, señor!—respondió el hombre con el acento de la sinceridad—,

harto me pesa, y si yo hubiera sabido cuáles eran, otro hubiera

tenido que ser el portador.

—No importa—repuso don Alonso—; ahí tienes esas monedas por tu viaje;

pero dí, ¿vienes bien montado?

—Una yegua traigo más ligera que el pensamiento—respondió el correo

muy alegre de verse tan generosamente recompensado.

—Pues es preciso que pongas a prueba su ligereza para llegar a

Bembibre al punto y entregar esta carta al abad de Carracedo, que

si la yegua se revienta yo te dejaré escoger entre las mías la que

quieras.

Sin aguardar a más salió el soldado, y desatando su cabalgadura y

montando en ella de un salto, salió como un torbellino por el camino

de Ponferrada, en donde se perdió muy en breve de vista.

A medida que fué entrando el día fué creciendo la calentura de doña

Beatriz, y turbándose su conocimiento. Quejábase de dolor y opresión

en el lado izquierdo y de una sed devoradora; de cuando en cuando se

quedaba dormida, y entonces un sudor extraordinario venía por fin a

despertarla. En estas alternativas pasó la tarde, hasta que, entrando

la noche su respiración comenzó a ser más fatigosa y a tener ciertos

intervalos de delirio, bebiendo con ansia indecible grandes porciones

del cordial que le habían dispuesto.

Ni su padre ni el anciano religioso se apartaron, sino muy contados

instantes, del aposento de la enferma, silenciosos ambos, aunque

igualmente atentos, y haciendo sin duda las más tristes reflexiones

sobre aquella vida marchitada en flor por el gusano roedor de la

desdicha. A cada frase de las varias incoherentes que se escapaban

de sus labios, don Alonso se acercaba como si oyese pronunciar

su nombre; pero, o callaba en seguida, o después de echarle una

mirada errante y distraída, se volvía del lado opuesto, unas veces

lanzando un suspiro y otras sonriéndose de una manera particular.

El desventurado padre se apartaba entonces meneando tristemente

la cabeza, y sentándose a un extremo de la estancia, volvía a sus

penosas reflexiones.

Como el insomnio y la aflicción acaloraban a un tiempo su cabeza,

salió en una ocasión un momento al mirador de la quinta a respirar el

aire exterior. Estaba muy entrada la noche, y la luna en la mitad del

cielo parecía al mismo tiempo adormecida en el fondo del lago. Con

su luz vaga y descolorida, los contornos de los montes y peñascos

se aparecían extrañamente suavizados y como vestidos de un ligero

vapor. No se movía ni un soplo de aire; los acentos de un ruiseñor,

que cantaba a lo lejos, se perdían entre los ecos con una música de

extremada armonía.

El señor de Arganza no pudo menos de sentir el profundo contraste que

con los tormentos de su hija única formaba la calma de la naturaleza.

Acordóse entonces de la predicción del abad de Carracedo, y de tal

manera se perturbó su imaginación, que se sentó trémulo y acongojado

en un asiento, cuando de pronto le pareció oir como a la salida del

pueblo de Carracedo un ruido que instantáneamente iba aumentándose.

Un rápido vislumbre, que salió por acaso de debajo de las encinas,

excitó más su curiosidad, y observando con cuidado vió que eran tres

jinetes, dos de ellos con atavíos militares que venían costeando el

lago con galope rápido y acompasado a un tiempo, y se encaminaban a

la quinta. La luz de la luna, que no servía para distinguir más que

los bultos, alumbró lo bastante cuando ya se acercaron para descubrir

que el uno de ellos vestía el hábito blanco y negro de la Orden de

San Bernardo. Don Alonso no pudo contener un grito de alegría y de

sorpresa, y bajando la escalera precipitadamente fué a abrir por su

misma mano la puerta al abad de Carracedo, que era el que llegaba

acompañado de don Álvaro y de su escudero Millán.

—¡Ah, padre mío!—le dijo el apesadumbrado señor arrojándose en sus

brazos—; no hace un instante que estaba pensando en vos. Vuestra

predicción ha empezado a cumplirse de un modo espantoso, y mucho temo

que no salga cierta del todo.

—No deis crédito a palabras, hijas de un ímpetu de cólera—le dijo el

abad bondadosamente—. Más alta que la vanidad de nuestra sabiduría

está la bondad de Dios.

—¿Y vos también, noble don Álvaro?—añadió don Alonso yéndose para el

joven con los brazos abiertos—. ¿De esta manera debíamos encontrarnos

al cabo de tan alegres imaginaciones?

Entonces se le anudaron las palabras en la garganta, y don Álvaro,

sin desplegar los labios, se apartó violentamente de él, volviendo

las espaldas y metiéndose en la obscuridad para enjugarse las

lágrimas de que estaban preñados sus párpados y sofocar sus sollozos.

Todo quedó silencioso por un rato, si no es el caballo árabe de don

Álvaro, que, a pesar de la fatigosa jornada, hería la tierra con el

casco. Por fin el noble huésped, sosegándose un poco, dijo a los

recién venidos:

—No os esperaba hasta mañana, mis buenos amigos; pero en verdad que

nunca pudo haber llegada más a tiempo.

—¿Eso creíais de nosotros?—respondió el abad—¡no permita el cielo que

con esa tibieza acuda nunca a los menesterosos y afligidos! Desde

que recibimos vuestra carta, no hemos cesado de caminar con la mayor

diligencia, y aquí nos tenéis. ¿Pero nada nos decís de vuestra hija?

—Hace un momento que dormía—respondió don Alonso—, si sueño puede

llamarse el que en medio de tanta perturbación se disfruta. Venid,

acerquémonos a su aposento para que la veáis si puede ser.

Al ruido de los caballos habían acudido algunos criados, y uno

de ellos cogiendo una luz, los guió a la cámara de la enferma.

Quedáronse los forasteros al dintel mientras don Alonso se informaba,

pero al punto volvió por ellos y los hizo entrar.

Estaba doña Beatriz tendida en su lecho, como sumergida en un

angustioso letargo, y las largas pestañas que guarnecían sus

párpados, daban a sus ojos cerrados una expresión extraordinaria.

Aquella animación que la esperanza y alegría disipadas hacía tan

pocas horas, habían comenzado a derramar en su rostro, todavía no

estaba borrada. En su frente, pura y bien delineada, se notaba una

cierta contracción, indicio de su padecimiento, y la calentura

había esmaltado sus mejillas con una especie de mancha encendida.

Sus rizos largos y deshechos, le caían por el cuello, blanco como

el de un cisne, y velaban su seno, de manera que, a no ser por su

resuello anheloso y por el vivo matiz de su rostro, cualquiera la

hubiera tenido por una de aquellas figuras de mármol que vemos

acostadas en los sepulcros antiguos de nuestras catedrales. Todavía

no habían desaparecido las huellas de los antiguos males y las

del nuevo comenzaban a marcarse profundamente; pero, sin embargo,

estaba maravillosamente hermosa, no de otra suerte que si un reflejo

celestial iluminase aquel semblante.

El abad, después de haberla mirado un instante, se puso a hablar en

voz baja, pero con un gesto y expresión vehemente, con el religioso

que la asistía, pero don Álvaro se quedó contemplándola con los ojos

fijos. De repente exhaló un suspiro y luego, con una entonación

fresca y purísima que participaba a un tiempo de la melancolía de la

tórtola y la brillantez del ruiseñor, cantó sobre un aire del país el

estribillo de una canción popular que decía:

Corazón, corazón mío,

lleno de melancolía,

¿cómo no estás tan alegre,

como estabas algún día?

Los ecos de aquella voz tan llena de sentimiento y de ternura,

quedaron vibrando en las bóvedas de la estancia, y como más de una

vez sucede en los sueños, doña Beatriz se despertó al son de su

propio canto. Don Álvaro que vió abrirse sus hermosos ojos, como dos

luceros hermanos que saliesen al mismo tiempo del seno de una nube,

tuvo la bastante presencia de ánimo para esconderse al punto detrás

de don Alonso y de Martina, temeroso de producir con su aparición

una revolución fatal en la enferma; pero ya fuese que la acción le

pareciese sospechosa, ya que su corazón le dijese a gritos quién era

el que delante tenía, se incorporó en la cama con ligereza increíble,

y como si quisiera atravesar con su mirada los cuerpos de su padre y

de Martina para descubrir al que se ocultaba, preguntó con zozobra:

—¿Quién, quién es ése que así se recata de mis miradas?

El abad, poseído de los mismos temores, quiso hacer entonces la

deshecha, y presentándose de repente, le dijo:

—Es un guerrero que me ha acompañado, doña Beatriz. ¿No me conocéis?

—¡Ah!, ¿sois vos, padre mío?—contestó la joven asiendo su mano y

llevándola a sus labios—; pero ¿quién sino él os acompañaría a esta

casa de la desdicha?—prosiguió fijando los ojos en el mismo sitio.

La estatura aventajada de don Álvaro hacía que su casco coronado de

un plumero, se viese claramente por encima de la cabeza del señor de

Arganza.

[Ilustración]

—¡Él es! ¡él es!—exclamó doña Beatriz con la mayor vehemencia—ese es

el mismo yelmo y el mismo penacho que llevaba en la noche fatal de

Villabuena. ¡Salid, salid, noble don Álvaro! ¡Oh, Dios mío, gracias

mil, de que no me abandone en este trance de amargura!

—¡Ah, señora!—exclamó él presentándose de repente—ni en la ventura,

ni en la desdicha, ni en la vida ni en la muerte, os abandonará nunca

mi corazón.

La joven, medio turbada aún por el delirio, y sin seguir más impulsos

que el de su corazón, se había inclinado como para echarle los brazos

al cuello, pero al punto volvió en sí y se contuvo. Con la emoción se

había quedado descolorida, pero entonces un vivo carmín esmaltó sus

mejillas y hasta su cuello, y bajó los ojos.

—¡Cosa extraña!—dijo después de un breve silencio—: no hace mucho que

soñaba que me arrebatabais del convento como aquella noche fatal, y

que sin llegar al asilo que me teníais preparado, os despedíais de mí

para siempre, porque os ibais a la guerra de Castilla. Yo entonces

me senté a la orilla del camino y me puse a cantar una endecha muy

triste. Era un sueño como todos los míos, de separación y de muerte,

pero he aquí que vos volvéis... ¿cómo habrá podido serme infiel mi

corazón? ¿Qué quiere decir esta mudanza?

—¿Qué ha de decir, hija mía—respondió el Abad—sino que el Señor que

te prueba aparta ya de ti las horas malas? ¿No temblabas por la

vida, por la honra y por la libertad de don Álvaro? Pues aquí le

tienes libre y más honrado que nunca. Aun el único estorbo que a tu

felicidad se opone, desaparecerá sin duda muy en breve. ¿Cómo no

esperas lo que todos para ti esperamos, y nos afliges de esa suerte?

Doña Beatriz se sonrió entonces melancólicamente, y replicó:

—Mi pobre corazón ha recibido tantas heridas, que la esperanza se ha

derramado de él como de una vasija quebrantada. Yo me las figuraba

ya cicatrizadas; pero no estaban, sino cerradas en falso, y con este

golpe han vuelto a brotar sangre. ¡Tenga el cielo piedad de nosotros!

Volvió a quedarse todo en aquel profundo silencio que entristece,

tanto como el mismo mal, las habitaciones de los enfermos, sin oirse

más ruido que el de la anhelosa respiración de doña Beatriz. Ella

fué la que volvió a romperlo, diciendo impetuosamente, y como si sus

palabras y determinación atropellasen por una gran lucha interior:

—¡Don Álvaro!, no os partáis de aquí... ¿No es verdad que os

quedaréis? ¿quién puede prohibíroslo? Yo os amo, es verdad, pero

del mismo modo pudiera amaros un ángel del cielo o vuestra madre

si la tuviérais. ¡Pensad que mis palabras llegan a vos del país

de las sombras, y que no soy yo la que tenéis delante, sino mi

imagen pintada en vuestra memoria! ¿Pero no me respondéis?, decid:

¿tendríais valor para abandonarme en este trance?...

—No, no, hija mía—repuso el abad apresuradamente—; ni él ni yo nos

apartaremos de tu lado hasta que tu padre vuelva de Francia con esa

dispensa, prenda de tu alegría y gloria venidera.

—¿Con que perseveráis en esa penosa determinación sólo por amor

mío?—exclamó ella clavando en su padre una dolorosa mirada, en que se

pintaban la duda y el abatimiento.

—Sí—respondió don Alonso—; mañana mismo partiré, si tú no me quitas

el valor con esa flaqueza indigna de tu sangre. Ánimo, Beatriz mía,

pues que en tan buena compañía te dejo; que yo espero estar de vuelta

antes de tres meses, con lo único que puede tranquilizar a un tiempo

tu corazón y mi conciencia: la libertad de don Álvaro.

El médico hizo ver entonces que una conversación tan larga y llena

de agitación podía aumentar el acceso de doña Beatriz, y después de

algunas palabras de ánimo y consuelo que la dirigieron el abad y su

padre, se salieron todos de la habitación, menos el anciano monje

y Martina. Don Álvaro no dijo ni escuchó una sola palabra; pero

los ojos de entrambos hablaron un lenguaje harto más elocuente al

despedirse.

Cualesquiera que fuesen los recelos que doña Beatriz tuviese de su

fatal estado, por entonces una sola idea la ocupaba, y era que no

se vería privada de la vista de don Álvaro. Poco podía servir para

sanar los males de su cuerpo, pero era un bálsamo celestial para su

espíritu, y su influencia fué tan suave y benéfica, que como más de

una vez sucede con las imaginaciones fogosas, bastó para alterar

favorablemente el curso de la enfermedad y proporcionarle más

descanso del que pudiera esperarse de aquella noche.

[Ilustración]

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El señor de Bembibre · 第 37 / 52 题